La libertad enjaulada
Sobre la necesidad de replantear las herramientas digitales de la conversación pública y los medios
Por Alberto Chanona Publicado en Ciencia y tecnología, Columnas y opiniones en 7 diciembre, 2020 2 Comentarios 13 min lectura
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¿Recuerdas ese discurso del subcomandante Marcos donde decía que hay varias maneras de ver una lata de refresco? «Es el discurso de un adicto», observó una amiga en una conversación. Tenía razón. Pero también el Sub, creo. Porque la contradicción es el océano en que navegamos, a veces lo que nos daña también nos renueva o, al menos, nos entrega algo a cambio. Es parte del trato que hacemos con todo aquello a lo que somos adictos. Podemos aceptarlo o no. Sólo que si lo hacemos, no deberíamos engañarnos acerca de lo que dice la letra pequeña en nuestros tratos con el Diablo.

Comunicadores y medios de comunicación de todo el espectro de afinidades ideológicas suelen, como el Sub, defender otro producto enlatado en la popularidad global y al que también somos probadamente adictos: las redes sociales. Su principal argumento es que las redes sociales emparejaron la posesión del discurso, hasta hace no demasiado tiempo patrimonio de gobiernos, poderosos medios y cualquiera que tuviese suficiente dinero para comprar inserciones, desplegados y aun opiniones y consciencias.

Es cierto. La popularidad de las redes sociales aumentó la visibilidad de otras narrativas y el alcance de la conversación pública, para cualquiera que quisiera participar de ella. A través de esa vía, colectivos, organizaciones y nuevas opciones informativas, incluso modestas, pudieron así amplificar su voz y llegar a muchas más personas.

«Hace cinco años esto era algo imposible, hace tres años, esto era algo impensable… y para mí, que soy un periodista independiente, que no tengo un medio atrás, no me interesan los grandes medios, para mí las cincuenta mil, setenta mil, cien mil, doscientas mil, quinientas mil personas que han llegado a ver estos programas, pues son un triunfo absoluto, pero no mío, de ustedes que construyen una nueva opción», dijo hace poco el periodista Luis Guillermo Hernández, refiriéndose al alcance de su programa Radar, —transmitido a través de Rompeviento, Youtube y Facebook—. Su experiencia bien podría aplicarse a otros tantos programas y medios de comunicación semejantes, que deben su impacto a su trabajo, desde luego, pero también, en parte, a las redes sociales.

Una emisión (recomendadísima) en la que el periodista Luis Guillermo Hernández conversa con el escritor Fabrizio Mejía Madrid, acerca de los intelectuales mexicanos que intentan desacreditar a las redes sociales y medios emergentes, en una disputa por controlar el discurso y la opinión pública.

El periodista considera que la aparición de las redes sociales fue «el apocalipsis de los medios». La frase así dicha sólo aludía a los grandes medios anteriores a las redes sociales. Pero excepto por las diferencias de tiempo, quizá no hay ninguna razón para excluir a los otros de ese «apocalipsis». Porque si bien esas plataformas amplificaron el alcance de medios emergentes entre nuevos públicos, también los ataron, de modo semejante al que antes lo hizo el costo de la imprenta o de las antenas de radio y tv.

Las redes sociales se convirtieron, de forma paradójica, en los medios de los medios. La difusión de la oferta de contenido a través de ellas sigue, como antes, dependiendo de condiciones impuestas por terceros, nuevos intermediarios en la relación entre los medios y el público. Esa intermediación ocurre en un espacio que, a pesar de su supuesta gratuidad y representación social, está lejos de ser público: los servidores de empresas privadas cuyo modelo de negocio son los datos que los usuarios intercambian, con o sin plena consciencia. Quiero subrayar el carácter privado de las redes sociales, porque su finalidad no es servir a la democracia, sino al lucro. Exactamente, como los medios de comunicación a los que arrebató el trono, con una diferencia notable: sus condiciones obligan a todos los medios, de cualquier talante, a traficar casi involuntariamente con los datos privados de su público, algo que ningún estanquillo, periódico, revista, antena emisora o aparato receptor fue capaz de hacer antes, en la historia humana.

El futuro, cualquiera que sea, lo estamos construyendo ahora mismo, todos, en buena parte, a punta de clicazos. Pero no lo modelamos nosotros, ni la pluralidad y relevancia de los medios de comunicación, y ni siquiera la multitudinaria conversación «pública» en redes sociales. La forma del futuro está siendo escrita, por otros, en las malas o abusivas regulaciones de los gobiernos, tanto como en los algoritmos y las condiciones de uso que nos limitamos a aceptar y usar, con apenas un clic o dos.

