Historias de una vida
Una entrevista a Porfirio Morison Trejo
Por Alberto Chanona Publicado en Entrevista, Historias, Perfil en 4 mayo, 2021 0 Comentarios 23 min lectura
Taberna, coyol y deleite Anterior Cuchunuc, pito y chapaya Siguiente

Cronista, periodista y poeta, el autor de Historia de la aviación en Chiapas, Porfirio Morison Trejo, está lleno de historia y de historias. Culpa a los taxidermistas de la extinción del quetzal. Tiene en gran estima a su entrañable y excursionista maestro José Weber. Creció con el ruido de los primeros aviones que borraceaban la finca de su abuelo, con el silencio de la biblioteca, a ratos, y con los relatos de guerra de su padre. Infancia es destino, dicen. Y en su caso, debe ser cierto.

Nació en Tumbalá, Chiapas, en 1935. En 1960 se inició en el periodismo, en Yajalón, en el periódico Horizontes, dirigido por Roberto Rossette, y más tarde en La voz de la montaña, dirigido por Leoncio Martínez. Desde entonces ha publicado poemas, cuentos y artículos, en otros diarios, revistas y varios libros. Fue integrante del hoy desaparecido Círculo Literario de la Selva, conformado por escritores y periodistas de Ocosingo, Yajalón y Palenque; y es miembro de la Asociación de Cronistas del Estado de Chiapas.

Su libro Historia de la aviación en Chiapas contiene biografías de pilotos, mecánicos, carpinteros, despachadores, gerentes, cargadores. Le tomó veinte años reunir el material: fotos, anécdotas y «sucesos extraordinarios», como dice ahí mismo.

El siguiente texto recupera de forma directa ―sin las preguntas― la voz de don Pilo, de una entrevista que me concedió en 2015. Un extracto de ella fue publicado entonces en el periódico El Zentauro. La presento completa ahora, para los lectores de textosur.


Dicen que nuestro apellido es escocés. Mi abuelo medía dos metros cuatro centímetros; era un gigante. Tengo familiares en Estados Unidos. Crecí junto con ellos en la finca, pero se fueron a vivir allá. Ellos me dicen que un antepasado remoto se llamó Othis Grey Morison y que se casó con una inglesa llamada Rebeca, cuyos descendientes emigraron a Estados Unidos, donde vivieron muchos años. Mi abuelo estudió en la Universidad de Yale. Mi papá ya nació en la finca La Alianza. Mi abuelo se casó con una mexicana llamada Elodia Trejo Cañas.

Para escribir Historia de la aviación en Chiapas, entrevisté a medio mundo: pilotos, mecánicos, carpinteros, despachadores, gerentes, cargadores… Porque todos eran parte de la historia de la aviación. Desde los gasolineros que iban a echar gasolina con cubetas y los cargadores que cargaban los bultos de café sobre los que viajábamos a veces, hasta los pilotos y gerentes.

Me interesé en los aviones, primero, porque vivíamos en lo alto de una sierra, en Tumbalá. Eran las famosas cumbres de niebla, donde vivía el quetzal, hasta que se extinguió por culpa de los taxidermistas. Porque les pagaban a los chamacos para que con sus tiradores mataran quetzales para llevárselos. Si le daban en la cabeza, ya no servía para nada. Si le daban en la pancita se los pagaban. Los disecaban y los montaban en su ramita y toda la cosa para venderlos como decoración.

Ahí crecí, con el ruido de los aviones. En la cúspide de la montaña, antes que el pueblo tuviera campo de aviación, mi abuelo había comprado unos cafetales y fundado una finca cafetalera que se llamó La Alianza. Esta finca tenía una pista en otro predio cerca, que se llamaba El Paraíso. Y ahí bajaban pilotos de la Compañía Tabasqueña de Aviación. Entre ellos había uno muy famoso que se llamaba Jimmy Ángel. Así le decían, más bien. Este piloto bajaba en esa finca para llevar periódicos, puros y otras mercancías. Este piloto legendario bajaba ahí y en otras fincas.

