Volver a la escuela (II)
Por Alberto Chanona Publicado en Columnas y opiniones en 21 abril, 2021 0 Comentarios 17 min lectura
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El año de la pandemia pudo ser también el año en que fortaleciéramos nuestros lazos comunitarios. Entre vecinos, colegas, estudiantes, trabajadores… También pudo ser la oportunidad de reparar las fallas estructurales de los espacios que habitamos: la casa, el trabajo, la escuela, el transporte. El año en que la necesidad, allá donde fuera posible, nos llevara a un grado de alfabetización digital que permitiera, además, la obtención de otros aprendizajes significativos. Cambios semejantes habrían alentado, con mayores probabilidades de éxito, la recuperación de algunas actividades en el mediano y largo plazos.

Pero no ocurrió así.

Esperanzados en el poder milagroso de las vacunas, refugiados en proyectos, reuniones y abrazos postergados «para cuando pase todo esto», vimos posponerse, una y otra vez, cada nuevo plazo que se daba para volver al trabajo o a la escuela, sin un plan preciso. Ahora, gracias a la confianza en las vacunas (y a ningún otro factor más), se abre ahora la posibilidad de volver la escuela.

La reapertura escolar se plantea, por ahora, como un ensayo necesario. Nadie sabe aún si funcionará o hasta dónde o hasta cuándo. Pero tampoco es posible continuar ignorando o prolongando el daño formativo que deje la pandemia en millones de estudiantes de todos los niveles. Aun así, existe la posibilidad de que algunas o todas las escuelas vuelvan a cerrar en cualquier momento, ante el eventual surgimiento de nuevos contagios de Covid-19.

No es un escenario improbable. Sobre todo, si tomamos en cuenta que las medidas del retorno parecen ser, casi exclusivamente, de monitoreo epidemiológico, más que preventivas. Las autoridades educativas han hablado de vigilar el cumplimiento de medidas sanitarias en las escuelas. Pero no han dicho cómo. ¿Con qué agua lavarse las manos? ¿De dónde saldrán los insumos de limpieza y cómo se repartirán esas tareas? ¿De dónde saldrán los cubrebocas y caretas? ¿Qué medidas concretas existirán para aliviar los riesgos que plantea el traslado de alumnos, docentes, personal y familias, hasta los centros escolares no siempre cerca de casa?

Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (EEUU) publican una estrategia operativa para el retorno a clases presenciales. Son una serie de recomendaciones que, si bien no son obligatorias, representan una guía de condiciones que debieran verificarse para hacer posible el retorno seguro a las escuelas. Puedes consultarla aquí: clic.

Porque las escuelas que no tenían agua en cantidad y calidad suficientes siguen en las mismas condiciones que antes de la pandemia. A un año de confinamiento, aún no hemos logrado hacer que la cultura del cuidado (uso correcto de cubrebocas, lavado frecuente de manos, mantener la distancia, etc.) sea de observancia general. Los traslados siguen siendo, como siempre, un frente abierto, pues la pandemia no ha traído como consecuencia regulaciones al transporte público, ni se han tomado medidas, en pequeña o gran escala, para reducir los traslados de quienes por cualquier razón no han podido quedarse en casa.

Todo esto significa, entonces, que el éxito del regreso a las escuelas dependerá, casi exclusivamente, del grado de responsabilidad, cuidado y recursos de las familias y personal que integren cada comunidad escolar. El plan consiste, poco más o menos, en asumir los riesgos, reaccionar si se activa alguno y esperar, tal vez, a tener suerte.

El problema es que de no funcionar el plan de «volver porque ya nos vacunamos», estaremos otra vez como al inicio de la pandemia: desprevenidos, vulnerables.

Durante la pandemia, millones de mexicanos se enfrentaron a una realidad abrupta: su trabajo no podía realizarse en casa y, además, debieron tomar a su cargo el cuidado de hijos e hijas, pues las clases presenciales fueron suspendidas en todas las escuelas del país. // Fotografía: Jorge Aguilar Pinto, en Días de pandemia.

