El lado salvaje de la vida
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera, La luz del fuego en 7 octubre, 2020 5 Comentarios 10 min lectura
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He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

Jorge Luis Borges.

Mi hijo mayor es un salvaje. Construye lanzas y espadas de palo, encuentra gracioso y más o menos justo el juramento1 de la Cuadrilla de Tom Sawyer y sueña con el día en que los zombis liberen a la humanidad de la esclavitud del dinero. Imagina esa vida posapocalíptica como la cumbre donde el espíritu humano podrá al fin brillar con esplendor o sucumbir, si no, al hambre de los muertos. Una o la otra: ser humano o ser alimento. No hay lugar para la gente tibia en su imaginación.

Huckleberry Finn y Jim. Ilustración de George Ericson (con el seudónimo de Eugene Iverd), 1931.

Conozco a mi hijo tanto como es posible que una persona que ame y ha educado a otra la conozca. Por eso, intuyo, lo que él quiere, en realidad, no son zombies ni el fin del mundo. Desea lo otro: explorar posibilidades. Ver por sí mismo qué hay en el bosque, el desierto y los océanos, al este y al oeste, o en los polos, sin preocuparse de volver a casa pronto, acaso nunca. Ir de aquí a allá para aprender del cielo y de la tierra, descubriendo –a veces inventando– la tecnología y las ciencias. Conocer a otras personas y amar a las que elija, o a todas, si le caben en las ganas. Encontrar soluciones para problemas sencillos y complejos. Cantar canciones, contar cuentos y hazañas alrededor del fuego, algunas noches. Asustarse. Llorar a veces. Sentirse vivir.

Por ahora, no obstante, observa las vidas de los adultos transcurrir a través del trabajo, pegados a una máquina, preocupados por la renta, el empleo o la enfermedad que no podríamos pagar. Adivina que cuando el genio imaginario de su conversación nos pregunte en la sobremesa qué deseamos, responderemos dinero».

Mi hijo no ha leído todavía Walden o El barón rampante, pero sé que su cabeza y hasta sus fuerzas materiales van a volar quién sabe hasta dónde cuando sepa de qué tratan. Sé que alguna vez tendrá derecho a explorar esa aspiración suya, si perdura.

Sé también que el mundo tratará de impedirlo. Porque tus calificaciones. Porque tu carrera. Porque el amor. Porque la familia. Porque el frío, el calor y el hambre. Porque la civilización. Porque los hospitales. Porque el sur y porque el norte. Porque el wifi. Porque tu raíz. Porque el libertinaje. Porque la colonización de Marte. Porque los soldados, el narco y los traileros. Porque la inseguridad. Porque te vas a morir como aquel pendejo. Corrijo: no el mundo –que, desprovisto de deseo, permite nomás a lo que pueda ser que sea–, sino sus estructuras. Y también quienes sólo pueden imaginar una posibilidad: la que otros han puesto delante de sus ojos.

Lo que mi hijo quiere, en el fondo, es que coexista en libertad todo lo que no mata sin razón. Ese mundo ya existe, sin embargo. Es el de algunas historias de Ursula K. Le Guin, en la literatura, o el de Miyasaki en el cine. O, dice él, el de Zelda, en los videojuegos.

Han existido también fuera de la ficción, a lo largo de la historia humana. Y aunque amenazados por la narrativa del desarrollo y el progreso –que pone comida en el refri, entretenimiento en el televisor y mantiene a nuestros teléfonos permanentemente informados de la próxima catástrofe–, esos mundos coexisten ahora mismo, en todos lados. En la ciudad y fuera de ella.

Lo olvidamos de continuo, eso sí. Porque lo que se olvida es casi todo, dice Borges. Y porque el olvido, lo sabes bien, está al alcance del próximo hipervínculo.

Lobos y ratones

La población de caribús disminuye, año con año. Si el caribú se extingue, un montón de formas de vida, animales y vegetales, se irán con él. Suponen algunos que la culpa es de los lobos. Pero no lo saben con certeza. Y para averiguar la causa, envían a un investigador al círculo polar ártico.

Así empieza la historia de Never Cry Wolf (Carroll Ballard, 1983).

Tyler, el investigador, se encontrará enseguida con un mundo silencioso y tremendamente vivo. Antes de atender su misión, sin embargo, deberá enfrentar montones de tareas y problemas básicos de los que depende su sobrevivencia. En el proceso, él y nosotros descubriremos que el tipo no era tan inútil como parecía o como nos figuramos, a veces, que son algunas clases de científicos.

Efectivamente, Tyler: ¡foc!

Más aún: hallaremos vidas cuyos significados intrigan y deslumbran. Vidas animales: humanos, lobos, caribús, ratones. Vidas unidas por un hilo misterioso y frágil, pero que se nos revelan dotadas de sentido, en todo semejantes a un milagro. No importa si somos una nada que flota rumbo de ninguna parte o si somos una sola nota, un sonido, un instante, y otra vez nada, en el ciclo infinito de muerte y renacimiento de este universo soñado por un dios. Hay belleza en esa nada, porque sólo ahí la vida es posible.

La película (no sé si también el libro en que se basó) rehuye la complejidad. Aun así, consigue mostrar el impacto que tiene, en el resto de la vida en el planeta, la imposición de un solo modelo de vida humana: el promovido con éxito por el sistema económico, que transforma el fuego en comodidad, la ciudad en amontonamiento, la salud en medicina, la educación en escuela, y el trabajo en empleo, en fardo y alienación quincenal odiadora de los lunes. Un modelo que convierte el valor en dinero y el dinero en deuda; que traduce la comunicación como exitación social, y el viaje, la dicha del viaje, en la velocidad con que somos capaces de llegar de un lugar a otro, de una foto a la siguiente. Un modelo, pues, cuya riqueza se levanta, en todo sentido, sobre los huesos de los muertos, como dice un título de la nobel Olga Tokarczuk.

