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Crónica de descendientes chinos en Chiapas
Por Jorge Aguilar Pinto Publicado en Crónica, Historias en 4 agosto, 2020 4 Comentarios 50 min lectura
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PRIMERA PARTE

Zhou Jak Poy,
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A los dos años y medio, Ricardo Chiu Velázquez fue raptado por su propio padre. Esto ocurrió en 1917, en Tapachula, que entonces era una pequeña población de la costa de Chiapas. Su madre, Bernardina Velázquez, casi se vuelve loca en los tres años que estuvo buscándolo. Pero un día, Eusebio Chiu Lam, padre del niño y de quien ella estaba separada, decidió confesarle que se había llevado al niño a Kowloon, provincia de Guangzhou, China.

No podemos imaginar lo que aquella mujer sufrió, desde el momento en que su pequeño hijo desapareció de su lado, sin dejar rastro, mientras ella se distrajo un instante al hacer las compras en el antiguo mercado Sebastián Escobar, en la octava avenida norte, en donde hoy se encuentra el Parque Central Miguel Hidalgo. Ahí cerca se ubicaban las tiendas de los inmigrantes chinos, entre las cuales Eusebio Chiu Lam tenía la suya. Fueron esos mismos comerciantes quienes le insistieron a su paisano y amigo para que le informara a su ex esposa sobre el paradero del niño.

Diez años después del incidente, Bernardina recibió una foto de su hijo, ataviado con uniforme de colegio, y fechada el 10 de junio de 1927, en Cantón (nombre en español de Guangzhou), China:

«Que la presente fotografía le sirva de recuerdo, que con todo afecto sincero le envía su cariñoso hijo, Ricardo Chiu».

Fotografía del niño Ricardo Chiu Velázquez o Zhou Jak Poy, tomada en el colegio de Guangzhou, China. 10 de junio de 1927. Foto: cortesía de la familia.

Kowloon pertenecía entonces a la provincia de Guangzhou, al sur de China. En todo el territorio se gozaba de un periodo de relativa estabilidad política; aunque en 1923, la ciudad de Guangzhou vivió la reorganización de Kuomintang, a cargo de Sun Yatsen, y tres años después, Mao Zedong dirigió ahí mismo la primera escuela del Partido Comunista Chino, y en 1927 fundó la Comuna de Guangzhou, que fue reprimida por tropas de Chiang Kaishek. Casi sesenta años atrás, en 1857, soldados ingleses y franceses habían ocupado la ciudad, lo que significó episodios de violencia e inseguridad para la población nativa en la región. Antes se había librado la Segunda Guerra del Opio, por lo que las condiciones sociales y económicas no eran óptimas y sirvieron para fomentar un espíritu de rebeldía entre sus habitantes, lo mismo contra los extranjeros invasores que contra la Dinastía Qing, como ya se había reflejado entre 1843 y 1864, con la revuelta de Taiping. Luego sobrevino un periodo de cierta tranquilidad, pero las circunstancias y el nivel de vida no mejoraron mucho.

Eusebio Chiu Lam, cuyo nombre verdadero se desconoce, era originario de Kowloon. Dejó a sus hermanos, a su esposa y a dos hijos, y zarpó a bordo de un barco junto a otros jóvenes que también buscaban abrirse camino en un nuevo mundo: América. Así, llegó a Panamá y se dedicó al traslado de mercancía. Tiempo después, en 1870, sus amigos y él decidieron ir a Estados Unidos. Sin embargo, solo llegaron al Puerto de San Benito, hoy conocido como Puerto Chiapas. Al parecer, navegaron en una rudimentaria barca de juncos, como apuntan algunas versiones mencionadas por el investigador Miguel Lisbona Guillén, en su artículo Vivir para trabajar: la inserción laboral de los inmigrantes chinos en Chiapas, siglos XIX Y XX. Pero no se sabe con exactitud. Lo que sí se sabe, es que Eusebio Chiu Lam se convirtió en parte de los primeros inmigrantes chinos asentados en Soconusco.

Unos cincuenta años más tarde, Ricardo Chiu Velázquez viajaría a la tierra de su padre, enviado por él, a estudiar y aprender el idioma, las costumbres, la cultura. Fue criado por su tío, un campesino cantonés que le enseñó el arte del cultivo de hortaliza, la pesca y la ganadería. Allí, recibió el nombre de Zhou Jak Poy.

Toda su niñez trabajó en el campo, bajo condiciones climáticas extremas. Durante el invierno metía las manos al agua helada, y en verano el calor era insoportable. Pocas veces tuvo un juguete. Su vida eran las pesadas labores que le imponía su tío, quien lo aceptó bajo la promesa de recibir algún dinero a cambio. Si su padre cumplió con ese compromiso, Zhou Jak Poy jamás recibió nada.

El joven Ricardo Chiu Velázquez o Zhou Jak Poy.

Vivía de forma modesta, su estilo de vida lo era. Su dieta se componía de arroz caliente y pescado hervido. Al paso de los años asistió a la escuela y se convirtió en un joven disciplinado. Tuvo muchas ocupaciones que desempeñaba con eficacia y todo lo aprendió de forma consistente. Se convirtió en un magnífico cocinero. Durante una temporada se empleó en un comercio y después apoyó en la venta de verduras a su tío, en el mercado de Kowloon; hasta que comenzó a trabajar como representante de una empresa distribuidora de papel en Asia. Poco después, conoció a una hermosa joven, se casaron y tuvieron un hijo y una hija: Zhou Zukan y Zhou Faukan.

Zhou Zukan (hijo mayor de Zhou Jak Poy), su hija, su yerno, su nieta y su nieto.
Zhou Faukan, hija mayor de Zhou Jak Poy.

Sin embargo, las condiciones políticas y sociales seguían sin ser favorables y estaban a punto de ser peores. En 1937 Japón invadió China, dando lugar a la segunda Guerra Chino Japonesa, para algunos, o a los combates de la Segunda Guerra Mundial en Asia, para otros. El 7 de julio de ese año, tropas japonesas se enfrentaron al Ejército de la República de China, en lo que se conoció como la Batalla del Puente de Marco Polo, a unos quince kilómetros de Pekín. Chiang Kaishek decidió pelear contra Japón, y el mes siguiente ordenó un bombardeo sobre barcos de la marina nipona, anclados en las costas de Shanghai. De esa forma, comenzó un enfrentamiento que duraría ocho años y que solo terminaría con la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, el 15 de agosto de 1945, después de sufrir la detonación de bombas atómicas estadounidenses sobre Hiroshima y Nagasaki. Algunas fuentes sugieren que China perdió alrededor de 3 millones de combatientes frente a Japón y que murieron entre 10 y 17 millones de civiles, en batallas o asesinatos masivos.