El primer avión que vi fue ahí, en esa pista de la finca. Era uno de doble ala, pero ya no recuerdo de qué marca. Había muchos: Stinson, Stearman, Piper, Cessna…

Estos aviones borraceaban la finca primero, para mostrar que iban a aterrizar. Entonces, mi abuelo mandaba un vaquero a sacar el ganado de la pista. Porque era un potrero donde la habían hecho. Ahí bajaban.

Cuando los chamaquitos veíamos que iba a bajar uno, corríamos a verlo. El piloto descargaba lo que traía. Pero a los niños nos interesaban los periódicos, que traían en rollos, porque el Excelsior traía unas caricaturas adentro. Después de que mi abuelo leía sus periódicos, yo me ponía a escoger las páginas de caricaturas que venían dentro: el mago Mandrake, Roldán el temerario, Trucutú… Eso era lo que me encantaba.

Hubo mucha aviación turística también, que hacían vuelos hacia la Selva para los extranjeros.

Las cenizas de Traven

Hay una historia del capitán Jaime Coello Évoli. Dice él que un día estaba en el campo de aviación cuando vio venir a unas personas de México, entre las que reconoció al reportero Jacobo Zabludovsky. Iban con él unos familiares del misterioso escritor Bruno Traven. Resulta que llevaban las cenizas de Traven, que querían lanzar al corazón de la selva desde una avioneta.

El único piloto que estaba disponible en la pista era Jaime Coello y él los llevó. Pero el tiempo estaba malísimo, nublado todo. Entonces, en un momento, cuando estaban allá arriba, el piloto le dijo a la señorita que llevaba las cenizas [una sobrina del escritor, al parecer]: «bueno, ya tírelas». Pero pensó que iba a tirar la cajita. Y no: ¡la muchacha abrió la caja y embrocó las cenizas contra el viento! ¡Se les metió toda dentro de la avioneta!

Cuenta el piloto que no miraban nada. Se les metió en la boca y en los ojos. «Afuera no mirábamos nada por el mal tiempo; y adentro, tampoco, por las cenizas de Bruno Traven», me contó el capitán Coello.

«Los restos de B. Traven se habían pegado al fuselaje del avión y a los rostros de mis pasajeros… Mi ropa estaba cubierta también de ceniza, como la de un deshollinador, e incluso tenía restos del famoso escritor debajo de la lengua». La historia sobre el destino final de Traven, recuperada por Alexis de Ganges en un libro de cuentos.

Adiós a los aviones

El epicentro de la aviación de la Selva, y tal vez de Chiapas, fue Yajalón. Se dice que Yajalón llegó a ser el tercer lugar en el país en número de aterrizajes, sólo después de México y Guadalajara. Principalmente, a causa del café y porque no entraban carros.

Al comunicarse por tierra la zona, empezaron a descuidarse las pistas. Ya casi no se usaban, pues los fletes eran más baratos por tierra. La pista de Tumbalá ya es una colonia hoy. En la de Yajalón están haciendo un hospital.

Lo que pasa ahora es que hay transbordar muchas veces, porque en algunos pueblos no permiten que circulen más transportes que los suyos en las zonas que controlan. Por eso no hay transporte directo a Tuxtla [la capital del estado], porque no dejan que entre un transporte de primera. Ya hubo en el pasado transportes de la cooperativa Lacandonia y la cooperativa Tuxtla, que daban ese servicio de pasaje, más económico, directo y frecuente, muy distinto a estar transbordando en camionetitas de pasaje y carga, que van las personas y también las gallinas, los puerquitos…

Guerra

Yo conocí a mi papá hasta que regresó de la guerra. Resulta que mi abuelo, registraba a sus hijos en México y en Estados Unidos. Entonces tenían doble nacionalidad. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, mi padre fue convocado. Yo estaba tan chico que no recordaba a mi papá, hasta que regresó. Volvió con cicatrices, le faltaba el triceps por herida de metralla.

