Leyenda del Cerro de la Señorita
Por Antonio Cruz Coutiño Publicado en Carretera, Historias en 16 febrero, 2021 0 Comentarios 9 min lectura
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A Víctor Manuel y a Maricarmen Gómez

Desde niño me gustaron los cuentos y leyendas contadas por la abuela Mariantonia, tíos, tías y demás familia. Me entusiasmaban en especial las historias radicadas en algún lugar cercano o conocido, o las que habían sucedido en alguno de esos sitios agrestes, dentro del municipio de La Concordia. La leyenda de la Señorita, o del Cerro de la Señorita, por ejemplo, fue una de ellas, aunque sólo me la contó una vez, y a medias, la tía Lupita, hermana de mi madre. Ya de grande, sin embargo, ante mi insistencia, siempre me dijo que no la recordaba. Que probablemente ella a su vez la había escuchado de labios de doña Elenita Lara, su suegra, y que se había olvidado. Y que hasta tenía dudas de si en verdad algún día me la había contado.

Tiempo después escuché rastros de la leyenda en el pueblo y sus alrededores; trozos contradictorios y fragmentados, hasta que ya, recientemente y con cierta formalidad, conversé sobre la cuestión con algunos vecinos del rumbo de las antiguas haciendas, área ubicada entre la actual localidad de La Independencia, la presa El Portillo y la ciudad de Jaltenango. Recogí ahí varias pequeñas versiones recortadas o incompletas, y ya con ellas me puse a bordar-escribir una sola, más o menos integrada y armónica.

Así que la versión que sigue está básicamente soportada en los relatos de doña Guadalupe Coutiño Coutiño, viuda de don Ramiro Ocampo Lara, antiguo heredero de San José, vieja finca y hoy predio forestal trepado, precisamente, sobre la montaña a la que nos referimos. Basada igual, en las historias contadas por el veterinario don Víctor Manuel Gómez Torres, heredero de una fracción de la vetusta Finca San Felipe Cuxtepeques; y en las referencias aportadas por el licenciado José Luis Gómez Santaella, dueño del rancho Los Cimientos, modesta fracción de la Finca Santa Emilia, justo en el centro de la antigua región de Los Cuxtepeques. Al igual que del gran agrónomo amigo Israel Gómez Torres.

Y va el texto de la leyenda, pues…


De muchachito, lo que escuché fue que aquí arriba de estas montañas… más allá del Cerro de la Vaca, llegando hasta el Cerro de la Bola, hacia el otro lado, hacia el Oriente, hace mucho pero mucho tiempo, varias gentes llegaron hasta allá en sus cabalgaduras. Fue en el tiempo de las haciendas Nuestra Señora y Dolores Jaltenango… por el rumbo de estas fincas. Y cuentan que entre esas personas iba una muchacha bonita… una señorita que se perdió por ahí con todo y caballo, razón por la que con el tiempo, a todo este montañal le pusieron por nombre La Cumbre de la Señorita o el Cerro de la Señorita.

Pero eso pasó hace mucho, muchísimo tiempo. A mí me lo contó mi papá –que vivió más de noventa años– cuando yo ya era viejo. Y él decía que se lo contó su abuelo. Pero la historia es de más antes. De cuando las antiguas haciendas y, por acá, muy poca gente; de cuando estos latifundios eran de los frailes dominicos y dicen que eran administradas por particulares. De ese tiempo es esta historia.

Pero entonces mi papá me contaba que en esos tiempos –no los de ahora sino los de hace muchísimo– a la finca vino una familia que vivía en San Cristóbal o en Comitán. Venían como de excursión y de paseo. O de vacaciones. Que llegaron a dar precisamente aquí, en lo que ya era la finca San Felipe Cuxtepeques, y que de aquí, uno de esos días –me imagino que era tiempo de secas–, en compañía, agarraron caballos, los ensillaron y se fueron montados. Pero además, llevaban bestias con carga, con ropa para dormir y comida, y varias otras cosas de equipaje.

Y llevaban gente de apoyo también. Iba el encargado, el administrador de la finca, un vaquero que conocía los entresijos de todo ese montañal… montañal en ese tiempo, pues… ahora también hay algo de pino, ocote y roble, aunque lo que más hay son rocas y piedregales. Entonces, en esa compañía, como de recreo y paseo por esos montes altos, como para ver desde arriba y dominar todo lo que se ve hacia lo que es hoy La Concordia y Jaltenango y más allá, ahí iban ellos. Y de la familia esta que vino a visitar, creo que iban el papá, un muchacho –tal vez el novio comprometido– y la muchacha, la señorita esa que… cosa rara en esos tiempos, montaba muy bien y le gustaban esas cosas de salir, caminar y cabalgar, conocer, descubrir, esas cosas.