Durante ese tiempo no se tiene muy claro lo que ocurrió con Zhou Jak Poy. Una versión, vertida por Joaquín Ricardo Chiu Fong, su tercer hijo, nacido en Tapachula y primer fruto de su segundo matrimonio, dice que los directivos de la empresa de papel para la que trabajaba le brindaron protección trasladándolo a Japón. De esa forma aprendió un poco de japonés, sumándolo al inglés y al chino cantonés que ya hablaba. Otra versión, facilitada por su nieta Andrea Chiu, hija de José Ignacio Chiu Fong, hermano menor de Joaquín Ricardo, menciona que fue hecho prisionero de guerra por el ejército japonés.

Lo cierto es que, alrededor de 1942, Zhou Jak Poy regresó a Tapachula por órdenes de su padre, para que le apoyase en el negocio y luego se hiciera cargo del mismo, como era la costumbre de los inmigrantes chinos de la época.

Al pisar tierras mexicanas, de nuevo se convirtió en Ricardo Chiu, aunque cambió su segundo apellido, Velázquez, por Burguete, que pertenecía a la segunda esposa mexicana de don Eusebio. En un principio ella no quería, pero tuvo que hacerlo, ante la insistencia de su esposo, entonces próspero comerciante.

A pesar de que su vida familiar no fue fácil, Ricardo aprendió a convivir con sus medio hermanos: María Luisa, Mario, Gonzalo y Lupita. Él continuó con su estilo modesto de vestir y la misma disciplina laboral aprendida en China. Hablaba poco español, pero lo leía mucho, igual que el cantonés. Para él, gozar de un techo sobre la cabeza y de una comida buena –arroz caliente, sopa y guisado– ya era ganancia.

Ricardo Chiu Velázquez / Zhou Jak Poy (izquierda), junto a sus medio hermanos, la mamá de éstos y su padre, don Eusebio Chiu.

El joven, espigado, de estatura media, cara alargada, amplia sonrisa y ojos expresivos, se sentía extranjero en México, lugar donde había nacido, de la misma forma que siempre fue un extraño en el país que lo adoptó durante su niñez, adolescencia y parte de la juventud.

Entre 1945 y 1946, Ricardo conoció a Albertina Fong, quien trabajaba cuidando a los hijos del cafeticultor de origen chino, Juan Loo Gordillo, en Unión Juárez. El encuentro ocurrió en una de las tertulias organizadas por la pequeña comunidad de paisanos chinos, inmigrantes y descendientes, que vivían en Soconusco. Pero no paso más. La obra del destino tuvo efecto dos o tres años después, en Tapachula, cuando Ricardo acudió al recién inaugurado hospital del Seguro Social, por una uña del pie enterrada. Fue atendido en urgencias por el doctor Arzate y, para sorpresa suya y de ella, con asistencia de Albertina, quien había sido contratada como enfermera.

Ricardo entonces trabajaba en el Surtidor del Sur, una de las primeras grandes tiendas departamentales de dueños chinos, en la que se vendía de todo: desde azadones hasta telas, zapatos, camisetas, porcelanas, vidrio, láminas, abarrotes. De todo.

Caminaba todas las tardes al Seguro Social, ubicado en la Central Sur, cerca de la estación de ferrocarriles, por la 14 o 12 poniente, y esperaba a que Albertina dejara su turno. Entre risas, sus compañeras le decían «Ahí está tu chinito, te está esperando». A veces, bajo lluvias torrenciales, Ricardo aguardaba deseoso de verla y acompañarla a su casa. Y así, poco a poco, formalizaron la relación.

Albertina pertenecía a la segunda generación de chinos radicados en México. Provenía de una familia que guardaba costumbres y tradiciones ancestrales. Aunque de madre mexicana, su padre, Martín Fong, era originario de Guangzhou, China. Llegó a México en 1920, a la edad de 32 años, y se estableció en Motozintla, donde se dedicó al comercio, logró seguridad económica y tuvo una familia unida y alegre.

Cuando nacieron los tres hijos de Albertina y Ricardo, los nombraron Joaquín Ricardo, Gustavo y José Ignacio. Albertina siempre fue cariñosa con ellos, al contrario de Ricardo, que no solía demostrarles su afecto, sino que imponía la disciplina, principios y valores propios de la cultura china y que le servían para hacerse cargo de su propio negocio, Abarrotes La Central. También trató de enseñarles el idioma cantonés, con cierto éxito. En cambio, aprendieron mucho de la cocina cantonesa y, en general, de la china, pues tanto Albertina como Ricardo eran excelentes cocineros.

Joaquín Ricardo Chiu Fong, tercer hijo de Zhou Jak Poy (o Ricardo Chiu Velázquez/Burguete), en un año nuevo chino.

Albertina falleció en 1984, a los 54 años, y Ricardo nunca se volvió a casar. Vivió solo, cerca de 26 años más, ocasionalmente con alguno de sus hijos y nietos. Albertina Fong fue su existencia, su razón de ser, su ancla a la vida, desde el momento en que la conoció hasta el último de sus recuerdos, en 2010, cuando Ricardo dejó este mundo, a la edad de 95 años.


SEGUNDA PARTE

Hablan los descendientes del dragón

1) Origen y descendencia

Gil Chiu, 50 años. Músico. Ciudad de México.
Mi padre nació en Chiapas, pero de padre chino y madre chiapaneca. Fueron expulsados de México durante el mandato del presidente en turno, Plutarco Elías Calles. Mi padre se casó en China con mi madre, originaria de Macao, colonia portuguesa. Ahí nacieron cuatro de mis hermanos. El 30 de noviembre de 1960 vinieron a México, gracias a la repatriación impulsada por el presidente Adolfo López Mateos. Mis padres tomaron esa decisión, ya que el comunismo triunfaba en China y ellos pertenecían a la China Nacionalista.

Claudia Yesenia Fong Reynosa, 42 años. Motozintla, Chiapas.
Lo que me platicaba mi abuela es que mi abuelo, Martin Fong, originario de Cantón, había venido en barco. Que había llegado por Acapetagua, por Acacoyagua, por esa parte del Soconusco. Que estuvo como nómada de un lugar a otro. Nadie supo su nombre real. En sus documentos oficiales solo decía «Martín Fong». Mi abuela era chiapaneca, de Ixtapa, pertenecía a la etnia zoque. Se conocieron en Tonalá. Mi abuela era comerciante, al igual que mi abuelo. Vivieron en varias partes de la costa y en Ángel Albino Corzo, conocido como Jaltenango, y al final se establecieron en Motozintla. Tuvieron seis hijos: Rosalía Albertina, José Rogel, Amparo, Reynaldo, Arturo, Francisco.

