Otra contingencia
Por Alejandra Valdés Sánchez Publicado en Columnas y opiniones, Crónica, Historias en 28 octubre, 2020 2 Comentarios 5 min lectura
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La gente me da miedo.

Yo soy de casa. Disfruto mucho estar en mi lugar seguro. Disfruto mi soledad y mis pensamientos.

Interactuar con personas, en particular, con personas que no conozco (aunque, en realidad, algunos de los momentos más incómodos los he pasado con familiares y amistades), siempre me ha costado muchísimo. Y siempre me dio miedo. Miedo de decir algo mal, por pensar a toda velocidad en qué decir a fin de parecer sociable, contenta, normal. Miedo a decir algo que no viniera al caso, a que se burlaran, a equivocarme con el nombre de la persona con quien hablaba o de quien quería hablar. Miedo de decir algo que molestara a alguien. Etcétera. Todo eso me ha sucedido ya. Y siempre he repasado mentalmente mis encuentros con personas, una y otra vez, antes, durante y después de ocurridos.

Desde que empezó la contingencia, el miedo está más justificado, al menos en mi cabeza. Pero ahora es un poco diferente. Cada encuentro me deja con sensaciones que, sin ser nuevas, tienen una raíz mucho más real.

Vivo en una ciudad que cada vez se parece más a la película de Wall-E, donde siempre hay alguien que puede hacerte la vida más fácil. Hace unos días, pedí la despensa a un supermercado. Normalmente, a mí me gusta ir por mis cosas, ver qué hay, comparar precios y marcas, escoger frutas y verduras. En la contingencia, sin embargo, no me atrevo. Así que pedí la despensa y tardaron más de lo ordinario en entregarla. Cuando al fin tocaron el timbre, salí hacia la puerta, pero al llegar me di cuenta que no traía llaves. Volví por ellas y otra vez me detuve casi al llegar a la puerta, pues recordé que necesitaría una bolsa para guardar las cosas. Regresé y, con bolsa y llaves en mano, salí por tercera vez. Sin cubrebocas. Corrí de nuevo por él, porque sin máscara puesta, no te entregan nada.

Al fin logré salir. Eran dos personas: un hombre y una mujer. Parecían pareja.

Por la ropa, deduje que seguramente ella trabajaría en el súper y él habría ido a recogerla a la salida. Ya era tarde y no eran como los repartidores que una espera, de los que van en moto con uniforme o logo.

Además de su ropa, que revisé de un vistazo, me fijé en su auto. Se veía limpio. Miré el cabello de ella, recogido en un chongo. Él traía una gorra. Ambos tenían el cubrebocas bien puesto. No recuerdo haber visto sus ojos. Ella sacaba las cosas del auto para acomodarlas enseguida en los brazos de él, que apenas podía cargarlas. Me sentí incómoda tratando de ayudar, pero casi haciendo malabares para no acercarme demasiado. Al final, pusieron todo en el suelo. Y, ahí, en la banqueta, en medio de la calle, nos pusimos los tres en cuclillas a contar y clasificar lo que pedí. Entonces, me fijé en las manos de la pareja. Me fijé tanto tanto en sus manos, mientras me pasaban las cosas una a una, para cotejar el pedido con el ticket.

Me imagino la escena desde afuera: tres adultos cansados, inclinados sobre un montón de cosas en el piso, a las nueve de la noche, mirándonos de reojo, de lado a lado, pensando en si esta lata de atún va a ser el medio de contagio, nuestro medio de contagio, mi medio de contagio. Porque tanta gente sin salir ya lo tuvo. Tanta gente, por una sola salida, ya lo tuvo. Y sí, el doctor Macías dijo que no hay que tenerle miedo a los objetos. Dicen otros que el cubrebocas y la distancia son suficientes. Y veo con tanta atención las manos del muchacho pasándome las cosas, y las recibo yo; sus manos tocan al objeto, el objeto toca mis manos, y juro que veo los millones de virus pasando a mi piel, y tomo la bolsa con los virus de las manos de él y el ticket con los virus de las manos de ella, y les digo gracias y buenas noches, empujo la puerta con mi cuerpo para no tocarla, toco las llaves para cerrarla, veo los virus, cuelgo las llaves, dejo la bolsa en el piso y corro a ponerme gel antibacterial, a llenar las llaves de gel antibacterial, a lavarme las manos tres veces con mucho jabón, a ponerle cloro a un trapo limpio y pasarlo por cada pedacito de plástico y cartón de los empaques, y pienso si ya tendré otra vez el virus en mis manos por tocar los objetos; entonces, reparto trapazos: uno a la bolsa, uno a mis manos, uno a la caja de galletas, uno a mis manos, uno a la bolsa de pan, uno a mis manos, hasta acabar.

Termino de limpiar todo. Me lavo las manos de nueva cuenta y me deshago, al fin, del cubrebocas, mientras imagino claramente todos los virus en él, por supuesto.

Foto: Erik Mclean, a través de unsplash.com.

Arrojo mi cuerpo al sillón, agotada tras esos diez minutos. Tengo un nudo en la garganta. Siento ganas de llorar. Por la posibilidad de haberme contagiado, por la posibilidad de contagiar a mi familia, por la impotencia ante algo que es tanto más diminuto que yo y tanto más enorme a la vez. Pero más que todo eso, siento una enorme tristeza por el miedo, que no me dejó siquiera ver a los ojos a esas dos personas que trabajaron todo el día y encima tuvieron que traerme comida para la semana, y solo quiero volver al año pasado, cuando la gente me daba miedo por otras razones.

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