Lacandones y mochós, mayas de Chiapas. Desde sus mitos a su religiosidad popular
Por Antonio Cruz Coutiño Publicado en Ciencia y tecnología, Historias en 1 febrero, 2021 0 Comentarios 53 min lectura
Me pregunto si se acordará de mí Anterior Ruidos en la noche Siguiente

Bajo la premisa de que la indagación, registro y comprensión de las tradiciones de los pueblos mayas contemporáneos contribuiría al conocimiento de la constitución, logros y avances de la civilización maya, y en particular de las ciudades-estado mayas del período clásico, se emprendieron a lo largo del siglo pasado vastas investigaciones sobre los mayas-lacandones del estado de Chiapas. El mundo de la investigación científica occidental puso sus ojos en la Selva Lacandona. Como producto de ello, se efectuaron diversos viajes, expediciones, largas estancias, registros ecológicos y fotográficos e indagación etnográfica. Trabajo de campo en general, que, durante las primeras cinco décadas del siglo XX, puso las bases de ulteriores estudios antropológicos sobre la comunidad que hoy se extingue, al menos culturalmente.

Y éstos son los eventos que se refieren desde la perspectiva de la compilación y registro de los mitos mayas-lacandones, beneficiarios de toda aquella investigación; mientras otros grupos o comunidades ancestrales no pasaron por la misma suerte, como los motozintlecas o mochós, ubicados en la frontera de Chiapas y Guatemala, grupo de ascendencia maya a quienes en el presente texto se identifica geográfica y demográficamente.

Se recurre a la comparación de ambos grupos para llamar la atención, y se sugiere la necesidad de efectuar estudios e investigación extremos, a fin de acceder al registro de los conocimientos remanentes de la pequeña comunidad mochó que aún se resiste a desaparecer; entre ellos, los mitos y leyendas de su comunidad particular.

El texto a continuación está entonces integrado por cuatro apartados: uno sobre los estudios efectuados sobre la comunidad maya-lacandona durante el siglo XX, otro específico sobre las investigaciones etnográficas de Robert D. Bruce; el tercero sobre la comunidad maya-mochó de Motozintla, sobreviviente, y el último, en donde se reflexiona sobre los registros míticos y la religiosidad popular. Concluye el texto con las últimas veinte valiosísimas narraciones míticas lacandonas, registradas por el etnólogo y lingüista mencionado, entresacadas de su última publicación extensa.

Estudios sobre mayas-lacandones

En el caso de los lacandones, los primeros registros etnográficos formales y acerca de su ubicación geográfica y distribución territorial fueron efectuados por el antropólogo norteamericano Alfred M. Tozzer (1877-1954). Posteriormente, la primera aproximación y colección de sus mitos cosmogónicos fue realizada por los etnólogos franceses Jacques y Georgette Soustelle (1961), a partir de su contacto con las familias de San Quintín, entre 1934 y 1950. La fotógrafa y etnógrafa suiza Gertrude Duby continuó igual, por esos años, estas indagaciones (Blom, 1955); mientras que los lingüistas norteamericanos –aunque también religiosos– Phillip y Mary Baer emprenden estudios genealógicos, y el antropólogo mexicano Alfonso Villa Rojas efectúa estudios sobre sus formas de organización social.

Nuevo impulso se observa en las investigaciones sobre los mayas-lacandones, a partir de los años sesenta, encabezadas por el etnólogo y lingüista norteamericano Robert D. Bruce, quien se identifica con las comunidades del área Norte. Emprende el estudio acucioso de la gramática de la lengua lacandona y, tiempo después, en 1974, publica su obra señera más importante: El libro de Chan K’in. Textos lacandones, lo mismo que el reporte «Los lacandones. Cosmovisión maya». El primero, compendio fundamental de la mitología maya-lancandona, posteriormente complementado por los estudios del etnólogo belga Didier Boremanse quien, entre otras obras, en 1986 da a conocer un libro que contiene varias leyendas vivas de los lacandones, en donde se incluyen variaciones de los mitos registrados inicialmente por Bruce, además de algunas narraciones originales.

Phillip Baer intenta hacer esto mismo en los caribales1 del lado meridional, aunque sus resultados son más bien magros: sus aportes se limitaron al estudio de las relaciones interpersonales, parentales y a la historia reciente de las familias de la parte media del río Lacanjá.

Continúan los estudios histórico-antropológicos de Jan De Vos, mexicano por adopción, quien despeja las razones del origen peninsular de los lacandones actuales, absolutamente distantes de los lacandones de la larga resistencia durante la época colonial, los «lacandones históricos» (De Vos, 1980), etnolingüísticamente próximos a los choles.

Se ubican aquí las investigaciones sociodemográficas del antropólogo James D. Nations, de mediados de los setenta, y las de corte etnográfico literario de J. Nordike, quien de acuerdo con Odile-Marion (1999): registra por primera vez «textos originales, particularmente [letanías sobre] encantamientos terapéuticos, romances de las mujeres, cantos de cuna y canciones masculinas» y, lo más reciente: los estudios precisamente de Marie Odile-Marion, antropóloga francesa, sobre la cosmovisión y la ritualidad religiosa de los lacandones, entre los que destaca el libro El poder de las hijas de luna. Sistema simbólico y organización social de los lacandones, en donde igualmente se registran algunos textos míticos originales asociados a la luna y a las mujeres, sus predilectas.

Estudios de Robert D. Bruce

Pero regresemos a los estudios de Robert D. Bruce, los más connotados desde la perspectiva del registro de las antiguas narraciones míticas lacandonas; a su área de estudio, el caribal de Nahá, localidad ubicada en la «zona de las lagunas del Lacanjá», entre los ríos Negro y Lacanjá, dentro de la Reserva de la Biósfera Montes Azules, típicamente, «rumbo septentrional de la Lacandonia». Ahí se incorpora paulatinamente, desde mediados de los años cincuenta y hasta a mitad de los setenta, a la comunidad y sus alrededores, y logra a lo largo de esos años hacerse amigo del último sabio y gran maestro chamán de los lacandones: Chan K’in, el viejo, con quien sostiene largas conversaciones. De cuya grabación, transcripción y apuntes de memoria, surge la obra central mencionada arriba, a la que se refiere el gran Carlos Montemayor (1977):

«En El libro de Chan K’in hay algo más allá del conocimiento de las genealogías divinas de los antiguos y actuales mayas: hay la construcción literaria de ciclos, versos, cantos y entonaciones, que hacen de esta obra un monumento paralelo a la otra que los mayas conservaron en lengua quiché: el Popol Vuh. Ambas obras pueden iluminarse una a otra. Ambas provienen de una misma fuente milenaria que brota en distintos puntos, pero aporta la misma corriente subterránea y cristalina».

