Un fantasma recorre Acapulco
Por Mariana Rodríguez Publicado en Crónica, Historias en 2 abril, 2021 2 Comentarios 10 min lectura
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La situación es ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco…
―Roberto Bolaño

La situación fue ésta: S me escribió un mensaje que decía algo así como: «Siempre quise conocer Acapulco por el cuento de Bolaño, ¡venga!». Mandó también el enlace del cuento publicado en el Niu Yorquer. Pienso: «si no leí a Bolaño en español, menos que lo lea en inglés».

Ese pensamiento es inexacto. No es que no haya leído a Bolaño, pero específicamente no recordaba ningún cuento que hablara de Acapulco. El morbo puede más y comienzo a leer el cuento (en español) y casi al mismo tiempo empaco de manera torpe y apresurada, porque mañana viajo a Acapulco.

No es que sea una covidiota (sic), o eso quiero creer. Tomo todas las precauciones y, tras una lucha interna, me digo a mí misma que sí me merezco un descanso. Suelo caer en lo que algunas personas denominan como workalcholismo (re-sic), pero si no trabajo, ¿qué comerá mi perrita Cher esta semana?

En realidad, no son unas vacaciones. He venido a trabajar en dos cosas: la primera, se encuentra en la categoría de «lo personal»: tengo el corazón, no roto, pero sí apachurrado. Para que te des una idea; es el durazno que dejaste en la mochila por la mañana y que a esta hora de la tarde ya está embarrado en todas tus pertenencias, incomible, hecho mierda. Así está mi corazón: mermelada de melocotón.

La segunda razón no importa.

El viaje de ida es bastante tranquilo. La persona que maneja intenta hacerme plática y por más que cierro los ojos para darle a entender que quiero dormir una siesta durante el viaje, me gana la amabilidad, así que ahí estoy, viendo el paisaje seco y chamuscado de los estados de Morelos y Guerrero, mientras el chofer me platica la manera en que los gobiernos han maquillado las cifras de muertes por Covid-19.

El fantasma al que me refiero, en realidad, recorre todo el país y es otro tipo de pandemia: las elecciones federales y locales. El 6 de junio de 2021 la población mexicana votará por 300 diputados federales que nos representarán con «dignidad» ante la cámara baja. En el caso de Guerrero, también se va a elegir su gobernatura junto con sus gobiernos locales, que se dividen en sindicaturas, presidencias municipales y regiduras. No hay peor pesadilla que la simulación de la democracia. Juré no volver a votar tras el chasco de 2018.

El puerto está caliente. En la zona más turística suena a todo volumen la canción de Bad Bunny que dice:

Si hay sol hay playa
Si hay playa hay alcohol
Si hay alcohol hay sexo
Si es contigo mejor.

Me decepciona que no se escuche a Luis Miguel. Sería un sueño hecho realidad. Como cuando llegué a Puerto Rico y el taxista me recibió con una canción de Ricky Martin. Es como desbloquear un nivel más en el videojuego de simulación que es la vida.

El calor apremia y llego hasta la lejana playa en donde están mis amistades. Contrario a lo que espero y, por fortuna, no hay tanta gente. En el restaurante de la palapa sólo está una pareja y, más allá, una familia, que supongo extranjera, está comiendo. Quizá sean mexicanos. Son muy blancos y uno de los hijos porta una kipá, así es como sé que profesan la religión judía. Whitexicans, pienso. Pero no quiero amargar mi llegada desde temprano, así que como y disfruto del abrazo de las olas. Además, eso es ser prejuiciosa. Quizá hay personas mexicanas que son judías y no necesariamente entran en esa etiqueta… quizás… quizás…

Por la noche, aunque estoy cansada, vamos por un mezcalito en algún bar tranquilo de la zona que se llama La Condesa. Es gracioso que se repitan ciertos nombres y que con esto también ciertas concepciones de dichos lugares. A pesar de lo bien que la estoy pasando, se asoma de vez en cuando la sombra de la melancolía. Le pienso en cada instante. El embrujo no está sirviendo del todo. Es necesario tomar medidas drásticas. Yemanyá exige un sacrificio.

Pero aquí, en Guerrero, ya hay demasiados. El estado no sólo se enfrenta a unas elecciones, también existe la lucha de distintos grupos narcotraficantes por los plantíos y la distribución de amapola y marihuana. Muy cerca de Acapulco hay numerosos poblados abandonados, baleados y sin sus familias, hoy, todas desplazadas. Es el éxodo mexicano- Sólo que aquí no hay Biblia que lo cuente.

La gente local dice que por el momento Acapulco es una zona segura. Sin embargo, una noche me equivoco de calle y me encuentro con la Marina resguardando una mansión. Hay varios hombres armados y encapuchados. Es como regresar en el tiempo a la época de Calderón, donde la norma era encontrar militares en cada esquina. Me pongo nerviosa. Temo que en cualquier momento pueda desatarse una balacera. Por fortuna, encuentro el camino correcto, sobre el boulevard donde las Calandrias, con luces de colores y música estrepitosa, pasean a turistas y locales.

