Dioses y leyendas lacandonas
Observaciones reunidas en 1934 y publicadas en la desaparecida revista Guatemala Indígena
Por Antonio Cruz Coutiño Publicado en Ciencia y tecnología, Historias en 5 enero, 2021 0 Comentarios 10 min lectura
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Pensando en Sophie Pincemin.

Recién hace algunos días, de viaje en la ciudad de México, en alguna de las librerías de viejo de la calle de Donceles (entre la estación Allende, la antigua Cámara de Diputados, la plaza de Santo Domingo y la Catedral Metropolitana), creí haberme encontrado una joya: un texto sobre los lacandones, de Georgette Soustelle, perdido entre las páginas de la revista Guatemala Indígena. Debía comprar, naturalmente, sólo el número en el que se encuentra, pero no. La librera, una joven esbelta de cabellos rubios, lentes apenas perceptibles y labios nacarados, me conminó a llevar los tres volúmenes, aunque el de nuestro interés era el número uno.

―No están disponibles por separado, amigo –me dijo amable–. Ya sabe usted. Para no demeritar su valor.

Los tres tomos viejos, aunque impecablemente encuadernados en percalina café, contenían los cuatro primeros números de la revista guatemalteca, desaparecida hace tiempo. Apenas si los revisé, pues costaban un ojo de la cara y, aunque no contenían materiales adicionales sobre Chiapas, finalmente los puse en el carrito. Hoy, con calma en El Aguaje, aprovechando el asueto de Semana Santa,1 me deleito con ellos, y son, efectivamente, una joya, aunque en especial por el artículo de Georgette, compañera inseparable de Jacques Soustelle, ambos etnólogos franceses del primer tercio del siglo pasado, estudiosos de las culturas mesoamericanas. La referencia del texto es la siguiente:

Soustelle, Georgette (1961). «Observaciones sobre la religión de los lacandones del Sur de México», en Guatemala Indígena (Vol. 1, Núm. 1), pp. 31-105.

El texto está basado en las observaciones reunidas por ambos en su expedición del año 1934 a la Selva Lacandona. Se suma a los otros artículos difundidos por ellos sobre la comunidad («Notas sobre los lacandones del lago Peljá y el río Jetjá», «El totemismo de los lacandones», «Las ideas religiosas de los lacandones», «La cultura material de los indios lacandones», «Notas sobre el ritual religioso de los lacandones» y «La religión de los indios lacandones, aztecas, mayas e incas»), todos publicados en diversas revistas francesas. Los cuatro primeros números de la revista son sustanciales, pues hay en ellos algún texto acerca de los orígenes de la Cofradía Indígena Americana, y varios sobre los grupos étnicos de ascendencia maya, naturales de Guatemala y Belice.

Panteón de los lacandones

El artículo sobre Chiapas refiere el panteón de los lacandones; el conjunto de las divinidades que formaron parte de su religión, integrada por 29 entidades diferentes. Tras la lectura del texto se deduce que las más notorias –quizá aquellas de mayor ascendencia sobre ellos– fueron las siguientes:

1. K’okonkyum, el más viejo de las divinidades, quien habita debajo de la tierra, en el inframundo, e impide que la corteza terrestre se quiebre durante los estremecimientos sísmicos.

2. Usukunkyum, deidad vinculada al sol y habitante del inframundo, quien al igual que el anterior, cuando tiembla, sostiene con todas sus fuerzas los parales, que como los de las casas lacandonas, sostienen la tierra. Atiende y ampara al sol al morir –cuando desaparece de la faz de la tierra– y lo lleva sobre sus espaldas mediante una tabla. A la media noche, el astro toma pozol y reposa por un momento. Luego vuelve a partir, conducido siempre por esta divinidad hasta el Oriente. Una deidad asociada a él es Yumbirikam, quien vigila al mundo, probablemente el mismo Ats’bilam «el que compone al sol», yerno de Tsakampat.

3. K’in es el dios sol, «héroe de una aventura que lo ubica en oposición» a Kisín, el dios malo por antonomasia. Es blanco o moreno como la gente mestiza, y una luz intensa emana de su cabeza. Durante la noche es ayudado por Usukunkyum y pasa las noches en una caverna próxima al caribal o campamento de San Quintín, junto con las divinidades Kiyum, Biram y Okná. Acompañado por éstos, K’in transcurre o camina lentamente por el cielo; luego penetra a la tierra, hasta llegar a su cueva, «pasando sobre los árboles».

4. Na u Okná es la luna, cuyo marido es el sol. Está asociada a las grutas consagradas al sol y se cuenta que pasa las noches con él, haciéndole compañía.

5. Kisín, como se ha apuntado, es la divinidad malévola. Es el responsable de terremotos y epidemias, y «vive en todas partes». Es un dios malhechor y opuesto al sol, casado con la hermana de Usukunkyum (o Usukyum), aparentemente al servicio de éste. Cuentan los lacandones que, en San Quintín, fue responsable, hace tiempo, de una epidemia que diezmó a la población.

