Un encuentro con el artífice de la sexoficción
Por Andrés Felipe Escovar Publicado en Carretera, Crónica, Entrevista, Historias, Perfil en 6 octubre, 2020 0 Comentarios 26 min lectura
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Es una ametralladora de tus depresiones.
Luis Aeropajita

Escribir el nombre Hernán Hoyos y agregar el consabido paréntesis con su fecha de nacimiento, además de implicarme esculcar en alguna fuente de internet, acrecienta mi inquietud por saber si ha muerto. Hay quienes dicen que la pandemia nos arrasó y todos morimos y habitamos un purgatorio donde continuará un simulacro de nuestras vidas. ¿Estará muerto don Hernán? Puede que vuelva a caminar con él por el centro de Cali, sin tapabocas ni el temor de rozarme con alguien.

Cuando nos encontramos, hace poco más de media década, él sobrepasaba los ochenta años y el asunto del dinero ya no lo apuraba. Por eso mismo, no deseaba que publicaran su trabajo en grandes editoriales, aunque algunas le ofrecieron un contrato cómodo: su objetivo de convertirse en un autor leído se cumplió sin necesidad de multinacionales. Desde mucho antes, prefirió autoeditarse y salir a vender sus libros, dejándolos en consignación en librerías y quioscos de la ciudad. Todo lo hizo sin el aspaviento de los autodenominados independientes,1 que suelen utilizar esta etiqueta para acudir a becas estatales y, carente de la vergüenza que media la relación entre el artista y el escritor, guardaba en su maleta el registro de las facturas y un registro de las ventas y devoluciones.

Charlamos durante dos tardes. La primera nos encontramos en la plaza Cayzedo; lo vi caminando, mucho antes de que él me conociera, con su morral en la espalda, sin reparar en el ruido que esputaban los locales y los feligreses que salían de la catedral de San Pedro. Apenas me acerqué, me extendió la mano y vi que en sus ojos tenían nubes. Le pregunté si quería entrar a alguna cafetería para que charláramos y él me dijo que prefería caminar: no calculé que las caminatas fueran tan largas; éstas solo se interrumpieron cuando no sentamos en unas bancas de cemento a un costado del río Cali, cerca de la Ermita, y a pocos metros del puente Ortiz que él cruzaba para orinar en unos árboles, luego de explicarme que la micción era el acto más reiterado de la senectud.

En aquel entonces él ya tenía decidido no volver a escribir.

―Si me pongo a escribir ahora, abandono lo que tengo que hacer ahora que es publicar esa obra que es enorme. Son como cuarenta y cinco novelas y cuarenta cuentos.

La obra de Hernán Hoyos, en un kiosko de Cali, en 2014, cuando se ocupaba de publicar sus obras completas: unas cuarenta y cinco novelas, con títulos difíciles de olvidar como Un alegre cabrón, 008 contra Sancocho, Se me paró el negocio, El club del beso negro, El miembro de Lucifer, Sin calzones llegó la desconocida, Frentenalga y Careculo.

A diferencia de los angelicales destellos de Henry Miller o la crueldad de Apollinaire, Hoyos toma a la sexualidad como un objeto sometido a una visión casi científica y asume su trabajo como un microhistoriador de la vida sexual o, en su defecto, un notario que consigna los escarceos genitales de cientos de personas.

A los treinta y dos años, tenía una mesa grande con cuatro máquinas de escribir. En cada una de ellas escribía un libro diferente. En ese mismo lugar sostuvo algunas reuniones con Sor Terrible, la mujer que habría de protagonizar una novela homónima, basada en lo que ella le relató. Don Hernán me contó que trató de seducirla, sin decirme cuáles fueron sus primeros ardides. Quizá todo haya sido parte de la vorágine de una narración que formó parte de la verdad de su memoria.

―La hice sentar al lado mío. Yo no sabía que era lesbiana y le metí la mano. Cuando toqué el clítoris de ella, me di cuenta de que era de este tamaño –Hoyos estiró su dedo índice derecho para indicar las dimensiones de un órgano megalítico–. Era a la vez hombre y mujer. Era Sor Terrible. No me puedo arrepentir de eso porque fue un documento más.

