Mis días con Rodolfo Disner
PARTE UNO
Por Samuel Chan Miles Publicado en Carretera, Crónica, Historias, Perfil en 3 diciembre, 2020 0 Comentarios 9 min lectura
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Hace tres años, mis ambiciones personales me llevaron a iniciar un proyecto en el que visitaría de manera constante a personajes importantes del medio cultural chiapaneco, con el fin de conocerlos de manera íntima y dar un retrato fiel, escrito, no solo de su vida, sino de su personalidad.

En esta primera entrega de Mis días con…, presento en tres partes a Rodolfo Disner Clavería, «El alquimista de oro», originario de Huixtla, Chiapas, nacido el 13 de agosto de 1931. Ceramista egresado de la Academia de Artes Plásticas San Carlos de la UNAM, Disner se ha destacado por una obra mural enorme, presente en gran parte del estado.


PARTE UNO

En 2017 empecé a sufrir mi juventud. Disfrutaba de anécdotas increíbles sobre personajes de la cultura chiapaneca: César Corzo, Joaquín Vázquez Aguilar, Luis Alaminos, por nombrar algunos. Gozaba de poder desmitificar al autor de tanta obra, de saber que existía una persona real y no solo un ente creador. Conocer los detalles que humanizan a quien nos inspira me daba un atisbo de esperanza, me hacía creer que existe un poquito de grandeza en cada uno de nosotros. No obstante, a pesar de conocer sus vidas, a sus íntimos y a sus discípulos, me quedaba con la misma sensación que provoca ver La Piedad de Miguel Ángel: con una profunda admiración por los detalles superficiales. La terrible verdad era que nunca lograría conocer de modo cercano, real, a esos que tanto idolatraba. Se iban a quedar ahí, inmutables, en su pedestal. A menos que hiciera algo.

De pie frente a la Meditación a nuestros orígenes, mural ubicado en la biblioteca del Centro Cultural Jaime Sabines, una mañana, repasando con cuidado todos los lugares de la ciudad (el Jardín Botánico, la entrada principal de la Unach, el planetario…), todos los municipios, todas las colaboraciones donde consta la obra de quien podría ser el muralista más prolífero del estado, lo decidí. Fui a la 4a Norte, entre 2a y 3a Poniente de Tuxtla Gutiérrez y toqué a la puerta. Pedí conocer al maestro Rodolfo Disner.

Rodolfo Disner, frente a su obra.

La Galería Rodolfo Disner, nombrada así por el creador al que homenajea, es un espacio de resiliencia artística, superviviente de los años en que los creadores alcanzaban los cuernos de la luna, de esos cuyos nombres dorados refulgen en el muro del Teatro Emilio Rabasa. Conserva en ella la magia de la tertulia. No la austera bohemia que a veces solemos imaginar, con vino y humo de tabaco inundando la habitación, sino un espacio íntimo, donde las personas aún se concentran para conectarse en compañía, donde se deja la metafísica y la estética a un lado, en favor de un vínculo que trascienda la técnica y los materiales.

El espacio está vigilado de pared a pared por las piezas últimas del maestro, al que han llamado «el alquimista del fuego» o «el alquimista de oro». Ahí, entre confesiones y un tono un tanto achacoso, Disner admitió, en algún momento, que nunca tuvo la diligencia de guardar un registro de quién compraba o a quién regalaba su obra, por lo cual su trabajo se ha convertido en un tesoro que inevitablemente ha de volverse legendario, perdido, repartido como se reparten las estrellas en el cielo. Al fondo a la derecha del espacio existe una pequeña sala de lectura. Del lado izquierdo, una puerta conduce a una pequeña sala de estar, donde caben las personas que la habitan, una televisión y dos muros lo suficientemente amplios para guardar la obra de sus hijas, que en algún momento decidieron sangrar su vena artística.

El maestro Rodolfo las presume sin miedo, feliz de saber que las cosas son innatas, que se traen. Le gusta imaginar que hay en su pasado raíces artesanales. Pese a su ascendencia rusa, se siente conectado a Chiapas y a su cultura ceramista, y tiene fe en que su árbol genealógico colinda con las grandes civilizaciones mesoamericanas. Pero eso último lo descubrí después, cuando los días conmigo se hicieron habituales.

Protocolos de un concierto

Antes de conocerlo, me reconozco a mí mismo. ¿Qué hago aquí? ¿Qué voy a hacer con esta historia que quiero descubrir? ¿A quién se la voy a contar? Reviso en todos los cuadros en busca de alguna epifanía, algo que me diga «esta es la dirección». Antes de eso, sin embargo, recibo un «pasa». Es Dámaris Disner, hija y alegre administradora de la galería, quien me invita a entrar así en la pequeña sala donde, en un sillón –que parece ser El Sillón–, me espera Rodolfo Disner, como se nota en la humedad de su cabello, en la camisa, la postura, la parsimonia del encuentro.

