El agua no cae del cielo III
Por Alberto Chanona Publicado en Crónica, Historias en 3 marzo, 2021 2 Comentarios 25 min lectura
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PARTE III (FINAL)

Lugar sagrado

Parece fácil distinguir lo sagrado, por irrenunciable (la vida y todo aquello que la hace posible: el aire, la tierra, el agua…). Pero cuando vas sobre una vía federal a 80 km/h, resulta más fácil –mucho más– que lo sagrado se funda por igual con el amontonamiento de cosas junto a la carretera del pueblo mágico: talleres mecánicos, estacionamientos de vehículos pesados, montañas, gasolinerías, choferes de combis de quince años que compiten entre sí por el pasaje, el cielo de tremendo azul casi al alcance de la mano, un retén policial, las minas de arena, humedales, el humo de actívisimos volteos, construcciones descontextualizadas, un anuncio espectacular, los bosques algo más allá… Más aún: lo que realmente impide distinguir lo sagrado que habita el paisaje y coexiste con la rutina no es siempre la velocidad del auto, sino la del mundo humano, dentro y fuera de nosotros, sujeto como está a las profanas pero inevitables leyes de la oferta y la demanda.

«VENTA DE LOTES DE TERRENO DENTRO Y FUERA DE LA CIUDAD Y POR HECTÁREA», dice, por ejemplo, un anuncio pintado sobre una pipa que ofrece también agua de manantial. La pipa está junto a la carretera, en la entrada suroriental de San Cristóbal de Las Casas, sobre un área de humedales visiblemente rellenada no hace tanto. El terreno anunciado –casi nadie lo ignora– podría estar en una de las zonas boscosas que rodean la ciudad, amenazadas por la actividad humana. O en medio de alguno de los humedales designados como sitios Ramsar y sujetos a la protección internacional.

Aunque la regulación sea distinta para uno y otro caso, comparten el mismo resultado: ninguna norma ha logrado evitar la destrucción paulatina de bosques ni humedales. Si un propietario quiere tirar árboles, o rellenar y construir, tal vez, enfrentará clausuras –poco menos que de carácter simbólico, performativo– por parte de las autoridades. Pero a juzgar por lo que está a la vista en el paisaje, las probabilidades de que consiga terminar la construcción, ilegal y todo, parecen estar a su favor.

Hartas de ese resultado, desde hace algunos años, cada vez más colonias de la ciudad han empezado a organizarse para defender las causas ambientales. Emplean, desde luego, argumentos y herramientas jurídicas, ante el cabildo o instancias estatales y federales de justicia. Pero su discurso y acciones suelen también apelar a un cierto sentido de lo sagrado y del buen vivir. O dicho de otro modo: que se reconozca la importancia de preservar ciertos espacios, sencillamente, para hacer la vida humana difrutable y compatible con su entorno y con otras formas de vida.

El domingo 19 de julio del año pasado, por ejemplo, realizaron una marcha para celebrar el quinto aniversario de su declaratoria de los humedales de María Eugenia como «lugar sagrado».

La marcha inició justo frente a las minas de arena, sobre la carretera panamericana. En el otro carril, los automovilistas reducían un poco la velocidad para echar un vistazo a las mantas y cartulinas, a los muñecos de trapo contra Coca Cola y a la gente reunida frente al portón de dos casas, una de las cuales fue casi totalmente construida, a la vista de todos, sobre el polígono de humedales de María Eugenia, tan sólo en los meses previos de confinamiento sanitario por el Covid-19. Si bajaron las ventanillas, tal vez hasta escucharon a la mujer que decía por el micrófono:

«Hemos pedido al procurador y al fiscal que nos hagan saber cuáles han sido las resoluciones de todas las denuncias, qué procesos han seguido, y no hemos tenido respuestas…».

Las propiedades tras el portón de malla fueron clausuradas en los meses previos, pero igual se les permitió que introdujeran servicios, como se ve por los postes de electricidad.

Ante la vehemente sordera de esas autoridades, dos meses después, en septiembre, ese mismo grupo de personas bloquearía ese tramo carretero. Y abriría zanjas de infiltración junto a la vía federal, a fin de impedir la entrada a los camiones con arena que, muy seguido y contra la ley, rellenan los humedales.

Por su parte, presionado para reabrir el paso, el gobierno estatal se comprometería a atender a los activistas en una mesa de trabajo unos días más tarde.

Fieles a su indiferencia, las autoridades no llegaron.