Desde entonces, trabaron amistad, aunque, cuando charlé con él, llevaba un par de años sin saber de ella. Quizá se salvó de la pandemia y murió mucho antes. La última vez que se la encontró fue en unas cabinas telefónicas; después de hablar un rato, ella le mostró la foto de una mujer de más de cincuenta años y de su hijo de dieciocho: Sor Terrible se acostaba con los dos.

La historia de esta mujer es escrita por Hoyos como una hagiografía truncada:

Cuando era niña quería ser santa.
Veía a las monjas en la calle e imaginaba que todas eran santas. Y quería ser como ellas.
A los diez años me internaron en un colegio de monjas

En el internado, la niña descubrió que le gustaban las mujeres y se enamoró de una de las madres que la cuidaban. A esto se sumó el gusto que sentía cuando se dejaba lamer su vagina por el vigilante del centro de instrucción educativa y religiosa. En ese lugar, de fervores divinos, nació a la vida terrenal la gran Sor Terrible.

Luego vino la escritura de un libro que, por más fiel que intentó ser, tuvo el efecto distorsionador de todo retrato.

«Lo vi caminando, mucho antes de que él me conociera, con su morral en la espalda, sin reparar en el ruido que esputaban los locales y los feligreses que salían de la catedral de San Pedro».

Sus libros, algunos recientemente autoeditados, aparecen en mostradores donde se exhiben los últimos números de revistas de moda o televisión o suplementos deportivos. En la década de los sesenta no podían exponerse de la misma manera. En esa época, muchos adolescentes los compraban para leerlos a escondidas; era una revelación que un libro pudiera suscitar erecciones y hacer llamados al placer solitario. La manera como fueron útiles para el ejercicio de la mano y conciencia ardientes y desesperadas supone, al menos, dos posibilidades:

A. Leer lo que está escrito en las páginas de cualquiera de esas novelas, pues abundan las descripciones de encuentros sexuales de distinta laya.

B. Enrollar alguna de las cuarenta novelas escritas por Hoyos y amoldarla al diámetro del pene del masturbador.2

Don Hernán desaprobaría cualquiera de las dos formas. Respecto de las mujeres jamás me refirió acto masturbatorio alguno mientras que, en cuanto a los varones, me dijo que era nociva, como lo afirmó el médico Theodoor van de Velde en su libro El matrimonio perfecto, pues el pene está hecho para el contacto con el tejido conjuntivo de la vagina (la vagina es un ojo que inflige una mirada al vacío, porque otea un lugar diferente a este afuera lleno de genitales erectos o viscosos; el encuentro de dos vaginas, más que el cruce de miradas, en las novelas de Hoyos, es el de dos cegueras): ni las manos ni un libro enrollado son los receptores apropiados del embate genital de los machos.

La masturbación, como orfandad del pene, es el objetivo último y vergonzante de la pornografía coital; en los portales de internet aparece, a un costado, publicidad que dice, como un regaño: «Deja de masturbarte y ten sexo de verdad»;3 a la culpabilidad del consumidor del video, se sumará la potenciación de su soledad, acercándolo a un anacoreta. Porque el objetivo del pornógrafo apunta a la aprobación sustentada en el placer solitario, la etiqueta de pornógrafo adjudicada a don Hernán Hoyos por su amigo José Pardo Llada, apenas apareció Crónicas sexuales, es un malentendido intencionado. Sirvió sólo para que la sociedad caleña de los sesenta comenzara a comprar el libro. Hoyos ha bautizado a su escritura con otro nombre:

―La llamé sexoficcion y creo que tengo derecho, porque convertí los problemas sexuales en temas literarios. La sexualidad es el más importante de los instintos, porque gracias a ella se perpetúa la especie.


