Viaje entre aeropuertos en medio de la pandemia
Un trayecto normal en la nueva normalidad
Por Andrés Felipe Escovar Publicado en Crónica, Historias en 28 diciembre, 2020 0 Comentarios 11 min lectura
Dioses y leyendas lacandonas Anterior Lo que quieren los muertos Siguiente

La tierra caliente huele a tierra caliente: no a verano. Las estaciones fueron perspectivas lejanas, alimentadas por Hollywood, en mi niñez; las conocí después, cuando creí posible una huida de mi infancia. Por eso, mientras descendía en un taxi rumbo al aeropuerto de Tuxtla, luego de haber partido de San Cristóbal de Las Casas, no me sentí en un país donde los días se alargan o acortan según el mes y recordé los viajes que, de niño, hice con mi hermano y mis papás a la tierra caliente: abría la ventana del carro y entraba una ráfaga tibia que me golpeaba la cara de frente.

Bajé el vidrio y mi percepción de haber dejado el examen de PCR de Covid-19 sobre la mesa del comedor se apaciguó. No quería revisar en mis papeles ni en el morral, aunque, sin esa constancia, me sería imposible entrar a Bogotá: migración me detendría en la entrada y, con seguridad, me practicarían una nueva prueba que costaría el doble de lo que me valió. El calor y la noche eran naturales para el taxista que me refería accidentes ocurridos en una de las carreteras más peligrosas del estado; me hablaba de siniestros automovilísticos para evitar alguna referencia a la peste.

* * *

La mujer tras el mostrador de la aerolínea, en Tuxtla, me pidió la hoja del PCR junto con mi pasaporte. Escarbé en mi maleta y, en medio de dos libretas, estaba el sobre doblado del examen. El documento contenía una serie de datos que ni ella ni yo entendimos. Era mucho más fácil de lo que supuse falsificarlo y viajar portando el virus.

En la sala de espera, la mitad de los asientos estaban tachados con una equis trazada con cinta amarilla. La mayoría de los pasajeros permanecieron de pie; se apiñaron sin cuidar la distancia dictada por los epidemiólogos y aparentaban una calma aferrada al muestreo hecho por los termómetros: más valía que nadie fuera asintomático. El olor a tierra caliente cambió por el hálito de los aires acondicionados: temí una reacción alérgica que llegaría por sorpresa, como cuando alguien prueba una fruta nueva y su efecto es la anafilaxia.

En la fila de ingreso al avión tampoco se guardó la distancia, mientras pasamos por una puerta en la que dos hombres nos miraban. A una mujer treintañera, de pelo ensortijado, vestida con pantalón corto de jean y calzada con botas que llegaban hasta la mitad de sus muslos, la detuvieron y le pidieron su identificación. Le preguntaron de dónde venía.

―De Tapachula –alcancé a escuchar que contestó.

Su pasaporte no era de ningún país de Centroamérica. La dejaron pasar y se sentó justo en la silla que daba a la ventana, en la misma hilera que me ubicaron.

Antes del despegue, mientras intentaba sacar algo de mi maleta, me corté la falangeta con el borde de una cartulina. De la incisión manó más sangre de la que habría supuesto y se me mancharon las dos manos. Me eché alcohol en gel y me ardió. Me gusta que ardan mis manos, por eso me como las uñas hasta que sangren. Aunque le temo a las infecciones que sobrevienen.

La azafata, durante su exposición de las instrucciones, nos enfatizó que, si un pasajero tenía dificultades para respirar, avisara de inmediato. Si alguien se siente enfermo en pleno vuelo, ¿dónde lo aíslan? Mis ataques de asma siempre fueron en casa o cuando dormía. ¿Y si es hipocondríaco el que avisa que no puede respirar?

* * *

«Algunos funcionarios nos indicaron cómo debíamos movernos y guardar las distancias necesarias para no enfermarnos y enfermar a los demás». Fotografía intervenida: Anbilli.

Las pistas de aterrizaje son tierra de nadie salvo por algunos avisos publicitarios con regionalismos.1 Ahora son los únicos espacios sin posesión que quedan en los aeropuertos, donde las medidas sanitarias de cada lugar conforman una trama identitaria gubernamental.

Un bus nos condujo a uno de los edificios del Benito Juárez. En el trayecto reparé en una muchacha que liaba un cigarrillo. Apenas se agarraba a una de las barras de vehículo y no usaba tapabocas. Ya en los corredores edilicios se puso el cigarro en la boca, como los turistas mexicanos y extranjeros que suelen recorrer los andadores del centro de San Cristóbal de Las Casas. Ni siquiera los jóvenes que usan trajes antifluido –similares a los que aparecían en las fotografías de médicos atendiendo a niños con ébola hace unos años– y tiran desinfectantes en las sillas de las salas de espera le recriminaron la desfachatez vírica.

Mi herida continuó manando sangre. Era un fluido exiguo pero constante, de modo que me dirigí a una farmacia en donde no había curitas, pero sí un gran stock de alcohol antiséptico en diferentes presentaciones. La hemorragia dejó inservible una servilleta que guardé en un bolsillo desde mi partida de la casa.

Las familias que pasaron de un lado a otro del aeropuerto estaban conformadas por padres de mi edad y dos o tres hijos que llevaban tapabocas como ellos. Esperé a la vida, la vida pasó y quedó la peste.

