Yo ya estaba aquí, pero tú no me veías
Travesías: historias trans a través del espejo
Por Alejandro Montaño Liliana Bellato Publicado en Crónica, Entrevista, Historias, Perfil en 12 octubre, 2020 0 Comentarios 53 min lectura
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El siguiente texto es resultado de varias sesiones de entrevista realizadas para el libro Travesías. Historias trans a través del espejo, editado en 2016 por Jumaltik, Equidad Sur, A. C. y el Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH y el SIDA (Censida).

En la redacción de Texto Sur creemos que es un trabajo importante y vigente, que merece ser difundido, leído y conversado. Porque la realidad es, al mismo tiempo, más compleja y más sencilla de lo que dictan los prejuicios en torno de la transexualidad.

Las historias de vida que presenta Travesías… dan cuenta de cómo aun asuntos cotidianos se vuelven problemáticos y son padecidos por las personas trans, a causa, precisamente, de los prejuicios de quienes les rodean: el saludo, ir al baño, las fotos de la infancia… Pero eso no es todo lo que hay. Como en toda historia humana, están ahí la pareja, los hijos, la amistad, el amor, mostrándonos que aunque provengamos de distintos modelos familiares, la vida es al final una y la misma para todos, para todas. Y que junto a la lucha y el coraje, cabe también la esperanza y la belleza.

«El viaje a través de los relatos de vida de Cristina, Oliver y Karen –nos dicen Liliana Bellato y Alejandro Montaño en el prólogo del libro– supone un antes y un después, una aventura transformadora de la mirada, del sentir y del pensamiento. Nos coloca ante el reto de ponernos en un lugar distinto para abrirse a lo desconocido y tocar el trayecto de su camino a través de las huellas que va dejando la vida, más allá de las identidades y de las etiquetas».

Por cortesía de sus autores/as y de las personas entrevistadas, publicaremos poco a poco en Texto Sur cada una de las tres historias que conforman el libro. He aquí la primera.

Karen nació en la Ciudad de México, de familia oaxaqueña y chiapaneca. Trabaja en el Gobierno del Estado de Chiapas, donde le ha tocado abrir brecha en la visibilización y el reconocimiento de los derechos humanos y laborales de las personas transgénero.

Vive en Tuxtla Gutiérrez con sus dos hijos.


Karen soy yo

Soy una mujer que vivió escondida durante 35 años. Una mujer que ya no pudo seguirse escondiendo. Ya no soporté más seguir viviendo a través de una ventana, y tuve que salir; ya no pude más y tuve que quitarme esa caparazón que tenía de ser «un hombre», así, entre comillas. Ya no pude más, tenía que aparecer lo que siempre fui: Una mujer. Una mujer que nació en un cuerpo de hombre.

Nací en la Ciudad de México. A los pocos meses de nacida nos fuimos a vivir a la ciudad de Oaxaca, de donde es mi mamá, y como a los tres o cuatro años, cuando entré al kinder, nos fuimos a vivir a la ciudad de Tapachula, de donde es mi papá.

Tengo dos hermanas, somos tres mujeres, yo soy la de en medio.

En Tapachula estudié desde el kínder hasta la prepa, y ya la universidad la vine a estudiar acá, en Tuxtla Gutiérrez.

Viví en un entorno muy machista. Algunas personas podrían decir: «¡Claro! Vivió entre mujeres y quiso ser mujer». Pero no fue así. Fue un entorno totalmente dominado por mi padre, que es una persona muy machista, de carácter muy fuerte. Mi mamá ha vivido siempre a la sombra de mi papá.

A los tres años, más o menos, cuando me nació la conciencia, ya empecé a notar, supe que algo no estaba bien conmigo. Empecé a ver que las cosas que le daban a mis hermanas: la ropa, el trato, yo lo quería también, y no me lo daban, ¿Y por qué a mí no? Yo quiero eso, yo quiero vivir así, ser tratada así. Yo desde muy, muy peque, lo empecé a ver, a pensar, pero no me atrevía a decir:

«¿Por qué no me tratan como niña, si yo soy niña? ¿Por qué yo tengo un pene, no tengo vagina, como mis hermanas?».

También desde muy peque, aprendí a vivir con miedo y a ocultar lo que sentía.

Desde muy pequeña aprendí a esconderme, a tener miedo y a esconderme, porque mi papá, cuando era cuestión de regañar, o castigar, o dar una nalgada, sí era más violento de lo normal conmigo que con mis hermanas.

También vi cómo se expresaba de algunas personas homosexuales, y todo eso me fue arrinconando, me fue obligando a esconder, a no ser.

Yo creo que también me tocó el mal de los hijos o hijas de en medio, ¿no? Con el primero hay mucha atención, luego nace el segundo y cuando llega el tercero, toda la atención se va hacia el chunco.

Mi mamá dice que nunca se dio cuenta de nada, pero tengo algunos familiares o conocidos, que me han dicho que sí, veían cosas raras en mí, pero pensaban: «bueno, vive con mujeres, pues así está acostumbrado, ¿no?». Ya después mi mamá, reflexionando, me ha dicho:

—Bueno, sí, a veces me hablaban del kínder que estabas así escondida, detrás de un árbol, así, tú solita.

Hay niñas y niños solitarios. Por sí mismo, no sería más que un signo de soledad, pero la mía fue una soledad de esconderme, de siempre, siempre tener miedo.

Tengo una cirugía de la vista, pero es porque desde muy peque me la afecté, porque yo fui muy ratón de biblioteca, como dicen, me puse a leer libros que no eran como para mi edad.

Papá

Mi papá fue militar, le gustaba mucho leer. Tenía muchos libros, y yo leí casi toda la colección de Time-Life… Él la compró. Tenía diversos temas: antropología, la naturaleza, el hombre y la sociedad, temas muy específicos, no eran las lecturas que uno podría esperar en una persona tan pequeña, no. Pero, para mí, leer era mi refugio, mi mundo. Los libros eran como mi escape, lo que no es mi entorno, lo que está afuera; leer era mi mundo de soledad, era excluirme de la sociedad, por miedo a que la gente se diera cuenta…

En ese tiempo, yo me sentía como rara, siempre con miedo, me sentía yo una persona extraña. Era un miedo interno, porque ni yo sabía por qué me sentía distinta, por qué no era como mis hermanas. A esa edad y en aquellos tiempos, no había tanta información como hay ahora. Tú te sientes como una persona rara y no sabes por qué … Bueno, yo no sabía por qué no soy como mis hermanas, por qué no me tratan igual, si eso es lo que yo quiero ser.