Refiere las narraciones más íntimas, ancestrales y antiguas de los mayas lacandones, asociadas a la advocación, naturaleza y rasgos de sus divinidades; a los conocimientos y enseñanzas dedicadas por ellos a su comunidad, a los rituales que debían ejecutarse «al pie de la letra» y, en general, a sus mitos cosmológicos y cosmogónicos o de la creación y disposición del universo; de su propio origen comunal y de su entorno físico, ambiental y fáunico.

Ésta es la razón por la que Bruce es considerado pionero de los estudios del sistema simbólico lacandón, esencia de su religiosidad, misma que durante los siguientes años continúa estudiando, tal como ocurre por última vez entre 1977 y 1978, cuando en compañía de Víctor Perera, amigo suyo, recorre la Selva Lacandona, efectúa dos o tres largas temporadas, convive nuevamente con la comunidad de Nahá y en particular con Chan K’in y su familia. Estancias de donde, años después, brota una extensa crónica de viaje y experiencias: Los últimos señores de Palenque, texto que, sin considerar como objetivo central las narraciones míticas, incluye pasajes en donde el personaje lacandón narra algunos mitos ausentes en su libro señero.

Los mochós, mayas de Motozintla

Y bien, esta misma calidad de estudios, indagaciones y registros se aplica también a los diversos pueblos originarios del área maya (Yucatán, Altos de Chiapas, Guatemala) y, en general, a los pueblos de la región de Mesoamérica. Ello desde principios del siglo pasado, aunque marcadamente a partir de la década de los años cuarenta. Sin embargo, esto no ocurre en varios casos, como en el de la pequeña comunidad maya-mochó del estado de Chiapas, comunidad asentada sobre la actual frontera de México con Guatemala, hoy diluida entre los barrios marginales de la ciudad de Motozintla y las localidades de Tolimán y Belisario Domínguez.

Destacan para esta etnia los estudios del etnógrafo mexicano Jesús F. García Ruiz, y en especial las investigaciones emprendidas por la etnóloga argentina Perla Petrich, entre los años de 1981 a 1984, bajo los auspicios de la academia francesa y la colaboración desinteresada de tres informantes substanciales: los señores Ramón Matías y Julián Ramos, y la esposa de éste, doña Juanita Ambrosio. En sus dos obras centrales, La alimentación mochó: acto y palabra, publicada en 1985, y La semántica del maíz entre los mochó, de 1986, al igual que en otros textos suyos, se registran algunos relatos míticos de carácter creacional y cosmogónico.

Asimismo, se recogen algunas historias ancestrales mochós en un par de tesinas simples, en una monografía institucional genérica y en algunos textos de la lingüista mexicana Fernández Galán (1991 y 2005). Inventario exiguo, a final de cuentas.

Registros míticos y religiosidad

De modo que, ante estos dos casos, es evidente la importancia de la indagación y registro de los mitos y leyendas originales más antiguas. Tanto para la comprensión y reconocimiento de los pueblos originarios persistentes, como para otear las antiguas bases de la religión institucional amalgamada como un todo, al Estado y al gobierno de las diversas ciudades-regiones mesoamericanas. Significativas incluso para elucidar las esencias de la religiosidad ordinaria del pueblo llano; para comprender las diversas religiosidades populares de los pueblos indios contemporáneos, y las correspondientes a los pueblos mestizos, ciudades, regiones y naciones enteras, como en el caso de México y Centroamérica.

Hoy los lacandones, hablantes de su lengua –bilingües, en especial los hombres–, ascienden a 998, de acuerdo con la última encuesta intercensal del INEGI (2015): 494 mujeres y 504 varones. Encabezan la lista de las siete minorías étnicas de Chiapas, en donde en orden descendente se ubican: kichés, jakaltecos, mochós, ixiles, kakchikeles y aguacatecos, aunque todas ellas, salvo la pequeña comunidad de mochós, forman parte de poblaciones abundantes radicadas en Guatemala; originarias de esa nación.

Los mochós o motozintlecas radican exclusivamente en Chiapas. Su lengua es conocida también como cato’k o cotoque, y la propia Perla Petrich (1985), con base en fuentes que refiere, identifica para 1602 «treinta y seis tributarios que representan un total de 144 habitantes». En 1740, refiere, un informe «presenta un panorama desolador de Motozintla al decir [que]: “es caliente, seco y fúnebre. Tiene cuatro tributarios, trabajan sus naturales y aún las hembras en hacer […] esteras coloradas y en sacar copal de los árboles que tienen este nombre, que venden a los indios en las fiestas” (p. 21).

E igual, de acuerdo con otra fuente, expresa que a principios de los años cincuenta «hay veintidós familias con un total de 56 personas adultas» (p. 22).

En 2010, de acuerdo con el INEGI (2010), los mochós apenas figuraron con 141 hablantes de su lengua, bilingües en ambos sexos, en línea con el censo general de población y vivienda de ese año. Cinco años más tarde, sin embargo, de acuerdo con la misma institución (2015), habían disminuido a 134: 38 mujeres y 96 varones, de donde se deduce el absoluto decrecimiento de la comunidad, razón de la cual deriva la apremiante necesidad de restituir o vitalizar su lengua, por una parte, y por otra, emprender la última indagación sobre sus recuerdos, ante el proceso de extinción de su cultura, aparejada al deceso y desaparición de los más viejos, sabios y experimentados. Ello es, estimular y animar su retentiva, mediante recordación, conversación y trabajo de memoria; para registrar sus leyendas y relatos míticos creacionales, cosmogónicos y sobre su origen, mismos que hasta hoy son desconocidos, probablemente en su mayor parte. Del mismo modo como a tiempo se hizo con los lacandones esparcidos entre los últimos resabios o jirones de la Selva Lacandona.

Mientras tanto, permítasenos concluir con la recomposición e integración sistemática de las veinte narraciones míticas contenidas en el último libro del maestro Robert D. Bruce al que antes hemos referido,2 cuyos segmentos se encuentran dispersos o inconexos a lo largo de la obra.

