Chiapas, arquitectura vernácula
Por Antonio Cruz Coutiño Publicado en Historias, Perfil en 1 marzo, 2021 0 Comentarios 7 min lectura
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Al maestro arquitecto Raúl López Jiménez

Valioso y valiente es el libro magnífico e incluso monumental de Gustavo Acuña. Valioso por pionero en el ámbito regional, y valiente por mostrarse ahí tal cual es: arquitecto que, a pesar de sus limitaciones formativas iniciales, describe e ilustra sus aportaciones a la arquitectura chiapaneca contemporánea y busca trascender los marcos locales de la profesión, en el ámbito nacional. Supe de él, de los egresados de la generación del 86 y de su catálogo, a finales del año antepasado pasado, en una fiesta ofrecida por otro arquitecto de la camada, el cuxtepequense y buen amigo Pedro Ramírez Álvarez. Días después, Mario Robles, compañero y socio, profesor de la Facultad de Humanidades, llegó a una de nuestras clases a presumirnos.

Abrió el libro de par en par, y casi sin advertencia dijo a los estudiantes:

«He aquí un trabajo pionero, tanto por su contenido, como por su diseño, fotografía y calidad editorial. Jóvenes, éste es el primer libro que con estas características se edita aquí».

Pordiós que nos impresionó.

Un mes después –tal como prometió en esa ocasión–, Mario me llevó un ejemplar del libro. «Gustavo Acuña. Veinticinco años de arquitectura en Chiapas. Editorial Entre Tejas», leí en su portada gris: un tomo de tapas sólidas ilustradas con la efigie de una pequeña terminal tuxtleca y el emblema del autor: una silueta masculina que procura el espacio vital. En la página legal me encontré con sus coautores. El propio Gustavo, Mario y el fotógrafo Alexis Sánchez figuran como responsables de la fotografía, mientras el diseño y la diagramación corren a cargo de Mario Robles. 143 páginas con fotografías en color y blanco y negro, diseño sobrio y textos breves, adecuados al material.

Muy pronto me detuve en él, a hojear, ojear y luego tomarle el pulso.

Lo primero que saltó a mi vista fue la trayectoria del autor, su crecimiento personal reflejado en la paulatina mayor calidad de sus trabajos, su ascendente perfeccionamiento; y en segundo lugar –aunque es probable más importante–, su intención manifiesta por hacer arquitectura y construir espacios acordes con el ser, el quehacer y el sentir de los chiapanecos todos, hombres y mujeres; con la identidad cultural de Chiapas, asimilando en ese proceso de afiliación, iluminación y catarsis, su formación ulterior, primero, como profesor universitario, luego como practicante y estudioso del diseño en contextos urbanos.

Son valiosas entonces, sus incorporaciones estructurales:

1. Los techos significativamente inclinados, típicos del trópico, condicionados por la lluvia intensa y los aguaceros.

2. El arco falso proveniente de la civilización maya, apenas una intención de plasmación futura.

3. El uso de nuestros típicos horcones y vigas de madera en techos, transformadas en algunos casos en moldes de concreto. Y en algún caso, aún seminal:

4. La asimilación del contraste de color, común en las fachadas habitacionales de nuestros pueblos y ciudades, al igual que el uso intenso del blanco en exteriores, ancestral, como la fabricación mesoamericana de la cal.

Detalle del libro Gustavo Acuña. 25 años de arquitectura en Chiapas, que repasa la evolución de la obra del arquitecto.

Llaman nuestra atención sus incorporaciones de barro o terracota: la teja común o colonial, el ladrillo de diferentes texturas y tonalidades y, en especial, el diamante chiapeño, proveniente de la fuente mudéjar colonial, la afamada pilona chiapacorceña. El uso de madera es otra aportación distinguible. La vernácula arquitectura de Chiapas y de Centroamérica sería incomprensible sin identificar el papel jugado por las maderas del trópico, en horcones, vigas, morillos, varas, reglas, duelas, entarimados, machimbres, etcétera, aunque entre tales elementos habría de incluirse: otates, cañamaíz, paja, bejucos y palma. Por lo pronto, en esta muestra sólo se observan las utilidades de la madera en pisos, techos, decoración y mobiliario.