Una vez iban a caballo él y mi tío David por un sendero, cruzando el río Hidalgo, que va de Tumbalá a Yajalón. De pronto le dice mi papá a mi tío que le escocía mucho la espalda. Así que se echaron su bañada en el río. Lo revisa mi tío y le venía saliendo un pedazo de plomo de metralla. Mi papá quería que se lo sacara mi tío con el cuchillo de monte, como se acostumbraba. Pero como ya estaban muy cerca de Yajalón, mejor lo llevó al médico para que se lo sacaran ahí.

Contaba muchas experiencias así, que ya se me han borrado de la mente. Y a mí me gustaba escuchar sus historias de los años de la guerra. Me contó, por ejemplo, que le tocó pelear con la más fea: con Rommel, en África, el famoso «Zorro del desierto» y le tocó huir. Era de infantería. La consigna que les dieron era dar quince pasos veloces y tirarse pecho a tierra, paso veloz y pecho a tierra. Pero dice que al echarse a tierra le tocó caer sobre un tronco y quedó medio doblado. Ahí nomás le empujaron un balazo en una nalga.

En otra ocasión una metralla le quitó todo el triceps. Varias veces fue a parar al hospital y él pensaba: «bueno, ya me van a mandar a mi casa». Pero nada: lo volvían a enviar al frente. Se echó cinco años en la guerra. A mi tío David también, después, como tenía la doble nacionalidad, le tocó ir. A él le tocó la de Corea, creo.

Sandokán y los libros

En Tumbalá estudié dos o tres años de primaria. Salíamos de la finca, cruzábamos por un panteón, por el Paraíso y el campo de aviación, y llegábamos a Tumbalá. Llevábamos nuestro lonche. En ese tiempo se estudiaba mañana y tarde. Así que ya casi pardeando regresábamos a la finca.

Luego me mandaron a la escuela en Yajalón. Me mandaron a vivir a la casa de un señor, don Rafael.

Mi papá tenía biblioteca en la finca. Me gustaba leer. Yo recuerdo mucho Sandokán, el tigre de la Malasia, de Emilio Salgari. Me lo aprendí de memoria. Y cuando llegué a Yajalón, donde estudié uno o dos años antes de ir a estudiar a San Cristóbal. Ahí se juntaban un coro de chamaquitos y yo les contaba la historia de Mariana, de Sandokán, de Giro-Batol…

Uno de mis compañeritos se llamaba Carlos González. Le decían por mal nombre «El Indiaco». Él me decía: «No, Pilo, no es así. Giro-Batol esto y lo otro…». Me corregía. Porque cuando les contaba, a veces, le empezaba a poner de mi imaginación. Y él no conocía esos libros, ¡pero se sabía las historias de tanto que se las contaba yo! Hasta me corregia: «El Tigre de la Malasia no enamoró así a Mariana. Giro-Batol no es así. El puñal se llama kriss…». Él se sabía mejor la historia.

De ahí, empecé con El conde de Montecristo (¡pa su mecha ese libro!), de Alejandro Dumas. Cuando vine a ver, estaba ya leyendo a Víctor Hugo y a los rusos.

Una vez, muchos años después, estaba yo en Tulijá fundando una finca. Bajaba un mi compadre ―ya murió también― que se llamaba Gregorio Messner, para escuchar que yo le leyera La madre, de Gorki. Llegaba porque ya se había encampanado con el libro que ahí lo llevaba, porque adonde quiera que he ido he llevado mis libros. Entonces, yo le leía a mi esposa y a él.