* * *

Yum Äh Say, Señor de las Hormigas

Hace mucho tiempo hubo un hombre, un lacandón Antiguo,3 que fue a su milpa y la encontró sin maíz, ni frijoles ni calabazas. Vio cómo las hormigas-cortadoras-de-hojas se llevaban lo que quedaba de su cosecha y se puso a recoger las [hojas y despojos] del maíz desperdigados por el suelo. Con ellos hizo un fuego para matar a las hormigas. Entonces se le apareció algo semejante a un hombre que en realidad era Yum Äh Say, el Señor-de-las-Hormigas-Cortadoras-de-Hojas, y le preguntó:

―¿Por qué estás quemando a los míos?

El hombre respondió:

―Porque han devastado mi milpa y ahora no tendré nada para comer. Mira. Ahí va una que se lleva el último de mis granos de maíz y… ¿Ahora qué voy a comer? ¿Acaso no merezco respeto?

El Señor de las Hormigas le contestó:

―Desde luego. Eres digno de respeto. Ahora vete y vuelve dentro de tres días.

Cuando el hombre regresó al cabo de los tres días, encontró su milpa, [aunque] mejor que nunca. Con mucho maíz, frijoles, calabazas, chile. Estaba muy contento, ya que ahora él y su familia tendrían mucho para comer. Pero al año siguiente, el hombre recordó todo el trabajo necesario para cultivar su milpa y decidió preparar una muy pequeña. Poco tiempo después, cuando ya casi estaba crecida, puso maíz, tortillas y caldo de maíz a un lado del sendero de las hormigas-cortadoras-de-hojas.

Cuando éstas empezaron a apoderarse de la comida, les prendió fuego, hasta que Yum Äh Say se le apareció nuevamente. Entonces el hombre le dijo:

―Mira. Se están llevando mi comida, ¿y ahora qué voy a comer? ¿Acaso no merezco respeto?

[La divinidad] le contestó igual:

―Sí. Eres digno de respeto. Vete y vuelve dentro de tres días.

El hombre estaba feliz, pensando que le harían todo su trabajo, y cuando volvió al cabo de los tres días, encontró una gran milpa con unas gigantescas mazorcas de maíz. Sólo que… cuando quiso [tomarlas] descubrió que no eran mazorcas, sino nidos de avispas.

Por todas partes, [desde] cada planta de maíz, ¡hwuum!, las avispas se arrojaron sobre él y lo picaron de la cabeza a los pies. Escapó corriendo y después tuvo mucha hambre, porque se había quedado sin milpa y no tenía nada para comer.

Cuando el mundo sea destruido

Cuando venga el día del juicio y el mundo sea destruido… Hachäkyum cortará las cabezas de sus criaturas, para determinar sus valores personales. Las mujeres encinta o en período de menstruación serán inmediatamente eliminadas debido a su sangre contaminada. [Por esta razón] durante la ceremonia de renovación de los incensarios, los maridos de [las mujeres que menstrúan] no están autorizados a participar, pues se cree que también están contaminados.

Cuando eso suceda, Hachäkyum dará una orden a su yerno Akinchob, [Señor] del Maíz, para que reúna a todos los hombres y a todos los animales y los encierre en un barco. Todas las criaturas, incluso las serpientes. Akinchob guardará las semillas de todos los árboles en su casa y después vendrá el [Señor] del Viento y echará abajo todos los árboles. Después lloverá y las lluvias lo cubrirán todo.

Al cabo de diez años, el barco descenderá lentamente hasta Palenque, donde Hachäkyum volverá a crear el mundo. Surgirán entonces del barco, la gente verdadera [los lacandones] y los ts’ul [los extranjeros], y también los animales. Akinchob plantará las semillas, y los árboles y las flores reaparecerán. Y la selva estará llena de vida. Entonces, elevaremos nuevamente nuestras plegarias a Hachäkyum y beberemos balché. Prepararemos tamales y pozol en su honor, y quemaremos copal en nuestros incensarios.

Y una vez más, él se sentirá satisfecho de sus hijos.

Los primeros hombres blancos

Los lacandones creen que Hachäkyum y su esposa crearon originariamente [personas] de piel blanca y cabellos rizados, con barbas rojas o azules. Los formaron originalmente de arena y barro, [aunque] sus dientes los hicieron con granos de maíz. Sin embargo, tiempo después, fue Kisín, el maligno, quien estropeó los cuerpos, oscureció la piel de los hombres y sus cabellos, con una pequeña estaca. Esto sucedió en el momento en que Hachäkyum estaba de espaldas.

El jaguar y la mujer

El jaguar, que en realidad es [una deidad] menor, no muere cuando la mujer le corta la cabeza. En medio de la noche se levanta y vuelve a poner en su sitio su cabeza y sale en busca del hijo pequeño de la mujer. Pero la mujer ha ocultado al niño en un recipiente lleno de chile, para que el jaguar no pueda encontrarlo, por medio de su olfato. La mujer trepa después a un [árbol de] zapote y empieza a arrojar frutos verdes al jaguar… El jaguar, entonces, se come a la mujer.

[Alguien] que ha estado escuchando el relato atentamente, recuerda a Chan K’in que ha pasado por alto un pasaje de [la historia] en que la mujer corta las garras al jaguar.

―Pero si el jaguar se come a la mujer –dice el pequeño K’in.

―No. No la come –le corrige–. Le corta las garras antes de que pueda comerla.

[Sí, sí.] La mujer no es devorada por el jaguar, sino tan sólo atontada. Ella es una experta tejedora, de modo que cuando el jaguar se lanza tras ella y la persigue, trepando por el zapote, ella le corta las garras delanteras con su lanzadera. El jaguar cae al suelo, [se pone a] lamer sus garras heridas y espera a la mañana siguiente… Akinchob, yerno de Hachäkyum, [divinidad] protectora del hombre, toma cartas en el asunto y es enviado por su suegro para poner orden en lo que está sucediendo. Ayuda a la mujer a descender del árbol y ordena al jaguar que ya no siga comiendo seres humanos, puesto que son las criaturas favoritas de Hachäkyum.

La mujer que se defiende con la lanzadera es la diosa luna Akna’. [Quien] durante [los] eclipses, los dioses –Hachäkyum, Akinchob y T’uup, el guardián del sol– no saben lo que le ocurre, porque el rostro de [la luna] está oculto. Corresponde a los lacandones la tarea y el deber de elevar ofrendas y rezarle, tan pronto como comienza el eclipse, para que los tres dioses acudan a defender a Akna’ de los jaguares. Si los lacandones se muestran reticentes a la hora de rezar y no alertan a los dioses del peligro que corre, [ella] no se mostrará muy dispuesta cuando se le pida que ayude a una mujer que sufre un parto difícil.