La última noche de mi estancia la ocupo para caminar, a pesar del calor. Mis amistades ya regresaron a la Ciudad de México, pero yo decidí quedarme un toque más, porque no me gusta viajar en carretera de noche, a menos que sea necesario. A diferencia de otras noches, la de hoy es más concurrida. A la vuelta de la esquina se asoma la Semana Santa y donde antes había un par de mesas desocupadas hoy encuentro bares llenos. Parece que el Covid no existe. Tomo una foto desde lejos, para recordar ese momento en que la pandemia fue suspendida dos segundos. De ninguna manera entro a ningún bar ni restaurante y por eso me quedo con hambre. Hoy no ceno, pero mañana me puedo desquitar con el desayuno.

La casa donde me quedo está muy cerca del centro y muy lejos de la zona Diamante. Al lado hay una escuela de Lucha Libre. Paso y escucho el sonido sordo de los cuerpos de los luchadores al caer en la arena. Me asomo por la rendija. Los deportes de contacto tampoco saben de pandemias. Más allá, un perro husmea en una montaña gigante de basura. Éste no es el lado fancy de los anuncios de AirBnb. Aquí el barrio se compone principalmente de gente que trabaja en la zona turística, ya sea en los restaurantes o en la playa misma.

Por la mañana encuentro a un chavo que vende cocktails preparados con Bacardí. Dice que acepta tarjetas de crédito, débito y transferencias bancarias. Le pido permiso para tomarle una foto a su puestecito ambulante, porque los colores de las frutas me encandilaron. Dice que sí, con mucho gusto y luego insiste en prepararme una bebida poderosa. Respondo que no he desayunado, pero que al rato seguro nos encontramos.

Más adelante, en el mero centro, o lo que me dicen que es el centro, me dispongo a desayunar. A mi encuentro se aparece una instalación dedicada a las víctimas del feminicidio. Éste no es un fantasma, es el infierno mismo. Zapatos, zapatillas, sandalias de todo tipo están pintadas de rojo. Hay letreros de «¡ya basta!» regados por el suelo. Una niña se acerca y levanta uno de los zapatos. Su mamá le dice que lo deje ahí. Supongo que la niña no tiene la menor idea de lo que es esto. Días después, en otra playa mexicana, Victoria Esperanza, una refugiada salvadoreña sería asesinada por la policía mexicana. La tira no me cuida, me cuidan mis amigas.

Luego de una caminata de despedida, un pescador me ofrece la pesca del día. Respondo que no, gracias, que por el momento estoy de paso y que hoy mismo me iré. Charlamos brevemente. A todas las personas que conozco les pregunto sobre sus predicciones de la Semana Santa, sobre la seguridad en el puerto y sobre el Covid. Las respuestas no varían. Esperan que llegue mucha gente para recuperar lo perdido en 2020, aquí es seguro pero no te metas a tal barrio y el Covid, «pues sí existe, te mata, nos cuidamos, pero qué se le va a hacer».

Vivo en un país donde asesinan a once mujeres cada día, donde miles de familias huyen de sus ciudades por el narcotráfico. Pronto serán las elecciones y estoy segura que el partido del actual presidente saldrá triunfante. A lo lejos, en el boulevard, hay una camioneta llena de personas apoyando a un diputado local de MORENA. Las quemas han aumentado día a día. México arde y en medio de todo esto una pandemia mata a miles de personas. No puedo sentirme a gusto sobre la arena. La espuma que me rodea es suave y parece decir «todo va a estar bien», pero siento rabia y tristeza. Por fortuna, tengo un as bajo la manga: la poesía. Recuerdo un verso de Diane Wakoski que dice: My anger slides through the water.

Tanta inmensidad ayuda a olvidar la mermelada atorada en el pecho. Al menos, me digo, a pesar de todo, aún creo en el amor; y aunque sea un amor complicado, desordenado, con un contexto totalmente caótico y que ha quedado enmarcado en un viaje extraño, estrepitoso, la mermelada ya no es agridulce.

Debo apresurarme porque mi auto sale en unos minutos. Le llamo al chico y dice que no me preocupe, que entiende el tráfico de la ciudad y que me da 30 minutos de margen para irnos. En realidad no estoy atrapada en ningún tráfico. Estoy a unas cuadras del punto de salida, pero me he detenido a observar a las aves marinas. Siento que están en pleno chisme marítimo. Me despido de ellas y les digo que la verdad no sé cuándo volveré. Quiero tomar una foto panorámica, pero una notificación interrumpe la toma: «A @fulani-de-tal le gusta tu foto». Cariño, así no hay manera de que te olvide.

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