A mi compadre le gustaba la cacería. Yo tenía un perro cazador ahí. El dueño de la finca tenía quinientas hectáreas de selva, a la orilla del río del Encanto, que era afluente del Tulijá. Mi compadre Gregorio, hermano del capitán Messner que está en mi libro, era encargado de una finca de unos alemanes que se llamaba también El Encanto. Bajaba embarcado en lancha y se quedaba conmigo el fin de semana, porque le gustaba que le leyera. Y también porque salíamos de cacería con el perro. Levantaba el perro un venado o un cerdo de monte. Un venado nos duraba como quince días. Lo hacía mi esposa en diferentes formas. También íbamos a pescar: mojarras grandes, bobos de esos que crecen así grandotes, filines o guabines, le llaman de diferentes formas. Todo eso lo cuento en mi libro Relatos de la selva.

El profesor Weber

Luego de Yajalón me mandaron a estudiar a San Cristóbal. Ahí estudié en el colegio alemán, del profesor Weber, un profesor de los que no hay ya. Dicen que lo habían traído los finqueros alemanes del Soconusco, para que educara a sus hijos. Pero el profesor tuvo otra idea, una visión más amplia, y se fue a San Cristóbal, donde fundó su internado: el colegio alemán. Ahí llegaban los niños alemanes de la costa, pero también niños mexicanos de otras partes del estado. Entre ellos iba yo.

Dice una página de redes sociales de La Enseñanza, casa de la ciudad, en San Cristóbal de Las Casas: «José Weber, llegado a Chiapas en 1921 y a San Cristóbal de Las Casas en la década de los cuarenta, funda la escuela Eduardo Seler, en la que iniciara algunas prácticas pedagógicas que le llevaran a elaborar su famoso “Método Puente”, su método fue comprobable y eficiente. Elaboró manuales, guías y libros mudos para que la barrera del lenguaje se eliminara en el proceso de alfabetización».

Nos sacaba de excursión. No a diario, pero nos sacaba a veces de las clases para darnos clases en el monte: «esta hoja tiene tales características, esta roca es de tal mineral…», decía.

Incluso, una o dos veces al año nos sacaba más lejos. Con él conocí los Lagos de Montebello.

Otra vez nos llevó a un lugar que creo que es rumbo a un lugar que le dicen Pinola. Tenían un rancho ahí los Velasco y él se casó con doña Carmen Velasco, quien creo que era hermana del exgobernador Velasco Suárez y tía de Manuel Velasco [igualmente, exgobernador hoy]. Ella era también profesora. Me dio clases en cuarto de primaria en el colegio alemán. Ellos nos abrieron el panorama a leer, a excursionar, a curiosear y a investigar.

Nos llevó [el profesor Weber] una vez a Salina Cruz. Pidió permiso al capitán de un barco para que nos lo mostraran. Y el capitán le ordenó a un marinero que nos enseñara los camarotes, el cuarto de máquinas, cuál era la popa, cuál era la proa… En fin. Y nosotros, ¡ávidos de aprender!

Ah, pues nos llevó una vez ahí por Pinola, le estaba yo diciendo. Llegamos a pie hasta Acala. Los niños nos sentíamos unos exploradores. Llegamos a pie con nuestras mochilas y ahí rentó dos canoas grandes. Había ahí mucha sandía y melón, y los profesores compraron bastante. En una canoa iba el profesor de Educación Física, que era el maestro Cano, y en la otra iba el profesor Weber y otro grupo. Veníamos comiendo la sandía, pero guardábamos las cáscaras y echábamos guerra con la otra canoa. Porque veníamos remando y nos pasaban y los pasábamos. Y al que le tirábamos más era al profesor Weber, que era el director. Y pensábamos que estaba enojado. Decíamos: «éste nos va a dar una regliza», porque era de los profesores que daban reglazos todavía (¡pero sacó unos alumnos que pa su mecha!). Y no. Se levantaba el sombrerito y estaba riendo. Él también nos tiraba cáscaras y el profesor Cano, todos nos tirábamos. Recuerdo que así llegamos a Chiapa de Corzo por el río, desde Acala.