Las construcciones sociales que tenemos en México hacen que los niños jueguen con carritos, las niñas con muñecas… Y sí, yo quería jugar con muñecas, las Barbies… Los carritos estaban bien, no les veía yo nada malo, pero yo también quería las muñecas, yo quería el trato en femenino, yo quería… eso y no lo que me daban: el trato fuerte, rudo…

Que con las niñas fueran más cariñosas, más tiernas, «sí, mi vida, mi cariño» y todo eso, ese tipo de trato. En cambio, con el hombre, tienes que ser fuerte o rudo.

Mi papá siempre ha sido una persona de carácter muy fuerte, muy duro, y pues yo desde muy peque aprendí a tener miedo y a esconder, esconder, esconder…

De hecho, hasta la fecha, no lo he enfrentado directamente. No sabe. Digo, es obvio, es bastante obvio el cambio. Tapachula es una ciudad grande, pero es pueblo chico, así que ya le deben haber llegado noticias o ya le han de haber contado «que si tu hijo es gay» o tal cosa.

Hace dos años que no lo veo. Ya la última vez que me vio, tenía ya el cabello largo. Me tuve que poner ropa y zapatos de mi hijo, recogerme el cabello, forzar mi voz, tratar de hacerla más gruesa, después de todo un proceso de construcción…

Lo hice por mi mamá, porque ella me lo pidió, porque por otro lado, mis hermanas me dicen:

—Ya le tienes que decir a papá, tienes que hablar con él… Pero no, mejor espérate tantito, igual ya se va ¿no?

Yo sé bien que ya se lo debí haber dicho… Tengo una carta para él que primero se la di a mis hermanas, y no se la entregaron. Luego se la di a mi mamá y me dijo:

—Sí, voy a buscar el momento adecuado…

Y ya va como año y medio, y ahí se está empolvando.

Es como una carta-cuento. Como mi papá escribe, entonces está redactada así. Pero la única forma en cómo yo le podría contar todo es a través de un texto. Frente a frente no se puede, no se podría, su reacción podría ser muy violenta, yo no sé…

Lo que yo quisiera conseguir con esta carta sería poder llegar a casa de mis papás como Karen, ser tratada como una hija… La realidad es que, sin saberlo directamente, mi papá me ha dejado de hablar, entonces ya no puedo perder mucho.

Casi siempre sin palabras, más con sus hechos, mi papá me hacía saber que él esperaba que yo fuera el hombre de la familia, el que iba a continuar con su negocio, su trabajo, su herencia, el que le iba a dar los nietos, el que iba a recibir el trabajo que él hace, tal vez hasta ser un poco como él, no sé si en el carácter, pero sí en lo mujeriego, en lo cabrón.

Yo siento que es lo que él esperaba de mí, un aliado, pero no, nunca…

Muchas veces trabajé con él, y todo, pero no podía, en mi interior, yo, Karen, la mujer, ver tantas cosas que él hacía, un hombre machista. Siempre fue difícil, por ejemplo, ver el trato que le daba a mis hermanas, a mi mamá, incluso a mí. O como cuando él me platicaba de sus aventuras con mujeres, «porque pos es mi hijo y es hombre, y me va a entender». ¡Pero esa es una actitud machista! Para mí fue una tortura. Hasta que un día sí le dije a mi papá:

—¿Qué harías tú si un día alguien te estuviera diciendo esto y esto otro de tu mamá? Yo creo que te hubieras agarrado a golpes, ¿verdad? Tú estás hablando de mi mamá, así que te voy a pedir de favor que no me hables así de ella.

He intentado acercarme a él. De hecho, cuando empecé mi transición, rompí muchas estructuras, que venían interiorizadas, ¿no? Empecé a ser más cariñosa con mi papá, a decirle cuando hablábamos por teléfono:

—Te extraño, papá, te amo.

—Gracias, mijo, por decirme todo esto.

Cosas que ni mis hermanas le decían, se le notaba conmovido, pero sin saber qué hacer. Y él callado, viendo mi proceso, verme más delgada, o que me empecé a dejar largo el cabello, cambios que creo que notó en el último viaje, cuando fui a Tapachula, y nos tocó enfrentarnos, incluso ir a un lugar donde a él lo conoce mucha gente. Me dijo:

—Espérame en el carro, éstos son bien cabrones.

Yo sé que me estaba cuidando, como buen macho, pero también se estaba cuidando él mismo… No es una mala persona.

O sea, ya sabe, ya sabe, muchas cosas que no se pueden ocultar…

Una cosa es saber y otra es estar enterado. Muchas veces sabes, sospechas, intuyes, crees… Pero mientras no entregue esa carta a mi papá, mientras no sepa, aunque ya no se pueda ocultar lo que es evidente, de todos modos él no se dará por enterado…

Mi papá ha de pensar que soy gay, o que soy trasvesti, o no sé qué ideas le hayan dicho, pero ya tiene rato que no me habla. Él no es mucho de hablar, pero antes decía:

—Ai te mando 500 pesos por tu cumpleaños. Ve a comer con los niños o ten esto pa’ su regalo de mi nieto, pa’ su pastel.

Hace dos o tres años que nada de eso, pero siempre han existido más silencios.

Ya en ese viaje tuve ciertos problemas con él, y decidí ya no volver a ir a Tapachula, ya no volver allá escondiéndome, porque incluso yo tenía que ir con faja, para que no se me notaran mis nenas. Y andar todo el tiempo fajada en Tapachula es horrible. O ir al mar, a la alberca, con los niños y no poder meterme, o tantas cosas que esconder.

Y bueno hay cosas que no se pueden esconder. El cabello largo. Ya tantos años con tratamiento hormonal, la transición es muy notoria, no sólo en el aspecto físico, sino en la forma de ser, la voz.

Es un cambio radical, un poco también en trato. Pero tampoco fue un cambio de Pancho Villa a Karen. Fue un cambio de un hombre normal, muy de estar por la igualdad, muy cariñoso, a ser Karen. No fue una diferencia de ser un supermacho a ser una mujer. Al fin y al cabo, soy la misma persona, aunque para algunas personas, como mi ex o mi mamá, yo soy como «la mujer que mató a mi pareja» o «la mujer que mató a mi hijo».

Para muchas personas, quienes transicionamos es como si nos muriéramos. Para ellas, mi transición fue un proceso de muerte, muerte y renacimiento…

Y para ellas, Karen es la asesina.

Foto: A. K. O.

Luna, mi expareja

Se puede decir que hasta la prepa, viví inmersa en juegos mentales dentro de mi imaginación; salía a escondidas, cuando los papás se iban de viaje o iban a una cita. En esos momentos fugaces, para mí sola, podía ser Karen, a escondidas de todos.

