Perder el Quillet
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera, Historias en 31 julio, 2020 7 Comentarios 13 min lectura
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Amo los libros desde siempre. Antes, incluso, de saber leer. Aunque mis padres no eran lo que se dice lectores de hueso colorado, procuraron hacerse de una pequeña biblioteca, con la idea –supongo– de acercarnos a mis hermanas y a mí al conocimiento. No fue así. Antes que conocimiento, los libros nos dieron alegría. Las ilustraciones, las fotos, los colores, la textura del papel, su olor, todo eso junto era –lo es hoy todavía– gran motivo de alegría. Y ésa, pienso, la alegría, hizo toda la diferencia.

No obstante, en mi caso, antes de llegar a la alegría –o quizá entre una y otra–, pasé con los libros algunas estaciones forzosas en el desasosiego, el sobresalto y la abierta turbación.

En aquella época, éramos una de esas familias sin casa propia que deambulan de un lado a otro, en función del costo de la renta. Algunas veces tuvimos patio y otras tantas, apenas un pasillo, una azotea acaso. Ahí debía uno inventarse la vida, el juego y todo lo demás que inventa un niño. No sé por qué, pero a excepción de La Pantera Rosa y Plaza Sésamo que nos ocupaban entre tres y cuatro de la tarde, casi nunca veíamos la tele. Así pues, el limitado espacio de aquellas casas y nuestro enfermizo desinterés televisivo, nos empujaron a menudo al librero, que mi madre se encargaba de surtir con todo lo que imaginaba necesitaríamos saber alguna vez y ella quizá no sabría respondernos: de dónde vienen los niños, por dónde salen y qué hacer en caso de que nos embarazáramos sin querer. A ella, a mi madre, debimos títulos como Enciclopedia de la vida sexual y Pregúntale a Alicia (por si acaso, pensó tal vez). Por su parte, mi padre no quiso quedarse atrás e hizo también inquietantes aportaciones al patrimonio bibliográfico de la familia: desde intocables de la estirpe de Introducción al estudio del Derecho, hasta los muy recordados, entretenidos y perturbadores Carrie y Poltergeist (y sí: esta última, de ese género de libros basados en películas). Como es fácil suponer, mis padres no le hacían el feo a nada. Y nosotros, dignos herederos de sus genes, tampoco.

Con todo, de vez en vez –hay que decirlo también–, se lucieron con pequeñas maravillas. Libros que inspiraron desde exploraciones científicas que casi nos mataron, hasta nuestros primeros actos de romántico heroísmo y las pueriles canalladas de siempre. Milagros secretos: libros que, sin darnos cuenta, daban otro sentido a las sensaciones y misterios que la vida despertaba en nosotros, mientras nos revolcaba contra todo y por todo, y todos los días, entre corcholatas afiladas y barcos piratas disfrazados de tenderetes en la sala.

El quillet de los niños

Entre esos primeros libros, llegó una enciclopedia infantil que habría de influir poderosamente en los acercamientos al mundo que nos rodeaba. Una enciclopedia que amamos y disfrutamos hasta lo indecible: El quillet de los niños, editada en Argentina por la genial Beatriz Ferro.

Se trataba de seis tomos en los que había un montón de esas cosas que la gente pequeña encuentra fascinantes y que los adultos no saben o han olvidado casi siempre: cómo hacer tinta invisible, qué palabras usan los marineros en altamar, cómo funciona una cámara fotográfica, qué son los colores, cómo creía la gente hace siglos que era la Tierra, quiénes eran el Gordo y el Flaco… Una maravilla de juguetería, en seis tomos enormes y a color.

Pero el mayor encanto de la enciclopedia, creo, eran sus ilustraciones, a cargo de tres grandes: Ayax Barnes, Enrique Breccia y, mi favorito, Oski. Claro, por ese tiempo yo aún no sabía qué tan grandes eran esos tres y ni siquiera tenía claro cómo hacía un ilustrador para ganarse la vida. Hoy tampoco tengo claro eso último, pero agradezco infinito al azar que haya puesto a esos tres en mi camino. No sabía leer aún, pero ni falta hizo. Sus dibujos zarandeaban a mi curiosidad de saber qué tenían esos libros que decirme a mí, otro analfabeto de cuatro años de tantos como tenía el mundo.

Ilustración de Enrique Breccia, para El quillet de los niños.
Ilustración de Ayax Barnes, para El quillet de los niños.
Ilustración de Oski, para El quillet de los niños.