Kisín, Señor muerte y de los terremotos

Desde la llegada del hombre blanco a Najá, el papel de Kisín ha ido cobrando importancia hasta convertirse en un [demonio] de todo derecho. En los tiempos de [Alfred] Tozzer, quien recorrió la zona a comienzos [del siglo XX, la función de Kisín estaba muy bien definida y no se le consideraba especialmente malévolo. Se le conocía como el que sacude la tierra y [como el] Señor de la Muerte. Kisín cayó al [inframundo] cuando Hachäkyum provocó un terremoto que se lo tragó.

Suele atacar a las criaturas favoritas de Hachäkyum periódicamente. Lo hace pateando los pilares del reino de Hachäkyum, que es Metlán, y provoca devastadores terremotos. Hoy en día, Kisín está asociado con la violencia criminal, el robo, la mentira y toda clase de malas noticias, entre ellas, la llegada de los misioneros [protestantes].

Akyantho, ganado e invenciones

Akyantho, [la divinidad] protectora del hombre blanco, creador del machete, las enfermedades y las medicinas, fue también el inventor del dinero. Esto sucedió así: cuando Akyantho inventó el machete, lo entregó a los blancos y a los lacandones. Los lacandones muy pronto aprendieron a utilizarlo con destreza, para abrirse camino en la selva y limpiar la milpa. Pero el hombre blanco tiene las manos delicadas, porque vive en los pueblos y [en] las ciudades, y el machete le [produce] callos dolorosos en las palmas y [en] los dedos de las manos.

Akyantho sintió entonces lástima [por el] hombre blanco e inventó el dinero para que no use el machete y no sufra a causa de los callos. Akyantho, protector del blanco, también le dio el ganado y las aves de corral que los blancos han domesticado con éxito y que desde entonces les han servido como fuente de comida y otros beneficios. Los lacandones también recibieron ganado, pero como eran negligentes y descuidados, los animales se les escapaban al bosque todo el tiempo.

―Los [lacandones o] Hach Winik nunca aprendieron a domesticar [a] los animales –dice Chan K’in con una sonrisa–, por eso se convirtieron en buenos cazadores.

Cuando los animales que nos dio Akyantho se escaparon, la vida en la selva los hizo salvajes. El ganado se convirtió en venados, los caballos pasaron a ser tapires y los cerdos, jabalíes. Y como antes fuimos muy descuidados, ahora tenemos que cazarlos en la selva. Todavía hoy, nuestros cerdos se nos escapan de los corrales y nuestras gallinas no saben poner huevos.

El hombre que se convierte en jaguar

Un habitante lacandón Antiguo [estaba] tan harto de que los animales una y otra vez [fueran] a destrozarle la milpa, [que entonces quemó] incienso en honor a Akinchob, [Señor] del Maíz, protector de los agricultores, pidiéndole que lo convierta en jaguar con objeto de ahuyentar a los animales. Pero cuando Akinchob accede al pedido, el [nuevo] agricultor-jaguar empieza a ver a los animales como sus parientes, y en lugar de comerlos o ahuyentarlos, siente lástima por ellos.

—Pobrecitos –dijo–, deben tener hambre. ¡Vengan, vengan! Coman todo lo que quieran de mi milpa. No se preocupen por mí. Estoy esperando a unos malditos animales que me han estado robando el maíz. Voy a comerlos.

[…] el hombre-jaguar no se daba cuenta de que él era ahora un animal y que los demás animales lo miraban como a uno de ellos, mientras que los humanos le parecían ahora animales y él tendría que comérselos.

Las Xtabay y los caníbales

Las Xtabay [ninfas seductoras], bellas sirenas de piel y pubis rojos habían sido esposas de las deidades menores […]. Los Antiguos las veían deambulando por la selva y ellas los llamaban diciéndoles:

—Quédate conmigo. Quédate conmigo. Yo te daré hijos.

A los afortunados elegidos se les aconsejaba no demorarse más de la cuenta con las Xtabay, sino dirigirse a la morada del Señor o guardián de la Selva, Kanank’ax. Si pasaban la noche junto a él, recibían su bendición y siempre podrían volver a ver a las Xtabay con sólo encender incienso en honor [a la divinidad]. Quienes se quedaban con las ninfas del bosque sin pagar tributo [a Kanank’ax], volvían a sus poblados y, como castigo por sus placeres libidinosos, nunca más volvían a ver a las Xtabay. Allí donde habían hecho el amor encontraban una roca desnuda […].

―¡Aah! Mi abuelo conoció a las Xtabay […]. Decía que lo dejaron muy contento.

En sus tiempos, las Xtabay y los dioses menores andaban libremente por la selva. Yo mismo vi unos lo’k’in caníbales, cuando era pequeño. Trataron de [agarrarme]. Son gente de gran tamaño, feos. De cabelleras verdes y se cubren con pieles de jaguar.

Mi padre y su padre se encontraron muchas veces con los lo’k’in. Muchos de sus compañeros que cayeron en manos de ellos nunca más volvieron. [Es que] si te atrapa una hembra lo’k’in, te obliga a cortar madera durante todo un día y luego tienes que hacerle el amor toda la noche hasta que te mueres de cansancio. Entonces ellos te cocinan y te comen todo. Los que yo vi, huían de unos soldados que habían matado a tiros a una de sus mujeres.

Kisín y el inframundo

Metlán es el inframundo de los lacandones, a donde van a parar las almas condenadas. Se parece bastante [al] infierno [de los católicos], sólo que los castigos son mucho más razonables y Kisín suele suministrar agua helada a las almas que se abrasan allí.

—¿Quieres decir que Kisín se porta bien con ellas?

—No todo el inframundo, [sólo] Metlán [que] es la parte del inframundo que pertenece a Kisín. La parte de Sukunkyum [hermano mayor de Nuestro Señor] está formada por selvas maravillosas donde viven las almas de los animales que murieron en la tierra.

—¿Qué pasa entonces?

—Bueno, depende. Si te has acostado con un pariente próximo, Kisín se queda contigo y te quema la uretra con hierros al rojo vivo. Si has mentido, te quema la boca, y si has robado te quema la mano. Luego, tu alma es hervida en un caldero y tú regresas a la tierra encarnado en un animal menor, como un loro o un tejón. [Pero] todo esto tiene [una explicación]: por ejemplo, si has sido holgazán te conviertes en un perro; si has sido egoísta, vuelves a la tierra como cerdo; y si has sido cruel o brutal retornas como mula. Ahora bien, si has asesinado a alguien, Kisín primero congela tu alma en su cámara de hielo y luego la hierve hasta que desaparece por completo. Simplemente dejas de existir.