Un remordimiento despertaba a don Hernán Hoyos en medio de sus noches. Me lo comentó cuando le pregunté por sus sueños. Dijo que se había trazado el propósito de soñar con su amigo «El gordo» Lucio Ramos, uno de los protagonistas de su libro Memorias fisiológicas. Años atrás, se lo topó en el puente España, en el centro de Cali. Hoyos paseaba con sus hijos, aún niños, y él pasó de largo y sólo volteó la mirada cuando Ramos le dijo:

―Hernán, me has hecho mucho daño.

Hoyos creyó que se refería al vino que le había aconsejado comprar un par de meses antes, a sabiendas de que Luciano padecía de una úlcera gástrica. Tiempo después entendió que el daño aludido por «El gordo» era la ingratitud.

―¿En qué te he hecho daño, amigo mío? –me dijo don Hernán que le dijo, como si pudiera revivir el episodio, para hallar una reivindicación con ese gordo que falleció poco tiempo después del desencuentro. Por eso lo busca en sueños.


Aunque don Hernán dice valerse de la realidad que le circunda para hacer sus historias –lo cual lo convierte en un lector que no se limita a los libros, sino que también lee a las personas–, la búsqueda en los libros fue anterior al encuentro con los testimonios como materia primordial de sus novelas».

El retorno de la monja Alférez la publiqué a los 19 años en el Diario del Pacífico y salía todos los días un capítulo. No me pagaron ni cinco, pero me daban cinco periódicos diarios. Cuando iba al depósito, el señor que lo manejaba, que era un negro muy maduro, me decía: «Don Hernán, cuando no aparece su novela, llaman los lectores para preguntar qué pasó». Y años después, cuando comencé a escribir inspirándome en la vida que me rodeaba, como ésta era una novela de aventuras que se desarrollaba en el siglo XVII y toda la inspiración era tomada de la literatura que había leído, porque no había vivido, en un prurito exagerado de autocrítica, decidí destruir los originales y los recortes de la prensa que tenía. Ese libro se salvó porque, años después, una tía me llamó y me dijo: «Hernán, yo tengo una novela tuya que apareció en el Diario del Pacífico y la tengo encuadernada». Yo no sé cómo bendecir a esa tía, porque ella fue la salvadora de esa novela, porque cuando cayó Rojas Pinilla en el 57, el pueblo destruyó las oficinas del Diario del Pacífico y todos los archivos del diario y mi novela se hubiera perdido. No sé cómo agradecerle a esta tía que ya está muerta hace muchos años.

También escribió sus primeros relatos a partir de algún dato bibliográfico hallado en los textos de historia. Fue el caso de Las hermanas del coronel, inspirada en el general Tomás Cipriano de Mosquera, a quien le dispararon en una batalla, destruyéndole la mandíbula. El militar se la hizo reemplazar en Europa por una de platino, con lo que su dicción fue especial y le mereció el mote de «El mascachochas». Esos datos fueron el detonante de la historia.

―Con este cuento gané un premio de la editorial Novaro México, en mil novecientos sesenta y pico. Me lo publicaron y me dieron el primer premio. Ésa era una editorial especializada en novelas de aventuras. Publicaba una revista en México que se llamaba Aventura y misterio.4 Y me publicaron dos cuentos más: «El extraño Nessim», que era de la vida real y el otro cuento era «Intruso del más allá». De «Intruso….» no te puedo decir si fue inspirado en la vida real o no, porque a lo largo de mi vida muchos hechos me han inspirado novelas y cuentos, pero me queda muy difícil ya saber qué parte fue imaginaria y cuál no.5 Por ejemplo, hay un cuento de terror llamado «Mi compañero chino», en donde dos estudiantes de medicina, un colombiano y un chino, iban a una morgue de una ciudad, no me acuerdo si determiné la ciudad. Iban a la morgue por las tardes a practicar con más eficacia su carrera de medicina. Se habían vuelto amigos del guardián de la morgue que les sacaba los cadáveres. Entonces notaron que los cuerpos de mujeres bonitas, jóvenes y blancas, estaban tibios y se preguntaron por qué. Espiaron al guardián y descubrieron que él los calentaba para después violarlos. Eran cuerpos de muchachas muertas por asesinatos o accidentes que no los habían reclamado. Entonces descubrieron lo que hacía este sujeto y, en un acceso de hacer justicia, se le fueron encima al guardián de la morgue y lo golpearon, pero él sacó un machete… No me acuerdo en qué termina el cuento, pero los dos amigos salieron ilesos.