A partir de los 18 años me cambié de ciudad, me fui a Tuxtla Gutiérrez, a estudiar la universidad. Ya tuve oportunidad de vivir una doble vida a escondidas.

En el departamento en donde vivía sola, empecé a tener mis cosas, pero aún con una doble vida; afuera, seguía viviendo en mi caparazón, llegando a casa me lo quitaba, como un traje, un disfraz.

Ahí conocí a Luna, la que fue mi esposa, la otra madre de mis hijos. Para ella empecé a ser Karen desde hace mucho tiempo, antes de que estuviera físicamente presente. Pero decidió continuar conmigo.

Luna se volvió algo así como… como mi aliada… Tuvimos una relación de pareja que duró 14 , 15 años.

En las cartas que nos escribíamos en ese entonces –eran todavía por escrito, a mano–, ella me trataba como «mi princesa, mi reina, muñeca…». Y hacia el exterior, pues sí era otra persona: yo era su hombre.

Ella y yo venimos de entornos completamente distintos. Yo soy de ciudad. Ella es de un entorno rural, de pueblo, con religiones distintas, formas de ser diferentes, completamente; al grado de que ni su familia me quería, ni mi familia la quería a ella. Fue una relación tipo Romeo y Julieta… Sobrevivimos, a pesar de todo, casi 15 años…

Al principio, era una relación hetero… Ya al final, cuando inicié mi tratamiento hormonal sí se volvió una relación lésbica, dos mujeres que se aman.

Pero con el tiempo, eso le causó a ella una severa crisis.

Antes de casarnos, cuando decidimos que nos íbamos a casar, yo le dije:

—Mira, yo soy así, no voy a cambiar, no creo cambiar, dejar de ser como soy. No sé hasta dónde voy a llegar, tú tienes la decisión de si quieres seguir conmigo, si quieres casarte conmigo sabiendo que soy como soy.

Ella aceptó y, de hecho, ése era mi pretexto para culparla. Decir:

—Es que ella sabía, ella aceptó y tenía que seguir conmigo.

Luego después ya comprendí que no, que no es así, que no es así la vida. Que ella tenía todo el derecho de decir:

—Bueno, hasta aquí, yo ya no puedo más, y yo tengo que hacer mi vida por otro lado.

Luna y yo tenemos dos hijos. Desde que estaban en el vientre de ella, yo era muy entregada, me la pasaba hablándoles, poniéndoles música, abrazándolos.

Los dos fueron embarazos de ambas. Como ella tuvo cesárea, y depresión postparto los primeros días, quien tuvo que cuidarlos a los dos, y también a ella, fui yo.

De hecho, antes y durante mi transición, ellos no vieron mucha diferencia en el trato, porque siempre me encargué de cambiar los pañales, dar la leche, alimentarlos, bañarlos, de estar con ellos, enseñarles a caminar, a andar en bicicleta. Pues era llegar del trabajo, a jugar, salir y convivir.

Desde siempre hubo mucha relación con mis hijos, por dentro y por fuera. Siempre he sido muy cariñosa, muy entregada a mis hijos.

Anteriormente, hace 5 o 6 años, sí éramos una familia de papá, mamá e hijos, pero a raíz de mi transición, mi expareja decidió… bueno, como dije, en un inicio me apoyó, pero en cierto momento dijo:

—No, pérate, yo ya no le sigo acá, mejor me voy. Hasta aquí te apoyo. Yo ya no puedo más.

En un momento sí la culpé, me dio mucho coraje, la culpé de muchas cosas. Pero luego entendí que ella tenía razón. Tenía el derecho de hacerlo.

De alguna forma, seguimos siendo familia, ella y yo, ya no como pareja. Somos tal vez compañeras de vida, somos amigas, seguimos teniendo ambas a los hijos. Somos «manada», se puede decir. Ambas nos cuidamos, nos protegemos, nos ayudamos, nos apoyamos.

Antes éramos cómplices, pero ya no. Ahora somos amigas que nos señalamos nuestros errores:

—Mira, en esto la estás regando, tú solita te metiste en este problema, ¿cómo vas a salir?

Ya no somos cómplices, algo se rompió, aunque seguimos siendo buenas amigas, una especie de amistad-hermandad de mucho tiempo: 20 años de conocernos. ¡Toda una vida!

Con la separación, por algunas cuestiones de la vida, sin culpar a nadie, me tocó la mayor parte del tiempo quedarme con ellos y cuidarlos. Me tocó, como dicen, agarrar al toro por los cuernos, luchar contra la depresión por mi separación y ponerme a luchar contra los problemas internos de mi transición. Ponerme a cuidar a mis hijos, darles de comer, llevarlos y traerlos de la escuela, hacer con ellos las tareas, dedicarles el cien por ciento de mi tiempo.

Mi transformación

Afortunadamente, en la escuela de mis hijos nunca se han presentado problemas con las otras mamás. Como el kínder y la primaria están pegados, obviamente que muchas me conocían desde antes… Mejor dicho: me conocían, pero no me reconocían.

En alguna ocasión una de las mamás se me quedó viendo y me dijo:

—¡Ay, qué guapa te ves de verdad! ¡No te estaba yo reconociendo!

De ahí en fuera, nunca ha existido una mala cara, alguna cuestión directa. Al menos, nunca he sabido.

Fotos: A. K. O.

No puedo asegurarlo de manera categórica, pero creo que soy muy natural, que soy lo que le llaman «pasable», o no sé cómo podría decirse. Pero a veces me han comentado que sí es un poco difícil darse cuenta de mi pasado. También me dicen que rompo el estereotipo de la mujer trans exuberante, supermaquillada, escultural, que dices:

—Oye, está demasiado… muy hecha, demasiado mujer, demasiado bien para ser una mujer natural. O qué sé yo. Siempre he tratado de ser natural.

Al principio, inicié mi terapia hormonal sin atención médica, investigando, probando, cuál sentía yo que sí me hacía bien, cuál no, con calma, sin meterme así un montón de medicamentos. Porque sabía que era peligroso. Porque hay quien se mete no solamente hormonas, también se inyectan biopolímeros y cosas así. Yo no.

En la cuestión hormonal, yo sé que hay muchas chicas que de inicio se empiezan a meter inyecciones cada tercer día, cada semana, ¡pum, pum, pum!, una sobrehormonación, que no hace más rápido el cambio, al contrario, y además, se quitan muchos años de vida.