Se fueron, pues, y es seguro que como partieron de San Felipe, hayan caminado por Nuestra Señora, atravesado por Dolores Jaltenango y por otras haciendas de esos tiempos, en donde tal vez hayan pasado a comer o a pasar la noche. Hasta que al segundo o tercer día ya comenzaron a subir a la montaña, donde ante los ojos ¡desaparecen los lugares conocidos! Subieron a la montaña y ya estando allá arriba, tal vez, tras varios días de camino, llegaron al Cerro de la Bola.

Ahí acamparon, frente a una gran cueva que dicen que se ve algo más abajo, como a unos doscientos o trecientos metros, teniendo un gran zanjón de por medio. Verbigracia: como si fueran dos cerros. Y en éste nos quedamos y desmontamos los caballos y descargamos las mulas, y en frente está el otro cerro, donde se ve la entrada como una grieta o como una puerta.

Es la cueva en donde de por sí, hasta hoy, dicen que de repente salen y se oyen cantos de gallos o de chachalacas, o rebuznos de asnos o gritos de animales. Es el mismo lugar en donde a algunos se les ha aparecido, dicen, un gallo gigante con sus patas y espolones grandes, como del tamaño de las patas de los toros. Gallo colorado, fino; con su cresta igual, roja y larga, pero imagínese el tamaño… Aunque, bueno, el chiste es que llegaron hasta ahí esa tarde, hicieron fuego y levantaron su toldo o enrramada. Ahí durmieron y, efectivamente, escucharon por la madrugada, rebuznos y cantos de gallos, como si estuvieran cerca de algún pueblo o ranchería.

Al otro día, temprano, la muchacha se alistó, igual que el joven que los acompañaba. Almorzaron y se treparon a sus cabalgaduras. Dijeron que iban a bajar por el zanjón o la encañada, que iban a intentar cruzar, llegar al otro cerro y acercarse a la boca de la montaña, de donde salían esos ruidos o sonidos como los de un pueblo. Se supone que el papá –contaba mi padre, como le vengo diciendo– le tenía confianza a la hija. Además de que seguramente la quería un montón. Así que ordenó que a corta distancia los siguiera uno de los muchachos de la finca, montado igual en un caballo.

Bajaron, se perdieron de vista, pero ya el muchacho, el peón de la finca, de pronto no escuchó su trote. Ya hasta por la tarde, como a las dos o tres, ahí regresó el mozo con la noticia de que los había perdido y que, aunque había rodeado todo el lugar tres veces, no habían aparecido. Ni volvió a escucharlos para nada.

―¡Pero cómo jijuelachingada los vas a perder! –dijo el papá al mozo–. Si clarito te dije que fueras atrás-atrás. ¡Precisamente, para que no se perdieran!

Se pusieron todos de acuerdo y va pa’bajo nuevamente. Llegaron del otro lado, estuvieron en frente de la cueva, en la propia entrada del cerro, y ya iban de regreso, cuando escucharon el grito del joven, el prometido o compañía de la muchacha. Voltearon y era él, aunque venía chenquiando, todo golpeado y sin caballo. Dijo que su montura había resbalado hacia abajo y que el caballo se había matado. Que perdió el sentido, y que cuando volvió en sí, a duras penas había llegado hasta ahí. Que no sabía nada más. Y que la señorita igual: se había perdido.

Y ésa es toda la historia.

Los excursionistas se quedaron ahí, en el Cerro de la Bola varios días, aunque sólo mientras conservaron provisiones. Varias veces salieron a buscar a la muchacha, aunque nunca más supieron nada de ella. Buscaron e hicieron hachones de ocote para ver en la obscuridad. Se dieron valor y entraron una vez a la cueva y le gritaron, pero no vieron ni escucharon nada. Ni huellas de la muchacha ni del caballo.

¡Se los había tragado la tierra!

Ya de ahí, cuando varios días después regresó la compañía, la noticia se regó por el rumbo y se conoció en todas las haciendas. Se supo que en el cerro se había perdido y que había desaparecido la señorita de Comitán. Y es así que desde ese tiempo, todo ese montañal le dicen y le decimos así, el Cerro de la Señorita. Aunque la verdad hay varios cerros arriba, varios ni tienen nombre.

Yo lo que creo es que, por audaz o por atrevida, ahí en la montaña, podría ser que haya provocado al Encanto que decimos. Que el Encanto se haya adueñado de la señorita por sus encantos.

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