¿Por qué te fuiste de Whatsapp?
Lo que temes ya ocurre
Por Alberto Chanona Publicado en Ciencia y tecnología, Historias en 19 enero, 2021 0 Comentarios 13 min lectura
El sapo, la estaca, el algoritmo Anterior Citizen Mank Siguiente

En apenas tres días, hasta el lunes 11 de enero, Telegram había recibido 25 millones de nuevos usuarios y Signal, otro tanto. Las personas empezaron a mudarse de Whatsapp, alarmadas por el cambio de sus condiciones de uso.

Los motivos principales detrás de la mudanza fueron el miedo a compartir datos con Facebook y empresas que usen los servicios de esa plataforma. No son temores infundados. Pero sí, imprecisos. Porque buena parte de lo que temen ocurre de por sí en la práctica (y a veces de forma dramática, como lo hizo ver Edward Snowden). No sólo con Whatsapp, sino con todas las aplicaciones en nuestro bolsillo. Si usamos Chome, Youtube, Gmail, Drive, Google, Safari, iTunes, iCloud… nuestra información y metadatos en esas plataformas ya están comprometidos, sea que renunciemos o no a Whatsapp. Y sin embargo, como siempre, hasta que lo es, nunca es tarde para renunciar a nada.

Facebook nació en 2004. Lanzó Facebook Chat (hoy Messenger) en 2008. Compró Instagram en 2012 y Whatsapp, en 2014. Hoy, más del 35 por ciento de la población mundial tiene una cuenta en esa red social, y otro tanto en alguna de sus aplicaciones.

¿Los usuarios de Whatsapp no suponían, entonces, en 2021, las probables implicaciones de que una misma compañía (Facebook) fuese dueña de distintas aplicaciones en sus teléfonos? Parece difícil. Tanto como ignorar, hoy, que el modelo de negocio del mundo digital está, mayormente, basado en la vigilancia y la recopilación de datos de los usuarios. Las compañías tecnológicas, además, se esfuerzan en no ser claras con el tipo de datos que recopilan y el destino que le dan. No lo ignoramos. Pasa nomás que subestimamos las consecuencias.

Vamos, ¿para qué le va a servir a Facebook tener una foto de mi rostro? ¿Qué valor puede tener un «buenos días» y los piolines de mi tía en los grupos de Whatsapp? Si el que nada debe, nada teme. Si, como sea, Google ya sabe todo. Etcétera.

Tienen razón esos argumentos. Que la inteligencia artificial sepa cómo lucías hace diez años, tal vez, no tenga la menor consecuencia para ti. Pero esa historia cambia cuando nos pensamos como colectividad y seres interconectados. Es decir, cuando pensamos en la suma de datos que proporcionamos millones de usuarios, juguetones y ocurrentes, a la tecnología de reconocimiento facial, en ese ejemplo; y en general, a las compañías tecnológicas, en cada momento de nuestras vidas. ¿Qué usos le darán? ¿Qué consecuencias traerá? ¿Cómo cambiará al mundo la concentración de esos datos?

Más importante aún: ¿será ése el mundo que deseamos?

Puede ser que sí, supongo. Pero también puede ser que estemos aceptando, por simple comodidad, un mundo hipervigilado.

Foto: Annie Spratt, a través de unsplash.com

«Acepto»

A menos que te dediques al periodismo, seas activista o tengas cualquier otra actividad en la que manejes información delicada que pueda comprometer la seguridad de alguien, por lo general, podrías considerar que el empleo de un servicio común de mensajería o intercambio de datos, cualquiera que sea, no debería ser un problema.

No obstante, sí lo es, si ese servicio quiere compartir, incluso legalmente, datos de tu comportamiento e ideas con «terceros» (léase: cualquiera que pague). Por un lado, porque la mayoría determina, casi siempre, lo que otros deben acatar. En el gobierno, en el trabajo, en la escuela, en tu grupo de vecinos…1 Las minorías, sin embargo, también tienen derechos. Y deberían poder oponerse con éxito y, aun así, acceder a la misma información que el resto, sin participar en alguna plataforma electrónica privada que obligue a abrir una cuenta y dejarse espiar a cambio de gratuidad. Deberían. Pero no ocurre.

En segundo lugar, porque dar clic en ACEPTAR es firmar una declaración de que no tenemos el menor problema con esas condiciones de uso. Envía un mensaje claro a quienes hacen las leyes y a otros desarrolladores: no tenemos ningún problema en aceptar lo que sea.

