El otoño nos pertenece
Por Marcelino Champo Publicado en Carretera, Columnas y opiniones, Crónica, Historias en 10 noviembre, 2020 0 Comentarios 9 min lectura
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En octubre del 92 vi mi primera Serie Mundial: Toronto vs Atlanta, yo tenía nueve años y algo del mundo me pertenecía, o al menos eso pensaba. Los días eran lluviosos y largos, siempre en la espera. ¿Y qué esperaba? No lo sé, supongo que un niño de alguna manera siempre está esperando algo; hay quienes dicen que eso es descubrir el mundo. Yo descubrí el beisbol por casualidad en el Clásico de Otoño, en una serie en la que los Blue Jays dejaron en la lona 4 a 2 a los Braves. No puedo decir que fue un suceso que me cautivó o que me sorprendió de primera instancia. Para que el beis te atrape se necesita tiempo y soledad, y eso, en un niño de provincia que no tenía amigos y que pasaba las tardes viendo jugar a los demás desde la banqueta, había de sobra.

Desde entonces digamos que me convertí en un espectador recurrente, aprendí sobre ese deporte en una enciclopedia del colegio y veía los partidos en el Canal 5, narrados por Toño de Valdés y Sonny Alarcón. Eran los tiempos de Maddux, Smoltz y Glavine, y de un joven Chipper Jones, los Braves era el equipo a seguir; sin embargo, esto no los hacía ganadores: perdieron la Serie Mundial cinco veces, y la conquistaron solo en una ocasión. Los números les eran adversos, más no así el espectáculo. Era un privilegio verlos jugar, dominar su división y romper records que ahí quedaron para quien le interesan las estadísticas. Disfruté ser testigo de la mejor época de Atlanta, esto marcó mi acercamiento al beisbol.

Con el paso del tiempo, y de las temporadas, me di cuenta de una cosa: realmente no tenía un equipo favorito, y aunque sentía, siento, afecto por Atlanta, no me reconocía como un fan. Hacía falta identidad, un espejo, una empatía por encima de los nombres.

Cuando te adentras en un deporte, tarde o temprano llega a ti algo que es inevitable: el momento de escoger trinchera, un grupo en el cual puedes saciar cierto espíritu gregario, quizá para no sentirte tan solo y compartir tardes amargas o instantes victoriosos. Hay quienes heredan el amor por un equipo, otros tienen el privilegio, o la maldición, de elegirlo. En mi caso fue elección propia. Es aquí en donde aparecen los Dodgers.

A pesar de su tradición y de su popularidad, mi primer acercamiento a este conjunto no se debió precisamente a sus logros en el diamante, sino por la ciudad que lo resguarda. Desde mi adolescencia he tenido cierta atracción por la ciudad de Los Ángeles, la cual he descubierto gracias al cine, la música y las letras. Cómo no sentirse atraído por ese lugar después de haber leído a Fante o de escuchar a The Doors. Y es que Los Ángeles no es precisamente una ciudad bonita, va más allá de eso. Es una ciudad inquietante, seductora en su sombra. El sitio perfecto para historias rotas, pero también para pequeñas y grandes proezas. Es por eso que me encanta, por qué no habría de encantarme también todo aquello que la simboliza.

Los Ángeles le abrieron las puertas a los míticos Dodgers, provenientes de Brooklyn, a finales de la década de los 50, desde entonces han ganado siete series mundiales, una de ellas en su antigua casa. La última, y más reciente gloria, fue este año, con un cierre épico del pitcher mexicano Julio Urías; pero de eso hablaré más adelante.

Si eres mexicano y te gusta el beisbol, hay un equipo que, pase lo que pase, nunca te será indiferente, aunque seas seguidor de los Giants o de los malditos Yankees, me refiero a los Dodgers; esto se lo debemos a Fernando Valenzuela. No hay una sola persona en este país, que juegue al beisbol o que se haya acercado a él, que no conozca ese nombre, es el referente deportivo por excelencia, el sueño americano hecho realidad, la historia de David frente a Goliat, desde la lomita, con pelota y guante en mano. He aquí otra razón para sentirse atraído por los ex de Brooklyn.

Fernando el Toro Valenzuela.