Ciudad agotada

Ligada inevitablemente a su historia, el agua ha dado forma a la ciudad. Igual que en otros lugares de vocación lacustre, los habitantes han tratado de contenerla, de aprovecharla o de ganarle un trozo de tierra, aquí y allá. San Cristóbal se ha construido, así, sobre esa relación. A veces de modo amable, como prueban los puentes, molinos y canales, cuyos vestigios aún es posible hallar en casi cualquier dirección. Y otras veces, conflictiva, como prueban también el uso de la palabra «vestigios» en la frase anterior, las periódicas inundaciones o las nuevas colonias levantadas sobre antiguos humedales.

El futuro de la ciudad, sin embargo, más que por el agua, podría estar moldeado desde ya por la contaminación, el cemento, la deforestación y, quizá, la sed.

Marcha del 19 de julio de 2020.

En tres décadas, la ciudad pasó de tener 89 mil a más de 200 mil habitantes. El rápido aumento en la demanda de vivienda y servicios no era imprevisible. Ya el Programa de Desarrollo Urbano 2006-2020, por ejemplo, señalaba algunas áreas de atención, ante el crecimiento esperado sólo en ese periodo:1

  • Programar el cierre paulatino de los bancos de extracción de materiales pétreos, evitando riesgos por derrumbes.
  • Proteger los manantiales de la ciudad.
  • Saneamiento de los ríos Amarillo, Fogótico, Chamula, Navajuelos y Ecatepec y reforestación de sus márgenes.
  • Proteger los remanentes de humedales y áreas verdes de la ciudad.
  • Regular el crecimiento de la mancha urbana, aplicando la normatividad de uso del suelo destinado para tal fin en el presente programa.
  • Desalentar la ocupación del suelo que implique altos costos para la dotación de servicios y de las áreas de conservación del medio ambiente.
  • Crear un polo de desarrollo en Corazón de María.
  • Densificar los barrios y/o colonias que presentan una baja utilización del suelo urbanizado.
  • Abatir el rezago de vivienda, propiciando la participación de la población beneficiada.

Nada de eso ocurrió.

«Un fenómeno común del sureste del país es que no ha tenido buenos ejercicios de planeación, en las últimas tres o cuatro décadas», considera el arquitecto urbanista y ambientalista Fabián Ozuna. Y añade:

«Otro problema que enfrentan este tipo de instrumentos de planeación –dice– son los periodos administrativos de gobierno [de tres años, en el caso de los municipios]. Y los problemas son mayores a un periodo administrativo».

Es cierto.

De hecho, buena parte de los conflictos del municipio viene de lejos en el tiempo. Han sido postergados y heredados de una a otra administración durante décadas. A veces, por una visión de corto plazo, apagafuegos, inauguradora de obras que luzcan bien en las fotos. O por llana incapacidad. Casi siempre, porque el desorden (en los asentamientos, el transporte, el comercio y todo lo demás) facilita el negocio y los intereses electorales alrededor de líderes que garanticen votos. En cualquier caso, es así como el desorden ha logrado sobrevivir y crecer, una y otra vez. Como una bola de nieve que rueda hacia el futuro, cuesta abajo.

La dimensión actual de esos problemas hace que los tres años que hoy dura una administración municipal alcancen más bien poco para resolverlos. Ante esa imposibilidad, sucesivos gobiernos municipales han preferido invertir ese tiempo en simulaciones: lo mismo la firma de convenios y la colocación de cintas amarillas de clausura, que los discursos en defensa de los humedales. O de la equidad de género. O de la niñez. O cualquiera que sea la causa del día señalada en el calendario.

Como es de esperar, la seriedad de sus compromisos es la misma para todo.

Marcha del 19 de julio de 2020. Celebración de la declaratoria de los humedales de María Eugenia como lugar sagrado.

Por eso, los grupos ambientalistas de la ciudad han empezado a incluir en sus exigencias que se cumplan las planeaciones y políticas públicas de largo plazo, contempladas en diversas normas, pero que terminan casi siempre en letra muerta.

Por ahora, lo cierto es que en el área urbana de San Cristóbal –técnicamente: la Unidad de Gestión Ambiental 1 (UGA 1)– queda ya poca superficie aprovechable.

«El 90 por ciento de la población vive en el 10 por ciento del territorio del municipio», dice Arturo Arreola, doctor en Ecología y Desarrollo y coordinador técnico del Instituto para el Desarrollo Sustentable en Mesoamérica A. C. (Idesmac), en una entrevista transmitida recientemente por Recoletos medios.

