Querida maestra
Expectativas, tele y modernización educativa
Por Alberto Chanona Emilio Ruiz Publicado en Crónica, Historias en 25 agosto, 2020 0 Comentarios 18 min lectura
Un trago para el fin del mundo Anterior Pelo Malo Siguiente

Ayer fue la vuelta a clases. Y por primera vez, todos a distancia. Usar las señales de radio y de tv como herramienta para educar no es nuevo, pero resulta extraño para la mayoría, habituada a las clases presenciales en un espacio propio para la actividad escolar. Niñas, niños, adolescentes vuelven a clases en la casa, en un confinamiento sanitario que se ha extendido por meses (y lo que falta), con madres y padres trabajando a la vista, incluso más que antes, estresados y con señas claras de fatiga.

Lo nuevo no es, precisamente, la educación a distancia, sino las condiciones en que ocurre y lo poco preparados que quizá estemos para ello, las familias, los estudiantes, los maestros, las autoridades educativas y quizá también el archivo de contenidos disponibles para la tarea. Parece al mismo tiempo que para que lo nuevo exista, lo anterior debe dejar de existir. Que las herramientas de toda la vida de pronto nos resultan aterradoras o si no, cuando menos, obsoletas, sinónimos de atraso.

Es de esperar que surjan dudas y discusiones alrededor de todo eso y más, con el paso de los días, a medida que avance el actual plan. Poco a poco, reuniremos testimonios y los iremos presentando en este espacio: Querida maestra.

Por ahora, empezamos con una crónica personal al modo de un diario, y algunas reflexiones aquí y allá, a cuatro manos (que ojalá pronto sean seis, ocho, diez). Desde luego, sabemos que nuestra experiencia no es generalizable ni universal. Nuestra intención es apenas sumarla y aportar elementos a otras que, seguramente, conoceremos en estos días, a través de distintos espacios informativos.

No nos engañamos: somos por hoy dos ancianos gritándole a la nube. Pero a lo mejor ése sea tan buen lugar como cualquier otro, para contribuir a la conversación. Júzgalo tú. Y, quién sabe, a lo mejor mañana seamos tres o cuatro o…

Si quisieras participar tu también en este ejercicio y compartir tu experiencia, considera ésta la invitación formal a hacer tuyo este espacio, por teléfono o por escrito. Contáctanos en info@textosur.com.


Lunes 24 de agosto

Preparamos cuadernos nuevos, colores, sacapuntas, tijeras, un abaco para el pequeño que inicia la primaria, un juego de reglas para el mayor, que va a sexto grado. Anoche les costó dormir por la emoción. Preguntaron si tendrían maestra o maestro, cómo se llamaba. La explicación de lo que implicaba la tv los decepcionó un poco. Han vivido en pijama casi todos los días desde hace meses. Hoy no. Hoy despertaron temprano. Desayunaron y se arreglaron solitos. Querían estar puntuales frente a la mesita que prepararon también solos. Bien vestidos, peinados, guapos. Como nunca, expectantes ante el televisor.


Lo mejor y más divertido: los minutos de activación física. Paola Espinosa y Rommel Pacheco, este último con tal velocidad que nos sacó la carcajada. Las cápsulas de geografía de factura argentina, la Antártida.

Gustaron también una cápsula de educación musical para presentar la orquesta y otra conducida por un niño y una niña de Oaxaca, acerca del color rojo, la cochinilla, los textiles y el barro. Ambas, con mucha información que no sabemos aún si tendrá refuerzo en los siguientes días. Esperamos que sí. Pero quién sabe.

Lo peor. Los cuentos aburridos, con «mensaje», que los enseñan a ser buenitos nomás para no ser malaonda.


Aquí el televisor no funcionó. Es un Hitachi modelo 1989, a color. Solía ser espléndido para ver el futbol americano, cuyo campo artificial era verdísimo en ese receptor que hoy sólo capta estática. Tengo entendido que los nuevos fabricantes consideraron que era mejor disfrazar esa estática de color azul, verde o negro, para sus consumidores. La mayoría nunca se enteró qué era esa estática ni de dónde salía su sonido característico.

Mucho antes de que el sistema de televisión «abierta» cambiara a digital, la Hitachi de 1989 recibía, en mi propia casa, transmisiones de las clases de telesecundaria, que de por sí pasaban por Canal 4 antes del horario de caricaturas, en Canal 5.