* * *

Poco antes del despegue de Ciudad de México, por guasap me contaron que un amigo de más de setenta años estaba internado en un hospital de Bogotá. Tenía un tumor maligno que le detectaron tardíamente. Le escribí y me contestó que esperaba por su destino.2 Le dije que pronto nos íbamos a ver y, luego de enviarle eso que escribí, me avergoncé.

Nuestro encuentro sería en el infierno si el avión se desplomaba. Aunque puede que ya estemos en él y lo confundamos con el purgatorio. No hubo nada más lejano al aliento del paraíso que los cinco años que estudié para titularme en Derecho. La primera vez que entré a ese edificio con pretensiones coloniales, donde recibí clases de burócratas connotados, me enfermé del estómago y, cuando regresé a casa, debí bajarme del autobús y vomitar. Fue una premonición de ese lustro que regresa cuando veo a algún compañero de entonces en un periódico porque ocupa un alto cargo en el actual gobierno de Colombia.

Me asignaron un puesto al costado izquierdo de una señora que me enseñó su teléfono celular y me preguntó por qué no le servía el internet. Me dijo que venía desde Madrid y se quedó unos días en México donde un hijo. Ahora iba a visitar a su mamá, que vivía en Bogotá; desde hacía unos años su familia había salido de Venezuela. Cuando iba a empezar a contarme sobre el asunto, tomé un libro de mi morral y fingí leer.

* * *

Durante el vuelo vi Western Stars, de Bruce Springsteen. Él afirma que su idea con ese álbum ha sido abordar, desde el consabido chauvinismo gringo, la tensión entre la libertad individual y la vida colectiva, cifrando en ella el destino de una nación. En la época en que lo dijo aún no existía la peste y persistía la frontera entre el espacio privado y el público, donde debemos disfrazarnos de trabajadores.

Por instantes intenté cerrar los ojos y evoqué una caída en picada del avión, pero el movimiento de algunos pies aledaños a los corredores me hizo sentir a ratones que corrían a lo largo del avión: en verano, proliferaron en el jardín de la casa para llevarse los duraznos que caían.

* * *

Hubo más peste en el aeropuerto El Dorado. En los corredores dispusieron canecas rojas que enfatizan la emergencia sanitaria y algunos funcionarios, apostados muy cerca de las paredes, nos indicaron cómo debíamos movernos y guardar las distancias necesarias para no enfermarnos y enfermar a los demás. Ya para entonces había olvidado mi hemorragia y ella a mí.

Dos días después de mi llegada aún no sabía la suerte de mi amigo. Le escribí en un par de ocasiones y jamás me contestó pese a que mis mensajes fueran vistos. En torno a él se instauró un misterio vergonzante por su enfermedad; su familia no quería que nos enteráramos de lo que ocurría.3 Dentro del círculo excéntrico de amigos que no pasábamos de conocidos o pupilos, estaba AP. Siempre calculé que él sería el primero en morir de toda aquella generación septuagenaria; su tabaquismo y la caspa que caía de su canosa barba sobre el abrigo negro lo candidatizaron como mi favorito para morir antes que los demás; pero, como ha ocurrido con la mayoría de mis pronósticos, me equivoqué. Él aún vive, vestido como émulo de José Asunción Silva o como si el propio Silva no se hubiera matado y la vejez le hubiera tumbado el pelo y llenado de pecas la cara.

El poeta bogotano José Asunción Silva (1865-1896).

* * *

Acá, en Bogotá, muchos van a fiestas y dicen que de algo tienen que morir. Sin embargo, apenas enferman, van a los hospitales a clamar por ayuda. Si mueren, inculpan a los médicos y si se curan agradecen a Dios. Su temor es el de los pistoleros que temen que los maten y por eso disparan primero.

Mi amigo murió y le hicieron homenajes escritos y radiales. Fui un conocido al que ayudó en sus últimos años como funcionario de la universidad donde avizoré la medianía del purgatorio.

El Boticario

Cocteles de autor.
Visítanos hoy

  1. Las marcas del contexto en el cual se enuncian los avisos publicitarios son las que plantean una relación cómplice con los posibles consumidores. Bodega Aurrerá, en México, a mediados de la primera década de este siglo, hizo una campaña donde un personaje llamado Mamá Lucha aplica quebradoras a los precios. La quebradora es una de las formas de ataque que realizan los luchadores de la AAA en México, pero, los que no somos de allá ni nos enteramos de los entresijos de la lucha libre, apenas suponemos un crack que vincula a la jugada con una de las crisis que cada tanto ocurren en los mercados; es más, así como se bautizan a los huracanes, las tempestades económicas podrían tener nombres y uno de ellos sería el de Mamá Lucha. En Colombia, cuando aún Carrefour tenía sus almacenes, introdujo la palabra «chévere», la cual no dice nada para un rioplatense que suele entender que el país del norte sudamericano pertenece a Centroamérica y que en su interior, además de guerra, bailan salsa, no conocen el frío y tienen una tonada idéntica a la que profieren los personajes de las telenovelas de Telemundo.  (Regresar)
  2. Escribió con la preposición «por», como si fuera en busca de él y no se quedara sentado, aguardando su llegada inevitable, impostergable.  (Regresar)
  3. Esto es una constante en los ambientes bogotanos con aspiraciones aristócratas; ocultan sus fluidos corporales. En alguna época, intenté figurarme a mis compañeros estudiantes de la universidad bajo sus sábanas, oliéndose sus ventosidades. Pero no lograba asirlos: siempre fueron cadáveres.  (Regresar)

2020 Aeropuertos Colombia Covid-19 Peste Viajes


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

keyboard_arrow_up