Funeral
Por Adrián Ibelles Publicado en Carretera, Historias en 25 noviembre, 2020 Un comentario 3 min lectura
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Cuando nos conocimos, hubo un espacio gigantesco entre nosotros. Él me veía como intruso y yo, como mascota odiosa. Por ese tiempo, yo odiaba a los gatos, era alérgico y me parecían animales misteriosos y traicioneros. Cuando me quedaba en casa de su dueña, se paraba junto a la puerta y me daba la espalda. Al irme –con lágrimas, mocos y la cara hinchada–, se adelantaba a mi paso, como para mostrarme el camino de salida. Seguro que no quería verme regresar.

Pero yo volvía.

Todo se volvió entonces más complicado para él, metido como estaba en su vida, en sus planes. Desde lejos, intercambiábamos miradas de desprecio y buscábamos la atención de su dueña, con ímpetu similar. Rivales de distinta especie, nos enfrascamos en una guerra silenciosa que duró hasta el incidente con el gato pillo.

Gato pillo era su otro rival, un igual que le buscaba pleito constantemente. Atosigaba a las otras dos gatitas de la casa y a veces se buscaban para pelear. En uno de esos encuentros salí a parar la pelea y los sujeté del lomo. Entonces me di cuenta del lado en que me encontraba. Fue una epifanía, un momento crucial en esa relación que comenzó tan mal.

En una de esas peleas, mi antes adversario cayó herido. Durante la convalecencia, su dueña me pidió cuidarlo. Lo hice. De alguna manera simpaticé con su lucha. Al verlo ahí, lastimado, vulnerable, me arrepentí de haberle juzgado tan pronto. Fue recíproco. Poco a poco bajó la guardia, me dejó acercarme, acariciarlo. Se sentaba en mi regazo. Ronroneaba.

El tiempo nos unió en otras aventuras. Nos mudamos a un departamento y luego a otro y después de ciudad. En la nueva casa peleó de nuevo. Cuando escuché los maullidos, el combate ya estaba avanzado. Solo pude ver una fila de dientes que lo sujetaban, mientras atestaba zarpazos con una garra incompleta a dos canes invasores que huyeron al verme. El veterinario lo llamó valiente y afortunado. Había visto peores resultados en una pelea tan dispar. Se curó otra vez.

Los sustos pararon, pero no las tragedias. Su boca se llenó de llagas por una enfermedad. Perdió peso, su caminar era difícil y todo le resultaba más complicado: comer, limpiarse, encontrar un buen lugar para dormir. Su doctora nos advirtió que era posible que el virus –esa palabra– afectara también a nuestra otra gata.

La conversación fue entonces sobre qué sería lo mejor para él. Me aferré a él, porque lo veía triste, pero vivo, y para mí eso era lo importante. Tardé en aceptar lo que pasaría. El último día, me senté junto a él. Sabía que no lo vería regresar. Me disculpé por no cuidarlo mejor, por no llegar a tiempo a sus peleas, para salvarlo de las garras, de los colmillos, de la enfermedad. Recordé su forma de cuidarnos cuando nos enfermábamos en casa: su modo de acompañar, de acostarse ahí, de ronronearnos. Siempre creí que nos curaba.

Me quedé con los chicos el último día. Su dueña lo llevó con el veterinario y regresó con lágrimas, con una caja que pesaba apenas poco menos que mi amigo.

Pedimos un taxi a la casa de unos amigos que nos prestaron su terreno para hacerle un pequeño entierro. Le dijimos adiós de nuevo y nos abrazamos, mientas sopesábamos su ausencia. Nuestros amigos nos invitaron mezcal y fernet, y nos acompañaron esa noche, que recuerdo no tan oscura.

Fue un lindo funeral. A él le habría gustado.

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  1. Una historia verdadera, perfectamente narrada (¡y qué conmovedora!), que retrata a la perfección tu relación amor- rivalidad con este mínimo memorable y adorable, que podría jurar era algo así como la reencarnación de Lord Byron, con esa cola gatuna que sigilosa y misteriosa marcaba caminos de aventura, y quizás románticos instantes felinos que ignoramos. Algunos pasajes me tocó presenciarlos, otros me fueron contados y los viví y sentí a la distancia.
    Maravilloso homenaje a Timo, Adrián. Muchas gracias 🐱.

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