Me siento ridículo, pequeño. Yo solo vengo a platicar. Las presentaciones son protocolarias, llenas de hola, buenas tardes, cómo estás, el clima, los temblores, mucho gusto. La conversación, parlamentaria, obscenamente condescendiente desde ambas direcciones, se encamina a lo que parece ser una entrevista más.

La rigidez facial, escondida entre los años que cubren al ceramista, mira con determinación hacia el vacío. O quizá no al vacío, sino a la puerta que coincide con el plano de otra puerta que da a la calle. No me atrevo a voltear. Su voz, clara, elocuente, oculta un ruido, una suerte de estática de canal de radio y un discurso repetido una y otra vez a lo largo de los años. Las palabras son tan precisas, tan mimetizadas con las que he leído, que parecen sacadas de una fórmula matemática. Desde mi asiento, escucharlo hablar es como oír a una orquesta sinfónica: conozco la pieza, la he visto ejecutarla, cada pausa suena familiar. La diferencia –y lo tremendo– es la magnanimidad de la voz presente.

El otro Rodolfo

Nacido en Huixtla, crecido en Tonalá, nómada entre Chiapas y Ciudad de México, ceramista en búsqueda de la inmortalidad, científico artista, pronombres rígidos sacados de múltiples periódicos y notas de televisión, pronombres insolubles dentro de esta práctica concurrida que es tratar de condecorarlo en los titulares. Es evidente en el trastabillar de la conversación que mi falta de pericia periodística me toma por asalto. Los alfileres de la incertidumbre me carcomen el vocabulario, las preguntas, el interés genuino. Me quedo varado en la palabra «maestro» sin lograr un paso en firme, un avance hacia un «don Rodolfo».

El momento concedido termina. Cuarenta minutos a duras y con penas. Le agradezco su tiempo y, en la despedida, le recuerdo nuestra cita de la próxima semana.

―¿Qué te faltó? –dice.

La pregunta es casi inquisidora. Al menos así suena en mis oídos.

―Hay cosas que no sé, maestro.

En ese momento agarro mi persuasión de la mano e intento explicarle que cuando las personas lean esto, pretendo que sientan que pueden conocerlo.

―¿Tú qué eres o para quién trabajas o cómo está?

Sus ojos están puestos en mí. Por primera vez me afronta como persona, no como representante anónimo de una comercializadora de información. Me mira como si se diera cuenta de que tengo ojos y manos, pero con un dejo de incredulidad, tal vez, por si acaso. Le doy mis credenciales: chiapaneco, gestor, promotor o difusor de la cultura, según sea la necesidad, estudioso de la lengua y la literatura, joven aficionado al arte, en sus veintes.

Entonces, con la grabadora apagada, me habla de su fascinación por la poesía. Hay respeto en su tono cuando habla de ella. La reconoce. Reconoce a la poesía como método, como disciplina y como virtud. Ahí mismo, aparece un Disner menos conocido que, despojado de la mecanicidad de los cuestionarios, tropieza con sus palabras, tratando genuinamente de hilar algunas ideas. Hay entusiasmo en su voz y, a lo mejor, es cierto, un par de muletillas, perdonables para cualquiera. Y sin notarlo, se deshace la programación a la que habíamos acudido.

Me cuenta que le gustaba la idea de escribir y le gustaba leer poesía. No me toma por sorpresa. En alguna ocasión, la periodista Karla Gómez contó que lo había escuchado recitar algunos versos, pero nunca transcribió las palabras prólogas a la declamación.

Uno de los célebres quijotes de Rodolfo Disner.

La voz de don Rodolfo es más amable ahora. Desaparece la estática de radio y todo ocurre con más naturalidad. Así es el sonido de la naturaleza: limpio, sincero.

De pronto se queda en silencio. Mira hacia los lados y se talla un poco las rodillas. Cuando vuelve dirigirme la mirada, me confiesa, con algo de pesadumbre, que se sabía los poemas, que le gustaba recitarlos, pero que hoy su memoria ya no le tiene lealtad.

Continúa enseguida inspeccionándome: cuál es mi familia, dónde nací. La conversación sigue por ese rumbo: trabajo, escuela, climas de otros pueblos, temblores de otras tierras, hasta que el tiempo se termina junto con el sol. Gracias. Mucho gusto. Hasta pronto… Pero esta vez sí se cerciora de saber mi nombre.

Salgo a trompicones del lugar, inventándome una prisa, con el corazón volcado, emocionado.

Mi error había sido decir –y pensar– que fui como periodista. Y no. Fui como yo. Una persona en búsqueda de encuentro y de tertulia; a ser posible, sin grandilocuencia, como un vecino que se encuentra con el otro, o el extraño en la fila del banco que no sabe si está en la fila correcta y pide indicaciones a un desconocido. Había cometido el error de ir con una personificación que me alejaba de mis verdaderas intenciones. Pero salí de ahí con una certeza: ese día conocí al maestro Rodolfo Disner.

Y él me conoció.

Artes Cerámica Chiapas Rodolfo Disner


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