* * *

Detenernos a reflexionar sobre lo que entendemos por educación y lo que esperamos de ella podría alumbrar rutas que permitan continuar la labor educativa (y tal vez hasta aspectos sociales de la escuela), a pesar de las restricciones inevitables que imponga una crisis como la del Covid-19. Porque lo que nos pasa hoy no es del todo nuevo. La humanidad ha transitado antes por caminos semejantes, durante el curso de otras enfermedades contagiosas, las guerras o la simple circunstancia (como ocurre en muchas partes) de vivir lejos de las ciudades, acaso en lugares donde ni hay escuela.

Por alguna razón, durante el año de encierro, no hemos considerado tan raro que la «educación» haya sido interpretada como la mera recepción de clases en un cierto horario, y la entrega de tareas y asignación de calificaciones, en otro.

No estoy seguro, ¿pero no se supone que ya habíamos superado esa idea de ver a los alumnos como recipientes vacíos que simplemente deben ser llenados?

¿Por qué, entonces, casi todo lo que se nos ocurrió para sostener lo que llamamos educación (aunque es cierto que hay y ha habido otras ideas exploradas en pequeña escala) fue el Zoom y el Whatsapp? No la tecnología. No internet. No los libros. No la escritura. No la exploración sistemática, con método, del entorno propio, de los saberes de la familia o de los vecinos. No la pequeña comunidad inmediata de niños y maestros cercanos a nuestros hogares. Ni nada semejante. Apenas, el Zoom, el Whatsapp y poco más.

Recibir clases. Pasar lista de asistencia. Entregar tareas. Asignar calificaciones. Tantán.

No voy a añadir más aquí sobre las discutibles plataformas elegidas, la protección de datos (en especial de menores) y el derecho a la privacidad, excepto que son también aspectos poco considerados, en el reducidísimo entendimiento revelado por la pandemia de la educación como el mero proceso de dar y recibir clases, con apenas la menor o mayor dificultad de hacerlo en un aula o por medios electrónicos. No obstante, lo ocurrido durante el último año dice mucho del papel y valor que le concedemos a la educación; y dentro de ella, a la escuela: un lugar al que enviamos a nuestros hijos e hijas a socializar, a recibir clases y a obtener notas aprobatorias por lo que sea que hagan ahí.

¿Pero qué tal si partiéramos de entender la escuela como lo que, de hecho, es: un espacio ―entre otros― para alimentar la curiosidad y satisfacer nuestro natural apetito de aprender, para emprender exploraciones del mundo guiadas por profesionales y, aun, para crear lazos humanos basados en la comprensión y la cooperación mutua? Una de varias posibilidades para facilitar los procesos educativos.

¿No surgirían, entonces, otras soluciones posibles, otras alternativas, individuales y pequeñocomunitarias, para que la pandemia no represente ―como por desgracia ha sido― una pérdida, un daño en la formación intelectual, espiritual y emocional de nuestros hijos e hijas; de los hijos e hijas de los otros?

Un chico intenta captar las ondas electromagnéticas producidas por los meteoritos que chocan con la atmósfera terrestre. Utiliza como antena el alambrado de un campo donde suelen pastar vacas, en San Cristóbal de Las Casas. // Foto: Alberto Chanona, tomada durante un taller impartido por Emilio Ruiz.

* * *

Hace algunos años, entrevisté a Porfirio Morison Trejo (Tumbalá, Chiapas, 1935), autor de Historia de la aviación en Chiapas y otros libros.

De forma sencilla, pero elocuente, su conversación fue con facilidad de la taxidermia y los últimos quetzales y jaguares, a Sandokan, los aviones, las fincas cafetaleras y la guerra (su padre peleó en ella para el bando aliado). Porque don Porfirio se ha interesado por toda clase de temas a lo largo de su vida. Le pregunté al respecto. Él atribuyó su curiosidad y formación a la época en que le tocó crecer y, también, dijo, a sus años en una escuela de San Cristóbal de Las Casas, más o menos famosa, pero que ya no existe: el colegio alemán, del profesor José Weber Biesinger.

Porfirio Morison Trejo.

Transcribo a continuación esa parte de su respuesta. Tal vez quien la lea perciba en esa narración, como yo en aquel momento, una cierta idea respecto del significado de la educación, y aun de la escuela, en la vida de las personas:

«Estudié en el colegio alemán, del profesor Weber, un profesor de los que no hay ya. Nos sacaba de excursión. No a diario, pero nos sacaba a veces de las clases para darnos clases en el monte: “esta hoja tiene tales características, esta roca es de tal mineral…”, decía.