Tal vez, hace mucho que enviamos el mensaje de que no estamos tan interesados en nuestra privacidad. Si tienes un teléfono Android o una cuenta en gmail (para acceder a Youtube o a Drive), Google concentra ya buena parte de tus datos. Facebook, por su parte, recopila tus datos incluso cuando no estás en Facebook. Foto: Solen Feyissa, a través de unsplash.com.

Inteligencia artificial

Navegamos en el flow de un descenso infinito en la timeline, rodeados de likes, corazones, memes y la promesa de que somos más o menos relevantes para «amigos» y followers, mientras compartimos la vida, un pensamiento ocasional, una crítica, un chiste, una receta… Mientras tanto, no tenemos la menor idea de lo que nuestra tecnología haga 24 horas cada día. Ni para quién. O sí. Pero vagamente. Muy vagamente. Porque casi ninguna empresa tecnológica (y ninguna entre las gigantes) está dispuesta a demostrar, con claridad, qué datos recopila y cómo los emplea.

Como sea, gracias a los datos que aceptamos compartir, la inteligencia artificial (IA) ocupa cada vez más áreas de nuestras vidas. Nos entrega a manos llenas lo que sabe que nos gusta. Nos indigna con lo que sabe que nos indigna. Tenemos la impresión de tener razón casi todo el tiempo o que somos más quienes opinamos de un modo y no de otro. Es, en fin, el sueño del capitalismo desde que se abolió la esclavitud. No duerme. No come. No descansa. Tú la pagas, pero trabaja para otros («terceros» los llaman las condiciones de uso). Y da a todo mundo lo que quiere.

Nuestros teléfonos o computadoras son, mayormente, terminales de venta. El producto, sin embargo, no es la publicidad. Eres tú. Tú eres lo que venden a quienes pagan por el estudio de tu comportamiento (y lo que sea que pueda hacerse con eso). Por eso las aplicaciones son creadas para mantener tu atención permanente; para estudiarte mejor, como en el cuento de la Caperucita. Por eso tus dispositivos están hechos para registrar cada clic y alto de tu scroll, cada palabra tecleada o dicha en voz alta, cada interacción con tus contactos. Del otro lado, no hay (casi nunca) una persona espiándote y sacando conclusiones a partir de lo que hurga en tu basura. Aun así, no lo dudes: la inteligencia artificial sabe bastante bien quién eres. Y el negocio de los dueños de esas IA es vender esa información. No hay un mundo posible en que eso esté bien. Es apenas el que pudimos crear, con comodidad, desde un teléfono.

Comunicarnos no está mal. Pero usar canales que no acabamos de entender (ni queremos) ha empoderado más –mucho más, a la larga– a las empresas tecnológicas que a las personas. Y no tenemos garantía de que no usarán esos datos en contra nuestra y, aun, con el argumento que será por nuestro bien, como dicen cada vez que nos venden algo. Lo mismo una idea que un nuevo producto.

Así luce un centro de datos de Google en Finlandia. Un reporte de 2018 dice que las inversiones en el mercado de centros de datos dentro de países nórdicos superaron los 3000 millones de dólares, en apenas año y medio. Imagina entonces lo que valen los datos que tan dócilmente proporcionamos. Fuente: Xataca. (aquí)

Una inteligencia artificial útil para identificar –con apenas escuchar su paisaje sonoro– especies de aves y ranas en un ecosistema será empleado mañana por drones, por Alexa o por tu propio teléfono, para saber, por ejemplo, con quiénes estás dentro de una multitud. Eso ocurrirá. La única manera de impedir que se vuelva en contra nuestra no es evitar que exista (y además es imposible), sino entender la tecnología que usamos, para relacionarnos con ella de mejor manera y, llegado el caso, defender nuestros derechos.

¿Pero cómo defender derechos si todos aceptamos perderlos porque sí, ante cualquier condición de uso que un software nos imponga, a cambio de que sea «gratis»?

Si en el mundo real alguien monitoreara tu comportamiento y preferencias, y almacenara registro de cada movimiento tuyo, sin duda le darías al problema la importancia que merece. ¿Por qué tratas el problema de forma diferente cuando quien realiza esas acciones son las grandes compañías tecnológicas, propietarias de todo el código en tu teléfono?

¿Qué hacer, entonces?

Internet y el software que usamos la mayoría para acceder a él son, cada vez más, un territorio con menos lugar para las decisiones. Aceptas o te vas. Es todo. Whatsapp lo dejó claro a sus usuarios: tienen hasta el 8 de febrero para aceptar sus nuevas condiciones o renunciar a su servicio. No hay más.

Por otro lado, buena parte de quienes no estan de acuerdo con la integración abierta de Whatsapp a Facebook emigró a Telegram. ¿Es acaso Telegram un adalid de la libertad?