»Nos llevó también a la playa de San Benito, en Tapachula. ¡En tren! ¡Una cosa que nunca habíamos visto! En cada estación vendían tamalitos y no sé cuánto. Nos bajábamos y tomábamos foto. Viajaba con nosotros también un dibujante holandés, que dibujaba todo: las personas, el tren, los vagones, todo. Era amigo del profesor Weber…

Entonces, eso nos abrió a nosotros el panorama, la imaginación, el deseo de investigar. Todo eso.

El último jaguar

Había un lugar que le decían el Sumidero, donde mi abuelo mandó a hacer ciento y pico de gradas, para bajar hasta el fondo. Y allá, otra vez se subía a las colonias Paterná, hacia el cerro, y Allende, hacia Agua Azul. Mi abuelo tuvo en Agua Azul una casa sobre pilotes.

Un día llega corriendo un chamaco asustado, con los pelos parados y sin nada, y dice: «Maté un tigre». El papá lo lleva con mi papá que estaba ahí, en la finca La Esperanza:

«Dice mi hijo que mató un tigre allá por el Sumidero. Se llevó una escopeta y vino sin nada. Ni su hacha ni su machete, ni su tercio de leña, su mecapal. Todo lo dejó tirado».

Mi papá llama al capataz, don Sebastián Peñate, y a un vaquero, y se van todos con sus escopetas. Llegan al lugar y encuentran el tercio de leña, el machete por un lado y la escopeta por otro. El vaquero se baja unas gradas abajo (era como un caracol con gradas) y encuentra rastros de sangre. Entonces bajan todos las gradas, siguen el rastro y va a dar a un desfiladero. Allá abajo, en un tronco de árbol, estaba atravesado el jaguar.

Le preguntan al chamaco cómo fue que pasó y les dice:

«Yo ya estaba listo para regresar, traía mi mecapal con leña, mi machete… Me guindé la escopeta y subí una grada ya para irme a la finca, cuando escuché un ruido atrás, como de hojarasca. Volteé y era el tigre. Asustado, tiré todo. Y al rumbo, le solté un tiro».

Eran de esas escopetas de chimba, muy antiguas, que sólo se taqueaban con azufre, con pólvora, y con garbanceras grandes, para cazar venado. Y se echó al jaguar.

Yo no sabía la historia, porque estaba estudiando agronomía en Ciudad Juárez, Chihuahua. Hasta que una vez vine de vacaciones. No encontré a mi papá, porque siempre andaba de gira en las fincas; entregaba café en Salto de Agua o Yajalón, en fin… Me eché un baño, comí y me metí a leer un rato en la biblioteca. Más tarde pensaba salir un rato a visitar a los amigos del pueblo. En la sala encontré una piel de jaguar, con la cabeza disecada, la boca abierta, los dientotes… Era ése jaguar.

Era el último jaguar, yo creo, porque ya no volvimos a ver otro en la zona.

El río de Hidalgo se metía bajo la tierra y cuando salía después ya no se llamaba Hidalgo, sino Xumulá. Ahí se pescaba unas chopotas así grandes. Pero se veía sobre las rocas una gruta. Nunca se nos ocurrió ir a explorarla. Ahí vivía seguro ese jaguar y salía a buscar comida. Pero yo creo que esa vez ya le apretaba mucho el hambre y oyó chiflar o cantar al chamaco mientras leñaba. Diría: «aquí está la comida». Y se lo echaron.

Tiburones

Me fui a trabajar como administrador de cuatro ranchos allá por Malpaso. Se llamaba el rancho donde llegamos a vivir El Paraíso. Y era un verdadero paraíso. Había de todo y a orilla del río Grijalva. Dije yo: «aquí se me van a ahogar mis hijos». Estaban pequeñitos cuando los llevé. Pero había una draga de Comisión Federal [de Electricidad], que estaba sacando material ahí arribita. Se me ocurrió una idea. Fui y le dije: «Aquí hay una lagunita adentro. Le doy un quinientón y me comunica el Grijalva con ella. Quiero hacer un chapoteadero para mis hijos». No, me dice, yo se lo hago así nomás. Yo le di de todas maneras su dinero y me hizo el chapoteadero. Ahí aprendieron mis hijos a nadar.