Esa concentración ha alimentado el crecimiento del mercado inmobiliario y la especulación, en la venta y la renta, a precios que resultan incosteables para la mayor parte de la población local. Las cada vez más limitadas posibilidades de acceso a vivienda terminan así por expulsar a la gente hacia las orillas de la ciudad. A zonas irregulares, de riesgo o sujetas a conservación. Además, una vez que a través de ese mecanismo o de invasiones, consiguen el cambio de uso de suelo (con el consiguiente aumento de valor comercial), el círculo de especulación y expulsión se reinicia. El resultado es el que está a la vista: una mancha urbana que crece en casi todas direcciones, con problemas que crecen, también, hacia todos lados.

Según el Programa de Ordenamiento Ecológico Territorial, el municipio tiene 3199 hectáreas de áreas naturales protegidas (ANP) y sitios Ramsar, distribuidas en cinco espacios. Cuatro de ellos –el quinto es Rancho Nuevo–, muy cerca, o aun dentro, de la zona urbana: la reserva Huitepec-Alcanfores, la reserva Quembó Cuxtitali-Gertrude Duby y los humedales de La Kisst y de María Eugenia. Todos, amenazadas por invasiones, rellenos, talamontes, fraccionadores, desarrolladores y particulares.

Mientras tanto, va en aumento la tensión entre quienes sienten afectados sus intereses, negocios y ambiciones electorales, y los defensores del medio ambiente, únicos actores políticos y sociales que por el momento han logrado contener, así sea parcialmente, la destrucción de las áreas naturales.

Parecen indios

La marcha continuó su recorrido sobre la carretera, con música y consignas a grito vivo. Poco antes de llegar al Colegio de la Frontera Sur, doblaron en dirección a la colonia FSTSE 2001, situada en uno de los márgenes del polígono de humedales, junto al manantial de Navajuelos, administrado por el SAPAM.

Hay humedales a ambos lados del camino de entrada.

Marcha del 19 de julio de 2020.

Es el 19 de julio de 2020. Ha llovido en las últimas semanas. Se nota porque el agua escurre por el arroyo y hay verde en casi cualquier dirección en que se mire. Montañas, campo, agua. Un paisaje que invita a la exploración. Y también, un buen lugar para crecer y vivir. Todavía. Y aunque el todavía pese como una espada sostenida en lo alto por un hilo, no hay duda de que, con dificultades, concesiones y todo, distintas formas de vida han logrado coexistir en paz aquí.

Pero la paz, ya se sabe, es relativa e intercambiable. Lo anuncian involuntariamente las altas bardas y portones de fraccionamientos privados, los letreros de venta de lotes y, algo más allá, junto a la Universidad Intercultural, también algunos avisos como éste:

PROPIEDAD PRIVADA
PROTEGIDA POR LA JUSTICIA FEDERAL
MEDIANTE EL AMPARO 225/2013
LIBRE DE HUMEDAL

Los decretos de protección de los humedales, en 2008 y 2012, no tomaron en cuenta a los propietarios de los terrenos, quienes han argumentado eso en su favor, para reclamar la invalidez de los decretos.

Se trata de terrenos envueltos en disputas jurídicas y también invadidos. Hay pequeños jacales, aquí y allá. No están habitados, pero algunas personas llegan a ocuparlos casi a diario durante algunas horas, con ningún otro fin que ese mismo: ocuparlos. Hasta que se decida en algún juicio quiénes son los propietarios. O si esos terrenos son, o no, humedales. Si por casualidad un juez se animara alguna vez a cruzar a pie por ahí, el estado de sus zapatos no le dejaría duda de si hay o no un humedal en este espacio.

Los vecinos de distintas colonias de la ciudad que ahora participan en la marcha, organizados en la causa ambiental, lo tienen más claro que los jueces. En 2015 levantaron tres cruces –como hacen de por sí muchos pueblos, en los Altos de Chiapas, en apego a su religiosidad– y lo declararon «lugar sagrado».

Pero no siempre fue así.

«Antes, al principio, no teníamos mucha consciencia del valor de los humedales y del agua –me contó en una entrevista, días antes de aquella marcha, Nicolás Gómez Velasco, activista ambiental y vecino de la colonia FSTSE–. Hasta saludábamos a veces a los trabajadores de la constructora que pasaban por aquí».

