En el corazón de la tierra
Una entrevista a Maruch Méndez
Por Xun Betan Publicado en Entrevista, Historias, Perfil en 20 octubre, 2020 0 Comentarios 13 min lectura
Revocación, goles y ajedrez Anterior En perpetuo oleaje Siguiente

Maruch Méndez es artista de San Juan Chamula, Chiapas. Su obra forma parte de la Galería MUY, en San Cristóbal de Las Casas, y trabajó por más de quince años como socia creativa con la poeta Ámbar Past. Ha escrito y sido invitada a recitar narraciones poéticas en México, Estados Unidos y Francia. Su trabajo suele retomar la tradición chamula de hornear en fogón objetos domésticos moldeados en barro. Sus instalaciones agrupan figuras de barro, tierra, piedras, ladrillo, musgo, flores y troncos de árboles. También es cantadora-rezadora.


Jme’tik Maruch, ¿a qué edad iniciaste a trabajar y cómo aprendiste a cantar?

Pues no recuerdo bien, pero quizás cuando tenía seis años. Sólo sé que fue cuando llevábamos a pastar las ovejas en el campo. Era pequeñita, y salíamos con otras niñas de mi edad y otras más grandecitas. Formábamos un grupo para jugar. En una ocasión, se nos ocurrió construir, con barro, figuras de santos y otras imágenes que simbolizaban las deidades.

A veces jugábamos a que los muñecos que fabricábamos eran nuestros hijos. En el juego, hacíamos que se nos enfermaban, se morían o se casaban. Cuando se enfermaban, buscábamos a un j’ilol [sanador, curandero] para que los curara. El que le hacía de j’ilol le rezaba, le hacía un ritual, también le sembraba su vela; pero no eran velas de verdad, eran las puntas de un arbusto, de las que hay por estos lugares. El j’ilol, para seguir el juego, nos decía que no lograba curar a nuestros hijos y éstos se morirían. Cuando eso sucedía, preparábamos comida, un caldo de gallina, pero que realmente eran unos animalitos que recogíamos en el monte. Así, las que eran madres de los muñecos, al ver que sus hijos estaban muertos, empezaban a llorar y decían:

Tigaaay, tigaaay
tigaaay, tigaaay
amina kol, amina kol
la chamxauuuun,
amina kol, amina kol
la chamxauuuun…

Lloraban las madres de tristeza. Y para colmar su dolor, tomaban un poco de trago, que realmente era agua que recogíamos en el río. Algunos se hacían del borracho y se tambaleaban al caminar. Así, dejábamos enterrados nuestros juguetes de barro, los llenábamos de flores y de velas de mentiritas.

Para seguir nuestro juego, salíamos a recolectar huevecillos de pájaros y también pajaritos, para comerlos. Los limpiábamos y los asábamos. Un día, una de las niñas dijo que no le gustaba comer pájaro asado, y que prefería comer en caldo, pero en ese tiempo no tenían con qué cocinarlo. Fue entonces cuando una de las niñas, la más grandecita, dijo que hiciéramos nuestras ollas para cocinar.

Con la niña que ya sabía trabajar el barro, un día, recolectamos una cantidad suficiente para construir nuestros recipientes, y a mí me pusieron a moler el barro con una piedra. Entonces mi trabajo fue el de moler barro y las otras niñas amasaban y construían las ollas y los platos. De esta manera, logramos hacer nuestras ollas de barro, donde cocinamos nuestras comidas.

Cocinábamos diferentes variedades de hongos y de verduras. Para eso, salíamos de nuestras casas con algo para cocinar nuestras comidas. Hubo un momento que nos dimos cuenta que necesitábamos más platos, eso porque algunos comen muy salado y otros no. Como usábamos un solo plato, para no pelearnos, decidimos hacer más platos.

Al final de una temporada, nos cambiábamos de lugar para pastorear nuestras ovejas y nuestros utensilios los dejábamos escondidos en una cueva. Un día, cuando regresamos al mismo lugar, nos dimos cuenta de que habían roto nuestras ollas, y las más grandes se las llevaron. Pero volvimos a hacer otras.