Yo era niño en 1982. Mientras esperaba a que empezaran las caricaturas, a las 3 pm, me ponía a girar la perilla del televisor familiar de aquel tiempo. Encontraba a veces a unos señores metidos en una gran discutidera, en Canal 8 (luego supe que eran Octavio Paz y Enrique Krauze). De repente aparecían unos pollitos en pantalla y ahí me quedaba, hasta que le agarraba el gusto. Así fue como me aficioné a tres programas de Canal 4 sobre apicultura, cría de gallinas y de peces. Eran, pues, cursos sobre actividades del campo. Yo vivía en la ciudad y esas imágenes me cautivaron. Recuerdo que el actor Alfredo Salvador Sánchez Bolaños aparecía ahí vestido de «campesino», enseñando al público a construir una pala para levantar restos de abono con una lata vieja. Me entraban ganas de tener mis propias gallinas, peces y comer miel.

Usar la televisión para educar no es ninguna novedad. Solía pensar que lo de «tele» en telesecundaria era porque, precisamente, usaban televisiones para llevar clases de nivel secundario a distancia (hoy sé que es un prefijo de origen griego que significa «lejos» o «a distancia»).

Por eso creo que la educación a distancia no debería ser, para el magisterio ni para las autoridades de la SEP, una especie de misión imposible, una novedad o algo similar al paso de un tsunami o huracán, como parece que se percibe y se está contando esta historia.

Me pregunto qué pensará Greta Thunberg de que ahora deba tirar mi televisión Hitachi 1989, para comprar una pantalla plana digital.


Nuestra familia vive la escuela como un mal necesario. Nos apena en verdad abandonar a nuestros hijos a diario en una escuela y esperar a tener suerte. Esto es que aprendan algo, que exploren ahí su curiosidad, que los ayuden a explorarla. Que al menos descubran y disfruten el sencillo placer de la amistad y la camaradería. Que aprendan a través de ellas la elemental ética de la vida y el sentido del honor y la justicia: confiar, cuidar al otro, no rajar y no regarla. Vivimos la escuela como un mal necesario. Pero no se siente igual abandonarlos a diario ahí, que abandonarlos frente al televisor, no como cualquier domingo, sino «para que aprendan». Hay algo diferente en eso, ¿no? Entonces nos quedamos a ratos con ellos tomando clase frente a la tele.

Esta imagen es del segundo día. La expectativa fue notoriamente menor a la de ayer: hoy ya no se peinaron ni cambiaron.

Son dos niños. Dos horarios. Así que, inevitablemente, algo de la carga laboral del día llegó a la tarde. Y la de la tarde –ya de por sí un exceso, por desgracia cada día más habitual desde que empezó el confinamiento– llegará a la noche.

La próxima semana, además, nos avisaron en la escuela, debemos grabar audios y enviar comprobaciones diarias por Whatsapp de que están haciendo la tarea.

Mamás/Papás. Cuidadores. Guías de apoyo escolar. Prefectos. Trabajadores. Pagacuentas. Deudores. Duerman: tienen cinco minutos.


Nos quejamos. Pero hay condiciones donde seguir el ritmo de la educación a distancia puede ser bastante más complicado. Por ejemplo, la necesidad inevitable de salir de casa para trabajar, como tantos millones de familias.


Estudié a distancia la maestría en tecnologías educativas, del Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa (ILCE). La labor pedagógica y tecnológica de la «sede» (la UNACH), a la cual le pagábamos cerca de 6 mil pesos mensuales, fue prestarnos un salón y ponernos una televisión con la señal del ILCE. Aun así, las clases y maestros me resultaban de sumo interés.

Recuerdo bien una de las clases donde la lección era: «si puede llevar educación sin computadoras… ¡hágalo!». Suena contradictorio pensar que un maestro de una clase llamada «Tecnología educativa» recomiende lo que parece ser justo lo contrario. No es así. El error es, me parece, ver a las computadoras como algo fashion (un logro del marketing a lo Steve Jobs), pues tanto una computadora como un lápiz son tecnología.

Claro que podemos usar una tablet para enseñarle a nuestros hijos qué es un cubo. Pero los maestros suelen resolverlo de modo más sencillo y, acaso, efectivo. Por ejemplo: pasan a una tienda de abarrotes y compran una caja de cartón, la llevan frente a sus estudiantes en el aula (o a través de la tele), giran la caja y les enseñan: «esto es un cubo», luego de lo cual explican los detalles.

Recuerdo una de esas presentaciones circenses de Steve Jobs donde mostraba el último modelo de computadora, una maravilla con la que no sólo podrías crear documentos, sino ademaś hacer presentaciones. De pronto, observé que mientras hablaba, ojeaba a ratos algo a un lado del teclado: ¡una hoja de papel con sus apuntes! El señor intentaba vender una supercomputadora ofimática milagrosa, pero su guion lo hizo con papel y lápiz.


