De los fantasmas y la navidad
Cosas encontradas #1
Por Alberto Chanona Publicado en Columnas y opiniones, Cosas encontradas en 11 diciembre, 2020 2 Comentarios 6 min lectura
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Quién sabe por qué, las historias sobrenaturales de terror o de fantasmas son tan escasas en la literatura escrita latinoamericana. En cambio, la tradición oral, mayormente asustaniños, abunda en espectros que vagan enloquecidos por un crimen, seres infernales que enamoran borrachos o muestran los dientes y gruñen en la noche, o caminan con los pies al revés para acercarse a ti cuando crees que se alejan. Incluso, tenemos duendes traviesos que lo mismo tejen trenzas a los caballos o te engañan para hacerte comer caca. La tradición oral latinoamericana conoce bien lo sobrenatural y viaja de una generación a otra, de abuela en abuela. Es casi como si cada niña esperase a peinar canas nomás para asustar a la escuinclada. Pero entre escritores y escritoras, las historias sobrenaturales han arraigado más bien poco (lo sé: ahí están Donoso, Rulfo, Bombal, Tario, Dávila, Dueñas y poco más, relatos sueltos, algunas exploraciones…). Y es raro, porque más allá del interés que suscitan, suelen ser también profundamente significativas; sobre todo, en países como los nuestros, donde las tragedias, crímenes y muertos se nos acumulan con horrorosa frivolidad en los noticieros a diario, como si cualquier cosa.

Una excepción es la literatura de Mariana Enríquez. La topé este año, apenas, cuando caí en el hype de su recién publicada y premiada novela Nuestra parte de noche. Suelo maldecir al mundo editorial cada vez que resbalo con sus andanadas marketineras. No esta vez.

La novela trata sobre la lucha de un padre –médium, violentísimo y, por donde se lo vea, un mal padre y un cabrón–, por proteger a su hijo de una orden mística de gente rica. La historia comienza en los años del llamado Proceso de Reorganización Nacional, en Argentina, y se mueve a partir de ahí hacia atrás y hacia adelante. Como es de suponer, con tantos desaparecidos, con tanta violencia y crímenes en la dictadura, no faltan en la historia muertos y fantasmas. Pero el horror más temible, como siempre, no proviene de los muertos, sino de sus verdugos.

Es una imaginación extraña la de Enríquez, con habilidad para lo sórdido. Cautiva tanto como incomoda. Un ejemplo (de montones que tiene): la noticia que algunos personajes siguen por tv de una chica de trece años atrapada en el barro durante una inundación. Los ojos negros de sangre. La carne hinchada. Los periodistas preguntándole durante días cómo era su vida, qué soñaba, qué quería, mientras todavía vive, apoyada en el fango sobre la cabeza de su tía. La muerte lenta, irremediable, frente a las cámaras de televisión.

La novela tiene más de seiscientas páginas y la notoria influencia (que Enríquez reconoce) de Donoso, y un poco de McCarthy también, dice, supongo, por La carretera. Es probable que habría podido ahorrar algo de papel y bits, pero no hay paja. Y aun si la hubiera, el bellísimo párrafo final salda cualquier deuda.

Enseguida tuve que ir a leer Las cosas que perdimos en el fuego, libro de relatos, también de Enríquez. Similar experiencia.

Más que un apunte como el que ahora escribo, esos dos títulos de Enríquez merecerían la atención de un texto largo y cuidado. No será hoy. (Pero sí léanla, si les gusta el género. Y también si no. Les hará bien, creo).

* * *

Hace algunas décadas, antes que por Poe, creo, llegué a los relatos sobrenaturales por una antología de Richard Dalby titulada Fantasmas de navidad.

En su prólogo, explica Dalby la tradición anglosajona de los relatos de fantasmas, asociados a la navidad durante cientos de años, pero popularizados a partir de «El cuento de los duendes que se robaron un sacristán», de Dickens, cuyo protagonista, Gabriel Grubb, es ya un prototipo del famoso Scrooge, de A Christmas Carol (Un cuento de navidad).

Perdí mi ejemplar original, pero un amigo halló otro y me lo obsequió. Es éste que se ve en la imagen, emergiendo de las fauces del infierno (de mi caos personal).

El libro reúne un montón de relatos de los maestros anglosajones del género: M. R. James, Algernon Blackwood, Stevenson, Le Fanu… Lo releí recientemente. La verdad es que, excepto por algunos cuentos, no lo encontré tan bueno como recordaba. No importa. Lo traigo al caso porque nunca pude, a partir de su hallazgo, desasociar la navidad de los relatos de fantasmas, ambos con un lugar en este corazón, capaz de hacerme silbar Frosty the snowman mientras busco alguna película o serie de terror que ver.

Tiene sentido esta tradición en el hemisferio norte, donde el solsticio invernal alarga la oscuridad en la noche y también las sombras, contra la luz oblicua del día. El invierno es, en esta mitad del mundo, la estación de las sombras largas y de reunirnos alrededor del fuego (de la cocina, mayormente) a contar historias de fantasmas. Así empieza, de hecho, una de las más populares, La vuelta de tuerca, de Henry James: «La historia nos había mantenido alrededor del fuego casi sin respirar…».

Cuesta imaginar que, en algún momento de la historia, las publicaciones de toda índole se pelearan a los autores para imprimir un mejor cuento navideño que su competencia. Y es una pena que quienes hoy dirigen revistas y periódicos no literarios ya no publiquen (y que nosotros no leamos), casi nunca, cuentos en ninguna estación del año. Aunque no sean de fantasmas. ¿Es que las plataformas de streaming superaron ya a los editores? Es pregunta retórica, desde luego.

No lo abras antes de navidad. Por Alonso Gordillo, escritor, ilustrador y editor como pocos (o ninguno).

* * *

Lo he dicho antes y lo sostengo: Santa tiene habilidades fantasmales y, más bien, extrañas, de ésas que nos alertarían a madres y padres si formaran parte del repertorio de cualquier otro adulto: atraviesa paredes, baja por chimeneas, es invisible, espía lo que hacen niños y niñas todo el año. Y aun así, ¿nadie se alarma de hacerle promoción?

No cabe duda que vivimos en un mundo más raro de lo que nos gusta suponer. En invierno o cuando sea.

Esta entrada es publicada bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

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