Se refiere a un terreno encajonado, propiedad de la constructora Peje de Oro, entre los fraccionamientos Real del Monte, Kaltik y FSTSE 2001, cuyo paso de entrada es a través de esta última colonia. Durante años, la constructora –de la familia de Mariano Díaz Ochoa, quien ha sido presidente municipal y diputado, dos veces en cada puesto– había estado rellenando ese terreno. Poco a poco. Como suelen hacer de por sí los propietarios de terrenos en áreas de humedal: algunas camionadas de vez en cuando, de forma que no llame demasiado la atención; o si eso no, al menos tratando de tomar desprevenidos a los vecinos. Destrucción «hormiga» le llaman a ese método que, sin embargo, muy seguido llega al cinismo. Por ejemplo, en 2008, un año en que el Día de los Humedales reveló del valor de los discursos oficiales. Esa mañana, los entonces gobernador y presidente municipal, respectivamente, Juan Sabines Guerrero y Mariano Díaz Ochoa, celebraron con un acto oficial el naciente decreto de protección de los humedales. Pocos kilómetros adelante de donde ocurría el anuncio oficial, la constructora Peje de Oro descargaba camiones de arena y escombro sobre el humedal, en el citado terreno junto a la colonia FSTSE 2001, del polígono de humedales de montaña protegidos por el decreto de ese 2008 y otro más, en 2012.

Tras el portón azul celeste, el predio bardeado donde la constructora Peje de Oro pretendía construir el Fraccionamiento San Isidro.

En aquel momento, las acciones legales y físicas emprendidas por algunos vecinos –entre las que destacaba, por ejemplo, la entomóloga Lauren Green, quien llegó a atarse a un árbol para impedir que lo derribaran las máquinas– lograron detener los planes de desarrollo.

La constructora, sin embargo, no desistió. Y en 2015 pareció que al fin conseguiría su propósito de construir el fraccionamiento San Isidro. Entonces, durante los trabajos, ya en enero de 2015, al intentar conectarse, rompieron el tubo de drenaje de la Universidad Intercultural de Chiapas (Unich), que entonces pasaba por la colonia FSTSE, y también una tapa del drenaje. Naturalmente, eso causó la molestia de los vecinos de la colonia FSTSE, cuya indignación creció en los meses siguientes, en la misma medida que su conocimiento del tema ambiental.

El sábado 25 de abril de 2015, mientras a unos kilómetros de ahí el entonces gobernador Velasco y la actriz de telenovelas Anahí, en medio de un espectáculo folclorizante de trajes «típicos», contraían matrimonio y posaban para la prensa, los vecinos de la FSTSE, Real del Monte y Kaltik decidieron bloquear la entrada de la colonia FSTSE, para impedir el paso a los camiones de la constructora y que cesara la destrucción del humedal.

«Para evitar una confrontación, los trabajadores podían pasar libremente al terreno, pero los volteos no», relata uno de los vecinos afectados, León Ávila Romero, doctor en Ciencias Agrarias y profesor investigador en Desarrollo Sustentable, de la Unich.

Ricardo Díaz, hermano del exalcalde Mariano Díaz Ochoa y representante de la constructora, intentó negociar («le vamos a meter alumbrado y pavimento a todo el camino; va a quedar bien bonita su entrada a la colonia…»). Pero como los vecinos no cedieron, ya exasperado, molesto, les gritó:

―¡Parecen indios!

«Así nos dijo, porque no dejábamos pasar el desarrollo», cuenta Nicolás Gómez.

Camino de entrada al lugar sagrado. Marcha del 19 de julio de 2020.

Además, la constructora ordenó a los trabajadores atravesar los camiones de volteo en la entrada, durante algunas horas. Si ellos no podían entrar, los vecinos tampoco podrían salir.

El lunes siguiente, los vecinos decidieron volver a cerrar el paso. De nueva cuenta, en respuesta, les atravesaron un camión. Ese mismo día llegó un representante de la Subsecretaría de Gobierno, supuestamente, para ofrecer una mesa de diálogo; pero por lo bajo a los vecinos les pareció una forma de amedrentamiento.