Los monitos importan. El sistema editorial que categoriza todo, no siempre con razón, nos hace creer que las páginas con dibujos son menos importantes que cualquier otra. Pero la irrelevancia prospera en todas partes, con y sin dibujos. Y en cambio, una ilustración intencionada en el lugar correcto lo ilumina todo. Incluso objetos, por lo general, tan feos como los periódicos demuestran una vocación y voluntad de belleza inusitadas, cuando son ilustrados.

Una de las entradas de la enciclopedia invitaba a crear un «periódico ilustrado del barrio», que podía bien ser una sola hoja que pasara de mano en mano. «¿Cuántos ejemplares se hacen? Uno solo, que circula entre mucha gente, niños y mayores. ¿Cada cuánto aparece? Como mínimo, una vez al mes. Si entusiasma a quienes lo hacen y lo leen, todos tendrán ganas de que aparezca cada quince días o una vez por semana».

Las ilustraciones del Quillet completaban y, a veces, daban sentido a las sensaciones que componían nuestro mundo de aquella época, en Acapetahua, conformado por su olor a marisma y casco de tortuga, el estero, el tren que pasaba cerca de la casa y que salíamos a ver a veces; o el auditorio municipal adonde otro niño vecino, hijo mayor de una familia china, me llevaba a ver la lucha libre a través de una reja exterior, haciendo equilibrios para mantenerme trepado sobre sus hombros. Y dentro de casa, Daktari en la tele, Kalimán en la radio, Pancho el sapo gigante en un agujero del patio y dos o tres tomos del Quillet en el piso fresco de cemento, abiertos y comidos a vistazos de rato en rato, porque quién sabe qué decían las letras. Los dibujos, en cambio…

Años más tarde, en otras ciudades, con el silabario, los libros y revistas –Clásicos ilustrados, Vidas ilustres, Grandes viajes, Joyas de la mitología y publicaciones semejantes para niños y no tan niños, que mi mamá compraba en un puesto del mercado, regateando dos pesitos en este kilo de mandarinas y tres más en la carnicería–, llegó también la ansiada casa propia familiar.

Con la casa, la geografía de nuestra infancia cambió y, quizá, pasamos menos tiempo con un libro en la mano que con una resortera. Y cómo no, si el territorio antes limitado se tornó de pronto inmejorable: un patio enorme, un barrio casi rural (en aquel tiempo) de pocas familias, pero todas con muchos niños, y hectáreas enteras alrededor de monte y alimañas. Ahí cerca, había incluso un barranco en el que practicábamos escalada con mecates robados del tendedero; y dos o tres kilómetros adelante, un arroyo de temporada, al que desde luego solo era posible llegar en abierta violación a todas las reglas (de por sí laxas) que protegían la buena consciencia de nuestras familias, más preocupadas de llenarnos la panza que de nuestra seguridad.

En cualquier caso, aunque pasábamos muchísimo tiempo jugando fuera, el daño que supone el placer culposo de los libros estaba hecho. Así, en las noches, en la cama, cuando el viejo hábito lector hacía de las suyas, siempre volví al Quillet, como volví mucho más tarde –luego de esas crisis idiotas que traen consigo ciertas edades– a Las mil y una noches, al rocanrol y –ni modo– a la añoranza del hogar, perdido o dejado atrás y reencontrado tantas veces.

Como se sabe, casi nunca vuelve lo perdido. Por más que la memoria insista y lo reclame. Por más que el amor persista y también reclame. Por más que el mundo se esté yendo derechito al diablo. No vuelve lo perdido. Y yo, por olvido y por esa ingratitud de la inmadurez adolescente, perdí el Quillet en el portazo que di al marcharme de la casa.

Lo busqué después, a lo largo de varios años. Pero fue imposible. A saber por qué, dejaron de editar la enciclopedia. En Argentina (donde nació), en México y en cualquier lugar que aparezca en el mapamundi, El quillet de los niños está fuera de catálogo. Igualito que la infancia.

Con tanta tristeza como hay de por sí en el mundo, y encima eso.

Fuera de catálogo

Que deje de editarse un libro (seis en este caso) tan bien hecho, con una redacción tan pulcra, con una esmerada selección de temas e ilustrado de forma tan prolija como el Quillet, es algo que no debería ocurrir jamás en ningún lado. Lo malo es que sucede.

Eso pasa, creo personalmente, porque tal como rezan implacables las estadísticas no siempre hay amor en nuestra relación con los libros. Hay curiosidad. Hay deseo. Hay consumo. Otras veces, tal vez las más, nos servimos de ellos: para fingir que los leímos y obtener títulos o empleos, para adornar la sala, para guardar papeles o golpear con alguno de ellos a uno de los tantos enemigos ideológicos que nos saltan en las redes sociales.

Nos gusta servirnos de los libros sin amarlos y, peor, hasta sin leerlos. Así pues, es complicado enseñar a nuestros hijos a amar aquello que nosotros mismos vemos casi con desprecio.