Certificado de registro de entrada a México de Martín Fong, padre de Albertina Fong.

Saulo Hau. Comerciante. Mazatán, Chiapas.
Mi abuelo Santiago Hau Lau, cuyo nombre original era Siaczin Hau Lau, vino a México en 1920, en un barco que iba hacia Ecuador. Pero hubo una epidemia a bordo y, a la altura de Oaxaca. toda la tripulación se tiró al mar y salieron en Salina Cruz. Como ya había paisanos en Soconusco, se fueron a Tapachula. Mi abuelo estuvo trabajando en tiendas de abarrotes. De ahí se casó con una mazateca, mi abuela, la mamá de mi papá. Para que sus hijos conservaran el idioma y las costumbres, mi abuelo envío a China a dos de ellos en 1944. Así, mi papá, Saul, y un tío, Eutiquio, estuvieron doce años en Cantón. Cuando regresaron, mi papá tenía 20 años y mi tío, 24. Sufrieron mucho porque fue cuando inició el comunismo. Su familia poseía tierras y propiedades y les fueron quitadas. Tenían que trabajar para el gobierno, aunque no eran soldados. Durante ese tiempo aprendieron el idioma y la cultura.

Andrea Chiu, 21 años. Estudiante universitaria. Tapachula, Chiapas.
Soy descendiente de migrantes chinos, de cuarta generación. Nunca conocí a mi abuela, Albertina Fong, pero supe que su familia había llegado de China. Con mi abuelo conviví más. Tenía yo 13 o 14 años. Me acostumbré a su forma de estar. Incluso vivió un tiempo con nosotros, la tercera generación. A mis hermanos y a mí nos costaba comprender lo que decía mi abuelo, porque nunca aprendió a hablar español de forma fluida. Decía las palabras por separado, para que le entendiéramos un poquito mejor, porque él totalmente hablaba en chino, pero hacía el intento para hablar con sus nietos.

Xen Li Fong. Fotógrafa. Tapachula, Chiapas.
Yo soy cuarta generación. Tengo un hermano y una hermana. Mi bisabuelo llegó a México en 1919 o 1920. Mi mamá es de Veracruz y mi abuela paterna de Puebla. Genéticamente yo conservo algunos rasgos; lamentablemente, no tanto en lo referente a la cultura. Mi bisabuelo llegó en barco a Puerto Madero, junto a muchas de las familias que ahora viven en Tapachula. Ese barco tenía como destino el norte del país, pero la política gubernamental de México en ese tiempo era matarlos o usarlos como esclavos para reconstruir las vías del tren. Había muchas prohibiciones para ellos. Por eso decidieron quedarse en Chiapas. Para encontrar un poco de empatía con los mexicanos, decidieron cambiar sus nombres, porque en chino, primero va el apellido y luego el nombre. Yo, en China, me llamaría Fong Xen Li. Entonces, mi bisabuelo se llamaba Fong Xen y lo cambió y se llamó Vicente Fong Xen. Para poder legalizarse, se casó con una mujer de Tuxtla Chico, mi bisabuela. Tuvieron tres hijos, de los cuales uno fue mi abuelo, quien se casó con mi abuela, que es poblana. Mi papá se casó con mi mamá, que es de Veracruz y de ascendencia francesa. Mi abuelo no aprendió a hablar chino, porque eso venía de la madre, y muchos mexicanos, de padre chino, nunca aprendieron, porque casi no les gustaba a los hombres esa parte de enseñanza. A mi bisabuelo no le gustaba la comida mexicana, así que volvía de trabajar y se preparaba de comer. Como era adicto al juego. y al parecer al opio, la misma comunidad de inmigrantes chinos decidió llevárselo a Ciudad de México. No se sabe si a rehabilitación o solo a vivir, o si lo regresaron a China. Realmente en mi familia no se sabe.

Joaquín Ricardo Chiu Fong. Miembro de la Comunidad China de Soconusco. Tapachula, Chiapas.
Mi abuelo fue de la primera generación de inmigrantes chinos en Soconusco. Llegó a México procedente de Panamá. Era originario de Kowloon, provincia de Cantón, China. Mi padre nació en Tapachula, de madre mexicana. Mi abuelo se lo robó, se lo llevó a China con dos años y medio y regresó a los 27. Durante su etapa de joven adulto trabajó con japoneses, coreanos, vietnamitas. Entre múltiples empleos, fue cocinero y aprendió mucho. Era un excelente maestro. Mucho de eso lo aprendimos con mis hermanos. Mi padre no decía «soy dueño de una tienda» y no se daba el gusto de usar guayaberas, por ejemplo. Era de ropa y zapatos sencillos. No le importaba tener grandes casas, terrenos, autos. Era de bajo perfil y así nos enseñó a sus hijos: «No seas el número uno, el número uno cae. Sé el tercero. Arriba todo mundo te tira. Lo importante no es llegar primero, sino sostenerse en la cumbre».

Roberto Rico Chong, 60 años. Escritor. San Cristóbal de Las Casas.
A muy temprana edad (un año), quedé huérfano de madre. Ella era hija de chino y mexicana. Mi abuelo, Santiago Chong, adoptó ese nombre castellano de pila al llegar a nuestro país, en los años cuarenta del siglo pasado. Él, al igual que un gran número de los migrantes chinos que llegaron a México y a otros países del continente, había emigrado de la provincia cantonesa. La razón de su estancia en la capital mexicana obedeció a que su trabajo lo realizaba en la embajada china. De cualquier modo, se dedicó más adelante al comercio y abrió junto con mi abuela, Juana García, oriunda del Distrito Federal, uno de los tantos cafés de chinos que proliferaron en la ciudad. Sé que él falleció a los cuarenta años de edad, por un infarto. Mi abuela, hasta el final de sus días, conservó el negocio junto a sus cuatro hijas e hijo.

Mi madre, en ese entonces apenas salida de la adolescencia, conoció en su trabajo, en los Laboratorios Infan, a mi padre, Roberto Rico Barraza, originario del estado de Durango. Se hicieron novios, contrajeron matrimonio y se fueron a residir en la delegación Tlalpan. Nací en la Ciudad de México, el 24 de mayo de 1960. Al poco tiempo, ella fallece a causa de una infección mal atendida en 1961. Contaba yo con un año de edad. Mi padre, con 22 y muchas dificultades económicas, no estaba en condiciones de hacerse cargo de mí, por lo que aceptó el apoyo de su hermana mayor, Isabel, y del esposo de ésta, Octavio Pimentel, para tenerme con ellos en su casa por tiempo indeterminado, dadas las circunstancias de apremio por mi crianza, e incluso de mi propia salud, pues padecí poliomielitis (que no debió ser tan agresiva, ya que con cuidados intensos en el Hospital Infantil, pude salir de la enfermedad meses después, sin sufrir secuelas graves). Es así entonces que llegué a vivir con mis tíos en Cintalapa, Chiapas. Pasaron los años y continué ahí con quienes se convirtieron así en mis nuevos padres. Cambió de esa manera radical y fortuita el rumbo de mi vida.

