Cobalto-60
Crónica del Chernóbil mexicano
Por Édgar Benítez Aguilar Publicado en Ciencia y tecnología, Crónica, Historias en 11 enero, 2021 Un comentario 19 min lectura
Ismael Cruz, el príncipe de la canción Anterior Comida, correo y civilizaciones Siguiente

México es un país que no deja de sorprender. A veces positivamente. A veces no. Tal vez por eso no nos sorprende (tanto) escuchar que en nuestro país sucedió la que es considerada la mayor tragedia nuclear del continente americano, cuyas consecuencias algunas personas viven en carne propia. Difícilmente, sin embargo, pasará de ser una anécdota que, de no obrar en registros oficiales y notas periodísticas, sería imposible de creer.

La presente crónica tiene por sustento dos fuentes, una oficial, consistente en el informe Accidente por contaminación con Cobalto-60, México 1984, rendido por la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias (CNSNS) y la otra, proveniente de distintas notas y reportajes que tienen por base la revista Proceso del 1 de octubre de 1984. De una a otra fuente, los hechos no cambian de manera sustancial, pero me parece pertinente mantenerlos vigentes en la memoria colectiva, para que no vuelvan a repetirse por falta de difusión.

Como tantas historias en México, ésta inicia con una violación a la ley.

Una escena delirante

El 25 de noviembre de 1977, el Centro Médico de Especialidades, un hospital privado de Ciudad Juárez, Chihuahua, adquirió una unidad de teleterapia, con el fin de atraer pacientes de Estados Unidos que requiriesen tratamientos de radiación contra el cáncer. El aparato empleaba una fuente de Cobalto-60, con capacidad de 1003 Ci1 y no contaba con los permisos de importación que exigía la ley; entre ellos, la autorización por parte del Instituto Nacional de Energía Nuclear, el organismo encargado de autorizar en esa época la importación y otorgamiento de licencias para el uso y posesión de material radioactivo.

Para tener algo de perspectiva hay que saber que el Cobalto-60 y el Cesio-137 son isótopos radioactivos, fuente de rayos gama, cuya exposición directa a un ser vivo puede causar la muerte, si no ocurre bajo control médico. Estos isótopos tienen aplicación médica en el tratamiento de enfermedades cancerígenas; e industriales, para esterilizar equipo.

La unidad de teleterapia adquirida por el hospital privado nunca pudo ser empleada, pues el nosocomio no llegó siquiera a contar con personal que tuviera las capacidades técnicas necesarias. Así, ante la falta de uso e ilegal internación en el país, la unidad fue resguardada en una bodega, una medida que buscaba evitar cualquier clase de inspección y que, además, no cumplía con los criterios mínimos de seguridad para delimitar la zona, limitar el acceso y poner señalética que advirtiera a las personas que estaban frente a un material radioactivo.

Cápsula de la unidad que contenía el material radiactivo (6000 gránulos o «pellets» de Co-60).

Con el paso del tiempo, el equipo se fue llenando de polvo y cayó, poco a poco, en el olvido, incluso de quienes lo adquirieron. Así fue como, exactamente seis años después de su ilegal introducción al país, el 6 de diciembre de 1983, Vicente Sotelo Alardín, técnico en mantenimiento del nosocomio, tuvo la idea de internarse de noche en la bodega y desmantelar el armatoste, a martillazos, para venderlo como chatarra. A fin de no dividir las ganancias, prescindió de ayuda al principio de la tarea. Sin embargo, se topó con que una de las piezas de forma cilíndrica –la que resguardaba el Cobalto-60, denominada «la fuente»– pesaba cerca de cien kilos. Ante la dificultad, optó por, siempre sí, repartir el trofeo con otro intendente, Ricardo Hernández. Entre ambos trasladaron el armatoste cilíndrico a la góndola de la camioneta de Sotelo. Una vez ahí, corrió con la misma suerte que el resto del equipo: la fuente radioactiva fue golpeada con el fin de convertirla en pedacería.