»Incluso, una o dos veces al año nos sacaba más lejos. Con él conocí los Lagos de Montebello.

»Otra vez nos llevó a un lugar que creo que es rumbo a un lugar que le dicen Pinola. Tenían un rancho ahí los Velasco y él se casó con doña Carmen Velasco, quien creo que era hermana del exgobernador Velasco Suárez y tía de Manuel Velasco [igualmente, exgobernador hoy]. Ella era también profesora. Me dio clases en cuarto de primaria en el colegio alemán. Ellos nos abrieron el panorama a leer, a excursionar, a curiosear y a investigar.

»Nos llevó [el profesor Weber] una vez a Salina Cruz. Pidió permiso al capitán de un barco para que nos lo mostraran. Y el capitán le ordenó a un marinero que nos enseñara el cuarto de máquinas, cuál era la popa, cuál era la proa… En fin. Y nosotros, ¡ávidos de aprender!

»Ah, pero nos llevó una vez ahí por Pinola, le estaba yo diciendo. Llegamos a pie hasta Acala. Los niños nos sentíamos unos exploradores. Llegamos a pie con nuestras mochilas y ahí rentó dos canoas grandes. Había ahí mucha sandía y melón, y los profesores compraron bastante. En una canoa iba el profesor de Educación Física, que era el maestro Cano, y en la otra iba el profesor Weber y otro grupo. Veníamos comiendo la sandía, pero guardábamos las cáscaras, y echábamos guerra con la otra canoa. Porque veníamos remando y nos pasaban y los pasábamos. Y al que le tirábamos más era al profesor Weber, que era el director. Y pensábamos que estaba enojado. Y no. Se levantaba el sombrerito y estaba riendo. Recuerdo que así llegamos a Chiapa de Corzo por el río.

»Nos llevó también a la playa de San Benito, en Tapachula. ¡En tren! ¡Una cosa que nunca habíamos visto! En cada estación vendían tamalitos y no sé cuánto. Nos bajábamos y tomábamos foto. Viajaba con nosotros también un dibujante holandés, que dibujaba todo: las personas, el tren, los vagones, todo. Era amigo del profesor Weber…

»Entonces, eso nos abrió a nosotros el panorama, la imaginación, el deseo de investigar. Todo eso».

Hay, desde luego, mucha distancia entre ese mundo y el de hoy. Han surgido nuevos medios y tecnologías y, paradójicamente, el mundo de la niñez se ha vuelto mucho más pequeño y cerrado que el de entonces. Pero el significado de la educación y su propósito siguen ahí todavía. Como siguen ahí la curiosidad, el deseo de explorar, los métodos de investigar, de registrar, de imaginar.

O como dice don Porfirio: «todo eso».

* * *

Descubrí hace poco el podcast de Texto-Plano. Traigo a colación aquí uno de sus capítulos, titulado «Software, software libre y educación». Porque quienes conversan ahí son maestros, de adultos y de educación primaria y secundaria. No se trata, exactamente, de expertos en tecnología, sino de maestros que conversan entre sí acerca de cómo comparten con los estudiantes su interés por las computadoras e internet. Es decir, maestros que transmiten a sus estudiantes la curiosidad e inquietudes que ellos mismos sienten alrededor de un tema, tal vez extracurricular, pero al final una herramienta valiosa, para la escuela, sí, pero también ―y sobre todo― para la vida.

Hablan ahí de los problemas de conexión durante las «ciberclases». Del cambio de paradigma entre los jóvenes, más acostumbrados a los celulares que a las PCs. De sistemas operativos desarrollados por el Estado con fines educativos. De pequeños pueblos que emplean la radio para pasar la tarea. Y varios otros asuntos alrededor del software, la pandemia y la educación.

Cambio de paradigma. Fotografía: Melyna Valle, a través de Unsplash.

Dos ideas, al menos, me asaltan agradablemente al escuchar esa conversación. La primera: que el uso de software (cuando es posible) en la tarea de educar, con o sin pandemia, puede ser totalmente otro del que mayormente hemos visto ocurrir durante la actual crisis sanitaria. La segunda: que el elemento más importante en la educación es la curiosidad. Y que es ése el aspecto que más debería ser aprovechado en la tarea de educar, bajo la actual o cualquier otra circunstancia.