Por cierto, abandoné la maestría o, más bien, me sacaron, porque la UNACH, mi sede, nunca entregó al ILCE los pagos que hicimos.

En una ocasión hice una tarea que no podía enviar, porque «la plataforma no recibe ese tamaño de archivo». ¿Cuál era la opción? ¿Que resumiera mi trabajo o que le quitara cosas para que «pasara la tarea».

Cuento eso porque son dos conceptos que hoy forman parte de nuestro día a día:

  1. Confusión de los conceptos de ciencia, tecnología y técnica.
  2. Solucionismo tecnológico.

De todos modos, aprendí que la educación a distancia es todo un tema psicopedagógico y científico, con herramientas propias: un pizarrón, un gis y, si lo amerita, a veces una tablet. Y, desde luego, un contador que sí efectúe a tiempo los pagos de los estudiantes.

Aprendí ahí cosas interesantes, que llegan a dar risa por lo elementales que resultan. Por ejemplo, a veces pensamos que es mejor que nuestros hijos utilicen tabletas, en vez de andar oliendo esos armatostes llamados diccionarios o enciclopedias. Sin embargo, ambos tienen algo en común: en nuestro idioma se leen de izquierda a derecha y de arriba abajo. ¿Por qué? Porque todo requiere una base, una plataforma, un «andamiaje».

Si nos pasamos construyendo la educación cada sexenio, es difícil que exista nunca esa plataforma sólida. Y ya no digamos el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Sumemos a eso nuestro actual convencimiento de que traer un celular de hace cinco años, no tener cuenta de Facebook y no usar WhatsApp es como haber desaparecido de la faz de la tierra. Es «perder oportunidades», no acceder a la atención de las empresas, negocios o gobiernos, que ya no contestan por otras vías de comunicación, como si esas vías hubieran dejado de existir.

En una ocasión me pregunté cómo serían las clases de Sergei Brin, Larry Page o incluso de Mark Zuckerberg. Imaginaba a sus maestros como robots o inteligencias artificiales que utilizaban los últimos avances en materia de pizarrones electrónicos, digitales, etc. Y me encontré con esta sorpresa:

El maestro Walter Lewin enseña física en el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT). Sin renunciar a lo moderno, emplea pizarrones comunes, gises, proyectores de acetato y otras tecnologías que en muchas escuelas considerarían obsoletas, y donde no falta nunca alguien entusiasta dispuesto a invertir recursos para «modernizar» herramientas perfectamente útiles para el propósito de educar, pero que de algún modo nos parecen «atrasadas».


¿De verdad esto es la educación? No, no digo esto de ver tele o escuchar la radio. Ni siquiera sus contenidos (que sí son todo un tema). Sino esto: la escuela. ¿Qué sabemos de la currícula escolar? ¿Leemos alguna vez los libros de texto de nuestros hijos? Dejemos la currícula. ¿Quiénes son sus maestros/as? ¿Qué experiencias les transmiten?

Mi abuelo escuchaba radio todo el día y veía tele cada noche. Lo hacía con devoción. Era abrir los ojos y encender el receptor. Reparase el carro, armara algún mueble en su tallercito de carpintería, pusiera la instalación eléctrica de la casa que construyó con sus hijos al fondo del patio para que lo visitaran sus nietos, o cualquier cosa que le tocara hacer ese día, escuchaba radio. Cantaba. Oía novelas. Veía y escuchaba programas extraños, mitad ciencia, mitad platillos voladores; lo maravillaban los relojes y las plataformas petroleras donde trabajaba un hermano suyo. Tal vez por eso fue que ya grande y con hijos, quiso estudiar telecomunicaciones y pasar la mitad de cada mes en la punta del Huitepec, rodeado de antenas y televisores, tomando café en la niebla, rodeado de pantallas de tv y escuchando toda la radio que se le antojara, día y noche.

Osciladores caseros construidos y obsequiados por Emilio para que aprendamos clave Morse. Parte de su propósito es jugar a los mensajes «secretos» y explorar qué será eso de las ondas electromagnéticas.