Todo lo que internet prometió al popularizarse –que no era poco y que nos hizo soñar con las nuevas posibilidades de ese mundo– lo privatizaron las redes sociales, a cambio de colectividad (y de públicos masivos). Y todos, medios de comunicación y personas, nos metimos encantados en ese corralito.

Ética: entre la espada y la pared

―¿Hay alguna razón por la que debería abandonar mis redes sociales? —pregunta un entrevistador a Jaron Lanier, científico informático y activista digital, autor de los libros Contra el rebaño digital, un manifiesto, ¿Quién controla el futuro? y Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato.

―Hay dos —responde—. Una es: por tu propio bien. Y la otra: por el bien de la sociedad.

Si la pregunta hubiera sido «¿hay alguna razón para mantenerme informado?», la respuesta habría podido ser la misma.

Suele decirse, con más o menos palabras, que una sociedad informada es más difícil de manipular, y que un mejor periodismo crea mejores sociedades. Por eso, los periodistas y medios de comunicación debieran sentirse interpelados (así sea por curiosidad) ante la citada respuesta de Lanier; al menos, aquellos cuyo propósito es el ejercicio de una vocación y no, apenas, un negocio. Es decir, quienes convienen en que los medios elegidos importan tanto como la consecución de su propósito debieran preguntarse por el mundo que, casi involuntariamente, contribuyen a crear a través de las redes sociales.

Pero no es sencillo. Las redes sociales plantean hoy mismo uno de los mayores desafíos éticos del periodismo en internet. Todos los periodistas tienen la idea de que no estar en redes sociales equivale a dejar de ser vistos y perder relevancia; la sensación de que su comunidad olvidará o ignorará enseguida su trabajo casi tan pronto como se den la vuelta. Dada la dependencia actual de los medios y del público a esas plataformas, es probable que esos temores sean ciertos. Sin embargo, permanecer ahí no hará sino fortalecer esa dependencia. E implica, además, para el periodismo, hacerse de la vista gorda, con tal de no responsabilizarse por los datos propios y de su público que entrega, a diario, a terceros cuyos fines no son siquiera claros, a cambio de clics y corazoncitos.

Imagen del documental El dilema de las redes sociales, disponible en Netflix.

¿Qué pasaría si de pronto un periodista descubriera la actividad tramposa de una empresa para robar los datos privados de las personas y traficar con ellos, por acción y omisión, con consecuencias para la sociedad? ¿Y si para hacerlo, además, esa empresa tramposa hubiera tenido entre sus cómplices a gobiernos, empresas, organizaciones y medios de comunicación? ¿No sería eso un escándalo?

Eso ya ha pasado con las redes sociales (y hasta con instituciones, en México, más de una vez), como seguro sabes si estás leyendo esto. Nos lo han advertido de distintas maneras expertos, desarrolladores, personas involucradas en la industria tecnológica. Pero casi nadie ha movido un pie, un dedo siquiera, para cambiar ese rumbo. Y los medios de comunicación, menos que nadie. Sí, nos sentimos un poquito incómodos, un rato, pero mira ahora este gatito o la corrupción o lo que quieras, no nos fijemos en minucias. No vaya a ser que por buscarle cinco pies al gato, perdamos la democratización ganada.

«No creas que lo que pasó con Cambridge Analytica es lo peor que podría suceder —dice Jaron Lanier—. El sistema completo está diseñado para que este tipo de cosas sucedan».

Y sin embargo, a pesar de las evidencias (en artículos, más artículos y hasta documentales) que contra las redes sociales se siguen acumulando, los periodistas y medios de comunicación siguen sin tomar una posición activa para cortar o, al menos, disminuir su dependencia hacia ellas. Antes bien lo contrario: transmiten y publican su información directamente sobre esas plataformas, fortaleciendo así el círculo vicioso de usuarios y de medios.

Por otro lado, nadie ignora que si ahora mismo los medios de comunicación éticos dieran la espalda a las redes sociales, el espacio vacío ahí dejado sería cubierto de inmediato, precisamente, por quienes las emplean para desinformar y manipular la opinión pública, bajo el disfraz o sin él, de periodismo y medios de comunicación.

¿Qué pueden hacer entonces los periodistas en un ecosistema adicto a las redes sociales, si cualquiera de las dos decisiones (permanecer o salir) implica una pérdida, para el periodismo y para la sociedad?