«El segundo día ‒explica León Ávila– nos pusieron una pipa gigantesca, tratando de bloquear la salida. Pero los vecinos nos organizamos. Llegó el jefe de la Policía Municipal queriéndonos amedrentar y las mujeres lo persiguieron, porque se vio que estaba recibiendo órdenes de Mariano Díaz Ochoa. Hasta que el día jueves o viernes de esa semana mandaron unos camiones llenos de golpeadores. Con tubos y embozados. El sitio [en ese momento] estaba protegido por puras mujeres. Resistieron el portón y no dejaron que esa gente las golpeara. Pero como se tomaron videos y fotos, esto fue parte de una denuncia nacional e internacional y nos movilizamos hacia otros sectores, a hablar a la Protección de Víctimas y a Derechos Humanos, la cual a la larga actuó y, como defensores del derecho a un medio ambiente sano, nos permitió tener medidas cautelares. Esto sacó mucho de onda al constructor y se tomó la decisión, en el Gobierno del Estado, de suspender la obra».

Para el 3 de mayo, día de la Santa Cruz, los vecinos organizaron una manifestación a la que se sumaron organizaciones como el Pueblo Creyente, la Pastoral de la Tierra, la Coordinadora de Comunidades del Sur (Cocosur) y distintos barrios y colonias de San Cristóbal que a lo largo de años habían padecido violencias semejantes –y continúan haciéndolo– a manos de invasores o desarrolladores, con la complicidad u omisión del ayuntamiento. Es el caso de Cuxtitali, por ejemplo, a quienes les han cortado el suministro de agua y han sido agredidos por invasores de la reserva Quembó. O de la colonia Maya, que ha debido enfrentar inundaciones, cambios irregulares de uso de suelo y hasta órdenes de aprehensión. No es difícil encontrar historias parecidas en cualquier dirección de la ciudad.

«Esto obligó a actuar a las autoridades federales –relata el doctor Ávila–, porque ya era un escándalo que se estaban destruyendo los humedales. Llegó la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y clausuró este espacio de destrucción de la constructora Peje de Oro en los humedales de montaña».

En cualquier caso, fueron días de mucha tensión, de montar guardias y de insomnios. En años posteriores, varios ambientalistas de San Cristóbal han sufrido amenazas2 e intentos de criminalización, mediante averiguaciones previas u órdenes de aprehensión. No han prosperado, pero en México no hay amenaza que deba tomarse a la ligera.

En 2018, un reportaje de la periodista Laura Castellanos para el extinto portal mexico.com reveló que en 65 de 125 crímenes cometidos contra ambientalistas en una década (poco más de la mitad) estuvo involucrada la defensa del agua, «sea porque las víctimas se oponían a proyectos mineros, hidroeléctricos, de contaminación industrial o despojo de líquido. La defensa forestal está en 74. La tenencia de la tierra en 56». Y 82 de las víctimas, además, pertenecían a pueblos originarios.

Sin querer, a pesar de todo, de algún modo las continuas agresiones han tenido el efecto de promover la organización de las colonias. Casi siempre, alrededor de la causa ambiental, tan estrechamente relacionada con el agua, que unas veces inunda y otras hace falta

El dinero o la vida

Igual que en una serie policial –como ocurre en todos lados y a todos niveles–, basta seguir el rastro del dinero para encontrar la causa de los problemas de San Cristóbal de Las Casas.

Las minas de arena, el relleno de humedales, las invasiones, los cambios ilegales de uso de suelo, las desincorporaciones de propiedades públicas en beneficio de empresas, las gasolinerías a capricho, las mafias inmobiliarias, políticas, del transporte, del mercado, y un etcétera cuya longitud rebasa las proporciones de la infamia, son problemas, todos, nacidos del negocio. Los nombres detrás son conocidos. Excepto que rara vez llegan a constar en causas judiciales o a enfrentar consecuencias legales. Sencillamente porque, en más de un sentido, a menudo el negocio es aliado del poder. Ser juez y parte garantiza la impunidad. Y garantiza también que los problemas crezcan hasta estallarnos –a todos– en la cara.

Porque por el ojo de la ley pasan todos los camellos.

Pero contra las leyes del mercado y la incapacidad de las autoridades –no siempre involuntaria–, o la apatía de la sociedad, muchas de las colonias y personas afectadas se han convertido en defensoras del medio ambiente en San Cristóbal. No lo pidieron. Tal vez no lo quisieron. Fueron las circunstancias, en todos los casos, que les obligaron a hacer espacio en sus actividades cotidianas para dedicarlo a la organización. A hacer zanjas de infiltración que les ayuden a prevenir inundaciones. A realizar asambleas. A aprender a comunicar y socializar los problemas comunes. A defenderse. A ser y hacer comunidad.