El conjunto de elementos constructivos originarios, lo mismo que las ideas de espacio, perspectiva y paisaje, contenidas en el atrio de la catedral de San Marcos, por ejemplo, o en las casas de la Ladera y Blanca, al igual que en los modelos Joya 1 y Joya 2, podrían constituir un buen punto de arranque para lo que Gustavo otea en el porvenir de su carrera: deslindarse poquito a poco de sus originales moldes formativos (posmodernismo, estructuralismo, minimalismo y demás tendencias académicas) y definir el punto de la amalgama creacional que podría dar paso a una «nueva arquitectura chiapaneca», como él mismo imagina.

Una auténtica respuesta ante «el mundo de la globalización que arrastra al olvido nuestras raíces», oportunidad –agregaríamos nosotros– para resignificar los tópicos esenciales de la arquitectura rural y urbana tradicional de los pueblos de Chiapas. Arquitecturas y opciones constructivas que están a la vista en los cascos de las antiguas fincas y haciendas agroganaderas, en las rancherías y parajes del mundo rural, en los pueblos indios y mestizos de la sierra, el valle y la montaña; en las calles, plazas y habitaciones de nuestras ciudades representativas, en algunos jardines viejos y bien cuidados, y en las casas, casonas y jacales de las vibrantes y diferenciadas regiones de Chiapas.

Funcionalidad sí, ahora y siempre, lo mismo que confort, ventilación e iluminación natural, e incluso algo de autosuficiencia, aunque, efectivamente, lo que en verdad importa –desde las esencias de nuestra multiculturalidad y variación regional, y desde el contexto de la globalización que nos corroe– es identificar, registrar, sintetizar e incorporar toda nuestra herencia, mesoamericana en general y, en particular, chiapaneca, maya, zoqueana y española.

Volver a nuestros orígenes; a las plazuelas o pequeñas explanadas, a los balnearios-jardines de junto a ríos y arroyos, a las calles sinuosas de las rancherías y barrios urbanos, a los vados, puentes artesanales de piedra y madera, y puentes colgantes; a las hermosas bifurcaciones de calles y caminos campiranos, a las casas de las campiñas, casas o «ranchos» rodeados de bosques y cultivos; a las vecindades provistas de patios grandes interiores, y a las plazas amplias como la chiapense o las de los pueblos indios (Chamula, Amatenango del Valle, Ocosingo, Ixtapa). A las cercas vivas y setos tradicionales del Soconusco, utilizados para delimitar calles y fincas vecinas y un largo etcétera.

Hay mucho por hacer, mi buen Gustavo Acuña, y qué bueno que vos y tus compañeros de generación y otros más –cuyos trabajos semblantean el futuro de esta arquitectura chiapaneca en ciernes– se animan a emprender la concreción de este inefable proyecto. ¡A incorporarlo ya, en sus propuestas arquitectónicas! A asimilar y a digerir todo lo nuestro, en sus maquetas constructivas de casas, edificios, espacios públicos y desarrollo urbano:

1. Empedrados y enlajados como pavimento de calles; cantos rodados y lajas de Santa Cruz y de San Cristóbal.

2. Adobe, adoblock y tabiques multicolores, y de varias dimensiones, en bardas, muros y paredes.

3. Patios e interiores ajardinados, fuentes y canales de tejas, pozos o pequeños estanques provistos de brocales y arcos.

4. Ladrillos rojos, y no precisamente rectangulares, sino cuadrados, hexagonales y octagonales, en pisos y recubrimientos.

5. Vigas, tablas y entrepisos de argamasa, o incluso de concreto, en las casas de varias plantas.

6. Cúpulas y techos enladrillados, contrafuertes, cruces atriales, balcones y muretes bajos, o pretiles.

7. Yute, petate y esterillas de carrizo en pisos, techos y recubrimientos, como en tiempos de los mayas clásicos.

8. Pedestales, cornisas y terminaciones de alfarería, al igual que vitrinas empotradas, ojos de buey y claraboyas, y así… tantas, tantísimas creaciones viejas, hoy bastante abandonadas o en el más absoluto olvido.

Otros materiales asociados, en cronicasdefronter.blogspot.com

Arquitectura Chiapas Gustavo Acuña


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