A favor del texto plano 
Por Alberto Chanona Publicado en Ciencia y tecnología, Historias en 9 marzo, 2021 0 Comentarios 9 min lectura
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Hace unos años nos enteramos de que el escritor de A Song of Ice and Fire (a. k. a. Game of Thrones) escribió su famosa saga (y seguramente, buena parte de su obra) en Wordstar 4.0, un programa de DOS. Sin márgenes. Sin interfaz gráfica que simule hojas en blanco. Sin Times New Roman a 12 pt y doble espacio, señor doctor. Pero los archivos de texto de Martin (y de otros varios escritores) pueden ser abiertos hoy, sin errores, en cualquier computadora, sistema operativo, editor o procesador de texto. Dudo mucho, francamente, que la mayoría de usuarios de computadoras pueda decir eso de ninguno de sus archivos. Ni hoy. Ni en veinte o treinta años.

Así luce un archivo de Wordstar como los de George R. R. Martin.

La razón es sencilla –de hecho, tanto, que parece extraño que ocurra poco–: el texto plano. El único modo de guardar un archivo de texto que resulte reconocible para cualquier procesador o editor es escribir directamente en texto plano. Aun así, académicos, estudiantes, activistas y hasta escritores, preocupados como están porque sus textos viajen tanto como sea posible –en el tiempo, la geografía o la tecnología–, parecen confabularse en el claro propósito de impedirlo. No lo hacen, sin embargo, por voluntad, sino porque desde la escuela se han acostumbrado a escribir tareas en programas cuyas interfaces gráficas simulan controlar el resultado de la impresión. Por ejemplo, Word o Libre Office. Pero la publicidad es engañosa y lo que ves no es siempre lo que obtienes.

Por favor, investigadores académicos, correctores, escritores y hasta poetas amigos de las fancy/ugly fonts, pongan atención especial en lo que sigue.

Un artículo o libro «editado» en un programa procesador de textos (privativo o de código abierto) implica un trabajo inútil. Benévolo con sus dictaminadores, pero que hará trabajar más a quien edita o maqueta (y más tiempo implica más paga, ¿no?). Porque todas las negritas, cursivas, subtítulos, retornos de carro y manuales de estilos APA o Chicago o lo que sea, se estrellarán espectacularmente al pasar a otro programa y archivo de salida. Esto es, que todo su esfuerzo por formatear el texto, para que se vea bonito, servirá de casi nada cuando el archivo llegue a manos de un editor o maquetador. Peor aún: va a estorbar. La razón es que las máquinas «hablan» lenguaje de máquina. Y una de las consecuencias de eso es que las tablas, gráficas, números de página, cabezales, tipografías, notas al pie, fuentes cursivas o negritas y aun el tamaño de la letra, no necesariamente lucirán como lo que creen ver en la pantalla.

Ahora bien, cuando el diablo se empecine –y lo hará–, esperen a ver lo que tiene preparado para ustedes si en diez años se les ocurre hacer una reedición de un archivo desde otra computadora, desde una nueva versión del programa que usaron para escribir o maquetar, o incluso desde otro sistema operativo. Se darán cuenta, entonces, que necesitarán invertir trabajo, otra vez, para dejar el texto en condiciones legibles para otra máquina y otros seres humanos.

No quiero sembrar terror editorial. Sólo creo que nadie, ni tu editor o diseñador, y menos quienes ponen en tus manos los programas que usas para escribir, te explican nada con suficiente claridad. Por mi parte, pienso que hay que tratar a la gente adulta como adulta y dejar que tome sus propias decisiones, malas y buenas, de manera informada.

Pero no te preocupes, querida gente informentada (información + tormento no es buen neologismo, lo sé desde ya), nada de eso ocurre –ni lo hará– si escribes del modo más sencillo el mensaje que lanzarás al mar: en texto plano.

¡Estúpida mis cursivas!

Si llegaste hasta aquí, ahora hay que considerarlo todo.

George R. R. Martin, Philip K. Dick o Isaac Asimov son o fueron gente habituada a escribir en texto monoespaciado (exactamente como el texto plano), en una máquina de escribir. Es decir, su salto desde una Olivetti, Remington o IBM Selectric a un artefacto con una pantalla cuadrada y letras Courier (blancas, verdes o naranjas) no era tan grande. Total, mientras la máquina imprimiera de forma legible, qué más daba que no controlara cada aspecto visual de la página o el texto, ¿no? Sin embargo, no es improbable que para un escritor actual nacido en los ochenta o noventa del siglo pasado (y después) sea una experiencia distinta. No de modo escandaloso. Tan sólo que el hábito de la interfaz gráfica suele hacer extraño el trabajo en una de puro texto, con fondo blanco o negro, sin dibujo de la página. Pero eso, en general, dura poco. Y no es un gran obstáculo.

