Provinciana de ciudad
Por Alejandra Valdés Sánchez Publicado en Carretera, Columnas y opiniones, Crónica, Historias en 18 noviembre, 2020 Un comentario 8 min lectura
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Después de mucho tiempo de no verla, estaba de visita otra vez en casa de la abuela de mis primos, una casa que construyó mi padre, el arquitecto. Para efectos sentimentales (era un secreto que la llamo así), «la casa de mi papá». Fue ahí cuando pasó lo de las gallinas.

Esta casa tiene mis treintaiún años de vida y no es una casa normal: está construida con paredes en forma de pentágonos y hexágonos, exactamente, como un balón de futbol. La casa entera se forma con dos mitades de balón asentados en la tierra. Por eso las paredes son tan chuecas que no hay mueble que quede bien y en sus cuartos de baño siempre hay que inclinarse un poquito a la derecha, para alcanzar el agua de la regadera sin pegarse en la cabeza. Ése es tema aparte, por cierto: para que salga el agua caliente, es necesario abrir la llave de la izquierda, salir del baño e ir a la cocina a abrir la llave –izquierda también– del lavadero, esperar a que salga el agua caliente, volver a la regadera, revisar si ya sale agua caliente, volver a la cocina, cerrar la llave y correr rápido a la regadera, porque, además, dura poco.

«…como un balón de futbol».

La acústica de la casa es un misterio: se escucha mejor lo que dice alguien del otro lado del balón que en la misma habitación, cosa muy útil en reuniones familiares llenas de mamás que no hacen mucho caso cuando una les habla, porque están ocupadas hablando entre ellas sin parar.

En el medio balón del fondo está la recámara, y justo arriba, subiendo por unas escaleras angostas que rechinan, hay un tapanco pequeñito y con el techo chueco donde cada Semanasanta dormían (dormíamos) los niños de la familia. Hay tramos donde hay que andar a gatas. Juro que si miras con atención, puedes ver las huellas de los diferentes tamaños que nuestros pies y manos tuvieron mientras crecíamos.

Afuera, en el jardín, hay un pequeño apartamento con un cuarto, una cocina y un baño; el bungalow, como le decía don Carlos, que no dormía en el bungalow, sino en su cuarto, en la esquina de la propiedad. Ese mismo don Carlos cambiaba el nombre a las primas: a Claudia le decía Amelia y a Tamara, Vilma (nadie nunca supo por qué). Recuerdo a don Carlos, su sombrero y su panza chelera, regando el pasto, mientras balbuceaba algo con su acento queretano, queretanísimo, un cantadito con la boca entrecerrada en la que refulgían sus dientes reparados con metal. No sabemos qué fue de él; se fue cuando tuvo que hacerlo. Alguna vez lo vieron en su bicicleta, a él o a la idea de él. Cuando era niña, su presencia era tan parte de la casa que, aun hoy, cada vez que abro la puerta sigo esperando verlo del otro lado.

Abuelicha y, al fondo, el bungalow.

Cuando era niña, tampoco imaginé esta casa sin la Abuelicha, con sus lentes grandes y su partidor de queso que usaba para el jamoncillo, un dulce de leche sólido de Querétaro, a veces rosa y con piñones que me encantaba y era todo un ritual: andábamos por el jardín jugando y de repente nos llamaba, nos decía que nos laváramos las manos y nos sentáramos a la mesa mientras ella, ceremoniosa, tomaba el jamoncillo, despegaba con cuidado la cinta que fijaba el papel encerado de envoltura, lo colocaba en el partidor y rebajaba con cuidado un trozo delgado –para mis expectativas–, lo partía en pedazos más pequeños y nos daba uno a cada uno. Si un día vas a Tequisquiapan, tienes que comprarlo. El mejor lo venden en el centro, a la derecha de la iglesia, dentro de los portales.

Mis primos chiquitos y yo íbamos y veníamos todo el día, en las vacaciones, entre el balón de la Abuelicha y la casa de mi abuelita Felicitas, que vivía al lado y que nos preparaba sopa de fideos, huevos tibios y papitas asadas con orégano (sin aceite, sólo con sal, así es como deben cocinarse, como cualquier tía sabe bien).