2) Historia y vida cotidiana

Gil Chiu, 50 años. Músico. Ciudad de México.
En Macao, como era colonia portuguesa, practicaban el catolicismo. En mi caso soy católico. Mi familia vivió en Coatzacoalcos antes de llegar a la Ciudad de México, y por las burlas hacia mis hermanos mayores, mis papás dejaron de enseñarles el idioma chino cantonés. Solo lo habla mi hermana mayor. A los restantes se les olvidó y los más pequeños no tuvimos oportunidad de aprenderlo.

Joaquín Ricardo Chiu Fong. Miembro de la Comunidad China de Soconusco. Tapachula, Chiapas.
En un principio, la Comunidad China de Soconusco tenía dos lugares esenciales: uno es un terreno que servía como casa club, sobre la carretera costera rumbo a Arriaga, y la otra era el famoso Kuo Ming Tang. En su momento, entre 1938 y los años 60, fue el lugar de los eventos. Ahí se hacían bailes, tertulias, comidas, festejos, celebraciones, era la maravilla. Pero estaba auspiciado por Formosa, Taiwán, o China Nacionalista.

La gran mayoría de los chinos de la primera a la octava generación provenían de comunidades chinas, pero comunistas, y que se vinieron a encontrar con paisanos que provenían de Taiwán, de Formosa, que era la China de Chiang Kaishek. Y entonces hubo una mezcla, una aceptación de convivencia entre las teorías de la doctrina maoísta y la teoría de Chiang Kaishek. Aquí no importaba si eras rojo o azul. Eras chino y bienvenido. Cuando el gobierno mexicano reconoce a la China comunista, se desencadena en gran parte la desbandada de los chinos y se contrae la sociedad de Chiang Kaishek, que estaba sustentada por una fortaleza económica, principalmente, negocios como La California, La Orquídea, Camisería Mak, que eran tiendas de telas, que daban renombre y presencia a la sociedad. El chino de la China Popular era el comerciante que vendía harina, huevos. Se la vivía en la bodega. De ahí surgieron las grandes tiendas, Casa Corlay, que tiene su edificio en el centro, frente al parque; la Abarrotera del Centro, que era la tienda de mi padre; la Casa Loo, Abarrotes Loo como hoy se conoce, y varios negocios de ese tipo… La Mariposa, que era una tienda de ropa. La Comunidad China de Soconusco siempre brindó atención a la sociedad mexicana. En 1945 se construyó la primera escuela primaria otorgada a México, que es la escuela Lázaro Cárdenas, ubicada a espaldas de la Secundaria Federal número 1, entre la 5a privada y la 18 poniente. En donde está el Mercadito del Soconusco, estaba el Parque de los chinos. La silla del presidente municipal, conocida como «la silla china», es parte de toda una sala que fue donación de la Comunidad China, en reconocimiento a la atención que recibieron de las autoridades.

Xen Li Fong. Fotógrafa. Tapachula, Chiapas.
En Tapachula, las personas de la comunidad china, tanto hombres como mujeres, han sido vistos como personas muy trabajadoras. Pero es cierto que no los querían en un principio. Incluso, algunas familias se unieron para sacarlos de la ciudad. Hay un libro, Cronología del Soconusco, en donde menciona eso. Y ahora, con todo este asunto de la migración, es importante buscar ese documento; porque lo mismo que se vivió hace cien años se está repitiendo ahora: decir que los migrantes son enfermos o portadores de enfermedades, tanto cubanos, como hondureños y africanos. A mí me da tristeza ver cómo hay personas de ascendencia china que se expresan mal de los migrantes.

Saulo Hau. Comerciante. Mazatán, Chiapas.
Veintiocho años después de su regreso a México, mi papá conformó la Comunidad China de Mazatán, en 1984, aproximadamente, para que paisanos y descendientes aprendiéramos la cultura y, sobre todo, la Danza del Dragón. Antes, mi papá instruyó a un grupo de jóvenes para que bailaran el dragón, y entonces apoyaban a la Comunidad China del Soconusco, alrededor del 1976, más o menos. También se organizó un grupo de danzas chinas, de señoritas. Originalmente, quienes participaban en el grupo eran descendientes de inmigrantes chinos. Conforme pasó el tiempo, algunas ya no siguieron, se casaron. Las nuevas generaciones son sus hijas o nietas, o ya no tienen descendencia china. Ahora se hace una convocatoria al público en general y puede participar quien lo desee, sin importar si desciende o no de inmigrantes chinos. Lo mismo para la Danza del Dragón.

Grupo de la Danza del Dragón de Mazatán, previo al Carnaval de Tapachula de 1981.

Tenemos dos grupos para el dragón, uno de adultos y otro de niños, y un grupo de señoritas y otro de niñas. El grupo del dragón se conforma por 30 personas; el de niños, por 15. El de danzas chinas, de señoritas y de niñas, por 15 personas. Se llama Kam Sing, que significa «abanicos dorados». Los ensayos se realizan de septiembre a diciembre, mes en que se efectúa la presentación, el día 8, en la Feria de Mazatán, en honor a la Virgen Margarita Concepción. Llevamos 36 años participando.

Primer grupo de danzas chinas Kam Sing (abanicos dorados), en 1984.

Desde que se formó la Comunidad China de Mazatán, ya no somos chinos originales. Somos de segundas y terceras generaciones. El único chino que había era mi abuelo. Mi padre era de segunda generación y los demás eran mestizos, de padre chino y madre mexicana. De ahí comienza la amalgama de cultura. Por medio de la Danza del Dragón, que originalmente era para atraer la lluvia, nosotros tratamos de mostrarle a nuestra comunidad una parte de la cultura china. Ahora bailamos el dragón para algunas festividades, como el año nuevo chino. En Mazatán hay muchas familias con apellidos chinos: Hau, Wong, Chiu, Chang, Lay, Ley, Cinco. Y eso es común en Soconusco.

Grupo de danzas chinas de señoritas y niñas. Mazatán, 2002.