Si habiendo amor y voluntad y deseo, abandonamos y somos así también abandonados, imagínese usted el terror estadístico que resulta de olvidar la vida, los libros, los sueños, el país, todo, sin el menor asomo de amor. O no, no imagine nada. Seguro ya lo vio en el noticiero.

El mundo dejó atrás el Quillet. Un poco, también, a Beatriz Ferro, su creadora, quien murió en 2012. Sin ella, sin sus letras, sin su idea, sin los ilustradores que supo reunir en el Quillet, estoy convencido, la infancia de quienes lo tuvimos en las manos no habría sido la misma.

En mi caso, la obra de Beatriz sembró en este corazón varias semillas: la aspiración de la ciencia, el amor a los dibujos, el respeto a la palabra propia y ajena. Y acaso también la vocación de explorar la improbable posibilidad de las cosas imposibles. Aunque ellas también se pierdan, como se pierde todo en este mundo.

Perdón, quise decir «…como se transforma todo en este mundo».

Un reencuentro

Mi madre es lo mejor que le pasó al Quillet.

En una versión con más palabras y otro final, publiqué «Perder el Quillet» hace más de una década atrás. En aquella ocasión, mi madre leyó el artículo y se sintió un tanto culpable. Fue ella quien, durante una prolongada ausencia mía, con la idea de hacer algún bien, obsequió El quillet de los niños a los hijos de una familia amiga con la que luego perdió contacto.

Lo que hizo después de leer aquello, sin embargo, me devolvió una alegría que se sumó a mi modesta lista de reencuentros afortunados. De algún modo se las ingenió para buscar a esa familia. Se encontró con que los libros habían sido a su vez regalados (¡en partes, tomo por tomo!) a otras familias.

Pero mi madre sabe persistir. Y así como antes negociaba para ahorrar unos pesos y comprar revistas, consiguió reunir de nuevo los seis tomos originales. Me los obsequió por segunda vez, bastante desvencijados, desde luego, pero eso también me dio alegría en cierto modo.

Muchas de las páginas lucen ahora breves mensajes escritos por manos tan inexpertas como ávidas. Mensajes que viajaron en el tiempo, desde la infancia de quién sabe qué niños que ahora ya estarán grandes, hasta mí y a la infancia de mis hijos. Igual que yo alguna vez, ellos también se encuentran a ratos con el Quillet y sé que algo les pasa entonces por la cabeza, porque ríen con las ilustraciones y, a veces, con las anotaciones a mano de los niños desconocidos, como ésa de la página 101 del tomo 6: «Hay muchas formas de escribir y todas sirven a los hombres para comunicarse y entenderse», que es en realidad un ejercicio de criptografía que contiene la enciclopedia.

No sé exactamente qué piensan mis hijos al ojear nuestro Quillet maltrecho. Pero sé que importa, que algo hará en sus imaginaciones y algún día, igual que una brújula, eso también les señalará un rumbo por dónde, tal vez, volver a casa si se pierden.

El texto y fotos de esta entrada son publicados bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).


Nota: Por si acaso no diste un clic en el enlace más arriba, te sugiero que lo hagas aquí. Es Green light, un poema de Kenneth Fearing, traducido bellamente por Alonso Ruvalcaba: clic.

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  1. Simplemente maravilloso, este tesoro acompañó mi infancia y es mi referencia cultural cuando pienso en el territorio de mi niñez. Gracias por tus recuerdos, a pesar de las enormes diferencias, se parecen a los míos…

    1. Gracias a ti, María, por tu lectura y por compartir.

      Igual que tú, pienso en el Quillet como en un faro. No lo supe, entonces, claro; pero gran parte de lo que he sido y quise hacer después en la vida, y aun la materia y fuente de las cosas que imagino, se las debo al Quillet, a la obra de sus tres ilustradores y a la redacción atenta y bella de su editora, Beatriz Ferro. Hace más de una década soñaba con escribirle y pedirle que reeditáramos el quillet (con una en verdad ligera actualización). Hoy ya no está ella y tampoco estoy seguro de que sean tan comunes, como eran, las condiciones que permitían a niños y niñas tirarse en el piso a pasar hojas y leer una enciclopedia a lo largo de los años.

  2. Me gusta como escribes, ya te lo he dicho. Me da gusto que el Quillet volviera a ti, quizas algún día logremos recuperar el tomo XIII de la enciclopedia azul.

  3. Aún recuerdo la foto del gordo y el flaco, que solo podía verse si se alejaba el libro, porque de cerca solo eran puntos negros y amarillos, ese recuerdo me hace sonreír.

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