A mí no me tocó la mejor época de Valenzuela, sus grandes victorias sucedieron mucho antes de que yo conociera un bate, pero su nombre y las historias de sus hazañas, a veces un tanto exageradas por los admiradores, eran ineludibles. Los primeros juegos que vi de Los Ángeles fueron ya sin el famoso Toro de Etchohuaquila, en un período quizá no tan memorable, pero en el que lució, tanto por lo intempestiva como fugaz, la imagen de Hideo Nomo, pitcher japonés, una sensación de oriente. Lo tenía todo, hasta el destino y olvido de las grandes tragedias. Ese fue mi primer referente Dodger, después de eso todo fue cazar partidos en canales de televisión abierta, vivir pequeños corajes, los primeros de muchos, ante una temporada frustrada por la derrota. No hubo más, en los 90 y principios del nuevo siglo los héroes fueron otros.

En 2003 me mudé de Chiapas, decidí emprender una aventura de casi diez años en la Ciudad de México para dedicarme al arte, al teatro, y en esa pequeña odisea no había cabida para otra cosa que no fuera el escenario, ni siquiera un deporte al que me asomaba en mis ratos libres. Me alejé del beis poco a poco hasta que un día simplemente dejé de verlo, por ahí me llegué a enterar del renacimiento de Boston o de las hazañas de San Francisco, pero nada de eso logró convencerme para dejar mi exilio como espectador de la pelota. Pero llegó el 2016, y con ello algo que muchos señalarían como el sueño imposible: el triunfo de Chicago frente a Cleveland en la Serie Mundial. Más de un siglo de derrotas, y maldiciones, llegaron a su fin ese día en que los Cubs lograron ese último out en el séptimo partido. No me lo perdí. Eso bastó para regresar.

Junto con el gusto de volver a disfrutar el beis, también volvieron esos momentos intranquilos, de pie, frente al televisor o la computadora, viendo a los renovados Dodgers. Algo había cambiado, había una sensación distinta. El juego era el mismo; sin embargo, todo lucía diferente. Era como llegar a casa, después de un largo viaje, pero encontrarla distinta, más amplia y luminosa, el sitio perfecto para habitar sin que la soledad sea un fastidio.

Los Dodgers llegaron al Clásico de Otoño de manera consecutiva: 2017 y 2018, sobra mencionar el fracaso y las circunstancias, o la figura desangelada de Kershaw. Solo diré que hay derrotas que se aceptan en silencio, y aunque otros nombres se derrumban en la marquesina, el tuyo, de alguna u otra manera, como aficionado, también está en esa lista.

¿Qué mejor momento para romper con más de tres décadas de sequía que un año insólito, alejado de toda realidad? El 2020 destruyó expectativas. Todo se movió en la más inesperada quietud; y en el encierro, el afuera se convirtió en promesa. ¿Quién tenía tiempo para pensar en el beisbol? Evidentemente nadie. Pero la vida seguía su curso, tenía que seguirlo, esa era la sentencia. La temporada 2020 del MLB tuvo 60 partidos oficiales, sin público, por cada equipo, y de ahí surgió lo que muchos esperaban: el eco del bate y la pelota en un graderío fantasma. A pesar de eso, el diamante brilló más allá de sus límites. Tampa Bay y Los Ángeles disputaron una Serie Mundial fuera de lo común en cuanto a los espectadores, pero con la intensidad justa, siempre en el límite, en lo que en el teatro se conoce como el «aquí y ahora». No voy a mentir, en las finales muchas veces apagué el televisor y dejé partidos a la mitad para después ver el marcador desde mi celular.

Julio Urías, de L. A. Dodgers, campeones de la Serie Mundial.

En el beisbol uno regresa a la infancia y eso implica el retorno del miedo, pero también de los pactos con la fe. Los últimos tres strikes de Julio Urías, en el encuentro final, han sido uno de los instantes más fantásticos, y agónicos, que he visto en el deporte. Tres rectas, tres rayos que solo pudimos ver y escuchar en su impacto contra el guante. Sin errores. Sin especulaciones. Tres pelotas lanzadas con la certeza de quien ha pactado con la fe y sabe que el error no será obstáculo ni oscuridad, porque solo habrá luz y gloria.

Los Dodgers regresaron al triunfo después de 32 años de ausencia, en un momento crítico, en un presente que nos rebasa, pero también en una época en la que es importante recordar que el otoño todavía nos pertenece.

El Boticario

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