Una escena delirante, de ciencia ficción: dos personas armadas con martillos intentando trabajosamente de destrozar un artefacto incomprensible, hasta que de pronto, tras un golpe certero, 6000 pequeños cilindros luminiscentes, de color azul brillante, cada uno de 1 mm de diámetro, quedan al fin expuestos al aire frío de la noche de Ciudad Juárez. ¿Qué podría salir mal?

Tiempo después, el dúo dinámico precisaría en su declaración que habrían percibido una sensación de calor y un sabor metálico en la lengua, tan pronto como los cilindros de Cobalto-60 (cuatro veces más pequeños que la punta de un lápiz) quedaron expuestos y regados sobre el piso de la camioneta.

Tamaño comparativo de los pellets de Cobalto-60, como los que contenía la fuente que originó el accidente.

Los pellets radioactivos fueron desperdigados a lo largo del trayecto desde la bodega del hospital hasta su destino final, en el depósito de chatarra conocido como «Yonke Fénix» (a los deshuesaderos de vehículos y recopiladores de chatarra se les conoce, en Chihuahua, como yonkes). Muchos de ellos quedaron todavía dentro de la góndola. El propio Vicente cargó con sus propias manos, sin guantes, la fuente de la unidad de teleterapia, hasta donde las personas del yonke le pidieron que dejará el cilindro. Esto le causó quemaduras de segundo grado en las palmas, así cómo náuseas, vómito y diarrea. Según declaró Vicente más tarde, días después del hecho un médico «claramente detectó» lo que cualquier profesional de la salud hubiese detectado: síntomas iniciales de diabetes. Qué demonios.

Foto del Yonke Fénix en la actualidad.

La ruta de contaminación

En su regreso de la odisea y ya con mil quinientos pesos en la bolsa producto de la venta de la «chatarra», al dúo dinámico se le descompuso la camioneta. Decidieron dejarla parada a un costado del río Bravo. Durante los dos días que Vicente tardó en volver, el vehículo irradió todo a su alrededor, incluyendo el agua.

Una vez arreglado el desperfecto, Vicente se llevó la camioneta, pero antes de llegar volvió a presentar fallas y tuvo que abandonarla de nuevo ya muy cerca de su casa, esta vez durante cuarenta días. El vehículo descompuesto fue utilizado como área de juego por los niños de la colonia y como área común de conversación ocasional entre vecinos, por los adultos, al menos hasta que Vicente logró estacionarla frente a su casa, donde estuvo parada diez días más. Cuando las autoridades la hallaron al fin, la unidad radiaba todavía 60 Ci.

Hasta el momento en que se descompuso el vehículo de Vicente, las fuentes de contaminación eran principalmente tres: la camioneta, el deshuesadero y las calles donde quedaron regadas las piezas de Cobalto-60. Pero igual que la radiación contamina a otros elementos, la situación estaba por cambiar.

Descontaminación de las calles de Ciudad Juárez (se encontraron 77 pellets). La página 47 del informe de la CNSNS refiere además: «Un nuevo rastreo con detectores más sensibles se hizo necesario. Este rastreo aéreo lo efectuó una empresa contratada por el Departamento de Energía de Estados Unidos, sobre El Paso, Texas, Ciudad Juárez y Chihuahua, Chih., y la carretera que los une, empleando un helicóptero con equipo diseñado exprofeso… Se cubrieron 470 km2, además de 375 km de carretera. Como resultado se obtuvo el levantamiento de 27 gránulos que estuvieron distribuidos: 17 en Ciudad Juárez, nueve en la carretera y uno en la ciudad de Chihuahua».

Los cientos de cilindros de Cobalto-60 quedaron desperdigados a lo largo del patio de maniobras del Yonke Fénix. De ese modo, otros metales fueron irradiados y el espectro de contaminación aumentó. La chatarra radioactiva fue vendida casi enseguida y enviada a varias fundidoras. Entre los principales compradores del Yonke Fénix estaba Aceros de Chihuahua (Achisa), dedicado a la fabricación de varillas corrugadas y bielas para vehículos, y Falcón de Juárez, S. A.; pero también otras empresas, como Fundival, en Gómez Palacio, Durango; Alumetales, en Monterrey, y Duracero, en San Luis Potosí.