Casi toda la vida de Hoyos discurrió en Cali, aunque hubo un tiempo en que vivió en Wisconsin, en la casa de Maxwell, su amigo y traductor al inglés.

―Él vivía con su mujer. Fuimos a traducir mis libros y la revista Knight publicó tres cuentos míos. Él era un traductor impresionantemente riguroso. El editor de la revista mandó los tres cheques –cada uno de 100 dólares–, pero yo estaba muy aburrido en ese país y como aquí llevaba una vida de parranda y de risas, entonces me vine para acá. Maxwell se bebió en cerveza los 300 dólares. En esa época, un dólar servía para un almuerzo… yo fui a varios supermercados con Maxwell y un almuerzo decente valía un dólar. Entonces se bebió los 300 dólares, pero me los fue pagando, eso sí. Y después era incapaz de trabajar. Como traductor era un verraco, pero era incapaz de trabajar; entonces lo mantenía la mujer. Era un soñador. Inventaba negocios que después no podía realizar, pero para traducir era extraordinario.


Los intentos por encasillar a Hoyos en el lugar de viejo caliente son explicables: una persona que hizo más de cuarenta novelas catalogadas, en su mayoría, como pornográficas no puede distanciarse del ideal platónico de un viejo verde, con lo cual termina plegado a un álbum de curiosidades de la «vida cultural de la provincia» y marginado de cualquier discusión en torno a la tradición literaria de Colombia. Hoyos es incómodo, pues se aleja de esa literatura que sublima lo popular y tampoco se adscribe a las prescripciones de los buenos artefactos verbales que cada tanto varían en los cenáculos académicos .

Tampoco don Hernán tiene en su cabeza a Henry Miller ni menciona, entre sus escritores favoritos, a alguno aparecido en el siglo veinte, salvo John Dos Passos, de quien admiró su rapidez y el uso de frases cortas que él también trató de emplear en su narrativa. Una de sus grandes influencias fue la literatura francesa:

―Me llamaban la atención las novelas de Alejandro Dumas cuando era adolescente. Fue mi ídolo literario, pero con los años comencé a no apreciarlo como pintor de caracteres, porque no tenía esa capacidad de otros escritores franceses como Balzac, Maupassant y otro francés… he leído varios clásicos en francés… Anatole France. Los tengo en mi casa, todos descuadernados, porque me los han regalado parientas casadas con franceses que ya se han muerto.

De los latinoamericanos se queda con Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera, por las dos novelas con que se hicieron conocidos: La vorágine y María. También intenta aprender de la técnica del ensayista Baldomero Sanín Cano y asegura que al único argentino que ha leído es al antisemita y ultracatólico Hugo Wast, cuyas historias eran interesantes pero jamás logró rubricar con una buena técnica. Y los poetas que dejaron una impronta en él fueron Amado Nervo y Porfirio Barba Jacob, de quien recuerda el poema «Nosotros somos los invertidos»6 y lo declama:

Ved nuestras úlceras en carne viva
que escuece el áspero soplo del mar.
Fue nuestra pobre carne cautiva
de una nefanda deidad activa
que los rubores vedan nombrar.

Nosotros somos los delirantes,
los delirantes de la pasión;
ved nuestras vagas huellas errantes,
y en nuestras manos febricitantes
rojas piltrafas de corazón.

Según don Hernán, para Barba Jacob, Cali era un garaje con obispo.


Hoyos también lee como escritor, rastrea los mecanismos que sirvieron para la construcción de historias.