Mientras mi abuelo estudiaba, alguien debía ganar dinero en casa para mantener a la numerosa familia: mi abuela. Ella no fue a la escuela. No aprendió a leer ni a escribir nunca. Pero se las ingenió siempre: hacía enormes cantidades de pan en su horno del patio y también cantidades ingentes de tamales. Vendedoras y vendedores de esos productos llegaban todo el día a su casa. Le compraban a ella los panes y tamales que ellos vendían a su vez en las calles. Mi abuela tenía además dotes de curandera. Así que completaba los ingresos con alguna sobada de panza a los niños que le llevaban, o el purgante que preparaba, las hierbas que conocía y que mezclaba de distintas formas. Poco a poco, empezó a combinar también eso con la venta de algunas medicinas alópatas y la aplicación de inyecciones. Hasta que un día reunió lo suficiente para poner una farmacia en forma, en la mera entrada de su casa. La ley exigía en aquel tiempo que los licenciatarios de farmacias y boticas aprobaran un examen. Mi abuela, como dije, no sabía leer. Pero de algún modo sabía todo lo que había que saber de los medicamentos de patente y de otros. Así que fingió haber olvidado los anteojos, para convencer a un burócrata de que le leyera el examen y le permitiera responder de forma oral. Era lista la abuela. E histriónica. Así que funcionó y salió de ahí con su licencia de farmaceuta. Que yo sepa, nunca mató a nadie. Antes bien, lo contrario.

Del otro lado de la familia, un tío abuelo tomó un curso de inglés por correspondencia que vio anunciado en una revista. Y cuando masticó el inglés, se inscribió en otro curso de una academia gringa, para convertirse en mecánico de aviación. Y cuando supo algo de motores y de aviones, buscó trabajo en el campo de aviación tuxtleco. Maravillado con las historias de aviadores que escuchaba ahí, se hizo amigo de algunos y yo creo, no lo sé, que les pedía chance de volar con ellos. El caso es que le enseñaron. Y así, de poco en poco, quién sabe cómo, logró juntar mil horas de vuelo o no sé cuántas y un día se fue al Distrito Federal (hoy CDMX) e hizo un examen. Ignoro los detalles. Sé que en casa de mis abuelos hay un título, con su foto, que dice Capitán Piloto Aviador. Sé que que tuvo aeronaves a su cargo. La última, un exbombardero de la guerra, que en la paz vino a dar a Chiapas a transportar mercancías, animales, gente y lo que entrara. Él murió en esa nave mercante de vocación militar, pero no por falta de pericia (todos sus pasajeros fueron rescatados perfectamente a salvo), sino por una maniobra que ya era de por sí difícil para una avioneta pequeña (y la de él era una ballena blanca voladora), y por un defecto de diseño de esa clase de aviones, que acabó dentro de su cuerpo.

Antes de eso, ninguna de esas personas que mencioné terminó lo que hoy se considera la educación básica (y una ni siquiera la empezó). Vivieron. Y como es imposible vivir sin interesarse en algo, sin sentir curiosidad por algo, fueron y exploraron sus intereses entre lo que tuvieron a su alcance. Alguno de esos intereses terminó por llevarlos un poco más lejos que los otros, pero todos fueron parte de sus vidas: las hierbas medicinales, los purgantes, los aceites, el conocimiento del cuerpo, la cocina, la carpintería, la radio, la electricidad, los circuitos electrónicos, las revistas, la mecánica, las historias de aviación en la guerra. Y desde luego, el amor, los hijos, la familia, los trabajos para sostenerla y para con cumplir con la tradición, vigente hasta hoy, de llevarla a ver el mar una vez al año. La vida, pues.

No estoy seguro de que ni entonces ni ahora, si hubieran tenido las escuelas que yo tuve o tendrán mis hijos, sus vidas habrían sido más ricas. Sé, eso sí, que se ha reducido el universo de lo que tienen niñas y niños a su alcance hoy para explorar sus intereses. Esa reducción de lo explorable es proporcional a otras reducciones fácilmente notables. Entre muchas otras: la de los salarios y garantías laborales de sus padres y madres; del acceso a medios y herramientas tales como libros, revistas o contenidos de radio y tv que estimulen su imaginación; del espacio disponible en casa y en las ciudades mexicanas, que suelen pensar poco en las necesidades infantiles de seguridad, exploración y esparcimiento.

En todo caso, me pregunto si la escuela será la herramienta que impulsará a mis hijos a tener una buena vida, como creyeron mis padres que la tendría yo, antes de que descubrieran que ni de chiste, pese a que me dieron la mejor educación que pudieron y que fue más que la de ellos, podré siquiera jubilarme alguna vez. Excepto por las amistades que me dio, la escuela siempre me significó más bien poco. Los libros, en cambio…

No sé. Me cuesta creer que lo que veo de la escuela es lo que necesitarán mis niños para el mundo que les espera, que voy a dejarles, a punta de un clic aquí y otro allá. Clic, clic, clic…

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