Días de encierro
Las aparentes redefiniciones traídas por la pandemia están construidas sobre el límite de nuestros miedos y el andamio de quienes hemos sido siempre
Por Alejandra Fábregas Publicado en 500 palabras o menos, Columnas y opiniones en 7 agosto, 2020 Un comentario 5 min lectura
Canto de guerra de las cosas Anterior Las musas son las preguntas Siguiente

La vida sólo es posible mediante el intercambio con la muerte.
―Frase escuchada en algún lado.

Albert Camus escribió La peste en 1947. En esta novela los paralelos con nuestra realidad actual son tales que bien pudo ser catalogada de novela futurista, más que como novela sicológica de ficción. Según la crítica literaria, La peste representaba en realidad al nazismo, no a una enfermedad. No obstante, la maleabilidad de la literatura nos permite hoy identificarnos de modo más literal que metafórico con la obra de Camus.

Quise introducir a Camus, porque de su novela se inspira una frase que escuché no importa en qué sitio y resonó en mí: «cuando uno está solo, se da el lujo de estar en el bando adecuado». Es sobre eso que me gustaría decir algo. No sobre lo que ha sucedido con la peste que nos acontece, sino con quienes somos en esta inadvertida, desbordante, incierta existencia.

Como reglas que sorpresivamente cambian durante el juego, la vida nos ha lanzado de pronto a un torbellino sin precedentes, donde nuestro papel es protagónico y antagónico a la vez. Una serie de eventos, antes sólo imaginables en la narrativa del cine, al fin nos alcanzó. El mundo se paraliza. De un día a otro, todo da un giro drástico y, como hormigas amenazadas, buscamos resguardo en casa. El sistema del capital se ve amenazado, los sistemas de educación de todas las naciones buscan su nuevo nicho en el surreal mundo virtual y digital, y las horas de home office que algunas empresas ya aplicaban, se convierten en un loop, una repetición interminable que crea la ilusión de que el tiempo es estático. El heroísmo de los trabajadores de salud y de servicios básicos salen a la luz. Y los estilos de vida banales y las certezas que sólo son verdades bajo la lente de un sistema de consumo sin sentido, de pronto se vuelven obsoletos, y las empresas que sostienen tales vicios se ven amenazadas; muchas dejan de existir. El mundo, como lo conocemos, se suspende en un vacío de reacciones exageradas, compras de pánico y cuadros de ansiedad, depresión y desolación ante las muertes en aumento: la curva del duelo se evidencia y justo cuando parece que es una situación insostenible… abrimos los ojos.

Respira. Respira. Respira. Abre los ojos, reaprende a respirar, cierra los ojos, ábrelos de nuevo. ¿Qué ves? Te digo de nueva cuenta la frase prestada, oída quién sabe dónde: «cuando uno está solo, se da el lujo de estar en el bando adecuado». ¿Pero cuál es ese bando adecuado?

En su infinita capacidad de adaptación, la humanidad se reinventa y, como un cáncer invencible, el sistema del capital busca –y encuentra o crea– nuevas formas de producción. El gran encierro se ha convertido en su aliado, pues para un gran sector de la población los días se convierten en horas/consumo, con la facilidad de un swipe o de un clic. Mientras tanto, ¿qué sucede allá afuera, en la realidad de quienes han vivido en la subsistencia desde siempre? ¿Cómo no sólo existir, sino vivir en ese mundo despiadado de constantes decepciones? Es poco decir que, salvo excepciones, los gobiernos del mundo se han quedado cortos. Por su parte, algunas organizaciones civiles, que siempre han visto por la igualdad y el bien común, combaten de forma destacada esa realidad. Entonces, ¿qué significa en ese contexto la soledad y el bando adecuado?

Quizá cuando nos damos cuenta de que la única certeza es que viviremos hasta el último respiro con nosotres mismes, vivir en la mentira deja de ser una opción viable. Ante la incapacidad de vernos en otres o a través de otres, vemos hacia adentro y nos damos cuenta de que es ahí en donde yacen todas las verdades, las que dictaminan nuestra esencia, las que salen a flote tarde o temprano, las que ahora cobran relevancia. Porque nuestros días son impredecibles y mentirnos hoy podría ser lo último que hagamos. Y si nadie quiere vivir en la mentira, con seguridad nadie quiere morir en ella.

«Nueva normalidad» es un término necesario como tablita de salvación para aprender a nadar. Pero la normalidad nunca ha existido. Desde las trincheras de la ebullición social, donde la pandemia no ha ofrecido tregua (racismo, fascismo, patriarcado, feminicidios, violencia doméstica entre otros crímenes), el término «nueva normalidad» parece mala broma: el encierro, el virus, las condiciones comunes e individuales no nos han reinventado; han dejado salir a la luz a quienes siempre hemos sido. Nuestras reinvenciones y redefiniciones individuales se construyen sobre el límite de nuestro miedo y el andamio de quienes hemos sido siempre. Es justo en el borde entre lo familiar y lo ajeno donde nos encontramos y quizá ese bando adecuado nos parezca tal sólo por no tener a nadie más con quien compararnos. Sobre todo, cuando lo único que queda es el abrazo y la aceptación de nuestra más compleja, inevitable, duradera relación humana.

Foto: Loren Gu, a través de unsplash.com.

El Boticario

Cocteles de autor.
Visítanos hoy

Albert Camus Capitalismo Covid-19 La peste Nueva normalidad Pandemia


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

keyboard_arrow_up