—¿Y qué pasa con los valientes?

—Las almas de los valientes se elevan hasta el cielo de Hachäkyum, donde se unen con las almas de las águilas, los jaguares y las grandes serpientes. Si has sido razonablemente bueno […], te quedas abajo como huésped de Sukunkyum, quien es un tipo muy hospitalario y decente. Pero primero te tiene que aceptar, y Sukunkyum no es ningún tonto, nada se le escapa. Cuando llega hasta su morada el alma de un muerto, Sukunkyum la somete a un severo examen y determina exactamente qué clase de persona ha sido en vida y cuáles han sido sus actos […].

—¿Hay acaso un lugar especial para los suicidas?

De esos se ocupa Sukunkyum […]. Los ata y los deja junto al umbral de su morada, para que reflexionen acerca de sus iniquidades. Cada tanto vuelve y les da un golpe con un palo y los regaña:

—¿Así que no querías vivir en la selva y creías que estarías mejor aquí abajo? ¡Bum! Aquí tienes. Ahora sabes de qué se trata.

Finalmente los deja en libertad y los deja abandonados a su destino, de acuerdo con sus méritos y faltas previas. Si miras fijamente la bruma, verás a Sukunkyum llevando el sol a sus espaldas. Lo guarda durante toda la noche en su casa y lo alimenta con pececillos y semillas de calabaza y lo mantiene caliente. Ahora es casi el momento en que tiene que salir nuevamente, allí, detrás de aquella colina.

El jaguar y las hijas de los Antiguos

En los viejos tiempos […] dos hijas de un Antiguo se vieron favorecidas por un jaguar y éste las siguió a la milpa. Él las miraba, escondido, mientras ellas jugaban y cantaban canciones, y ayudaban a su padre a recoger el maíz. Nada sabían de su secreto admirador. Un día se aventuraron cerca de los límites de la selva y el jaguar aprovechó para echarse sobre ellas y las atrapó, y luego se las llevó a su cueva.

—¿Y no las lastimó con sus garras? –pregunta el pequeño K’in.

—No, para nada –responde el narrador casi antes de que la pregunta brote de los labios del niño–, las llevó como la gata lleva a sus cachorros […].

El campesino los siguió, gritando y llorando, hasta que perdió la pista del jaguar. Al regresar a su casa, él y su esposa lloraron la pérdida de las niñas como si se hubieran muerto. ¡Aah! Pero el jaguar no las había comido, había preparado una cama para ellas con hojas de palma, de las suaves. Ellas lloraron durante todo el día y al final se durmieron, una en brazos de la otra. El jaguar no durmió [con ellas], al caer la noche salió de la cueva y cuando las hermanas despertaron se encontraron con un cervatillo que acababa de [cazar].

—¡Horrible! –dijeron las hermanas y se apartaron del venado ensangrentado.

El jaguar no entendía qué estaba pasando, porque él sabía que las personas comen carne, pero ni él ni las hermanas sabían hacer un fuego y cocinarlo.

—¡Tenemos hambre! –dijeron las hermanas–. Si nos vas a tener aquí, tienes que darnos pozol y tortillas para comer, como en casa.

Sin decir una palabra el jaguar las dejó y se metió sin ser visto [a] la casa de su suegro.

—¿Suegro? –interrumpe el pequeño Chan K’in–. ¿Quieres decir que ya estaban casados?

—Sí, claro […]. De acuerdo con las costumbres del jaguar, las hermanas eran ahora sus esposas, porque habían dormido sobre la cama de hojas de palma que él les había preparado y no se habían escapado de su cueva.

El jaguar roba una olla de pozol y algunas tortillas de la casa de su suegro y deja a cambio el venado fresco. Lleva la comida a las hermanas, que comen lo más contentas. Esa noche duermen juntos, como marido y mujer […]. Cuando el padre descubre el venado junto a su puerta y que le falta algo de pozol, se da cuenta de lo que ha pasado y corre a contarle lo ocurrido a su mujer. Los dos están muy contentos de que el jaguar no se haya comido a las niñas. Al día siguiente el jaguar deja un tepezcuintle junto a la puerta, que los padres habían dejado abierta para que pudiera entrar y salir sin problemas, y pudiera llevarse el pozol para las hermanas.

Va pasando el tiempo y el Antiguo y su mujer se acostumbran a tener como yerno al jaguar. Lo invitan a compartir la casa para que pueda cumplir su término de servicio como yerno, bajo el mismo techo de sus suegros. Él es un excelente cazador y pocas veces falta carne en la mesa de la casa. Cuando las hermanas regresan traen consigo a sus hijos recién nacidos. Se parecen a los humanos, salvo que sus túnicas tienen unas manchas amarillas.

Un pariente que ve cómo el jaguar les trae carne fresca, siente envidia y decide matar [al] jaguar. Una noche el jaguar y su suegro se quedan hasta tarde bebiendo balché.4 Después de terminar su [porción], el jaguar agradece a su suegro con un gruñido y pide formalmente permiso para marcharse. Cuando está dormido, el pariente envidioso penetra en la casa y mata al jaguar y a los hijos de éste.

A la mañana siguiente se ufana frente a su primo por su hazaña, esperando ser agradecido por haber librado a la familia de la bestia. En lugar de eso, sus parientes lo insultan y lo acusan de haber dado muerte a sus nietos, pero el primo se defiende diciendo que no eran seres humanos sino cachorros de jaguar. Desde ese día las dos hermanas se niegan a comer lo que les da su madre y al poco tiempo mueren […].

Desde entonces los jaguares se convirtieron en los enemigos de los hombres y los atacan. Los matan cada vez que los encuentran en la selva. Y así, hasta nuestros días…

El Antiguo y la mujer-zopilote

Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando había pocas mujeres en el mundo. Un día, el Antiguo vio una mujer bañándose en el arroyo. Ella se había quitado su túnica de plumas y, desde lejos, parecía una mujer desnuda. De modo que el Antiguo se echó al agua, la agarró por las caderas y la aferró firmemente sin dejarla escapar.

—Ahora que me tienes –dijo la mujer-zopilote–, ¿te casarás bien conmigo?

—Sí –dijo el Antiguo–. Y te voy a vestir con las ropas de mi madre.