La respuesta simple, sin vueltas, es que no. Telegram, como cualquier aplicación, también recopila datos de ti. Pero hay una diferencia fundamental (en realidad, más de una): tus datos no serán absorbidos por un monopolio, como ha demostrado ser Facebook (y también Google, Apple y Microsoft). Es sólo una empresa: Telegram. Y aunque no sepamos de dónde vienen sus recursos, quién o quiénes estén detrás, siempre será algo bueno para los usuarios evitar la concentración de datos en manos de un solo proveedor, como ocurre ahora con Facebook-Whatsapp-Messenger-Instagram.

La otra alternativa, digamos, famosa, que han considerado recientemente quienes dejan Whatsapp, es Signal, un servicio de mensajería instantánea y llamadas que promete estar libre de anuncios, vendedores afiliados o rastreos de uso. Es desarrollado por una organización independiente, sin ánimo de lucro, que funciona gracias a donaciones. No es obligatorio donar nada, pero como a la Wikipedia, si la usas, considera hacer una donación anual.

Cualquiera que sea tu caso, no parece que la mejor opción sea quedarte en Whatsapp. Si su aviso legal dice que te va a vender, deberías creerle.2 Lo único que he dicho aquí es que eso ya ocurre con todas las aplicaciones que empleas.

Contra las arbitrariedades de los gigantes tecnológicos, tienes, por ahora, unos grados de defensa mínimos. Por ejemplo:

1. Limita los permisos de todas las aplicaciones en tu dispositivo. Facebook no tendría por qué acceder a tus contactos en el directorio de tu teléfono (y las nuevas condiciones le darán acceso vía whatsapp).

2. Elimina de tu teléfono las aplicaciones que no necesites 24×365. Es probable que sientas ansiedad, pero a la larga te lo compensará el tiempo libre. En vez de eso, ingresa a tus redes sociales por medios más seguros, desde una computadora. Hay herramientas, además de bloqueadores y algunos complementos, que pueden ayudarte.

3. Siéntete solo/a a veces. Internet solía ser otra cosa que rrss. Sigue siéndolo, pero tienes que buscar y encontrar lo que te sirve. Por otro lado, hay experiencias importantes que no se encuentran a través de ninguna pantalla. Y la mayoría de ellas no te roba nada.

No te vayas por miedo

En esta ocasión, el INAI se sintió un poco aludido y decidió decir algo sobre el tema de Whatsapp:

«El INAI recomienda que, previo a la instalación de cualquier aplicación, se revisen con detenimiento los términos y condiciones de uso, la política de privacidad y las medidas de seguridad para protegerlos datos personales».

Así pues, quizá a falta de herramientas jurídicas, la institución encargada de proteger nuestros datos en México nos dice que esa protección es responsabilidad exclusiva de nosotros. Si no somos nosotros responsables en nuestra relación con nuestros aparatos y las compañías que invitamos a meter la mano en nuestro teléfono, nadie lo será. O aprendemos a usar la tecnología o aceptamos el mundo que esas compañías están creando para nosotros.

De cualquier modo, el miedo nunca es parte de ninguna solución. No te vayas con miedo. Si te vas, hazlo para no contribuir a la normalización de un mundo en el que no crees y no deseas para nadie. Las renuncias son también una manifestación política.

Si en serio no puedes comunicarte con una persona o un grupo porque no tienes Whatsapp, tal vez la falta de Whatsapp no sea tu mayor problema.

  1. Por ejemplo, hace rato que las administraciones de alguno de los tres niveles de gobierno en México decidieron que su canal de información serían las redes sociales (rrss). Pero las redes sociales no son plataformas públicas, sino privadas. En México, hace unos años, a fin de cumplir con la legislación de transparencia, todas las instancias de gobierno recibieron un presupuesto para tener sus propias páginas web y garantizar así la transparencia y el acceso a la información. Lo hicieron, pero después dejaron de actualizarlas con periodicidad razonable. Como sea, ¿revisaron esas autoridades que las políticas de uso de las plataformas de rrss garantizaran el libre acceso a la información que ahí se publica y que sus condiciones estuvieran alineadas con lo que la legislación ordena a la administración gubernamental? No. Asumieron que «la mayoría» de las personas estaba ahí y eso les bastó.  (Regresar)
  2. No obstante, las dos razones más frecuentes para quedarse en Whatsapp son: a) la presión social; si tu manada no emigra, lo más probable es que te quedes con ella; y b) los paquetes de datos; en México, las compañías proveedoras de telefonía móvil incluyen beneficios en sus paquetes para quienes usan, por ejemplo, Whatsapp o Facebook. Las leyes mexicanas aún no obligan a esas compañías a garantizar la «neutralidad de la red».  (Regresar)

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