Doña Tifo
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera, La luz del fuego en 5 agosto, 2020 0 Comentarios 6 min lectura
Una luz se apaga Anterior Volver a Soconusco Siguiente

Porque la noche es un viaje, la noche tiene puertos. Todos, inevitables, una vez que asoman a la vista. El hambre, por ejemplo. Por ahí, mientras se apura el deseo, el alcohol, la alegría o una conversación que teme a la mañana, en algún momento, la maquinaria del cuerpo demandará nutrientes menos metafísicos. El ojo avizor de los marineros brillará entonces en la oscuridad, al divisar las luces de un farol en tierra, un foco, una tregua en forma de anuncio de tamales, tacos, hamburguesas, caldos de gallina o cualquier fritura, gracias al diablo, lejos, muy lejos, del santo olor de la panadería).1

Pero atención, porque no es cualquier cosa lo que ahí pasa. Hay algo de alegría en ese amontonamiento de gente, de un hambre junto a otra, en las ganas de comer, pero también de encontrarse. Hay algo de última oportunidad o de primera, según el caso, en una garita o anafre rodeado de fantasmas. Algo ocurre en el ritual de pasar la salsa o los limones, de mano en mano, mientras completamos el chiste de la señora a cuatro personas de distancia y reímos todos o casi todos ante la ocurrencia, antes de callarnos de sopetón, ante el paso despacito de una patrulla aguafiestas. Hay algo ahí en esa reunión espectral. Una comunión que no resiste a la luz de la mañana.

Tacos y caldos de res, en Tihuatlán, Veracruz, con el Cristo redentor al fondo, también iluminado. Foto: Wikimedia Commons.

Por el rumbo de los Sauces, en Xalapa, doña Tifo abría en horario extraño: de 12 a 6 am. Vendía tacos de guisado: de rajas, de papas con chorizo, de chicharrón… siete u ocho guisados y huevos duros (porque no hay cocina en el mundo que iguale, creo, la producción de huevos duros de Xalapa en cualquier día). Dentro de la caseta, tres señoras –alguna de ellas, supongo, doña Tifo, como llamábamos al local cuyo nombre verdadero no recuerdo– repartían tacos con la puntería precisa de un ballenero infiel. Lo difícil era llevar la cuenta, entre tanto grito pelón de écheme otro de rajas y, más allá, dele dos de carne en salsa verde al compañero. Por eso al final le preguntaban a uno cuántos fueron. Y uno, qué más, decía la verdad casi siempre. Porque no hay deshonra como la ingratitud contra quien nos sirve un alimento cuando ya toda nuestra gallardía, igual que un dios, nos ha abandonado,2 ojerosos, un poco ridículos, a las tres o cuatro am.

Los dioses abandonan. Doña Tifo, no. Bastaba apenas torcer tantito el rumbo de la noche, para llevar tu hambre a su garita, bajo el cielo lluvioso de Xalapa, por completo indiferente.


La noche tiene puertos y sed y hambre. Igual que la maldad,3 la noche viene y te lleva, te arrastra al fondo y te devuelve. La noche abierta, como la oscuridad, como el mar, como dos fauces, o la vida antes de que te tragara hasta dejarte, quién sabe cómo, en tu cama en la mañana, en otra mañana o la siguiente, y otra y otra, repetida, como el hambre o el despertar en una película de Bill Murray.


Solía creer que los tacos y cervezas a deshoras durarían hasta el fin del mundo. A lo mejor. Pero antes que el fin del mundo, en mi caso, llegaron los hijos, el sueño temprano (si el insomnio no pasa a cobrar la renta), las mañanas y –quién lo diría– la felicidad.

Más tarde, la pandemia y el confinamiento han terminado con otras certezas. Y terminarán también, probablemente, con buena parte de las formas de vida que proliferan en la madrugada. En tanto, miramos a ratos por la ventana en mitad de la noche, destanteados, como polillas a las que hubieran apagado el foco.

No sé si envejecí, pero no extraño la parranda ni los tacos de doña Tifo. Tampoco el hambre ni el frío, ni el olor a humedad o las resacas de cigarro. No sé bien por qué me acordé ahora de esa caseta de lámina sobre una banqueta de Xalapa. No extraño nada de eso. Pero sé cuán improbable es que doña Tifo –o cualquier puestecito así, de horario extraño– sobreviva a todo esto. Y sé, también, que algo le va a faltar al mundo un rato. Mientras dure el mundo o la pandemia. Lo que acabe primero.


Desde luego, doña Tifo no se llamaba doña Tifo. Y me da pena no recordar el nombre del local ni haber nunca preguntado: «¿usted cómo se llama?». Porque no hay deshonra como ser ingrato con quien ofrece puerto y alimento a deshora –cuando ya no queda destino posible, tal vez nada– a los barcos fantasmas que huyen de la luz del día y se pierden cantando en la oscuridad.

Esta columna es publicada bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).


El Boticario

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  1. Éstos son, claro, los manoseadísimos versos donde López Velarde le dice a la patria (a la que quién sabe por qué imagina suave): «Tu barro suena a plata, y en tu puño / su sonora miseria es alcancía; / y por las madrugadas del terruño, / en calles como espejos, se vacía / el santo olor de la panadería».  (Regresar)
  2. Dice Kavafis en «El dios abandona a Antonio», traducido por José María Álvarez (Konstantino Kavafis: Poesías completas, Hiperión, Madrid, 1976):

    Cuando de pronto a media noche oigas
    pasar una invisible compañía
    con admirables músicas y voces,
    no lamentes tu suerte, tus obras
    fracasadas, las ilusiones
    de una vida que llorarás en vano.
    Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
    saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
    Y sobre todo no te engañes. Nunca digas
    que es un sueño, que tus oídos te confunden;
    a tan vana esperanza no desciendas.
    Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
    como quien digno ha sido de tal ciudad,
    acércate a la ventana con firmeza,
    escucha con emoción, mas nunca
    con lamentos y quejas de cobarde,
    goza por vez final los sones,
    la música exquisita de esa tropa divina,
    y despide, despide a Alejandría que así pierdes.  (Regresar)
  3. Lo dice el Gaucho Dorda, en Plata quemada, de Ricardo Piglia: «La maldad no es algo que se haga con la voluntad. Es una luz que viene y que te lleva».  (Regresar)

Madrugada Tacos Vida nocturna


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