―Yo fui creador de mi propia técnica literaria, que consiste en que los personajes se presentan ante el lector y se hacen conocer por lo que dicen y lo que hacen. En mi literatura no uso adjetivos; curiosamente, aprendí, o por lo menos confirmé esta tesis, en una novela del doctor Alfonso López Michelsen que se llamaba Los elegidos; no es una gran novela, pero en ella proclamó no usar adjetivos. Es decir, yo nunca digo lo que piensan los personajes ni nunca los califico. Lo que puedo decir es «tal vez, pensó», porque uno en la vida real no se mete en el cerebro de alguien para decir lo que está pensando; en la vida social uno no puede estar seguro de lo que piensa el interlocutor. En mis novelas el personaje se hace conocer por lo que dice y lo que hace.

La autoadscripción al realismo de Hoyos responde a esta forma de presentación de los personajes y al relevamiento de las temáticas, que busca en su entorno; esto, sin embargo, no significa que él haga una escisión entre lo real y lo fantástico:

―Literariamente, no es importante discernir lo real de lo imaginario. Pero desde el punto de vista psicológico y sociológico sí porque, si uno escribe narrativa basada estrictamente en cosas de la vida real, como cuando yo escribí Crónicas de la vida sexual, entonces eso le permite conocer a los psicólogos y los médicos que no han tenido el oficio o audacia para ir a los bajos fondos de Cali, como hice yo. Este tipo de documentos les permite, tal vez, tener testimonios para sus diagnósticos y tratamientos…. Una vez, por ejemplo, una pareja tenía problemas de frialdad y el médico les recomendó leer a Hernán Hoyos.

Entonces, como los candorosos cultores, defensores y enfermos de la literatura y metaliteratura –que mirarían a Hoyos como una rareza o un personaje digno para escribir una novela o un cuento sobre la «peligrosidad» o el abismo que entraña la literatura–, Hernán entiende a lo literario como algo indivisible, como una totalidad que, sin embargo, no le parece el punto culminante de la escritura. Por eso sus pretensiones no se circunscriben a los vericuetos de los hechos estéticos, él también se asume como un hacedor de documentos que sirvan para lecturas no literarias y por eso sus libros pueden ser un medicamento alternativo para luchar contra la impotencia o la frigidez.


El trabajo de don Hernán ha trascendido la escritura; en 2008 escribió, dirigió y produjo Mariposas Oscuras:

―Es en cine digital. Está inspirada en Ofelia la voluptuosa, una novela mía en la que la protagonista debe soportar las pretensiones sexuales de una sirvienta de la casa que es lesbiana, inteligente y algo leída. Es una película completa, una tragedia de 90 minutos como cualquier largometraje.

Como en la literatura, la tradición de la que proviene Hoyos en el cine tampoco responde a una trayectoria en la que estén nombres como los de Lars Von Trier, David Lynch o John Carpenter, sino que manifiesta su entusiasmo por Lo que el viento se llevó, El mago de Oz o La Tour de Nesle.

―Hay otra, El acorazado Potemkin. El lenguaje cinematográfico creado por Eisenstein es el lenguaje cinematográfico que después usaron todos los cinematógrafos… Ésta me impresionó: El viaje a la luna, de Luis Lumiere [en realidad, de Georges Méliès]… No me acuerdo de más.

Cuando lo entrevisté, Hernán Hoyos esperaba a un grupo de cineastas del sur del continente que quería llevar a la pantalla alguna de las historias que él escribió.


Los testimonios, como fuente de su escritura, llegaron a su escritorio cuando trabajaba en la redacción del periódico El País de Cali:

―Se acercó un hombre negro, bien vestido, se quitó el sombrero, de unos 50 o 52 años, y me dijo: «Compermiso, joven. Como usted va a ser un talento literario y tiene una capacidad muy grande para utilizar unos temas dramáticos, yo soy chocoano y le vengo a contar lo que pasó en Quibdó: llegó un norteamericano a Quibdó con una cantidad de dólares y pidió hablar con el alcalde porque quería montar una empacadora de pescado. Esa empacadora traería entradas y fuentes de trabajo, entonces el alcalde llamó a un amigo de él y le dieron cita al día siguiente.

En la reunión le preguntaron al extranjero cuánto dinero había traído. Él les precisó la suma y le pidieron que al otro día trajera todo el efectivo.

