Voces familiares
Adiós a Hugo Robles
Por Alberto Chanona Publicado en Columnas y opiniones en 19 febrero, 2021 0 Comentarios 5 min lectura
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El domingo 14 de febrero de 2021 falleció el comunicador Hugo Isaac Robles Guillén. Desde 1972, su voz peculiar, mitad corno suizo, mitad trompeta, siempre un ventarrón, había sido poco menos que un hábito de los hogares sancristobalenses, acostumbrados a masticar los alimentos junto con las noticias en la voz de don Hugo, que no sólo las decía, sino que las comentaba y reflexionaba, con la exasperación contenida que produce en un espíritu equilibrado comprender la naturaleza desquiciadamente cíclica de la historia local.

Quién sabe cómo habrá hecho don Hugo para dedicarse, casi medio siglo y sin descorazonamiento, a contarnos el devenir de la ciudad y de Chiapas. Pero lo hizo. Con honradez y, aun, con cercanía: cada persona que tuvo una palabra, una idea, una opinión que compartir fue recibida y escuchada en su cabina de radio, mientras estuvo a cargo. Una cabina abierta no es, en modo alguno, poca cosa, sobre todo, en un lugar y ecosistema de medios acostumbrado a la censura, mayormente, por la presión de quienes pagan la pauta publicitaria.

Un día antes de la muerte de don Hugo fue Día mundial de la radio. Entre los medios masivos, es el de mayor vocación comunitaria. Allá donde no hay internet ni recursos para hacer posible la tv, no falta casi nunca un receptor de radio atento a las transmisiones. Y Hugo Robles tuvo siempre un espíritu afín al sentido humano, comunitario, de la radio.

Luego de la noticia de su fallecimiento, a causa del Covid-19, los comentarios en medios y redes sociales han hablado de la cercanía de Robles con su público, de la escucha atenta, la mano tendida, la sensibilidad social con que ejerció su oficio de comunicador. Todo es cierto. No abundan en San Cristóbal comunicadores como él. Porque la ética es un bien cada día más escaso en todas partes y el sentido del equilibrio informativo, poco menos que un anacronismo. Pero también porque el interés social de los medios suele chocar de frente con sus necesidades (y expectativas) financieras. Quiero decir que, a menudo, las líneas editoriales terminan comprometidas, rehenes de los caprichos de sus anunciantes; en especial, de la publicidad oficial. Los empresarios de los medios lo tienen claro: el objeto de una empresa es ganar dinero. El dilema es para los comunicadores, empleados de esos medios, quienes en algún momento deben decidir entre la consciencia y el deber, o el discreto encanto de tener trabajo.

Don Hugo Robles consiguió sostener su espacio en la radio y en el periodismo escrito, sin renunciar a su deber social ni principios éticos. Y no debió ser fácil. Nunca lo es, en un mundo como éste. Imagino –no lo sé– que muchas veces habría sido más sencillo tirar la mesa e irse a otra parte, que encontrar razones para quedarse. Y las hay, aunque no siempre sea posible recurrir a ellas. Tal vez la más importante sea la defensa del espacio público. Porque el espectro electromagnético que ocupan las estaciones de radio, por más que se concesione o se arrogue, recordemos, sigue siendo un bien y un espacio público que nos pertenece a todos, les guste o no a sus concesionarios.

Al quedarse y plantar bandera, Hugo Robles defendió un espacio radial que el público radioescucha de San Cristóbal, con plena legitimidad, hizo suyo para denunciar lo injusto, reclamar lo debido y expresar su pensamiento y su palabra. Y era querido por eso. Que él estuviera ahí garantizaba que una mano abriría la puerta de la cabina y los micrófonos a quien sea que tuviera una razón. Eso era, como es aún, lo debido, por supuesto. El deber, sin embargo, tiene poco valor si no hay nadie ahí para ejercerlo y defenderlo. Y don Hugo siempre estuvo ahí.

Homenaje al periodista Hugo Robles, durante una asamblea de la colonia Maya, cuyas voces don Hugo siempre recibió en su cabina de la WM, uno de los espacios radiofónicos más escuchados de San Cristóbal. / Video: página de facebook de la colonia Maya.

Hay voces que por conocidas resultan familiares. Y voces que de tan familiares se sienten, en verdad, como de familia. Voces que nos hablan y atendemos. Que nos consienten, nos acercan y a veces, también, nos reconvienen. Voces que buscamos y queremos. Pocas hay en San Cristóbal tan familiares –y ejemplares– como fue la de don Hugo. Que supo hacer que volteáramos a vernos y escucharnos. Y al hacerlo nos hizo sentir como si fuéramos o pudiéramos ser, de verdad y en serio, tal vez, comunidad. Eso también, creo, lo tuvo claro don Hugo.

―¿Qué te gustaría que diga tu epitafio? –le preguntó Martín López a Hugo Robles, en una entrevista el año pasado.

―Tal vez que dijera: «aquí yace una persona que hizo su mejor esfuerzo en el mundo apasionante de la comunicación, para servir a la comunidad».

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