Primos y mi papá, el arquitecto.

El jardín de la casa de la Abuelicha es enorme y tiene una alberca azul, de donde no salía hasta que la sangre de los dedos, heridos por los mosaicos rotos, prácticamente flotaba en la superficie. En la orilla, junto a los escalones, hay una enorme escultura de cemento con forma de cabeza de caballo, que un día se partió por el cuello (no tuve NADA qué ver) y casi me cae encima; todavía se ve la cicatriz de cuando lo repararon. Persiste también en el jardín la reja que era apoyo de una frondosa planta de zarzamoras, donde siempre había que buscar y espinarse, para cortar una o dos, aunque no me gustaran, sólo por el placer de arrancar una fruta directo de la planta y no de un anaquel en el supermercado.

Hoy, ni la Abuelicha ni Felicitas están ya, el jamoncillo no sabe igual partido con cuchillo y no he vuelto a comer huevos tibios en años. Ahora la casa la renta mi hermana. Vive ahí con cuatro gatos y nuestra Emma viejita, que aún no se ha dado cuenta de los trece años que lleva encima.

Prima, caballo y alberca.

Y, entonces, las gallinas.

Estaba de visita en la casa donde vive mi hermana, que fue de la Abuelicha, que cuidaba don Carlos y que construyó mi papá. Un día por la mañana, aún acostada mientras buscaba con los ojos huellitas de animales marcadas en los ladrillos del techo, escuché un piar. Nada extraño, porque en los pueblos siempre hay quien tiene pollos y siempre se escuchan en el terreno los pasos, la rascadera y los cantos de los gallos. Pero este piar se escuchaba más cerca y más claro. Entonces salí al jardín y, buscando piedritas o gusanos o qué sé yo, estaban dos gallinas medianas que voltearon y se quedaron inmóviles, mirándome fijamente con sus ojitos amarillos y redondos. Me quedé tan inmóvil como ellas. Yo creo que no soy gente de campo o, tal vez, como me dijeron una vez, soy «provinciana de ciudad», lo que sea que eso signifique, que además da lo mismo porque no sé qué hacer con un pollo en frente, a menos que esté cocinado o por lo menos muerto y limpio, listo para guisarlo (y yo guiso bien, la verdad). Me alejé despacito y regresé a la casa. Emma me veía seria. Era temprano, pero ya era su hora de comida. Le serví croquetas, arroz y verduras (a Emma la consentimos) y pensé que tal vez los pollos también tendrían hambre (la comida también come, pues). Así que busqué en internet qué comen las gallinas y encontré: maíz, trigo, avena, cebada… Nada de eso había en la alacena de mi hermana (ella no es una gallina). Había corn flakes, y en la caja dice que están hechos con maíz de verdad y que, además, tienen vitaminas y minerales esenciales. Me serví un plato, le puse leche y salí llevando un puñado para servirles a ellas también. Se acercaron corriendo y comieron sin dejar ni polvo, mientras ahora yo, cuchareando mi plato de cereal, las veía con interés.

No era la primera vez que en esa casa aparecían aves de corral. Una vez supe (porque no me pasó a mí) de un par de gallos, a quienes no les fue tan bien como a estas dos. Cuenta la historia que Mongo, el perro de mis primos, un fin de semana que estaban de visita, decidió que si a él no le daban un desayuno completo con arroz y verduras, se serviría solo. Y se comió a los dos gallos. Sólo encontraron un par de picos y algunas plumas.

«Cuando se es gallina a veces se tiene suerte y a veces no».

Luego de desayunar, dejé a las intrusas en el jardín. ¿Qué más podía hacer? Más tarde llegó el vecino a tocar la puerta preguntando si «de casualidad» no se habían saltado unas gallinas. Así que lo dejé pasar y, otra vez sin moverme, vi como corría, se caía, se levantaba e intentaba atraparlas, hasta que lo consiguió y se las llevó. Supongo que cuando se es gallina a veces se tiene suerte y a veces no.

Y yo que ya estaba pensando en ir a comprar malla gallinera para construirles un corral ahí donde estaban las zarzamoras.

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