No hay una respuesta ni es, desde luego, un problema de un solo sentido. Pero tampoco llegará ninguna solución si seguimos, todos, amparados bajo la bandera ondulante de la democratización, mientras miramos hacia otra parte, sin hacernos cargo de aquello con lo que contribuimos al popular pero inaceptable modelo de negocio de Sillicon Valley, casi, sin querer y hasta con buenas intenciones.

Alfabetización digital

La mejor solución al problema la anota, tal vez, el propio Lanier:

«Hemos creado esta sociedad extraña, sin precedentes, donde la vía entre dos personas que desean comunicarse a través de internet es financiada por terceros que creen que, con astucia, esas dos personas pueden ser manipuladas. No es una forma saludable de estructurar una civilización.

»Pero podemos mantener todas las cosas buenas, y sí hay cosas buenas en las redes sociales, por supuesto. Podemos salvar todo eso y, simplemente, deshacernos del modelo de negocio actual de manipulación, para sustituirlo por un modelo de negocio diferente. Hay muchas alternativas mejores. Sólo tendrían que ser honestas».

La honestidad a que alude el desarrollador es, en realidad, una parte de la solución. Pero la de sustituir el modelo de negocio de las redes sociales parece, de lejos, algo menos sencillo de lo que Lanier supone. De hecho, no parece que vaya a ocurrir. ¿De verdad creemos que empresas de naturaleza marcadamente monopólica, que diseñan exprofeso para fomentar el comportamiento adicto, se resistirían a usar el poder de su tecnología por un problema ético? No lo sé, Rick…

Pero hay algo que sí sabemos: la educación siempre está en el fondo de todas las soluciones de dimensión humana. Los periodistas y medios de comunicación podrían ensayar estrategias que, paulatinamente, permitan la viabilidad de su trabajo aun fuera de las redes sociales.

Las redes sociales no sustituyeron a otras tecnologías y plataformas digitales por ser mejores (el RSS, los clientes de correo o hasta los blogs, por ejemplo), sino porque democratizaron la conversación pública (más preciso sería decir que la ampliaron). Pero también, y sobre todo, porque explotaron el analfabetismo digital de millones de personas que, de pronto, tuvieron acceso a internet, mayormente, a través de sus teléfonos.

Nadie se preocupó, ni entonces ni después, por adquirir otras herramientas y habilidades para aprovechar la riqueza de internet y explorar, tal vez entonces, otras vías de colectivizar la conversación y aun la indignación y la protesta. Quizá, porque los hábitos que nos dañan suelen arraigar muy pronto. O porque ya era tarde cuando el entusiasmo por las redes sociales disminuyó lo suficiente para aportar algo de perspectiva y de balance.

No obstante, pontificar hoy, sin equilibrio, las virtudes de Google, Youtube, Twitter, Facebook, Whatsapp, Instagram, etcétera, y tomar ese rumbo como brújula, es casi amar los grilletes propios y contribuir a la construcción de un mundo de tantos como los que el mejor espíritu del periodismo intenta evitar; uno donde la extracción sistemática de datos es visto con normalidad y cuyas consecuencias contribuyen a crear un presente y futuro peligroso, adicto y menos diverso de lo que nos gusta suponer.

Mastodon, una red social federada, que funciona de forma similar a Twitter, pero sin retuits y a veces ni likes. La falta de esa clase de recompensas sociales, en realidad diseñadas para crear adicción, desalienta a muchos nuevos usuarios, quienes terminan por volver a las redes sociales de siempre, donde sienten que les hacen más caso.

Las redes sociales no son la única manera de democratizar la conversación pública alrededor de todo lo que nos importa y tenemos en común. Y está claro que no son la mejor. Apenas, la única que la mayoría conocemos.

La alfabetización digital es necesaria y urgente. Pero limitarnos al reconocimiento de lo falso, la verificación de datos y la cultura del debate público es quedarnos todavía demasiado cortos. En particular, a periodistas y medios de comunicación no nos vendría mal replantear las herramientas que empleamos en nuestro trabajo. Porque los medios que elegimos importan –se supone– tanto como el fin.

Posdata

Años después de aquel discurso de la lata de refresco, el Sub cambió de nombre a Galeano. Ignoro si, a la luz de la discusión pública reciente sobre las cosas enlatadas, alguien le ha preguntado a Galeano si su opinión al respecto ha cambiado en algo.

La nuestra, por lo pronto, ¿ha cambiado en algo?

Esta entrada es publicada bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

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