No siempre ni todos en la ciudad están de acuerdo con sus estrategias. O con su discurso. Pero nadie les enseñó. Todo han debido aprenderlo solas. Y eso es más de lo que la mayoría hemos hecho por el lugar donde vivimos.

El 5 de junio del año pasado, Día Mundial del Medio Ambiente, ante las graves inundaciones que padeció la ciudad, lanzaron en una carta algunas preguntas, sencillas, pero imposibles de ignorar:

«Muchas de estas inundaciones pudieron ser prevenidas, tal es el caso de la colonia 14 de septiembre, que lleva varios años denunciando el desvío del río amarillo y la construcción sobre terrenos de los humedales adyacentes.

»Recordamos que llevamos más de 10 años defendiendo los bosques, defendiendo el cauce de los ríos, evitando el relleno y destrucción de los humedales. Y con profunda tristeza vemos cómo se inunda la ciudad, y la población sufre…

»Ante esto nos hacemos las siguientes preguntas:

»¿Costaba mucho tomar decisiones preventivas? ¿Hasta cuándo entenderán las autoridades que resguardar los bosques de Quemvó, Gertrude Duby, La Canasta, de La Maya, Alcanfores, nos protegen de deslaves y de inundaciones? ¿Hasta cuando una persona podrá rellenar, destruir y construir su casa con total impunidad, en un terreno declarado reserva de humedales de montaña María Eugenia y la Kisst?

»¿Hasta cuando las autoridades entenderán que vale más proteger la vida que el dinero?».

Firmaron la carta con sus nombres de gente organizada:

Red Ciudadana por el Cuidado de la Vida y la Madre Tierra.
Consejo Ciudadano por el Agua y el Territorio.
Guardianxs de la Madre Tierra en el Valle de Jovel.

El agua sí cae del cielo

La marcha de celebración llegó a eso de las 09:30 am al lugar que declararon sagrado cinco años atrás, luego del pleito con la constructora.

Llegada de la marcha del 19 de julio de 2020 al lugar sagrado.

Frente a las tres cruces, una rezadora y un rezador colocaron una ofrenda de velas, flores, semillas. Las personas de la marcha realizaron un sencillo ritual religioso. Al final, cantaron Las Mañanitas, tocaron dianas, gritaron vivas, le compartieron posh a la tierra y bebieron también uno o dos tragos. «Baila –invitaba la rezadora a las personas–. Para que sepa la tierra que estás contenta». Risas y sí, baile. Un ratito.

Sin metáfora, un mundo antiguo y uno posible se abrazaban ahí. Aunque ya no hay, en ningún lado, mucha gente que parezca conocer esa sensación de que el mundo y la vida en él pueden ser distintos. En la velocidad de la carretera a unos metros, o más allá de las gasolineras, del otro lado de las minas de arena. Donde las ciudades crecen y la gente se amontona frente a los escaparates o se hablan a bocinazo limpio. Donde se inundan y sufren y esperan que las soluciones lleguen solas, a la vuelta de la próxima elección. Donde el mundo, como decía Galeano, se puso de cabeza y hasta los niños parecen creer que el agua no cae del cielo, sino que sale nomás, milagrosamente, de los tubos o las alcantarillas, según el caso.

Pero no aquí. No en este lugar sagrado ni en San Cristóbal ni con estas personas, reunidas en domingo para hacer fiesta y celebrar lo sagrado de un humedal. Aquí, por fortuna, el agua sí que cae del cielo, nos limpia el cuerpo, la cara y el espíritu y da de beber, mientras rezamos o cantamos o bailamos. Todavía.

Música durante la celebración del lugar sagrado Humedales de María Eugenia, el 19 de julio de 2020.

[Lee aquí la primera y la segunda parte de esta crónica].

Este trabajo, las imágenes y el audio que lo acompañan son publicados bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

  1. Respecto del actual PDU, a pesar de lo difundido en algunos boletines recientes del ayuntamiento, hasta el día de publicación de este trabajo, su existencia no constaba en el sitio web del ayuntamiento, ni en la Plataforma Nacional de Transparencia (revisar enlaces aquí).  (Regresar)
  2. Hace unos años, por ejemplo, la mascota del Dr. Ávila fue envenenada, y él sospecha que fue a causa de la labor que desarrolla como activista ambiental.  (Regresar)

Agua Asamblea ciudadana Humedales San Cristóbal de Las Casas Sitios Ramsar Urbanización


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