6. K’anakas o Muur, es la divinidad del bosque, o protector de la selva. Vive en los acantilados rocosos, en la parte de la selva que le pertenece, en donde es cuestión prohibida abrir trochas, cortar lianas o romper ramajes.

Creen los lacandones que estas dos últimas son las únicas deidades cuya «personalidad» es totalmente independiente del sol.

7. Atsakyum es la divinidad a la que imploran salud los lacandones, ante cualquier accidente o enfermedad. Junto a él, aunque en menor rango, se encuentran Akyum, T’sop y Sakapuk.

8. Metzabok, mismo nombre de la laguna homónima, es el dios de la lluvia. Se cuenta que vivía en Ocosingo, en donde tomó por mujer a «la hija del santo de los ladinos». Luego huyó con ella hacia el bosque, razón por la que una vez al año va a Ocosingo, a visitar a su suegro.

Finalmente, otras divinidades destacadas son: K’ak’, divinidad del fuego, K’ayum, deidad de la música e Itsanokú, tan sólo «importante».

Cuatro leyendas finalmente destacan en el texto: la historia del sol y de la luna, la de K’inkobo y las taltuzas, la del fin del mundo y la que se deduce de la tradición de Metzabok.

El sol y la luna

El sol y la luna son marido y mujer desde el origen de los tiempos. Son mestizos o blancos como los ladinos, y la luz que difunde el sol proviene de su cabeza que se quema. «El sol, para ir desde el amanecer hasta el ocaso, tiene en el cielo un camino muy amplio, limpio y sin vegetación».

Cuando el sol llega al final del mundo, cuando comienza a morir, «Usukunkyum va a buscarlo, lo atiende y lo ampara. Cargado sobre una tabla, lo lleva sobre sus hombros. A la media noche el sol descansa por un rato mientras toma pozol, y luego Usukunkyum lo lleva del mismo modo hasta el Oriente». Mientras tanto, también se cree que el sol y la luna pasan la noche en la cueva próxima al caribal de San Quintín, y que Kiyum y Biram lo acompañan siempre. Salen por la mañana de la cueva al mismo tiempo que él y, al igual que él, recorren los cuatro toda la esfera del cielo. Luego vuelven a la tierra y entran a la cueva, pasando por los árboles de arriba hacia abajo.

K’inkobo y las taltuzas

Cuenta la autora que su informante «obtuvo esta historia de su abuela, por medio de su padre», y que ésta «conoció al héroe de la aventura». Que cierto día K’inkobo cazaba taltuzas. Que entró en una cueva donde encontró varias columnas de fuego, un arroyo de fuego, tierra quemante y, al lado, un pequeño pozo de agua fría, y que todos estos fenómenos eran obra de Kisín el malo.

K’inkobo se condujo por una larga galería y a la salida se encontró con un espacio descubierto donde había únicamente algunos árboles frutales. Se aproximó a uno de ellos, luego se arrancó la piel de la cabeza y los cabellos, y dejó descubiertos los huesos de su cráneo, aunque en el mismo momento un fruto cayó sobre su cabeza y le hizo daño.

Entonces, como por obra de magia, se volvió a colocar el cuero cabelludo a su lugar. Luego encontró a la mujer de Usukunkyum, pues ellos habitaban debajo de la tierra. Ella le dijo que esperara a su marido, por lo que, para esperarlo, se ocultó dentro de una gran olla, cubriéndose con chiles, para no ser descubierto por Kisín. Usukunkyum llegó y, aunque se asombró de su presencia, finalmente platicaron, se llevaron bien y hasta lo acompañó a sus propios territorios de caza.

K’inkobo permaneció así cuatro años bajo la tierra. Al final de este período, el hijo de K’inkobo fue transformado por Usukunkyum en cuatro parejas de tuzas. Usukunkyum colocó una pareja en cada uno de los puntos cardinales, luego hizo balché sagrado que ofreció a Kisín, quien tomó tanto que se emborrachó con la bebida. Y entonces K’inkobo aprovechó para escapar del inframundo, sin ser visto por él.

El fin del mundo

En la zona de Peljá y Jetjá, la estatua de Ats’bilam, el gran dios de Yaxchilán, está vinculada a un mito relativo al fin del mundo. Esa antigua estatua no tiene cabeza, pues se encuentra «allá arriba». Y cuentan que cuando llegue el momento del fin del mundo, la cabeza regresará a su lugar. En esa ocasión descenderán sobre la tierra varios jaguares. Ellos devorarán a todos los seres vivientes. Incluso los peces de los ríos se morirán y hasta el sol desaparecerá.

Metzabok y Ocosingo

Aunque la deidad Metzabok, patrono de la lluvia, se quedó a vivir en la laguna que lleva su nombre, cuentan que antes, mucho antes… vivió en Ocosingo, el pueblo de la gente común. Que ahí vivía cuando tomó por mujer a «la hija del santo de los ladinos». Que luego huyó con ella hacia la selva y que, por esta razón hasta la fecha, Metzabok viaja una vez al año rumbo a Ocosingo, a donde llega a visitar a su suegro.

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  1. nota del editor: el texto publicado aquí fue escrito algunos años atrás.  (Regresar)

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