Roberto Rico Chong, 60 años. Escritor. San Cristóbal de Las Casas.
Conozco muy poco acerca de ese fenómeno migratorio. No tuve oportunidad de crecer en un ámbito familiar con influencia de la cultura china. Sin embargo, durante mi niñez pude convivir con niños y niñas de origen chino. Tanto en Cintalapa como en Tapachula (ciudad a la que nos mudamos temporalmente entre 1968 y 1971), tuve condiscípulos y amigos cuyos padres (en su mayoría dedicados al comercio, desde luego) contribuían además a fomentar esos lazos amistosos, supongo que por empatía geográfica o tribal. Es hasta hace poco cuando he podido conocer datos en concreto acerca de la migración china a Chiapas, gracias a las investigaciones de Miguel Lisbona Guillén, que ha recogido en su libro Allí donde lleguen las olas del mar y en otros artículos posteriores.

Debo admitir que mi curiosidad hacia esa integración con la comunidad de chinos y sus descendientes ha sido intermitente. Quizá si radicara yo en la costa o el Soconusco, esa inquietud encontraría mejores cauces, porque sé que en esas regiones existe no sólo un mayor número de pobladores de origen chino, sino además un creciente interés por participar colectivamente en la vida social, económica y cultural desde sus municipios.

De todos modos, me he acercado gradualmente a recobrar aquellos vínculos de amistad que tuve con personas cintalapanecas de origen chino. A escala todavía modesta, pero se han organizado para emprender celebraciones y festejos relacionados con el año nuevo chino, aunque asimismo para recopilar las historias de sus familias, sus experiencias en el comercio local, sus contribuciones a la vida cultural de Cintalapa. He crecido y vivido como un ciudadano mexicano, cuya ascendencia asiática no fue determinante influencia, debido a la pérdida de contacto con sus referentes familiares. Sin embargo, prevalece en mí un sentimiento de particular atracción hacia esas raíces; no podría identificarlo como total pertenencia, pero sí como genuina admiración.

Andrea Chiu, 21 años. Estudiante universitaria. Tapachula, Chiapas.
Mi abuelo nos contó que estuvo en la guerra entre China y Japón, donde lo hicieron preso y lo obligaron a cocinar comida china. Aunque se resistía, muchas veces, porque tenía miedo de que los platillos famosos de China, Japón los hiciera suyos. Porque eso querían hacer territorialmente. Eso nos contó o eso fue lo que entendimos. Cada vez que no quería cocinar, lo golpeaban, lo dejaban sin comer o lo encerraban. Decía que, por más que resistía, llegó a un límite y tuvo que cocinarles a los japoneses, y muchas veces ellos vieron cómo lo hacía. Dijo que Japón robó muchos platillos originales de China, que solo le cambiaron un ingrediente o le agregaron otro y le cambiaron el nombre. Eso a mi abuelo le daba mucho coraje. Se enojaba mucho cuando alguien le decía «chino japonés». Nos decía que Japón siempre ha copiado de otros países, y mi abuelo se sentía culpable por las comidas que salieron de China para convertirse en parte de la gastronomía japonesa. Tuvo odio hacia los japoneses.

Mi abuelo nos contó que estuvo en la guerra entre China y Japón, donde lo hicieron preso y lo obligaron a cocinar comida china. Aunque se resistía, muchas veces, porque tenía miedo de que los platillos famosos de China, Japón los hiciera suyos. Porque eso querían hacer territorialmente. Eso nos contó o eso fue lo que entendimos. Cada vez que no quería cocinar, lo golpeaban, lo dejaban sin comer o lo encerraban. Decía que, por más que resistía, llegó a un límite y tuvo que cocinarles a los japoneses…

3) Familia y recuerdos significativos

Gil Chiu, 50 años. Músico. Ciudad de México.
De niño solo escuchaba la ópera china que mi mamá escuchaba; es muy diferente a la música académica como la conocemos. Realmente no tuve influencia en esa parte, pero mi papá perteneció a una banda de música en China, tocaba la batería. En la Comunidad China de México era quien tocaba el tambor chino. Yo estudié la carrera de instrumentista en Guitarra en la Facultad de Música. Antes, yo practicaba el WuShu, que es una disciplina del Kung Fu, y participaba en la Danza del León; pero lo dejé porque durante la carrera tenía que practicar mi instrumento por cinco horas diarias. Ahora, por mi trabajo y actividades, es complicado, y por la edad ya no es lo mismo, tengo cincuenta años. Soy el más chico de mi familia, somos nueve hermanos. Mi padre murió en 2017, a los 91 años, y mi mamá en 2000, a los 67. Tengo hijos que tienen vestimentas de China. La más chica iba a la Comunidad China para las danzas, solo que se salió por lo de la carrera; pero por lo regular asisten a los festejos del año nuevo chino.

Xen Li Fong. Fotógrafa. Tapachula, Chiapas.
Desde mi punto de vista femenino, puedo decir que el carácter del chino, o del mexicano de ascendencia china, educado por padre o madre chinos, suele ser parco, poco afectivo al hablar. Creo que es parte de la educación. En el caso de mi hermano, se ha tratado de romper eso. Porque mi padre no es cariñoso, ni tan expresivo con sus palabras.

Joaquín Ricardo Chiu Fong. Miembro de la Comunidad China de Soconusco. Tapachula, Chiapas.
La vida de un chino, hijo de chino, es muy complicada, porque llevas una vida muy estricta. El chino es exigente, por sus principios y valores. Mi padre nos enseñó los principios, los valores y el compromiso que tiene todo chino con su familia y con su sociedad, tanto mis hermanos como yo.

Mi madre era más cariñosa. Mi padre nunca nos daba un beso, un apapacho. Hasta que estuvimos grandes pudimos besarlo, apapacharlo, y él se sentía extraño. Mi madre falleció a los 54 años, y cerca de 26 mi padre vivió solo. Falleció a los 95. Vivió solo, nunca buscó una pareja. Somos tres hijos: yo, Joaquín Ricardo, y mis hermanos Gustavo y José Ignacio Chiu Fong. Tengo dos medios hermanos en China, hijos de mi padre. Mi hermano mayor, Zhou Zukan, de 77 años, y mi hermana, Zhou Faukan, de 72. Mantengo comunicación con ellos, estamos en contacto frecuente. He estado cuatro veces en China y mi hijo Rodrigo ha vivido allá. Él es maestro en Danza del León.