Fue así que el Antiguo se la llevó a su casa y la vistió con las ropas viejas de su madre. Ella aprendió a preparar pozol, frijoles y tortillas para él, como hace toda buena esposa. Por la noche se comportó como una auténtica mujer, se acostaron juntos e hicieron el amor. Él salía por la selva y juntaba copal para sus incensarios y a veces le traía un venado o un tepezcuintle [para la comida]. Pero ella seguía siendo [en verdad] zopilote, y le encantaba dejar la carne al sol hasta que se pudriera. Entonces se comía los gusanos que se juntaban en las rajas. Los llamaba «chiles» y a veces los mezclaba con el pozol, hasta que un día el marido vomitó la comida, [asqueado] por el mal olor de la comida podrida. Discutió con ella y se marchó a la milpa a dormir solo.

Una noche la mujer-zopilote fue violada por un Xok rojo [ser acuático, probablemente divinidad], con forma de pez que habita en el río. Quedó preñada y cuando llegó el momento de parir, estaba tan grande [su vientre] que no se podía mover. Así que le pidió a su marido que la abriera con su machete. Al abrirla salieron diez lagartos pequeños del vientre. Luego le pidió que le cortara el dedo meñique y de la herida brotaron tres semillas de calabaza. Ella le dijo:

—Éstas son tus hijas. Te enseñaré a plantarlas bien, para que crezcan y no tengas hambre cuando yo muera.

El Antiguo plantó las semillas tal como ella le dijo, y a su muerte brotaron dos calabazas del suelo. Pero él no sabía cómo cocinarlas, así que las dejó junto a su puerta. Cuando ese día volvió de la selva se encontró con una pila de tortillas y frijoles y pozol, listos para comer, sobre la mesa.

—¡Aah! –pensó el Antiguo–, [las divinidades] deben haberse apiadado de mí, porque me he quedado solo y me estoy poniendo viejo.

Cada día, al volver de la selva, se encontraba la pila de tortillas calientes, frijoles y pozol […], pero [una ocasión] regresó de la selva más temprano y, al llegar a la puerta de su choza, oyó el sonido del metate, moliendo el maíz para las tortillas. Dentro estaban dos lindas jovencitas preparándole la cena. Eran sus hijas, que la mujer-zopilote le había dejado para que él no estuviera solo. Las hijas crecieron y se casaron con los hijos de un vecino, y tuvieron muchos hijos que también se casaron y tuvieron más hijos, algunos de los cuales todavía viven.

Por eso mi padre dice siempre que no debemos matar a los zopilotes, porque hace mucho tiempo los zopilotes fueron nuestros abuelos.

Los Rojos, hermanos mayores de Tuup

Chan K’in [comenta] que [las divinidades] hacía mucho tiempo que habían abandonado Palenque. Se marcharon después de que Kisín intentara matar a Hachäkyum, [razón por la cual] ahora [ambos] viven en cielos distintos, sobre nuestras cabezas.

Sólo quedan aquí los hermanos de Tuup –dijo señalando dos pequeñas estructuras conectadas situadas a la derecha–. Allí viven los Señores Rojos, hermanos mayores de [Tuup, el pequeño, la divinidad sol]. Tienen que quedarse porque trataron de matar a Tuup después que él se negó a casarse con una sobrina que ellos le enviaron. Pero sólo mataron al xiw, doble [falsificación] de Tuup, que estaba hecho de hojas de palma. Tuup es el hijo favorito de Hachäkyum y sus hermanos mayores le tienen envidia […].

—¿Quieres decir que los Señores Rojos siguen viviendo aquí, incluso hoy?

Chan K’in [asiente] con la cabeza.

—Ése es su castigo. Tienen que quedarse aquí y soportar que los turistas entren y salgan de su casa como si no hubiese nadie en ella. Y se quedarán aquí hasta el fin del mundo.

Sukunkyum, el cargador del sol

Mientras poco a poco el sol se va poniendo detrás del lago […] describe las tareas de Sukunkyum: llevar el sol hasta su hamaca y, así cargado, transportarlo hasta su morada bajo la tierra como se lleva un cadáver a la tumba. [Aunque… no es que] el sol esté muerto, no. [Sino] tan sólo cansado por su viaje diurno. Sukunkyum le dará de comer pozol, semillas de calabaza, y pequeños peces, y lo pondrá a dormir. Por la mañana, estará como nuevo.

—Pero, y ¿cómo es el sol? –le pregunto y él responde:

―Bueno, para nosotros es como un disco en llamas, pero los Antiguos sabían que es un hombre alto con una túnica blanca, con una bola de fuego sobre la cabeza. Pero hay más de un sol. Después del eclipse, el sol muere y se debe hacer uno nuevo antes de que el mundo se renueve. Esto ocurre cuando dejamos nuestros viejos incensarios y fabricamos nuevos, para que los dioses atiendan nuestras plegarias. Sólo entonces Hachäkyum hace un sol nuevo.

—[Pero entonces], ¿quién hizo el primer sol?

—¡Aah! Fue K’akoch, el Gran Padre, [el dios primero]. Él hizo la tierra y el mar, el primer sol y la primera luna y el Nardo Celestial o bak nikté, de donde emergieron los dioses y completaron el mundo. Pero en esos tiempos la tierra no estaba firme. ¡Oh no! No había rocas ni árboles, y [la tierra] era muy suave, como el atol de maíz. Después de su nacimiento, Hachäkyum rehizo el mundo con arcilla, roca y arena, tal como es ahora.

K’akoch y Hachäkyum, los creadores

Chan K’in […] describe el mundo redondo en su parte superior, como un cazo invertido. El cielo de Hachäkyum está directamente sobre nosotros y, por encima de éste, hay cuatro cielos más, morada de las deidades menores. En el límite, fuera del alcance de los rayos solares, está el Séptimo Cielo de la cosmología lacandona: un lugar desierto, inhóspito, rodeado por la más absoluta y perpetua obscuridad.

Después que Hachäkyum hizo la tierra firme, K’akoch le dio maíz a Nuestro Señor, y la esposa de éste aprendió a preparar tortillas y pozol. Y entonces… antes de que existan las piedras, los animales o las serpientes, Nuestro Señor Hachäkyum y su esposa hicieron a los [lacandones o] Hach Winik, con arcilla y arena: uno de cada onen [linaje de familia], empezando con el ma’ax o mono araña. Luego vinieron el jabalí, el jaguar, el faisán, el venado y los demás. Pero no creó ladinos ni ts’ul. ¡Aah no!

Mensäbäk hizo los ladinos y Akyantho los ts’ul, los extranjeros, a los que sigue protegiendo, dándoles ganado y dinero.

—¿Y Kisín? ¿Quién hizo a Kisín?