Yo empecé muy lentamente los primeros cambios. Mi transición fue lenta, lenta, porque empecé por ejemplo por depilarme las cejas. Un vellito, y días después otro, y así, poquito a poco. A través de los meses, empecé a dejarme crecer el cabello poco a poco. Era una transición en la que tenía yo que ir acostumbrando a mi entorno, que no se dieran cuenta de mis cambios. Cuando por fin lo notaron, yo ya había cambiado, y dijeron:

—¡Oye! ¿Qué pasó aquí?

Incluso viví una etapa andrógina, cuando me ponía ropa que no era ni de mujer ni de hombre, así que hubo un momento cuando yo iba por la calle, la gente no sabía si era hombre o mujer.

Después de mi primera ruptura de matrimonio, yo interrumpí mi proceso. Hicimos un nuevo intento: Dejé las hormonas, me puse a hacer ejercicio, me corté el cabello, y empecé a luchar por recuperar a mi pareja, pero ya era tarde y no se pudo.

Cuando vi que no podría recuperar a mi pareja, fue cuando dije: «bueno, tengo que seguir». Y ya sin pareja, sin nada más que perder, retomé mi terapia hormonal, y pasó algo más de un año cuando dije:

—Ya, no hay marcha atrás. Por fin seré Karen.

Morir y renacer

Hay cambios físicos que ya no se revierten fácilmente; sobre todo, cambios sociales, cuando la gente se acostumbró a Karen, cuando ya no se acuerda de la persona que fui antes, o nunca me conocieron, o ya se acostumbraron a la nueva persona.

Como me dijo un amigo de la infancia, alguna vez, que publiqué alguna foto de antes:

—Oye, sentí muy feo. Como cuando veo fotos de mis amigos que han muerto. Ver tu foto fue eso, porque para mí, esa persona ya murió.

De hecho, creo que es la visión de mucha gente, que te conoce de antes, de la infancia: algo así como una muerte en vida, un proceso de muerte, en lugar de un renacimiento.

Eso me da mucho coraje, porque interiormente siempre he sido la misma persona. ¡Porque no morí! Sigo siendo la misma. No entiendo eso…

Tal vez es un medio de aceptación, pero sí me da coraje, porque no morí… Nomás exterioricé lo que soy; pero sigo siendo la misma, incluso, creo que hasta mejor persona. Me dan ganas de decirles:

—Yo ya estaba aquí, pero tú no me veías…

No recuerdo bien quién lo dijo, si mi ex o mi mamá:

—Esta pinche vieja mató a mi hijo o me quitó a mi pareja.

Así lo dijo: «esa pinche vieja». Y sin darse cuenta que soy la misma persona y que duele, pues. Duele que de alguna manera te están matando… Su forma de aceptar el cambio, es matar a la persona de antes.

Es curioso. Pienso que las personas que viven en el entorno cercano de la persona trans sufren también una transformación, un proceso que puede ser muy violento, pero que también les puede dar a ellas, a ellos, la oportunidad de renacer. Aunque no siempre es favorable.

He leído por ahí que es primero un proceso de shock, luego un proceso de duelo, y luego hay dos caminos: aceptación o negación: «Lo mataste, pero ya no acepto a la nueva persona. Bye, fuera». O: «Bueno, mataste a la persona, pero acepto a la nueva; ahora es mi hija», o como mi ex: «ahora es mi amiga».

No soy yo la asesina, ellas lo están matando. Ellas matan a esa otra persona para poder aceptar a la nueva. No pueden aceptar que hubo un cambio. Es difícil. Creo que todas las personas estamos aún buscando acomodo.

En el caso de las personas trans, hay como dos o tres corrientes. Muchas mujeres trans se dedican a la prostitución, o a los concursos de belleza, o a los shows de imitadoras de artistas populares como Lorena Herrera, Paquita la del barrio, Gloria Trevi, Jenny Rivera, Juan Gabriel, etcétera.

Muchas mujeres trans se operan para ser el estereotipo de mujer superbuena, bella, pero de una belleza artificial, exuberante. Le ponen demasiada atención a los cambios externos. Al igual que muchos hombres trans, que buscan que su transformación les permita pasar inadvertidos.

También hay mujeres, yo me incluyo, que solamente queremos ser mujeres, ser leídas, vistas socialmente como una mujer. No importa si eres gorda. Si eres una mujer fea, o flaca, o vieja…

Si eres una mujer así como equis. No importa ser bella o no serlo. Sólo ser una mujer más.

En ese sector, yo tengo el gusto de conocer a grandes mujeres arquitectas, muy conocidas, a gente que está en el Instituto Nacional Electoral. Hay una científica que está en Monterrey. Se trata de gente preparada, que no se ha preocupado en ser físicamente bella. Simplemente, en ser mujeres…

Algunas, como beneficio colateral, en su proceso se han convertido en mujeres bellas.

En mi caso, yo quería ser una mujer, quería verme como una mujer y nada más. Tuve la fortuna, no sé si genética, o qué, de verme bien. Obviamente, me cuido también, pero fue como un beneficio colateral. Yo no buscaba eso, verme bella. O sea, era realmente poder vivir, ser una mujer.

Y bueno, también hay una nueva tendencia entre las mujeres trans, un tanto apegada a la cuestión queer, que no le importan tanto los cambios físicos, sino pues así, como están, como son, dejarse crecer el cabello, usar ropa femenina y vivir como mujer. Es muy respetable; yo no puedo objetarles nada. Aunque incluso en algunos casos no esté muy de acuerdo, tengo que respetar la vida de cada una de ellas y de cada una de estas corrientes… Porque no sabes qué hay detrás de cada historia.

Yo tiendo a creer, me gustaría creer, quizás muy desde mi perspectiva, que muchas de las historias de mujeres y de hombres trans, aún las más terribles, las que terminan con depresión y muerte, al menos tuvieron un momento de éxito, de búsqueda, porque estas personas supieron imponerse a la biología, a su familia, a la sociedad, a tantas cosas, y dijeron: «Ésta soy. Éste soy».

De hecho, sí hay un primer éxito en decir:

—Ok, yo empiezo a vivir como soy. No sé cómo me va a ir, si me irá bien o me irá mal. Yo me aviento a ser yo misma o yo mismo.

Mucha gente simplemente no se atreve y vive su vida entera sin salir del clóset, y eso también es muy respetable.

Pero también hay aspectos biológicos. Por ahí hay una tendencia a creer que es una decisión, o que yo me identifico con ser mujer y quiero ser mujer. Hay incluso casos de arrepentimiento: «yo era muy feliz siendo gay; o sea, ya hice mi cambio de nombre, me hormoné ¡y estoy arrepentidísimo!, yo era muy feliz siendo un chico gay, no sé para qué hice esto».