Roberto Rico Chong, 60 años. Escritor. San Cristóbal de Las Casas.
Al radicarme en Chiapas, casi de inmediato perdí contacto con la familia de mi madre, mis tías y tío que se asentaron con sus respectivas familias en la capital del país. La distancia que media entre la Ciudad de México y nuestro estado nos parece ahora fácilmente remontable. No sólo las vías, sino también los medios de comunicación nos han hecho accesible a los habitantes de ambos lugares el trato simultáneo y la posibilidad de viaje. Pero en los años sesenta y setenta del siglo XX esto era muy difícil hacerlo, pues representaba enorme sacrificio económico y desgaste físico viajar por vía terrestre, ya fuera en vehículo particular o en los autobuses Cristóbal Colón. De por sí, con la pérdida de mis abuelos, la familia Chong García fue desdibujando los rasgos de identidad cultural china que aún pudieran haber asimilado. Mucho tiempo después, al intercambiar puntos de vista con algunos de ellos, me han manifestado que esa herencia intangible de valores, ese aprendizaje idiomático, de tradiciones y costumbres, o de la gastronomía, por ejemplo, no les fue inculcado ni transmitido suficientemente, lo cual atribuyen a una especie de hermetismo por parte de mi abuelo, quien se encargaba también de la cocina tanto en su establecimiento como en la casa.

Andrea Chiu, 21 años. Estudiante universitaria. Tapachula, Chiapas.
A mi abuelo le gustaban los dulces de arroz; no sé de qué marca son, pero tienen un conejito en la envoltura. Cada vez que llegábamos a su casa nos daba esos dulces. Decía que era bueno siempre darles dulces a las visitas, junto con un té o agua tibia. Era para darles la bienvenida. Aunque no tengo muchos rasgos chinos, mi hermano mayor y mi hermana menor sí; en la secundaria siempre me decían la china o la hija de la china. En mi casa las costumbres chinas están en la comida.

Recientemente se puso de moda lo del sushi, antes no había en Tapachula, y ahora hay un restaurante especializado. Cuando vivía mi abuelo, eso no existía, pero durante un tiempo en Walmart vendían platos de sushi. Una vez fuimos y mi tío, hermano de mi papá, quiso probarlo para ver qué tan bueno era, y se le ocurrió llevar un poco a la casa para que mi abuelo lo probara. Cuando lo vio en la mesa, lo tiró, lo hizo a un lado y le dijo «no traer cochinadas aquí, sushi no, solo comida china». Mi tío le dijo «pero papá, solo quería que lo probaras, es pescado crudo». Y mi abuelo contestó: «no, Japón no».

Siento que por respeto a mi abuelo yo nunca he probado el sushi. Y me han invitado muchas veces, más ahora que hay un lugar de sushi. En el trabajo me invitaron y yo dije que no. No puedo probarlo, porque respeto a mi abuelo. Aunque él ya no esté aquí, sé que le molestaría mucho.

4) Comida

Gil Chiu, 50 años. Músico. Ciudad de México.
El año nuevo chino es el festejo de la tradición china más importante que se lleva a cabo en México, con varios números, de los cuales sobresalen la Danza del León y la Danza del Dragón. En cuanto a la comida, la que se hace aquí es diferente, ya que pocos restaurantes la preparan como en China. Desde que nací hasta que me casé, mi comida era china, por mi mamá, ella la preparaba y a veces cocinaba por encargo. Mi papá fue cocinero en dos restaurantes del Barrio Chino de la Ciudad de México. Posteriormente, abrió un café chino. El último fue el que estaba en la calle Luis Moya, casi esquina con Victoria, en la colonia Centro de la Ciudad de México.

Joaquín Ricardo Chiu Fong. Miembro de la Comunidad China de Soconusco. Tapachula, Chiapas.
La base de mi alimentación es verdura, verdura y verdura. En torno al arroz. El chino no come cosas fritas, más al vapor. En china no hay Chow Mein, ni Chop Suey. Hay fideo, guisado, arroz, pescado al vapor, pollo al vapor. No preparamos dos kilos de carne; una buena comida solo debe llevar 150 gramos de carne, más verdura. Se come no para llenarse, sino para alimentarse.

La comida oriental se adapta al medio donde se desarrolla, por eso la comida china que te venden es diferente de la original. Pero el chino es muy metódico para cocinar, cuidadoso en el tipo de alimentación, y eso es parte de la cultura.

Xen Li Fong. Fotógrafa. Tapachula, Chiapas.
Lo que se ha heredado es la comida. Tapachula es más conocida por la comida china que por algún platillo típico. En las familias, a cualquier mujer casada con alguien de ascendencia china se le enseña a cocinar, o ellas quieren aprender a cocinar. En mi familia mi padre es el que cocina, lo aprendió de mi abuela, quien tuvo que aprender a cocinar para mi abuelo. En cuanto fueron muriendo los chinos viejos, la comida china se comenzó a dispersar. Otras costumbres, como la Danza del Dragón o la Danza del León, ya no son tan frecuentes como antes; aunque en algunas escuelas se acostumbra. Cuando yo era niña, en año nuevo se hacía todo eso y luego se realizaba una reunión con toda la comunidad china. Ahora ya no se hace. Yo crecí y viví todo eso, porque a mi padre le tocaba bailar el dragón, le tocaba darle vida a una de las partes más importantes: la cabeza. Y siento algo muy interno que traigo en el ADN cada vez que suena un tambor, cuando veo los ojos del dragón abrirse, es algo que siento en la entraña.

Percusionistas. Por cierto, el segundo del frente hacia atrás es Rodrigo Chiu Peña, hijo de Joaquín Ricardo Chiu Fong y nieto de Zhou Jak Poy (o Ricardo Chiu Velázquez/Burguete).

A mi padre le tocaba bailar el dragón, le tocaba darle vida a una de las partes más importantes: la cabeza. Y siento algo muy interno que traigo en el ADN cada vez que suena un tambor, cuando veo los ojos del dragón abrirse, es algo que siento en la entraña.

Roberto Rico Chong, 60 años. Escritor. San Cristóbal de Las Casas.
No he viajado nunca a China, lo cual no deja de ser para mí una pequeña frustración. Espero que mis hijos puedan lograrlo. Cuando viví en la Ciudad de México (de 1980 a 1994), acudí varias veces al tradicional barrio chino de Dolores, donde también me ha tocado participar como espectador de las celebraciones del año nuevo chino. En cuanto a prácticas de carácter religioso provenientes de China, no he tomado parte. Frecuento, en la medida de mis posibilidades, restaurantes de comida china. Disfruto la variada gastronomía china. Para mí representa una ocasión especial degustar sus platillos. Desde el chop suey hasta el pato laqueado, pasando por la sopa de setas, la cantonesa, la de ravioles, el arroz frito, los rollos Primavera, las costillas de cerdo, el pollo almendrado… Todo me gusta. Claro, estoy consciente de que no es comida china, en estricto sentido; o al menos, no es toda la comida china. Como sabemos de modo empírico, en el proceso de aclimatación cultural que experimentaron los migrantes chinos asentados a lo largo y ancho del país, jugó importantísimo papel su capacidad para incorporar ingredientes locales a su cocina tradicional. Así surgió, evolucionó y cobró auge una cocina sino-mexicana, con elementos particulares en sus sabores y presentaciones. Un verdadero mestizaje gastronómico. Y en los propios límites de nuestro biodiverso país, en cada una de sus regiones, se fueron también diferenciando y distinguiendo esas innovaciones.