—¡Aah! Hachäkyum hizo a Kisín, pero fue antes de que creara a la gente. Kisín no nació del Nardo Primordial, como los demás dioses. Hachäkyum empleó tierra y madera podrida para crear a Kisín y éste emergió cinco días después, de una flor nocturna, la dak’alyoom. [Por eso] Kisín come hongos de árboles y nidos de gusanos, que él llama sus frijoles. Se viste como un ladino, con camisa y pantalón, y usa un sombrero hecho de bejucos.

Después de crear a las personas, Hachäkyum creó los animales. Los hizo con la misma arena, tierra y arcilla, pero sólo los extranjeros aprendieron a domesticarlos. Los de la selva se escaparon todos y se hicieron salvajes, y se convirtieron en los animales de hoy.

Con los restos de tierra que le quedaron en las manos, Hachäkyurn hizo las arañas, los escorpiones, las hormigas, los mosquitos, las pulgas y otros insectos. Pero primero nacieron las hormigas. Las hormigas ayudan a los hombres, y fueron hechas de granos de polvo.

—Cuéntanos acerca de la serpiente —dice [el pequeño] K’in, anticipándose al relato.

—¡Aah sí! La serpiente nació por casualidad. Cuando cayó una larga cinta de barro de la hoja de una palma y al llegar al suelo cobró vida. Hachäkyum iba a mezclarla con el resto de tierra pero la vio tan bonita que le permitió vivir. Ni siquiera Nuestro Señor se dio cuenta de que había creado algo mortífero, y el espanto y dolor que traería a los Hach Winik.

El cazador de tuzas y la hija de Kisín

Chan K’in habla de Nuxi’, el trampero que caza tuzas, que se enamora de la hija de Kisín y se convierte en […] el primer Antiguo en visitar [el inframundo] que regresa sano y salvo para contar sus aventuras. [Después] Sukunkyum lo pone bajo su protección y lo convierte en un colibrí para que pueda entrar a casa de Kisín, sin ser visto, y continuar con la seducción de la hija de éste.

Kisín lo abatió con su arco [aunque] la hija reclamó para sí el cuerpo del colibrí. Al anochecer, el cazador de tuzas recuperó su forma humana y se unió a ella como hombre y mujer. Ella le preparó tortillas para el desayuno y desde entonces Kisín no tuvo más remedio que aceptar a Nuxi’ como yerno. El cazador de tuzas y su esposa muy pronto regresaron a la morada de Sukunkyum, pues Nuxi’ no podía tolerar la dieta impuesta por su suegro. La hija de Kisín no pudo acompañarlo a la tierra porque le faltó barrer un rincón de la casa de su suegro, tal como le había dicho que hiciera Sukunkyum.

Kisín, de esta manera, pudo reclamarla esgrimiendo un puñado de polvo. Si ella hubiese regresado a la tierra con Nuxi’, el reinado de Kisín habría terminado y la muerte habría desaparecido para siempre.

Xu’tan, el día del exterminio

El mundo va a morir […]. Ya es demasiado viejo. La carne también es vieja. Está agotada. El mundo muy pronto se [va a] quemar. El sol se va a detener, ya no se va a mover por el cielo y todo se va a quemar. El sol va a quemarlo todo, hasta que el mundo se quede desnudo. El fuego va a durar tres semanas. Luego va a llover. Va a llover durante tres semanas sin parar, hasta que todo esté inundado.

Entonces, en el cielo de los dioses menores todo se pondrá obscuro, en tinieblas, y ellos van a cortar las cabezas de la gente, y [la divinidad] Ts’ibatnah va a pintar las paredes de las casas con la sangre de la gente buena. Su sangre es de un rojo brillante y huele muy bien. Como el nardo. Pero los jaguares van a comerse a la gente con sangre obscura que va a quedar desparramada por el suelo. Entonces, Akinchob [dios del maíz] se va a llevar los árboles y las flores a su casa. Hachäkyum va a hacer un nuevo sol y una nueva luna, y el mundo de nuevo.

Entonces, va haber animales otra vez, y extranjeros, japoneses, franceses y también Hach Winik. Akyantho, dios de los extranjeros, va hacer de nuevo a los cristianos. Él es el padre de Jesús, creo, y hace el amor con la Virgen para dar a luz a Jesús. Akyantho va hacer todo igual que antes –machetes, tractores, aviones, camiones–, pero el mundo va a ser nuevo. La selva va a ser nueva. No va haber problemas. Todos van a rezar y [a] elevar sus ofrendas. La gente de Akyantho y la de Nuestro Señor Hachäkyum.

—K’ayum, ¿por qué es tan poderoso ahora Akyantho?

Porque hay tantos extranjeros ahora, que son su gente, y tan pocos Hach Winik. Akyantho se ha convertido en el nuevo dueño del sol. Se lo quitó a Tuup y a Hachäkyum, y él va a ser el que haga el próximo eclipse y también el que traiga el Xu’tan [día del exterminio]. Así como Kisín elevó su rango con la llegada de los chicleros y los misioneros [protestantes], hoy en día, la invasión de los turistas de todas partes del mundo ha colocado a Akyantho en la posición de deidad principal, casi a la par con Hachäkyum.

Nuestro final está en manos de Akyantho. Solamente en sus manos.

Metlán, una parte del inframundo

Hasta hace poco, los lacandones enterraban a sus muertos en línea con la estrella polar. Junto con el cadáver, se colocaba un perro hecho de hojas de palma, una mata de cabellos, un hueso, un cazo lleno de maíz y distintas herramientas para ayudar al muerto en su viaje a la eternidad. Sobre la tumba se erigía una pequeña choza con un diseño preciso, geométrico, que se suponía era auspicioso para el viaje del alma […].

[Metlán es] el lugar espantoso donde Kisín se dedica a asar y a congelar alternadamente las almas, para hacerles expiar los pecados cometidos. El hueso está destinado a los malignos perros de Metlán. Así el alma podrá seguir su camino sin sufrir daño alguno. El pelo es para los enjambres de piojos, y el maíz para las bandas de pollos que aparecen en el camino. Después el alma llega hasta un rio infestado de caimanes, y aquí es muy importante el perro de hojas de palma, [pues el perro] se apiada de su antiguo amo y lo conduce nadando hasta la otra orilla.

El alma buena llega entonces a la casa de Sukunkyum, [hermano mayor de Hachäkyum], que le dará de comer y cuidará de ella hasta que haga su hogar en el inframundo de Sukunkyum o ascienda a uno de los cinco cielos, según el tipo de persona que haya sido o la manera de morir.