Hay personas, yo me incluyo, incluso hay estudios que aseguran que existe una razón biológica, genética, en la transexualidad. Hace no mucho se publicó un estudio de una universidad alemana, donde hacen análisis de cerebros de hombres, mujeres y personas transexuales, y concluyen que el cerebro de la mujer y del hombre tienen pequeñas diferencias.

Hay personas transexuales que pensamos que sí hay una raíz biológica, y otras personas creen que es por cuestiones culturales, de identidad y de decisión, que se sienten más identificadas con las mujeres. No todas nos vamos por la cuestión biológica, ni todas por la identidad cultural.

Yo no creo eso de que «decidiste ser mujer». ¡Oye, no, espérate, no! De hecho, si a mí me preguntas, yo preferiría no ser una mujer transexual. Yo preferiría o ser hombre, o ser mujer. Ser hombre «normal», entre todas sus posibles variantes. Preferiría no tener esta supuesta «opción». No es una cuestión de decisión. Eso me molesta mucho. Cuando me dicen eso, yo respondo:

―¡No! ¡Ni madres! ¡Yo no decidí!

Yo lo único que he decidido fue exteriorizar lo que siempre sentí. Sí, porque ¿cuándo decides ser heterosexual?, ¿cuándo decides ser hombre? ¡Te toca!

Creo que es un debate que es interminable, no lo discuto. Para mí que existen las dos posibilidades: la cuestión biológica y la de identificación, o la de querer ser. Yo no lo veo peleado o, por ejemplo, no me peleo con la teoría queer. Hay gente que es queer, pero que no lo deben aplicar a todo el mundo. Porque eso sí siempre se los he cuestionado:

—Oye, ‘pérate, yo no soy queer. Porque al fin y al cabo, por romper etiquetas, terminan creando etiquetas nuevas.

Me he peleado con algunas personas, porque espérame, yo no decidí: Karen no es una construcción. ¡Yo en ningún momento decidí!

Karen soy yo

Pero entonces, ¿quién es Karen? Es una pregunta que me hacen, que me hago constantemente.

Yo soy Karen. Simplemente Karen. Una mujer de luces y sombras, un espíritu, un alma femenina, una mujer que estuvo encerrada, una mujer que le tocó nacer en un cuerpo de hombre. No en «el cuerpo equivocado». Me tocó nacer en este cuerpo por alguna razón, por error, por bendición, por cualquier cuestión.

Cuando pienso en la persona que era antes, que habitaba el cuerpo que ahora habito, cuando cierro los ojos y regreso a esa época en la cual Karen no salía, cuando miro mis fotos de peque, me miro con un poco de nostalgia, un poco con la sensación de tiempo perdido…

Me hubiera gustado mucho haber empezado antes, haber vivido siempre como quise vivir. Cuando pienso en «él», no puedo separarlo de mí, de la que ahora soy, de la que siempre he sido. Porque no es otra persona. Era yo. Nada más que era mi caparazón. Tenía que ser fuerte, ser «hombre». Pero lo que le puedo agradecer a esa construcción que yo hice, fue ser la persona fuerte que soy. Ser esta persona que antes era me dio el valor para luchar, para ser yo, para poder seguir…

¡Pues si soy yo! Nomás que esa parte fuerte es la que ahora me sirve mucho para luchar, para enfrentar las cosas.

Cuando necesito ser fuerte, recurro a esa parte. Ahí sigue. Es que no es alguien que murió, eso es una idea errónea. Tuve que ser fuerte para sobrevivir.

Depresión y suicidio

Las personas transexuales tenemos el índice más alto de suicidios. Estamos hablando de cuatro de cada diez personas, que se han suicidado o intentado suicidar. Está comprobado que es el índice más alto de suicidios.

Antes de mi separación, tenía depresiones cíclicas que me tiraban en cama todo el día a llorar… Así, llegué pensar: «me voy a suicidar, ya no aguanto vivir así».

Después de mi separación, sufrí una depresión muy fuerte, un intento de suicidio, una depresión profunda, muy profunda, logré sobrevivir.

Actualmente, tengo de repente algunas recaídas, pero ya no es por mi separación, sino por las cuestiones de discriminación, aislamiento social, toda la serie de transfeminicidios que ha habido últimamente. De miedos. De inseguridad. De cansancio.

A veces pienso que si no tuviera a mis hijos, ya no estaría yo acá. Lo más seguro es que me habría suicidado. Ellos han sido mi motor, mi bandera, por ellos tengo que seguir luchando.

En el proceso de luchar por ellos, sacarlos adelante y cuidarlos, luché por mí, por dar a los demás otra visión de las personas trans, por tratar de cambiar un poco el entorno, no nada más para mí, sino para las generaciones que vienen detrás. Pero, sobre todo, para mis hijos. Para cuando otras personas sepan que su papá o su mamá es trans, no tengan tantos problemas.

Pareja

Antes de Luna, tuve varios noviazgos con mujeres, muchas novias. Algunas de ellas me decían:

—Oye, tú no eres como los demás hombres, tú no besas como los demás, eres distinto.

Después de mi separación, no he tenido una pareja, una relación formal. He tenido amistades, con las que me he llevado bien…

También, en un inicio, buscando cariño, tal vez buscando una relación, cometí el error de creer en muchas personas, que si no me ofrecían una relación de pareja, me ofrecían una amistad, pero… Era más la cuestión de cumplirles la fantasía de estar con una mujer trans y que, al siguiente día, me bloqueaban en el teléfono, no me respondían, no me hablaban. Y no fueron sólo hombres, mujeres también.

Llegó un momento en el cual decidí: ya no más. Porque al final me sentía vacía, usada y destruida. Realmente, no he tenido una relación de pareja en mucho tiempo, aunque el amor a veces toca a la puerta.

En cuanto a mis preferencias sexuales, me considero lo que se denomina «pansexual», o sea, que es un poquito más allá de bisexual, que es cuando te gustan hombres y mujeres, los dos sexos. Pansexual es cuando puedes tener una pareja hombre, mujer, gay, lesbiana, trasvesti o transexual. O sea, más que fijarte en el sexo, en la sexualidad de la persona, te fijas en la persona en sí.

Ya estoy en una edad en la cual la cuestión sexual sí es importante, pero ya no es primordial. Creo que es más importante tener a una persona adecuada a tu lado, una persona más allá de su sexualidad o de su identidad sexual, una persona con la que pueda estar, platicar, convivir, con la que pueda dar mucho de mí.