Se calcula que entre el 6 de diciembre de 1983 y el 3 de enero de 1984, fueron fabricadas con la chatarra radioactiva de 6,600 toneladas de varilla, así como 3,000 bases metálicas para mesas. Pero es difícil calcular cuánto material resultó contaminado durante los distintos traslados.

Lo que sí se sabe es que las varillas fabricadas fueron enviadas a varios estados: Chihuahua, Sonora, Sinaloa, Baja California, Baja California Sur, Coahuila, Nuevo León, San Luis Potosí, Guanajuato, Jalisco, Zacatecas, Tamaulipas, Querétaro, Durango, Hidalgo y Estado de México. Otras mil toneladas fueron exportadas a Estados Unidos, junto con la totalidad de las bases metálicas.

La suerte quiso que el 16 de enero de 1984 un chofer perdiera el rumbo antes de llegar a Nuevo México, donde su camión, cargado con parte de esas varillas, fue detectado por casualidad, por unos radares instalados ahí para medir la radiación nuclear del laboratorio denominado Los Álamos, ubicado en Nuevo México (dicho laboratorio fue el encargado de desarrollar la bomba nuclear). Ante la alarma, el camión fue detenido por las autoridades estadounidenses. La indagación inmediata los llevó a Achisa, entre el 17 y 18 de enero. El 19 se le dio aviso a la Comisión Nacional de Seguridad Nuclear y Salvaguardias (CNSNS), de México, que de manera inmediata contactó a la fundidora Achisa para que detuviera la fabricación de varillas.

En las investigaciones que siguieron, propiamente a través de la compulsa de las facturas, identificaron que el metal radioactivo había salido del Yonke Fénix. De ese modo, tras analizar todas las fundidoras que habían realizado transacciones con el deshuesadero, pronto encontraron que la producción y planta de Falcón de Juárez también estaba contaminada. Simultáneamente, las autoridades buscaban ya a las personas que habían vendido el material radioactivo. La noche del 26 de enero, lograron al fin dar con la camioneta.

Luego de preguntaron con algunos vecinos, supieron que el dueño de la unidad era Vicente Sotelo, quien laboraba en un hospital. Sin embargo, no se contaba con registro de que dicho hospital contara con algún equipo que empleara Cobalto-60.

«Con esta información, personal de la CNSNS se dirigió al Centro Médico de Especialidades para realizar un reconocimiento radiológico de las instalaciones de dicho Centro. En esta empresa existe un laboratorio de medicina nuclear, pero no se contaba con ningún aparato de teleterapia que utilizara Cobalto-60. Como resultado del reconocimiento efectuado, se determinó la existencia de contaminación en los talleres de mantenimiento del hospital y en el conmutador telefónico», relata el informe oficial de 1984.

Por su parte, la autoridad norteamericana había obtenido copia de la factura mediante la cual estableció que el 25 de noviembre de 1977, la compañía X-Ray Equipment Co., de Forth Worth, Texas, vendió al Centro Médico de Especialidades, S. A., de Ciudad Juárez, Chihuahua, una unidad de teleterapia que empleaba Cobalto-60.

El informe de la CNSNS precisa en esta parte del relato que:

«Para la importación de equipos de esta naturaleza se requería, en aquel entonces, la autorización del Instituto Nacional de Energía Nuclear (INEN), que tenía por ley la facultad de autorizar, vigilar y supervisar la posesión y uso de materiales radiactivos. El INEN nunca fue avisado de la intención de la empresa Centro Médico de Especialidades de adquirir la mencionada unidad y por ende, jamás extendió la autorización necesaria para la importación ni realizó la vigilancia y supervisión que el uso de la unidad hacía mandatarias».

Descubierto todo lo anterior, no le quedó a la directiva del hospital más que confesar el modo en que había adquirido y luego almacenado el equipo, así como al intendente relatar su travesía.