Sukunkyum le dirá al alma que los perros, los piojos y los pollos eran ilusiones. Que estaban allí para asustar y desalentar a quienes quieren regresar a la tierra. Los caimanes son también ilusorios, y el río no es más que el torrente de lágrimas derramadas por las esposas, los amigos y los compañeros del muerto…

Los Nah Tsu’lu’ y el fin del mundo

Tengo miedo cuando el sol se oculta durante el día, si el sol se cubre completamente… como ha ocurrido ya, pues… salen los jaguares de la tierra y nos comen a todos, y el mundo se acaba. [Y todo esto es así porque los viejos, los Antiguos] decían que un día, después del eclipse, vendrá un terremoto. Será el fin del mundo. Eso pasará porque el eclipse durará mucho tiempo y Kisín [el que causa la muerte] despertará, pateará los pilares de la tierra y sacudirá hasta que la tierra estalle en pedazos.

Entonces vendrán los jaguares, los grandes jaguares, los Nah Ts’ulu’ depredadores. Vendrán y se comerán a la mayoría de las personas. Se apagará el sol y vendrá el terrible Yum K’ax [Señor de la Selva, peligroso y violento] y otros señores y demonios del bosque que devorarán a los hombres.

Luego vendrá mucho frío, mucho. Los árboles se secarán y morirán a causa del frío, porque no habrá sol. Entonces, Hachäkyum reunirá a los que han sobrevivido, a los Nah Ts’ulu’, en su casa de Yaxchilán. [Nos] cortará la cabeza. Y si [nuestra] sangre es buena, la usará para pintar su casa. Si no lo es, la tirará al suelo con la de los demás. Pero igual [nos] cortará la cabeza y los jaguares y las águilas se comerán [nuestros] cuerpos.

Pero [nuestro] corazón no se presentará ante Sukunkyum para someterse a su juicio. Se irá muy lejos, hasta el cielo de los dioses menores, los Chembel K’uh. Allí no hay sol ni estrellas. Los buenos y los malos van juntos en las tinieblas. Quizás encontremos madera de pino para fabricarnos una antorcha… No sé, pero… nunca más volveremos a ver el sol y las estrellas.

Kisín y el gallo del amanecer

Cuando [los gallos cantan en la madrugada] es porque… a las tres y media de la madrugada [más o menos], es el momento más frío y obscuro en la selva. El momento en que Kisín se siente más fuerte y sale del inframundo para matar a Nuestro Señor Hachäkyum.

—¡Aah! Ahora puedo matar al viejo –piensa Kisín–. Para librarme de él de una buena vez. Y lo odio porque es muy viejo.

Y sí, Kisín patea a Nuestro Señor, y lo vuelve a patear mientras duerme. Ahora he matado al viejo, piensa Kisín. Estoy libre para siempre de Hachäkyum, y puedo apoderarme del mundo y sus criaturas. Pero no ha matado a Nuestro Señor, sino solamente a su xiw, a su doble, un bulto hecho con hojas de guano envueltas, que ocupa su lugar. Hachäkyum está ocupado ordenando el inframundo y levantando los pilares de Metlán, para que Kisín viva allí por todas las maldades que ha hecho a nuestro mundo. Por eso es que cantan los gallos, ahora que todavía está obscuro.

T’uup hizo el gallo precisamente para esta hora. Para que avise a su padre Hachäkyum que ya sale Kisín a matarlo.

Kisín, enemigo a muerte de Hachäkyum

Hace mucho, mucho tiempo, T’uup le reclamó muy fuerte a Kisín.

—¡Has matado a mi padre! –grita T’uup–. ¡Y ahora yo te voy a matar!

Y levanta su machete y de un tajo corta la cabeza de Kisín. Pero entonces sale Hachäkyum, Nuestro Verdadero Señor, y le dice a T’uup:

—Mira, no me ha matado. Kisín no ha matado más que a mi xiw [mi doble]. Pobre tipo. No sabe qué hace. Déjalo vivir.

Y entonces vuelve a ponerle la cabeza en su sitio. T’uup está contento de ver con vida a su padre, pero se niega a ponerle la cabeza [a Kisín] otra vez en su sitio, porque piensa que va a tratar de matar a su padre de nuevo. Pero Hachäkyum se apiada de él y le pide a T’uup que lo haga y… una vez más es perdonado el Señor de las Tinieblas y enviado de vuelta a Metlán. Pero va a volver a intentar matar a Hachäkyum y la vez siguiente T’uup le va a poner la cabeza mirando para atrás, para que no haga daño a su padre.

Pero Hachäkyum se va a apiadar de él [nuevamente] y le va a decir a T’uup que [se la] ponga bien, y entonces el Señor de las Tinieblas [será] perdonado una vez más y enviado a Metlán. Y así Nuestro Señor vuelve a estar con vida y de nuevo T’uup se asegura de que el sol salga por la mañana desde las profundidades del inframundo, donde está guardado, al cuidado de Sukunkyum.

Pero si los gallos no cantan ¡Aah!… un día Kisín puede llegar a ser lo bastante fuerte y listo como para matar no sólo al doble de Hachäkyum, sino a Nuestro Señor en persona. Ese día el mundo se acabará y no habrá esperanzas de que renazca.

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  1. Caribales, plural de «caribal», deriva de la voz «caribe», nombre genérico con que fueron conocidos los pueblos indios de las selvas Lacandonia y del Petén (Guatemala) hasta el siglo XIX y entrado el XX. Son los asentamientos típicos de los mayas-lacandones antiguos e incluso actuales, esparcidos por la selva. Cfr. Santamaría (2005, p. 217).  (Regresar)
  2. Libro raro, pues en él aparece como primer autor Víctor Perera, y refiere su título original en inglés, sin fecha de publicación, razones que probablemente explican la ausencia de esta obra en la bibliografía del autor: Víctor Perera y Robert D. Bruce (1982). Los últimos señores de Palenque. Los lacandones herederos de los mayas (Trad. Enrique Lynch). Argos y Vergara, 424 pp.  (Regresar)
  3. El «Antiguo» y los «Antiguos» son los antecesores primigenios de los lacandones; los primeros habitantes de la faz de la tierra, fundadores de la comunidad.  (Regresar)
  4. Balché: bebida alcohólica, fermentada, que se obtiene de la mezcla de miel y fragmentos de la corteza del árbol homónimo (Lonchocarpus longistylus, de las fabáceas). Es aún producida y usada en sus rituales por los mayas lacandones sobrevivientes, aunque también por los mayas yucatecos de la península.  (Regresar)

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