Yo estaba muy ocupado con los cuatro ranchos. Dos de ellos los visitaba con lancha de motor y los otros dos, por tierra. Un día que había poco trabajo, porque casi siempre estaba yo embarcando novillos o vacas a México o a Villahermosa, me fui al río con la intención de echar una nadadita. Fui a buscar antes a mis hijos a la casa, pero me dijeron que estaban en el río. Había hecho yo un muellecito, donde atracaban las lanchas, y me fui para allá. Cuando llego, de repente veo a mis hijos del otro lado, los cuatro mayores: dos hombres y dos mujeres.

Se habían tirado del muelle, la corriente los había llevado para abajo, salieron por la orilla contraria y ya tenían bien calculado dónde se debían tirar para venir de regreso. ¡Eran unos tiburones! ¡Ah su mecha, me quedé espantado! El chapoteadero ya no les era suficiente.

El río Grijalva, en el Cañón del Sumidero.

Café

Cuando murió mi abuelo, mi abuela y mis tías emigraron a Estados Unidos, porque la reforma agraria les dio en la torre y les dejó el puro casco de finca.

Pienso que la reforma agraria tenía razón en que estos señores eran latifundistas, eso no se quita, es cierto. Pero la explosión demográfica era poca. Los choles y tseltales se iban a casillar en los ranchos. Ahí trabajaban en la cosecha de café, o de patieros o para operar maquinaria de los beneficios de café; como vaqueros o jornaleros o arrieros, porque había un patache de cuarenta mulas que llevaban el café a Salto de Agua, para de ahí embarcarlo a Frontera Tabasco por el río Tulijá; aunque después ya hubo trenes.

Lo que pienso que falló en la reforma agraria fue que pudieron aprovechar la maquinaria, porque los dotaron de tierras, eso estuvo bien. Pero la maquinaria quedó abandonada: tanques de fermentación, despulpadoras, patios de secado; en algunas fincas había secadoras, unos tambos grandes que servían cuando había muchos nortes; así que sólo se escurría en los patios y de ahí llevaban el café a las secadoras. Cuando ya estaba seco, iba a la segunda planta, el beneificio seco, donde estaba la retrilla (para quitar la cascarilla), las pulidoras y las escogedoras, máquinas que sacaban cuatro productos: el caracolillo, el café de primera (de exportación), el de segunda (nacional), el de tercera, para los molinos locales y el último, el quebrado, para gasto de la misma finca. Mucha de esa maquinaria quedó abandonada, oxidándose; no se aprovechó. Si usted va ahorita ahí a la finca La Alianza de la que estoy hablando, ya no hay nada. Ésa no se volvió ejido. Mi padre tuvo que vender con un señor Mazariegos y él mandó a varios de sus hijos, pero ninguno dio el ancho; hasta que el último lo hipotecó con el banco y dejó que el banco lo rematara.

Se perdió toda esa maquinaria, que costó tanto meterla. Hasta la técnica para obtener un grano de primera se perdió: la técnica de la siembra, del desique, del desombre.

Mucha gente de ahora sí saca su café, pero lo secan así en partes y cuando viene un norte de quince días, por ejemplo, se les mancha ese café y se los compran más barato, ennegrecido, porque no lo pudieron secar. Cuando en muchas de esas fincas, como en El Triunfo, hubo hasta dos secadoras gigantes. Si había norte, se iba a las secadoras. Y de las secadoras, a las retrillas, a las descascaradoras, a las pulidoras, a todo. Se sacaba un producto de primera.

Por otro lado, aunque es cierto que había muchas tierras ociosas, en esas tierras ociosas y vírgenes vivía el jaguar, el faisán, el tapir, la danta… Todo eso había cuando era niño. Luego empezó a acabarse.

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