Trabajadores y abandono

En febrero de 1984, las autoridades ya tenían clara la cronología de los hechos y habían detectado, además, los lugares que emitían radiación: el Yonke Fénix, Achisa, Falcón de Juárez, Fundival, Alumetales y Duracero. Asimismo, habían encontrado cilindros de cobalto en la carretera que une a Ciudad Juárez y Chihuahua, y en la camioneta de Sotelo. Dicho sea de paso, al estar parada dentro de una colonia muy poblada, la autoridad tuvo la idea de remolcar la camioneta hasta un parque en Ciudad Juárez llamado Chamizal, donde resguardó la zona y ordenó a dos policías evitar que se acercarán los curiosos. Ahí estuvo el vehículo hasta el mes de marzo, cuando fue trasladada a las afueras de la ciudad.

Pero ahí no terminó la historia, pues gran parte de las varillas producidas con el metal contaminado habían sido vendidas, tanto dentro como fuera del país. Las autoridades estadounidenses siguieron su propia investigación, gracias a la cual lograron incautar noventa por ciento de las varillas vendidas. Las devolvieron a Ciudad Juárez, donde la autoridad mexicana optó por dejar las 5 mil toneladas al aire libre, detrás del Cereso, donde la gente no puede salir. Pero el dicho popular «me haces lo que el viento a Juárez» no es gratuito y los fuertes vientos que ahí soplan deben haber transmitido la radiación por vía aérea hacia la población.

La revista Proceso narró en septiembre de 1984 la presión social para enterrar definitivamente el material radiactivo, pues aunque parezca increíble, luego de diez meses, la varilla contaminada seguía al aire libre y muchas de las construcciones detectadas con niveles de radiación seguían en pie.

«Si el gobierno no hace desaparecer el basurero nuclear antes del lunes 15 de octubre, nosotros mismos, sin importar que nos contaminemos más, llevaremos la varilla hasta las puertas del Palacio Municipal; a los patios del Palacio de Gobierno; al PRI, al PAN y a las casas de los principales empresarios », advertía un líder vecinal afectado, según una nota firmada por Junio Vigueras, en la edición 412 de la revista Proceso.

La autoridad obligó a Achisa y a las demás fundidoras a que su personal recolectará toda la tierra radioactiva. Es decir, obligó a que obreros sin entrenamiento ni más aditamentos que palas, bolsas de plástico y mucho valor mexicano, se encargarán de remover la tierra radiada, para descontaminar el lugar, mientras los líderes y autoridades que acudían al lugar solían esconderse detrás de tambos de agua para protegerse de la radiación.

Vista aérea de las instalaciones de Achisa, en aquel momento. Puede apreciarse la acumulación de varilla en el campo adjunto.

Los trabajadores buscaron auxilio con sus líderes sindicales. Pero no tuvieron éxito. Les dijeron que de no cumplir con la tarea, serían despedidos.

Más aún: las autoridades enviaron a personal de salud a buscar fuentes radioactivas, lo mismo, sin ninguna clase de equipamiento ni preparación especial.

Se dice que tan sólo en Chihuahua se detectaron cerca de 20,000 toneladas de material radioactivo.

Localización y recuperación de gránulos de Co-60, en la carretera Ciudad Juárez-Chihuahua.

Cementerios radioactivos

El informe de la CNSNS narra que encontrar un lugar para deshacerse del material radioactivo fue también toda una odisea, debido a las características que según la ley debía cumplir el terreno:

  1. Estabilidad geológica.
  2. No presentar erosión proveniente del agua, viento, seres vivos, etc.
  3. Gran profundidad del manto freático.
  4. Baja precipitación pluvial.
  5. Bajo potencial de convertirse en zona habitacional o industrial.
  6. Bajo potencial del uso de la tierra para actividades ganaderas o agrícolas.
  7. Existencia de medios adecuados de acceso.
  8. Bajo valor comercial.

En una zona desértica como es el norte del país, esas características no parecen difíciles de encontrar y, sin embargo, dos veces tuvieron que cambiar la zona elegida. La primera vez porque se encontraba muy cerca de la ciudad y, por tanto, podía pronto ser ocupada para el crecimiento industrial. La segunda, por la oposición de los ejidatarios cercanos.

Colado del piso de una de las fosas.