En una ocasión discutí con las niñas, porque no me daban ni un solo plato, ni una sola olla, pero ellas tenían sus propios platos para comer, y hasta llevaban a su casas, y yo nada. Bueno, pero después se nos olvidaba y seguíamos jugando. Hasta que un buen día, una anciana nos dijo que no era bueno jugar a los hijos muertos. Ella decía que cuando tuviéramos nuestros propios hijos se nos podían morir o podrían tener alguna enfermedad incurable. Después de escuchar esto, las niñas más grandes se asustaron y dejaron de jugar. Fue cuando me quedé sola, pero seguí jugando con el barro, y entonces intenté hacer mis propias ollas. Así, poco a poco, logré hacer más trastes. Hasta llevé algunos para mi mamá, para que los ocupara en la casa.

Una vez, mientras estaba haciendo ollas, se me acercó una abuela y le gustó mi trabajo y me pidió que le ayudara en su casa, y fue allí donde aprendí a hacer ollas mucho más grandes y a pintar.

La abuela me enseñó a fabricar ollas más grandes. También me enseñó a pintar las faldas. Me enseñó el tipo de plantas que se utilizan para pintar. Estuve más de dos años con ella, hasta que un día me dijo que ya podía hacer mi propio trabajo, que intentara fabricar ollas grandes y que pintara faldas de otras mujeres. Muchos años estuve pintando faldas y telas, también trabajando la cerámica.

Un día al pueblo llegó la noticia para un curso, y me eligieron para participar. Medio año estuve aprendiendo a manejar pinturas naturales. Ahí conocí a Ámbar Past. Ella también estaba en el taller de pintura. Aprendimos a manejar muchos colores. Cuando terminó el taller, regresé a mi casa y puse en práctica lo aprendido.

Como dos años después, Ámbar volvió a Jobel, y fue cuando me llamaron y me pidieron que hiciera incensarios pequeños y también vaquitas. En ese momento se vendían muy bien. Cuando la venta bajó, pidieron que hiciera santos, pero mucho más grandes; también vaquitas mucho más grandes. Por un tiempo, se logró vender también. Después ya no. Bajó la venta. Aun así, me pidieron seguir trabajando el barro. Pero me sentía cansada de estar haciendo santos y vacas de barro, porque ya no se vendían.

Hace poco, antes de que Ámbar se fuera de San Cristóbal, me preguntó si quería seguir haciendo piezas de barro. Fue cuando me habló del proyecto de Mol Xun Ton, en la galería MUY, pero Mol Xun Ton quería piezas más grandes. Yo dije que no, pues lo que yo sabía manejar con más facilidad eran las piezas pequeñas. Pero finalmente acepté y vine a trabajar en la galería MUY.

Primero me costó mucho trabajo hacer las piezas grandes, porque no se podían parar. Para lograr hacer mi trabajo, tuve que buscar las técnicas adecuadas, así que empecé a moler la tierra, a remojarlas, a amasarlas. Así, poco a poco logré hacer las esculturas de la xPak’inte’. Después de este trabajo me fue más fácil hacer las otras esculturas.

Es bonito trabajar con la tierra, porque vivimos de la tierra…

Maruch, después de todo este relato, de tu trabajo, de tu vida, de tus experiencias, ahora ¿cómo te sientes con todo lo que has realizado?

Cómo me siento… pues, me siento alegre, mi corazón se siente bien, más cuando mi trabajo sale bien, y cuando las personas lo aprecian. Bueno, aunque hubo un tiempo que viví muy triste, que me sentí muy mal. Me daba dolor de cabeza. Eso sucedió cuando trabajé en el Taller [Leñateros]. En ese lugar me sentía muy rara, muy extraña. Sentí muy raro trabajar con personas que, aun siendo tsotsiles, preferían hablan sólo en español. Pero yo no sé hablar en español, no hablo nada de español, pero mis compañeros preferían hablarlo. Por eso terminaron hablando sólo entre ellos, y me sentí extraña.

En una ocasión me pidieron seleccionar cartones. Hice mi trabajo, pero al final se molestaron. Dijeron que mi trabajo estaba mal, que no servía y me hicieron repetirlo. Otra cosa que sentí feo es lo de remojar papeles. Aún bajo la lluvia o con el frío de la mañana o tarde tenía que estar remojando papeles al agua, y no podía salir porque teníamos horarios.

En ese lugar me sentí muy sola. Habían otras mujeres indígenas, pero no me hablaban. Sólo querían hablar en español.