Andrea Chiu, 21 años. Estudiante universitaria. Tapachula, Chiapas.
Mi papá y mi mamá se conocieron en la Ciudad de México. Mi mamá le preguntó a mi abuelo si permitía la unión chino mexicana, y él entre risas dijo que sí, pero nunca un chino japonés. Somos tres hermanos, mi hermano mayor tiene 22, yo 21, mi hermana pequeña tiene 18. Mi mamá sabe muchas comidas chinas. En mi casa siempre era una semana de comida china y otra de comida mexicana. Pero mi papa nunca nos obligaba a comer con palillos. Sí, un tiempo, pero como no lo practicábamos, se nos olvidó. Mi abuelo siempre los usaba. Aunque fuera comida mexicana, siempre comía con palillos, y la costumbre que tenía, igual que mi papá, que nunca aprendimos nosotros, es que antes de la comida tomaban agua tibia en ayunas y después ya comían.

Mi tío Ricardo es quien se dedicaba a inducirnos las costumbres y tradiciones chinas, porque mi papá era muy alejado de eso; solamente era la comida, la preparaba porque era buena para la dieta, era sana. Nunca se interesó en el dragón chino o en otras cosas, ni en hablar el idioma. Era mi tío quien nos decía «hoy es el año nuevo chino, vamos a celebrar; acompáñenme, les voy a hacer sus vestidos chinos».

Claudia Yesenia Fong Reynosa, 42 años. Motozintla, Chiapas.
Mi abuela no aprendió a hablar en chino, pero sí a cocinar. Y les enseñó a todos sus hijos por igual, tanto a hombres como a mujeres. Todos cocinaban. Mis tíos enseñaron a sus esposas. Mi tía Rosalía Albertina se casó con un chino. Y los nietos y nietas también aprendimos. Lo que más se consume en mi casa es el arroz blanco, el arroz frito o Chau Fan, el kai tian, los ravioles, chou mein, chop suey, la costilla agridulce, el pollo agridulce. El jengibre es uno de los elementos principales en la comida, el ajo, el ajinomoto, la salsa china, todos esos condimentos los utilizamos. En el mercado conseguimos casi todo: fideo para chop mein, germinado de soya. A mis hijos les estoy enseñando a cocinar y ya lo están poniendo en práctica, aunque aún son pequeños.

5) Nuevos y antiguos tiempos

Joaquín Ricardo Chiu Fong. Miembro de la Comunidad China de Soconusco. Tapachula, Chiapas.
Nosotros, desde la Comunidad China del Soconusco, buscamos reintegrar a los diferentes paisanos, los nietos e hijos de quienes conformaron la sociedad en un principio, hace unos cuarenta o cincuenta años. Esta comunidad tuvo auge uniendo a los paisanos de todo el Soconusco. Sus principales actividades eran la Danza del Dragón, la Danza del León y la convivencia familiar. Hoy es difícil hacer ese tipo de eventos, porque la gran mayoría tiene otras necesidades y otros deseos. Entonces procuramos hacer eventos como conferencias y pláticas, para ir integrando a los jóvenes, porque nos interesan, y tal vez conformar grupos de danza. Pero primeramente se trata de integrarnos, porque la nueva generación de chinos descendientes de los viejos chinos ha perdido esa magia ante la cotidianeidad. Hoy no pasa de tener el apellido, o la apariencia física, ojos rasgados, ser alto, tener pelo lacio.

A diferencia de la nueva generación de migrantes chinos, que vienen apoyados por fundaciones, empresas, padrinazgos, el chino de la primera a la octava generación vino a labrarse camino, vino a trabajar de albañil, cargador, colocando rieles de ferrocarril, en lavanderías, como asistente, como caporal. La nueva generación de chinos difiere mucho, porque vienen con dinero en mano, pueden abrir negocios. Las famosas cocinas exprés que encuentras en Tuxtla, en San Cristóbal, en Comitán, en todos lados, son gracias a dinero que han obtenido por padrinazgo.

Saulo Hau. Comerciante. Mazatán, Chiapas.
En 2001, a Mazatán vino un primo de China, de la familia de mi papá. No sabía nada de español, solo se comunicaba con mi papá y con nosotros un poquito, por palabras, preguntas sencillas. Vivió aquí como ocho años. Sus papás tenían la idea de que venir a cualquier parte de América era el boom, como en Estados Unidos. Pero aquí en México, obviamente, es diferente. Él vivía en una ciudad grande, Xinhai. Así que venir a un pueblo fue muy diferente. No se adaptó al ambiente. Aprendió a hablar español, pero regresó a China. No tenían ni idea de lo que era el dragón chino. Al igual que muchos de sus amigos jóvenes, estaba enfocado en trabajar y ganar dinero. Nos contó que sí se realizaba, pero solamente en el año nuevo chino, en festividades grandes, como algo cultural, pero no de forma relevante para dar identidad comunitaria. Eso es una tradición que se ha perdido.

Saúl Hau Sandoval (1936-2005), fundador de la Comunidad China de Mazatán.

Roberto Rico Chong, 60 años. Escritor. San Cristóbal de Las Casas.
Hace algunos años adquirí, en una librería de segunda mano, un volumen de acupuntura que traía varias ilustraciones. Leí con interés el libro, aunque yo esperaba mayor cantidad de texto; se trataba, pues, de un manual técnico, y no una historia de la acupuntura. Más allá de eso, desconozco otros aspectos de la medicina tradicional china. Me concretaré a mencionar aquellas que la literatura, el cine, la pintura y algunas exposiciones museográficas temporales han proporcionado a mi curiosidad: los reinados dinásticos, la sutileza de su poesía y de su pintura, la arquitectura monumental, sus fortalezas bélicas, la Gran Muralla, las invenciones múltiples que desde tiempos inmemoriales han aportado a la ciencia y a la tecnología, al conocimiento humano en general, la acupuntura y otras prácticas de medicina, entre tantas otras.