Finalmente, se eligió como cementerio radioactivo una zona conocida como La Piedrera, en Chihuahua (que se uniría así a otros. Sin embargo, algunas notas refieren que de dicho lugar se extraía agua para Ciudad Juárez y que no hubo suficientes medidas de seguridad al respecto. Por su parte, el informe de la CNSNS simplemente anota en la página 19:

«Al considerar la lejanía de este sitio de otros lugares de la república donde se ha recuperado material radiactivo originado por el mismo accidente, se ha optado por utilizar tanto el “cementerio” ubicado en Maquixco, Edo. de México, como otro sitio cercano a la ciudad de Mexicali, B.C.

»En el primero de ellos se han almacenado 70 toneladas de varilla, en tanto que en el otro han sido depositadas 115 toneladas de varilla. Tanto el sitio de La Piedrera como los otros dos sitios utilizados fueron considerados adecuados desde el punto de vista de sus características básicas y de diseño.

La Piedrera consta –refiere el informe oficial– de nueve trincheras con muros de concreto de 40 metros de largo, 15 metros de ancho y cinco metros de profundidad.

Conforme a los datos oficiales, entre la camioneta, la varilla, chatarra, tambos, tierra, escoria, etcétera, fueron enterrados ahí 36,859 toneladas de material radioactivo.

Consecuencias médicas

Conforme a las estadísticas oficiales, los primeros en ser analizados fueron los trabajadores del Yonke Fénix. Sólo algunos sufrieron malestares estomacales y dos personas presentaron baja de glóbulos blancos.

Por su parte, tres de los colonos de Bellavista presentaban síntomas de haber recibido fuertes dosis de radiación. Sin embargo, dejaron de acudir al médico debido a los costos de traslado y medicamentos, que debían cubrir ellos mismos, y el gobierno dejó de darles seguimiento. Los expertos advierten que, contrario a lo que suele creerse, muchas veces las personas radiadas demoran en mostrar síntomas, pues algunos de ellos no aparecen de forma inmediata. Eso no implica que no estén ahí.

Como sea, el Estado decidió no dar seguimiento al tema.

¿Y qué fue del dúo dinámico?

Ricardo Hernández presentó en aquel momento heridas que cicatrizaron y ningún otro tipo de herida. Pero tampoco hubo seguimiento oficial y no se sabe más sobre su estado de salud posterior.

Vicente Sotelo no presentó más síntomas que aquellos que a criterio de su médico, eran indicios de diabetes. Poco se sabe también de él. Hay medios que relatan que fue procesado y enviado a prisión, de la cual habría salido en 1993. Una vez fuera, habrían recogido declaraciones suyas donde dijo que no fue su culpa que la máquina no contara con señalética que indicara su peligrosidad. También dijo que al acudir a su colonia, la autoridad sólo logró que sus vecinos le reclamarán sus actos.

Depósito final de la camioneta.

¿Y los directivos del hospital?

Respecto de la directiva médica no obra documento alguno que acredite que se le haya impuesto alguna penalidad, ni por comprar material médico radioactivo sin las debidas licencias y vigilancia, ni por dar declaraciones falsas a la autoridad en el momento de la investigación. Si hubo alguna penalidad, el reporte oficial lo omitió. Los medios que registraron los hechos en su momento tampoco mencionan nada. Así pues, es probable que realmente no hayan tenido ninguna consecuencia jurídica. No sería extraño. Sería apenas México siendo México.

¿Sigue existiendo riesgo de radioactividad?

Lo que dicen los expertos es que la vida del Cobalto- 60 es de alrededor de cinco años y, a partir de ahí, se calcula que cada cinco años perdería la mitad de su vida radioactiva. Es decir, a los cinco años, sólo tiene el cincuenta por ciento de su radioactividad; a los diez el veinticinco y así, exponencialmente. Por el tiempo que ha pasado, el material radioactivo enterrado ya sería inocuo a estas alturas. De facto, se dice que el material tenía ya sólo media vida radioactiva a partir de que fue vandalizado, con lo cual el impacto de radiación sufrido por la gente que lo tuvo cerca fue un tanto amortiguado.

  1. Ci: abreviatura de curio, una unidad de actividad radiactiva, nombrada así en homenaje a los físicos y químicos Pierre y Marie Curie  (Regresar)

1984 Chihuahua Ciudad Juárez Cobalto-60 Hospitales Radiación Radioactividad


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

keyboard_arrow_up