La curiosidad. La de quien enseña y los medios que tiene para transmitirla (el mundo está lleno de ejemplos semejantes); pero también la propia curiosidad de los estudiantes, cuyas exploraciones pueden ―y deberían― convertirse en aprendizajes significativos, en cualquier espacio, en todo momento.

Los estudiantes de todos los niveles han tenido en México más de un año para emprender exploraciones movidas por la curiosidad. Probablemente han querido. No está tan claro, sin embargo, cuánto se los ha permitido ―o si lo ha fomentado― la actual estrategia y modelo de las clases en línea o por televisión, que han dejado al margen de un derecho elemental a muchas familias, niñas, niños, adolescentes, madres, padres. No sólo como consecuencia de la crisis sanitaria mundial, sino sobre todo porque el Estado, las escuelas, nosotros mismos, no logramos imaginar ni tejer otras posibilidades, alrededor de la educación. Y ni siquiera, de la escuela.

* * *

No parece que la pandemia vaya a solucionarse con la sola intervención del Estado o de la sociedad. Ni menos aún que la vacuna será la llave de salida. No la única, al menos. Incluso, hasta es posible que del mismo lugar de donde salió esta crisis vengan otras en camino. Porque los problemas del mundo actual (el calentamiento climático, la pérdida acelerada de biodiversidad, las mayores cantidades de energía que requiere nuestro modelo de vida, etc.) hacen posible el surgimiento de nuevas enfermedades y pandemias.

Por eso es extraño que el replanteamiento de estrategias, hasta ahora, siga basado en la idea de «volver». Volver al cine, a las oficinas, a las aulas.

Parecemos creer que el retorno a toda actividad, esencial o no, será posible sólo gracias a las vacunas. Y tal vez a nuestro optimismo le convendría algo más de cautela respecto de qué esperar luego de la vacunación. Porque hasta ahora cada escenario posible durante la pandemia ha sido, en general, mayor de lo que se esperaba. Pudimos comprobarlo con cada nuevo plazo del confinamiento. Y luego con el número de casos y cada nuevo repunte.1 Por la misma razón, nadie puede predecir aún si la vuelta a las escuelas será permanente en todos lados o si tendrán que cerrar de nuevo, en algún momento.

Se espera que, tras la vacunación del personal docente, vuelvan a las clases presenciales todas las escuelas del país, cerradas desde hace más de un año. Por ahora, sólo el estado de Campeche reabrió 137 planteles de educación básica, el pasado lunes 19 de abril.

Lo que sí sabemos es que la idea de educación no debería depender sólo de si hay o no internet, de si es posible o no volver a las escuelas. De ese modo, sencillamente porque existen, los espacios escolares (y otros más) podrían ser reinterpretados y aprovechados para la labor educativa de muchas otras formas; incluso, permitiendo el surgimiento de nuevas comunidades escolares, más cercanas, que funcionen quizá bajo otros, nuevos parámetros y nuevos acuerdos colectivos y estatales.

En todo caso, las estrategias que nos lleven al futuro necesitarán ser más ambiciosas de lo que hasta hoy ha demostrado la idea, recurrente y tal vez fantasiosa, de «volver». Porque volver al mundo que dejamos más o menos en pausa es, en todo caso, sólo la mitad del problema y, a juzgar por lo que está a la vista, acaso ni sea la mejor idea.

La otra mitad es, como siempre, el mundo que vendrá. Porque vendrá de cualquier modo, nos guste o no. Sea que lo moldeemos con la imaginación o con el cansancio y la comodidad, que tanto se parecen a la indiferencia.

Y la indiferencia es, por supuesto, una consecuencia de nuestra educación. ¿Es a eso a lo que nos urge volver?

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  1. Dice al respecto el Dr. Hugo López-Gatell, en una entrevista con Pie de Página: «En los primeros dos meses, básicamente era una enfermedad emergente con un comportamiento epidemiológico y clínico semejante a la influenza. Conforme fue transcurriendo el tiempo fue quedando claro que la virulencia era mayor, que la capacidad de propagación era mayor, que la diversidad de síntomas era mayor, que la letalidad de caso, ajustada por las distintas estrategias de muestreo, era mayor… Sigue careciéndose, en el mundo entero, de un protocolo de predicción de quién se va a complicar y quién no. No tenemos indicadores claros».  (Regresar)

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