Como sea, sí hay modo de indicar en texto plano la intención de poner, por ejemplo, títulos, subtítulos, negritas, citas, listas numeradas, viñetadas, hipervínculos, notas al pie, tablas, incluso imágenes y bibliografía con cualquier estilo de citación… Visualmente, no veremos con exactitud que eso está ahí (sino como indicaciones con asteriscos, signos de gato, corchetes…), pero tu intención será perfectamente legible tanto para una máquina como para otro ser humano. Sólo debes aprender un formato tan simple que no te tomará más de quince o veinte minutos entender y emplear. Se llama Markdown (md).

Este trabajo fue escrito en Vim. Fíjate en que las convenciones markdown para el formato (títulos, enlaces, cursivas…) son legibles para humanos y máquinas, por igual. Cuando lo conviertas a un archivo de salida (digamos un pdf o .docx), el formato markdown desaparecerá, pero mostrará su efecto. Es, en realidad, algo muy sencillo y tiene otro beneficio extra: el tamaño de tus archivos será, prácticamente, nada. Pero no sólo ahorrarás espacio en disco duro y repositorios donde almacenes tu trabajo, sino también la velocidad de procesamiento de tu computadora será mejor. De ese modo, incluso equipos muy modestos seguirán siendo útiles. Exactamente, como la computadora de 1987 en la que todavía escribe George R. R. Martin.

Y sí, hay altas probabilidades de que tu jefe, los concursos, la
burocracia, la revista académica y Todomundo sigan pidiéndote textos en Word. No te preocupes. No tendrás que copiar y pegar y dar formato ni nada. Sólo instalarás Pandoc, en cualquier sistema operativo con el que trabajes, y aprenderás a darle la orden de convertir tu texto en .doc, .docx, .odt, .html, .tex, .pdf, .epub o lo que razonablemente quieras.

Y eso será todo. Tu archivo de texto plano será el anillo que gobierne a todos tus archivos de salida.

¿Sí?

No.

En el camino, descubrirás, además, que es imposible ser desordenado en texto plano. Y también que gente como G. R. R. Martin no es tan visionaria, sino apenas una que conoció un mundo donde las cosas duraban lo dictado por su uso y no por la obsolescencia programada o por el envejecimiento forzado (vía actualizaciones innecesarias que dominan todo el modelo de negocio de la industria tecnológica de hoy). Porque no es la tecnología la que te obliga a cambiar de máquina, sino tus proveedores pasadísimos de listos.

Es como esto: imagina, por ejemplo, que fabricaran martillos que sólo funcionaran con una medida rara de clavos:

―Uuuuy, no, para clavos de 5/11 va a necesitar la nueva versión del PUM 2021 –te dice el vendedor– y su martillo es una versión viejita de hace dos años.

Por eso, precisamente, es una suerte que gente como Steve Jobs o Mark Dean sólo surjan –y tengan éxito– en la decadencia y no en el origen de ninguna civilización. Si dependiera de gente como ellos, un día no podrías siquiera usar la puerta para entrar en casa. Te quedarías en la calle (o encerrado) por no actualizar un pedazo de madera. Exactamente como sucede hoy, que tú y tu máquina no podrían entender lo que dice el archivo .doc de la Epopeya de Gilgamesh, La Iliada, el Popol Vuh, El Quijote o los Principios de Geología, sin adquirir (o piratear) una licencia de Office. Por ejemplo. Y sin embargo, eso es lo que estamos enseñando en las escuelas y pidiendo en los centros de trabajo.

Ahora bien, eso aparte, lo que Todomundo sigue sin entender es por qué George R. R. Martin decidió usar un procesador de texto como Wordstar, en vez de un editor encabronadamente poderoso como emacs o, mejor aún, vi, siendo este último, con toda claridad, la base del número romano de la bestia (vi-vi-vi).

Un misterio.

PD. La belleza de la escritura en texto plano es su sencillez: lo único que necesitas hacer es escribir (una idea que hoy suena radical). Pero algunas necesidades de escritura pueden requerir un soporte apenas un poco mayor: imágenes, estilos de citación, etc. Si es tu caso, dejo aquí este enlace que te puede resultar de utilidad, si decides mudarte al texto plano: clic.

Y por si te lo preguntas: ya sé que tu procesador de textos te da la opción de guardar en texto plano (.txt). No es cierto. Sólo te causará problemas (clic). Pero puedes usar cualquier editor de texto (Word es un procesador, no un editor): nano, vim, emacs… Ahora bien, si lo tuyo no son las curvas de aprendizaje y quieres seguir copiando y pegando exactamente del modo en que lo haces ahora, usa geany, gedit o incluso el bloc de notas (notepad ++). No importa qué editor uses. Un archivo de texto plano abrirá y funcionará exactamente igual de bien en cualquiera, ahora o en treinta años.

Este trabajo es publicado bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

Emacs Gedit Texto plano UTF-8 Vi Vim Wordstar


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