Lucha feminista, lucha laboral

Me identifico como mujer, me identifico mucho con la lucha feminista. A raíz de mi transición, empecé a conocer el feminismo. Me gustó. Me gustó entrar, que me aceptaran, lo que manejan, la forma en cómo buscan lograr la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, que aunque en teoría existe, en la vida real, no.

Creo, que me han aceptado como una más… Claro, no con todas las mujeres. Algunas consideran que estoy invadiendo un espacio que no me corresponde, que al fin y al cabo, «sigue siendo un hombre vestido de mujer».

En mi trabajo, he tenido problemas. Para el 50 por ciento de las mujeres, yo ya soy Karen, me apoyan y todo; pero el otro 50, o quizás más del 50 por ciento, me ven mal, como una intrusa.

En mi trabajo, tengo problemas con el uso de los baños. En un inicio, empecé a usar el baño de mujeres; pero muchas de ellas estaban haciendo un documento en contra. Logré calmar las cosas, no para mí, porque yo les iba a causar problemas muy serios a ellas, al acusarlas de discriminación, iba a llegar con demandas ante el Consejo Nacional para Prevenir y Erradicar la Discriminación (Conapred), la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) y la Secretaría de la Función Pública (SFP).

En ocasiones, uso el baño de mi jefe cuando no está; pero a veces he tenido que escaparme al súper o a algún otro lugar. Hace poco, ya no llegué al súper. Tuve que medio lavar y secar mi ropa con la secadora de manos. Es muy difícil. Ha sido muy difícil. Pero como ya tengo mi documentación y todo, mi cambio ante el Registro Civil, acabo de meter un oficio para que me hagan mi cambio de documentación en mi expediente, para quedar como Karen y que me respeten mi antigüedad. Y si me dicen algo, yo les respondo:

—Mira, corazón, lo siento: mis papeles dicen Karen, sexo femenino, y hazle como quieras, mi vida, o nos vamos a pleito, a ver quién pierde. Si no quieres entrar al mismo baño que yo, vete a otro, como yo le hice; yo voy a entrar acá.

Foto: Alejandro Montaño.

Hasta hace poco peleaba mi derecho por una cuestión de ética y moral, o de buena educación; pero ya teniendo mis documentos, me voy por lo que dice la ley, y ya ahí le van a tener que hacer como quieran, pero me van a tener que respetar y, si no lo hacen, se van a meter en problemas muy serios, sobre todo, porque trabajan en el gobierno del estado, y ellas como funcionarias públicas no pueden discriminar.

Invisible para los hombres

Con los hombres trans, por lo general, me llevo muy bien. Tengo un poquito de problema con los hombres transgénero machistas, que los hay. O sea, ésos que repiten el esquema, que creen que por ser hombres, «ahora puedo denigrar a la mujer, las voy a hacer menos», y se olvidan de dónde vienen y lo que pasaron. Varios chicos trans han comentado que ganan muchos privilegios cuando empiezan a ser vistos como hombres: dejan de tener muchos miedos, como andar en la calle como mujeres, por ejemplo. Pero en general me llevo muy bien, tengo buena relación con muchos amigos.

Entre mujeres y hombres trans hay mucha sororidad, bueno, al menos de mi parte, como abrazarnos, porque estamos en la misma lucha; en el sentido contrario, pero estamos en la misma, y hay muchos puntos de encuentro, sufrimos lo mismo. Incluso, hay parejas formadas por hombre trans y mujer trans. De hecho, la tendencia para formar parejas es con chico trans y chica trans, porque se tocan los extremos de una realidad, en la cual las mujeres y los hombres cisgénero estarían en la media, y los chicos trans y nosotras estamos en los extremos de esa realidad.

La explicación que yo daría, básicamente, es que es como que un complemento. Porque se entienden, saben las depresiones que pasamos, las luchas que hemos tenido, los problemas sociales, y familiares. Hay más posibilidad de entender a una pareja que ha pasado por los mismos problemas de rechazo, discriminación. Al fin y al cabo, estamos en el mismo camino, pasamos discriminación, alejamiento familiar, y nos unimos para luchar, para estar juntos.

En cuanto a los hombres cisgénero, la mayoría me ignoran totalmente. Para ellos soy invisible, sobre todo en mi trabajo.

Cuando hice mi transición, de plano, desaparecí; los hombres me hicieron, ¡pum!, a un lado. Acabó todo privilegio, incluso me hicieron menos. Perdí derecho a muchas cosas, por dejar de ser como ellos me veían: un hombre gay; afeminado, pero hombre al fin. Algunos me saludan, otros me tratan por cuestiones de trabajo, porque tengo que relacionarme con mucha gente, pero hasta ahí nada más.

Hay dos que tres que me han tratado de hablar, que me han pedido mi número y todo, pero como a escondidas, cuando nadie los ve. Y les digo que no. Porque, en primer lugar, no tengo que estarme escondiendo de nada. Si me quieren hablar, que sea en público. Y segundo: porque no quiero que vayan a pensar que voy al trabajo nomás para estar buscando hombre.

No, yo hice una transición para mí. Hay mucha gente que entiende mal eso. Hay muchos mitos sobre la mujer transexual: que es una diosa del sexo, que está para satisfacer las fantasías de los hombres, y no es cierto.

Para la mayoría de los hombres soy como la Mujer Invisible. Muchos ni me contestaban los buenos días, de plano me ignoraban, y yo empecé también a ignorarlos. Solamente con las personas que me contestan, les hablo yo.

En el trabajo sí me trataban como hombre; aunque ellos pensaban que yo era gay. Pero sí era hombre para ellos, sí había un poco más de trato. Incluso mi jefe me daba ciertas encomiendas y cosas muy personales que yo le hiciera.

Cuando hice mi transición en el trabajo, mucho después de mi transición social, incluso mi jefe como que me hizo a un lado y mucha gente me dejó de hablar, yo creo que porque se les esfumó su seguridad. Porque para ellos es muy difícil ver a una mujer… O bueno, vamos a describirlo como ellos lo ven: cuando ven a un hombre que ahora luce como una mujer, y luce bien:

―¡Cómo es posible que era hombre!

O sea, les mueve mucho su seguridad personal, creo y tienen miedo a que por saludarme o platicar conmigo, la demás gente les diga:

―¡Ah, ya te vi, estás ligando!

―No me vaya a gustar, puede ser… Capaz que me gusta.