Tyler, escribiendo la ciencia al aire libre.

Hay un momento del filme que a algunos les produce asco y a otros más nos remueve la glotonería. Tyler decide imitar a los lobos y alimentarse del recurso más abundante de su campamento: los ratones. Los prepara en alguna clase de sopa, tal vez espesada con papas y acompañados con unos buenos buches de cerveza. Mastica y al hacerlo produce un sonido viscoso, no voy a decir que agradable, pero en el que puede aún distinguirse, al fondo, el satisfactorio crocar de los pequeños huesos de roedor. Porque la vida, ¿qué esperabas?, se yergue aquí también sobre huesos. Sólo que los ratones acaban nomás en la panza, no engordando un paraíso fiscal.

La película me dejó con antojo de ratones. De modo que, cuando se presentó la oportunidad, los probé en Oxchuc, un lugar cerca de donde vivo y donde esos animalitos forman parte de la dieta. No me gustaron; pero más que nada por el modo de preparación, nada prolijo.

Mi apetito no pierde aún esperanza de hallar una receta como la de Tyler.

En la mesa y en la vida.

Mundos posibles

En algunos lugares existen pueblos que han elegido aislarse: «no contactados» los llamamos. Otros más que se ven obligados a realizar grandes esfuerzos para mantener vigente su cultura y modos de vivir. Y luego estamos los que vamos por ahí diciendo cómo son y deben ser las cosas. Los que imponen sus formas de organizar el mundo y de obtener, a como dé lugar, lo que necesitan, a fin de sostener una forma de vida que, de todos modos, no satisface ni colma de realización a casi nadie.

Dicen que hay otras posibilidades. Quién sabe por qué no las exploramos.

En el mundo que imagina mi hijo, por ejemplo, hay aún cazadores recolectores que también son científicos. Hay practicantes de un oficio y también doctores, comerciantes y artistas. Radios, satélites y creo que hasta internet. Abundan los hechiceros y bestias temibles que resguardan secretos. Y él, como muchos otros de su pueblo imaginario y disperso, va por ahí intentando descubrirlos, mientras se convierte en alguien, aún no sabemos quién. Pero sus ojos brillan expectantes, del tamaño del mundo, como un corazón humano, por saberlo.

Cuentos de Terramar, una película de Studio Ghibli, basada en la compilación de relatos del mismo título, de Ursula K. Le Guin.

El Boticario

Cocteles de autor.
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  1. «Los que firmaban juraban no abandonar la cuadrilla y no revelar nunca ninguno de sus secretos. Y si alguno le hacía algo a algún muchacho de la cuadrilla, el niño a quien se le mandara dar muerte a esa persona y a su familia, tenía que hacerlo. Y no debía comer, ni debía dormir, hasta haberlos matado y rajado su pecho con una cruz, que era la señal de la banda.
    »Y nadie que no fuera de la cuadrilla podía usar esa señal, y si lo hacía debía ser juzgado. Y si lo hacía otra vez, había que matarle. Y si alguno de la cuadrilla soplaba los secretos, se le cortaría el cuello y luego se quemaría su cuerpo y se desparramarían sus cenizas por los alrededores y su nombre sería borrado de la lista con sangre, y la cuadrilla no volvería a pronunciarlo jamás, sino que se le echaría encima una maldición y se le olvidaría para siempre». ―Aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain. Trad. José A. de Larrinaga.  (Regresar)


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  1. Ya dije… hermoso el texto. Sólo soy vegetariana y aunque genial la escena de Tyler… ¡los ratones! Me muero. No había visto el video, aunque comprendo perfectamente a lo que te refieres: “[…] una receta como la de Tyler. En la mesa y en la vida.”

    La referencia a “Into the Wild”, la vida de Alexander Supertramp, referida como “aquel pendejo” estuvo genial. Tampoco había hecho esa conexión.

    1. Muchas gracias por tu lectura y comentario, Ale. Lo siento nomás por los ratones. Pero en el fondo es una escena simpática, sobre todo, porque antes –en la película– ya vimos a los lobos cazar ratones alegremente (con alegría, en serio). Lo único que hace Tyler es, a lo mucho, parafrasear en la comida, y en términos humanos, la narrativa gastronómica de los lobos, no tan atroz como podría parecer. Aunque sí entiendo que no sea un plato para todos los paladares.

      .)

      Admiro a Supertramp. Lo refiero así porque así es como buena parte del mundo suele referirse a gente como él, con un hambre de vida peculiar, que se sale del renglón y termina por extender la orilla de la página, cualquiera que sea, hasta las últimas consecuencias. Cualquier cosa puede ser una pendejada, si la miramos bien; pero no cualquier pendejada dignifica nuestra mejor intuición de lo que acaso es o puede ser la humanidad, que es mucho menos de lo que podríamos decir de ese estupendo muchacho. Merecía vivir más, quizá, pero de ningún modo otra vida.

      ¡Saludos!

  2. Ya dije… hermoso el texto. Sólo soy vegetariana y aunque genial la escena de Tyler… ¡los ratones! Me muero. No había visto el video, aunque comprendo perfectamente a lo que e refieres: “[…] una receta como la de Tyler. En la mesa y en la vida.”

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