Precisamente por desempeñarme como corrector de estilo editorial, dentro de dependencias oficiales y universidades, he tenido acceso a la lectura de documentos, estudios, tesis académicas y otros escritos relacionados con las ciencias sociales, las humanidades y las artes, disciplinas afines con el tema que nos ocupa; eso por lo que toca a mi trabajo de subsistencia. Y en mi faceta de escritor de poemas, he abordado en varios textos la presencia de la cultura china en nuestro entorno. Mis hijos conocen de cuanto aquí he comunicado. Les atrae la peculiaridad fisonómica de sus rasgos y alimentan su propio entusiasmo con la información, tan accesible para ellos en su edad juvenil. Uno de ellos tiene tatuado un dragón en el brazo.

Aunque he escrito unos cuantos haikús, una forma tradicional japonesa de construcción poética, la presencia en mi escritura de la cultura oriental en general, y en específico a la china, la percibo de mayor grado en el tono y el cromatismo de algunas imágenes verbales. Esa plasticidad y también cierto regusto sensorial en el trazo casi caligráfico en el verso, me las ha sugerido la lectura de obras y autores como Li Po, Tu Fu, Wang Wei, entre los más notables. Sigo y seguiré descubriendo la literatura china. Uno de los efectos inmediatos en Occidente que el Gran Dragón ha traído consigo es la difusión de su literatura. Por su índole comercial y masiva, era de esperarse que el género de la novela sea el mayormente difundido. Aun así, en recientes años, la poesía contemporánea china se ha dado a conocer paulatinamente a través de traducciones a la lengua española, en antologías o en obras de autoría individual. Por cierto: un reconocido poeta chino llamado Bei Dao estuvo en San Cristóbal de Las Casas hace poco más de diez años, cuando vino como invitado al Festival Internacional de Poesía Jaime Sabines.


TERCERA PARTE

Ceremonia del perdón histórico

Es menester confesar que este comercio entre dos países, tres mil leguas distantes uno de otro, se hace con bastante buena fe, y tal vez aun con más honradez que el comercio entre algunas naciones de la Europa civilizada.

Alexander Von Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España.

A lo largo de la historia, chinos y mexicanos han mantenido relaciones comerciales. Desde el siglo XVI, antes de ser México y China los países que hoy conocemos, llegaban las naos chinas al puerto de Acapulco, procedentes de Fujian y Cantón, China, previa escala en Manila, Filipinas, que también era parte del Virreinato de la Nueva España. Esta ruta comercial duró unos 250 años.

Se tiene registro de que en 1881 llegaron a México los primeros inmigrantes chinos. En 1903, ya establecidas las relaciones diplomáticas, la Dinastía Qing instaló un consulado en Veracruz, y México hizo lo propio en Guanzhou (Cantón), Shanghai, Fuzhou, Hankou y Xiamen. Un año después, el embajador chino en Estados Unidos viajó a México en su primera visita oficial, para comenzar formalmente las labores de la embajada.

Durante ese lapso, hubo presencia de inmigrantes chinos desde Soconusco hasta Sonora. Muchos laboraron en la construcción de vías férreas, otros en el cultivo de café, o en el comercio de ropa, telas, abarrotes y otros enseres. Muchos abrieron lavanderías, restaurantes y cafés. Y la gran mayoría conformaron comunidades de paisanos en sus regiones de residencia. Se dedicaron al trabajo y a reunir capital para abrir sus propios negocios.

El 15 de mayo de 1910, las tropas comandadas por Emilio Madero ocuparon Torreón. Al parecer, fueron las responsables del ataque, robo y asesinato de más de 300 miembros de la comunidad china de esa ciudad. Saquearon un banco, el Club Chino, tiendas y restaurantes. Algo similar ocurrió en Chihuahua, en 1916, con el saqueo de tiendas y granjas de chinos. 200 fueron asesinados.

Aunque el gobierno chino interpuso una queja, nada se pudo hacer. En México no había orden ni estabilidad. Eran los tiempos de la revolución. La comunidad china no gozó en el territorio mexicano de seguridad ni garantías.

En 1921, el gobierno prohibió la inmigración de trabajadores chinos. Solo esposas e hijos residentes podían entrar al país. En 1930, el Congreso de México decretó que las tiendas de dueños chinos debían contratar al menos a nueve trabajadores mexicanos, para seguir funcionando. El movimiento antichino volvió a desatarse en los estados del norte, y muchos mestizos nacidos en México u originarios de China tuvieron que abandonar el país.

Los años más difíciles fueron lo del Maximato (1928-1934), pues el Jefe Máximo de la Revolución, el general Plutarco Elías Calles, que ya había desatado la Guerra Cristera en su periodo como presidente de México, entre 1924 y 1928, estaba en contra de la comunidad china y promovió actos de crueldad inaudita, logrando que en 1930 el país expulsara a una gran cantidad de inmigrantes chinos y a sus descendientes, sin importar edades.

En 1936, con la llegada de Lázaro Cárdenas del Río a la presidencia, la ola de odio se disipó en gran medida. Muchos mexicanos de origen chino fueron repatriados. Poco a poco aumentó la presencia china en México. Aunque después de la Segunda Guerra Mundial se vivieron algunas restricciones.

En 1960, Adolfo López Mateos decretó la repatriación de mexicanos descendientes de inmigrantes chinos, que habían sido expulsados en 1930.

En 1971, el gobierno de Luis Echeverría Álvarez reconoció la legitimidad de la República Popular China ante la ONU. En 1972 rompió relaciones con Taiwán y estableció relaciones diplomáticas con la China comunista.

El 18 de diciembre de 2019, en una sencilla, solemne y emotiva ceremonia, en el edificio de la Secretaría de Gobernación, su titular, Olga Sánchez Cordero, a nombre del Estado mexicano, pidió perdón a miembros de la comunidad china expulsados del país entre 1930 y 1950.

Se espera que en 2021 se logre un acuerdo para obtener la reconciliación histórica, por todas las atrocidades cometidas por ciudadanos y por el gobierno de México contra inmigrantes chinos y sus descendientes mexicanos.


Las fotos que aparecen en esta entrada son cortesía de las familias entrevistadas, a quienes expresamos nuestro agradecimiento por su generosidad en las imágenes e historias compartidas.

El texto de esta crónica es publicado bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

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  1. Excelente rescate histórico, en CINTALAPA JOSE PON CORZO NIETO DE INMIGRANTE , HA RECOPILADO LOS DATOS HISTÓRICOS DEL ARRIBO AL VALLE CINTALAPA/JIQUIPILAS DE 10 PERSONAJES, QUE ESTABLECIERONSE
    EN LOS PUEBLOS Y EJIDOS COMO COMERCIALIZANTES, INTEGRANDOSE INTEGRAMENTE A LA VIDA PRODUCTIVA Y CULTURAL. DE ESTA REGION

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