El segundo peor insulto que puede haber entre dos hombres, después de la mentada de madre, es: «pareces una mujercita… eres un mariquita… actúas como vieja… pareces niña…». Y de ahí, todas las variantes: joto, mampo. Incluso, entre gays y mujeres trans, el trato rudo es de perra, jota, zorra, putita… En el fondo, es el mismo prejuicio. De ahí es de donde viene el que comiencen a manejar esto de: «jota», «vestida», «perra»…

En fin, eso es terrible, sobre todo dentro de una comunidad que ha sido tradicionalmente muy discriminada, aunque tenga ahora una mayor visibilidad.

En general, hay una parte con algunos gays, pero extremos, igual con algunas chicas lesbianas, que para muchas de ellas no somos mujeres, sino gays que se disfrazan de mujeres… No sé si lo vean como una especie de «traición de género», el hombre que quiso dejar de serlo… O sea, ambos grupos manejan el mismo término: «es un gay que quiere ser mujer».

Es quizás con este sector con el que más problemas he tenido, el núcleo más duro. O hay otros, como los hombres machistas, o las mujeres heteronormadas.

Desde mi punto de vista feminista, sí estoy en contra de repetir esas cuestiones machistas, tanto en hombres, como en mujeres trans. Esto de ser muy bonitas y atractivas para complacer a los hombres, para mí es muy machista. Estar delgada y ser bella para ser atractiva para los hombres, pero no para una misma.

Yo elijo verme bien, pero para mí, para sentirme a gusto. Como si sólo las mujeres atractivas valieran la pena, ése es el asunto: que creen que verse muy guapas, muy exuberantes, muy femeninas, las define como mujeres, y se quedan en el 20 o el 30 por ciento de lo que es ser mujer. Y además es por un tiempo muy corto de sus vidas, porque al fin y al cabo, el cuerpo cobra factura. Llega un tiempo, cuando los años pasan, y muchas de estas chicas terminan en la vejez, regresan a ser hombres, para poder vivir la ancianidad como hombres.

O sea, para muchas mujeres trans, ser mujer es ser bellas, ser atractivas, ser jóvenes, ser muy femeninas. Pero no. Ésa es una muy pequeña parte.

También se da el caso de mujeres trans que inician su transición a los 40 o 50 años. La mayoría de esas personas que lo hacen a esa edad son más conscientes. Hay muchas que cambian y se sienten muy guapas, pero, como comentaba: la belleza es un beneficio colateral, ya hay cierta madurez y se asumen como señoras… Es raro que veas a una mujer trans de esa edad queriéndose ver como una jovencita. Se asumen según su edad, ya como una señora.

En diez años yo me veo como una cincuentona guapa, vistiéndome de acuerdo a mi edad. Incluso hay como que una tendencia, un modelo de mujer como de 50, 60 años, así con canas, pero vistiéndose elegantes, guapas, modernas, manteniéndose bien, activas y sanas, no como el estereotipo de la abuelita de antes. Yo así me visualizo. No para gustarle a nadie más, sino para mí. Sí me veo con el transcurso del tiempo. Siento que no es sólo cuestión de género. Hay muchas personas o que se están vistiendo como jovencitas o como chavarrucas, y yo no, ¡jajajaja! Yo pienso que hay que asumirse de acuerdo a la edad. En mi caso, que no aparento mi edad, eso te da cierto margen de maniobra, y obviamente lo aprovecho, ¿no?

Me veo actuando plenamente, sin miedo a relacionarme socialmente, como Karen; incluso, tal vez, poderme quitar la etiqueta trans; que la asumí hace poco, para hacer visibilización positiva, un poco de activismo feminista, activismo pro trans. Yo asumí el término trans para hacer visible que sí es posible, que hay otros caminos ¿no?

―¡Wow! eres mujer trans, vives con tus hijos, te dedicas a ellos, tienes un trabajo, ejerces una profesión, no te prostituyes.

Por aquello de los estereotipos, hacer una visibilización distinta, sentí que eso podía darlo. Pero sí, va a llegar un tiempo en que me lo voy a quitar y ya no ser Karen, mujer transgénero, sino Karen, mujer.

Me veo tal vez estudiando algo, con más tiempo para mí, porque ahorita estoy totalmente dedicada a mis hijos, pero sí me gustaría estudiar otra carrera (yo soy comunicóloga) o aprender algo. Sí, yo creo que hay mucho que hacer, y ya no sólo como mujer trans, sino como mujer.

Mis hijos

Ahorita mi familia son mis dos hijos.

Otras personas quizás esperarían que yo hubiera abandonado a mis hijos, o que ellos me hubieran abandonado a mí. La verdad, se sorprenden de que yo los tenga conmigo.

Muchas personas se admiran que yo asumí el cuidado de mis hijos, que no me permiten sentirme mal, derrotada. Mientras muchas personas se tiran en cama por enfermedades como chinkungunya (que ya me dio) o depresión u otras cosas, yo he tenido que estar con calentura, con dolor, cuidándolos, haciéndoles la comida, llevándolos a la escuela, haciendo muchas cosas por ellos. Incluso, no me permito meter la cabeza al horno un día, porque yo no me permito dejarlos solos a mis hijos, no me lo puedo permitir…

Hay una película que se llama La tumba de las luciérnagas, que me conmueve. Pensé: yo no les puedo hacer eso, no puedo dejar solos a mis hijos, tengo que luchar por ellos. Aunque me lleve la fregada, yo no puedo; son mi motor de vida, siempre lo he dicho. En primer lugar, estoy luchando por ellos y, paralelamente, lucho por mí, por mis derechos.

A veces me pregunto qué pasaría si no estuvieran, si no hubieran existido nunca en mi vida, o si los hubiera perdido. ¿Cómo me vería? ¿Una Karen sin hijos? Pienso que es como un universo paralelo, muy difícil visualizar. Porque puede ser que yo no hubiera transicionado, o que lo hubiera hecho mucho antes, más joven, y ya vivir plenamente, como Karen, en algún otro lado. Probablemente, hubiera yo muerto hace mucho tiempo. Tantas cosas. No puedo. O sea… es un universo paralelo, con muchas posibilidades. Ahora que, de haberlos tenido y que me los hubieran quitado, no poder verlos, no estar cerca de ellos, seguramente yo no estaría ahorita viva, habría muerto hace mucho.

Yo te quiero como seas

De mis dos hijos, a quien le tocó un poco más vivir mi transición fue al mayor. Ya va a cumplir 15 años.

En cierta parte de mi transición, yo fui una persona de muy mal carácter. Fui grosera con mi pareja, con mis hijos, porque yo estaba como peleando con la vida, estaba muy estresada, y a él le tocó vivir eso. Le tocó ver la transición física y también de carácter, porque de ser una persona muy entregada, llegó un momento que me convertí en una persona grosera, agresiva. Estaba harta de la vida, cansada de enfrentar todas las responsabilidades que tenía que cumplir por ser el «hombre de la casa». Esto duró como seis meses, cuando suspendí mi tratamiento. Pero cuando empecé mi proceso e inicié la terapia hormonal, ya volví a ser de nuevo yo misma, aún más cariñosa que antes.