―Entonces los dos negros acordaron matar al míster y robarle los dólares. En la ruta, me contaba el negro, lo mataron, le quitaron los dólares y lo tiraron al río y quedaron los dos negros en el bote y siguieron en el río. Entonces uno de los dos mató al otro para quedarse con los dólares y lo tiro al río y siguió en el bote que, después, naufragó.

Hoyos publicó esta historia en la revista, cuando José Pardo Llada era su director en Bogotá. También apareció en la misma revista la historia del asesinato del jefe de control de cambios:

―Control de cambios era una entidad pública que autorizaba la importación de cualquier producto. Esas autorizaciones tenían que ser pagadas; entonces, por algún problema que tuvo el director que, entre paréntesis, tenía amores homosexuales con un muchacho como de 20 o 22 años, lo asesinaron saliendo de la casa. Yo, con el prurito de ser exacto, entrevisté a los parientes del muerto y, con ese criterio de honestidad, yo dije: «estos relatos ya no son míos porque Pardo me los pagó a 400 pesos cada uno». No los conservé, los destruí… Ahora, para publicar, tengo que ir al archivo que tiene Cromos en Bogotá. Eso era en 1960 o 61.

Hoyos, durante su trabajo en la prensa, también fue ampliador de los cables que repartía la United Press. Fue removido de este cargo en el diario El País por un incidente. Como solía hacerlo, el 11 de abril de 1951 salió de las instalaciones del periódico a las once de la noche. Pocos minutos después de su partida, llegó la primicia de que el presidente Truman había degradado al general Douglas MacArthur. Como la noticia no apareció en el diario al día siguiente, Hoyos fue trasladado a las páginas sociales y tuvo que escribir sobre fiestas, matrimonios y demás reuniones hechas por la clase con pretensiones aristocráticas de Cali. No pudo rechazar el cambio y marcharse: necesitaba, como aún ocurre hoy, comer.


Su modo de caminar, como un antiguo guerrero que lleva en sus espaldas los escombros de las últimas batallas, ilustra en cierto modo su concepción bélica de vivir:

―La vida es una lucha contra seis o siete enemigos: La mugre, el desorden, la ignorancia, las enfermedades, el anonimato, el hampa… van seis. Tú te levantas todos los días a bañarte y afeitarte y, si no arreglas tus papeles, se te vuelve eso un maremágnum y no encuentras la factura, el recibo; entonces, contra el desorden es una lucha. Contra las enfermedades: la mayoría de la gente permanece enferma. Cuando hablan en la televisión que la salud es un derecho, creen que dan la clave para no enfermarse, pero lo que anuncian son los medicamentos… Yo a todos mis hijos los crié con mi dieta y nadie se enferma y, cuando he llamado a un médico, ha sido por un traumatismo. Cuando mi mujer tuvo los dos primeros hijos, llamaba al médico a la casa y él atendía el parto allí.

La segunda tarde llegué unos minutos antes de la hora pactada, así que decidí ingresar a la catedral. Me entretuve un momento en la contemplación de sus paredes, atiborradas de cuadros que se hunden en la penumbra, con motivos que prometen el paraíso e insinúan la mirada de lejanas santidades que habitan la eternidad. De repente, sentí un llamado. Volteé a mirar: Hernán Hoyos estaba sentado en uno de los bancos de madera donde los feligreses se sientan a escuchar al cura. Miraba al frente, pero no rezaba, esperaba la hora exacta para salir a mi encuentro. Porque él no cree en Dios y las iglesias sólo le sirven para pasar el rato. Eso es lo que él dice aunque, al verlo en la oscuridad, parecía como si alguno de esos personajes bíblicos de los cuadros hubiese bajado a observar los últimos coitos del mundo.

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  4. El mercado editorial de aquel tiempo era diverso, al menos fuera de Colombia, y gracias a eso don Hernán pudo tener algún ingreso aparte de la venta de sus libros. En esa misma revista de Novaro editaron trabajos de escritores como Francisco Tario  (Regresar)
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  6. Hoyos dijo ese nombre. El poema se titula, en realidad, Canción delirante, pero la parte que recita sí es la de «Los invertidos».  (Regresar)

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