En aquel lugar me sentí encerrada, me aburría. Cuando me tocaba cortar los pétalos de flores, sentía que el tiempo pasaba muy, pero muy lento. A la hora de comer mis compañeros salían a comprar, nombraban a alguien para traer tortillas y pollo, pero yo no tenía dinero, ni nada para comprar. Por eso también me alejaba cuando ellos comían; además, porque sus bromas y chistes eran en español. Parece que se sentían kaxlanes. Me dolió mucho vivir esa experiencia. Un día, alguien del grupo me preguntó si estaba molesta con ellos. Pero no. Sólo no entendía su forma de vivir. Durante ese tiempo buscaba la forma de salir, pero no podía, porque Ámbar me pedía continuar con su proyecto.

En el taller sólo me gustaba cuando llegaban turistas, porque me ponía a platicar con ellos y les enseñaba nuestro trabajo, me trataban bien. Pero cuando me tocaba estar con Ámbar, y se enfermaba, se encerraba en su cuarto y me dejaba con los turistas, yo tenía que atenderlos, una o dos horas. Después salía y con vos fuerte, me preguntaba si me habían pagado. Como yo no les entiendo nada, pues tampoco me pagaban, y ella se enojaba y me decía que por qué pierdo mi tiempo con ellos. Finalmente, ella era quien invitaba a los turistas. Esas cosas me ponían triste, me lastimaba, pero tenía que seguir soportándolas para vivir.

Maruch, después de lo que ha comentado, ¿usted qué le diría a los jóvenes?

Los jóvenes… Pues ahora los jóvenes, creo que los más pequeños tienen que ir a la escuela, a ellos no hay mucho que decirles aún. Pero a los que salen de sexto grado y salen a buscar trabajo fuera de sus comunidades o se casan, es complicado.

Es triste ver a muchos niños que salen a trabajar. Van a Oaxaca, a Cancún, a Playa del Carmen a vender chicles. Salen a sufrir, a pasar calor, a pasar hambre. Sufren para conseguir un poco de dinero.

Tres de los jóvenes que crié, porque eran huérfanos, los puse a la escuela. Cuando terminaron su primaria, ellos quisieron ir a trabajar. Les dije que mejor se quedaran a trabajar aquí cerca, pero terminaron enrolados con un conocido que les ofreció trabajo y los llevó a vender chicles en Oaxaca. Estando allá, el hermano mayor no pudo vender nada: sin dinero, no comía. No fue así cuando los crié. De chicos no les faltó nada. Ahora que son grandes pasan hambre. Aquí tenían comida.

Yo les platico mi historia. Les digo que nací pobre, pero nunca salí a buscar trabajo. No fui de mozo en ninguna parte. Siendo una mujer pobre pude sobrevivir en mi pueblo. Pude trabajar y salir adelante sin dejar de ser lo que soy.

Actualmente, muchas jovencitas salen de sus casas y se van lejos. Muchas veces abusan de ellas, porque son mujeres. Pienso que si logran conseguir trabajo, pues que sea en algo bueno, para ahorrar, para que puedan comprar casa, para comprar terreno. Pero pienso que es mejor estar en nuestros territorios. Siendo pobres, se vive bien, uno se siente mejor estando en su lugar.

Ahora veo muy triste que muchos jóvenes no respetan a sus padres, a sus familias, han perdido los valores familiares. Muchos salen atraídos por el dinero, pero el problema es que no saben utilizarlo y lo malgastan. Pero yo les digo que deberían ahorrar o que busquen dónde vivir.

Yo, de niña, no tenía ropa, porque mi mamá no sabía tejer. Pero yo fui aprendiendo, poco a poco, el trabajo. Recuerdo que en los sueños me llegaban las ideas.

Ahora a los jóvenes ya no les gusta que les platiquemos. Se molestan muy rápido. Ya no quieren escuchar las palabras de consejos. Por eso hay mucho alcoholismo, mucha drogadicción, en hombres y también en mujeres. Supe de un joven que entró a robar en una casa y lo detuvieron, lo amenazaron de quemarlo, pero el papá pagó la multa y se salvó. Después el papá le dijo que se pusiera a trabajar para pagar la deuda, pero no quiso, y le dijo a su papá que no trabajaría y mejor se fue. Todo eso es triste para los padres, para las familias y para nuestras comunidades.

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