Un día, al principio de mi transición, fuimos al cine. Vi con él la película Mi vida en rosa. Le pedí que me acompañara. Y fue muy difícil poderle decir, no encontraba la manera. Hasta que ya de regreso, casi por llegar a la casa, me paré y le dije:

―¿Qué piensas de mí: soy buena persona?

Quería saber su opinión. Me dijo simplemente:

―Yo te quiero.

―¿Qué pensarías si yo te dijera que soy como el niño de la película?

Él se me quedó viendo, y me preguntó:

―¿Tú te sientes mujer?

―Sí, yo soy igual.

Y después de unos segundos, él me dijo:

―No importa, yo te quiero como seas…

Para mí fueron muy importantes sus palabras.

A él le tocó ese proceso. También le tocó transicionar conmigo, conocer a las dos personas. Para nadie ha sido fácil, y por eso yo siento que para él ha sido un poco más difícil.

La Peque habla

¿Y quién soy yo, para la Peque? Bueno, yo podría responder, porque me lo ha dicho, pero creo que es mejor que lo diga ella, de viva voz, con sus propias palabras, porque aquí está conmigo, como siempre, a mi lado; es mi sombrita…

Foto: Alejandro Montaño.

―¿Qué piensas cuando ves mis fotos de antes?

―¡Iiiiiiuuuuuu! ¡Que eras un ogro!

―¿Y ahora?

―¿Y ahora?

―¡Ahora eres una Hada!

―¿Te acuerdas de cómo era antes, antes de ser Karen?

―Por fotos, nada más, yo no me acuerdo.

―¿Cómo te sientes con esta otra mamá, además de tu mamá Luna?

―¡Bien! ¡Muy bien!

―¿Cómo me dices?

―A veces te digo mamá Karen. Otras veces te digo papá, cuando está mi mamá Luna, para que no se confundan…

―Pero tú ¿no tienes confusión? ¿O sí?

―No. Una es mi mamá Karen, otra es mi mamá Luna.

―¿Crees que ha sido difícil, más difícil para tu hermano?

―Puede ser un poco más cuando era un ogro, ¡pues sí, era un ogro, básicamente! Pero ahorita ya no.

―¿Me cambiarías? ¿Te gustaría tener un papá como los otros papás de tus amigos?

―¡Nooo! ¡Así te quiero mucho!

―¿Las personas transexuales… comen niños?

―¡Nooo! Son personas normales…

Ella va a cumplir 9 años. Creo que básicamente creció ya viéndome como Karen. De hecho, cuando ella nació, cuando empezó a hablar, yo no era «papá», era «mamá», aun sin transición. Por año y medio yo fui «mamá»… hasta que con la insistencia de Luna, la otra mamá, y de la abuelita, ya me empezó a decir «papá». Pero bien dicen que los niños captan cosas, y yo era su mamá. Ella no se acuerda del anterior. Yo soy su mamá Karen y tiene a su mamá Luna. Ella tiene dos mamás, no se complica.

Para mi hijo, soy su papá. En el inicio de mi transición, cometí el error de quererlos obligar a que me dijeran mamá, o que no me dijeran papá en público:

―¡Pero cómo! ¿De quién son estos niños? Le hablan a su papá, ¿no?

Pero después, en un proceso interno, me dije:

—No, a la fregada: ellos son mis hijos y pueden llamarme como quieran, hasta «firuláis» me pueden decir, porque son mis hijos y ellos me van a llamar como ellos quieran. Y si un día ellos me van a tratar en términos femeninos, es porque ellos quieren. Yo no les voy a obligar a nada. Han sido inteligentes, han sabido llevar bien las cosas.

Yo sé que no es fácil, para nadie ha de serlo, aunque ya hay mucha apertura de información sobre el tema.

Dos detalles me muestran que lo han sabido manejar:

Cuando yo inicié mi transición, antes de que cambiara definitivamente mi ropa, a mi hijo le dijeron unos compañeritos de la primaria:

―Oye, tu papá parece mujer, ¿no?

Entonces, él, en vez de sentirse intimidado, o de quedarse callado, simplemente les dijo:

―Sí, ¿verdad? Sí parece.

¡Y asunto arreglado! No cayó en la provocación. Básicamente, les cortó cualquier posible intención de bullying, no les dio alas para seguirse. No le dio miedo ni nada. «Sí, parece mujer, ¿verdad?». ¡Pum! Y ya no se tocó más el tema. Mi hijo lo manejó con mucha inteligencia, así de sencillo. No entró en provocaciones, ni intentó defenderse o contraatacar o dar explicaciones.

El año escolar pasado, mi hija tuvo que hacer su árbol genealógico, con bisabuelos, abuelos, papá, mamá y hermanos.

Entonces, yo me preocupé y fui a hablar con la maestra, a explicarle la situación, porque no conoce a Luna. Para ella, yo era la mamá, porque soy quien los lleva a la escuela, quien va a firmar, quien va a las juntas, a quienes ellos veían como una mamá, y le tuve que explicar cómo es nuestra familia.

Le pregunté cómo iba a aparecer la cuestión en el árbol genealógico: ¿yo como la mamá, sin el papá, como ocurre en tantos casos, o con una foto de antes, papá y mamá, o las dos como mamás? ¿Cómo ponerlo?

La maestra comprendió y me dijo simplemente :

―Póngase usted como prefiera y que ponga a su otra mamá.

Le planteé a mi hija las dos opciones, y ella me dijo:

―No, yo voy a poner foto tuya actual, de mamá Karen.

Ella solita resolvió el problema. No había problema, de hecho. Sólo un lío en mi cabeza. Era un problema de adultos, una complicación que ella resolvió mejor que los adultos, porque yo con miedo de que le fueran a hacer bullying, y ella simplemente dijo: «voy a poner una foto tuya, de Karen»… y asunto concluido. No hubo preguntas, ni problemas, ni nada.

Foto: A. K. O.

Hace poquito, cuando por fin me entregaron mi credencial para votar, con mi nuevo nombre, mi Peque me hizo una cartita:

«Te amo!!! eres la mejor,
Felicidades!!! POR TU CAMBIO DE NOMBRE!!!

Te quiero y te amo mucho.

Con Amor. F

Y me pone unos dibujitos. ¿A poco no es un amor?


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