La carne débil
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera, La luz del fuego en 24 julio, 2020 Un comentario 12 min lectura
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«¡Cómo!» exclamó el santo. «¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?»

Y el gran lobo, humilde: «¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces… comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!».

Rubén Darío, «Los motivos del lobo»

Tener siquiera dos gramos de consciencia en un mundo como éste es la definición precisa de lo que la mala gente llama «chingadera». Lo sabe de memoria tu lista del súper. Lo gritan tus manzanas golden. Y a tus tacos de suadero nomás les falta tuitearlo.

La cocina no es lugar para débiles,1 ni para personas con dos gramos de consciencia. El lugar del que provienen nuestros alimentos está lejos de ser un paraíso. Lo sabes, lo sabemos: el costo humano y ambiental de comer como lo hacemos es una barbaridad.2

La mayoría, supongo, asumimos esa vergüenza, porque al final –sin tierra, sin dinero y casi sin espíritu humano tras la jornada de trabajo–, no hay de otra. (Sí hay, pero no nos gusta).

Entre los obstáculos que nuestra consciencia debe sortear para hacerse de la vista gorda, hay uno que parece no tener solución (sí tiene, pero tampoco nos gusta): la carne.

Lejos, muy lejos, de las motivaciones del cazador; de la serena paz con que otras personas alimentan a la Pintita o al Tomás, para luego sacrificar la triste carne en el altar del fuego y de la olla, y agasajar al santo, al huésped o a la abuela, nos conformamos apenas con recibir nuestra ración diaria de cadáveres, sin más intermediación ni otro intercambio con la muerte que el dinero. Y así vamos por la vida, como si de un recorrido interminable por los pasillos del supermercado se tratara.

Foto: Bernard Hermant, a través de unsplash.com.

No es extraño que rara vez lo que les sirven en el plato les recuerde a los niños alguna forma de vida. Y no son los únicos que no logran ver un pollo en las alitas y la única vaca que conozcan sea la de los tetrabricks de leche. Lo único vivo en el supermercado es el deseo y, sí, también, la necesidad.


El tío Kilo (Leovigildo se llamaba) era capacochis. Ése era el nombre que recibía su oficio de castrar cerdos y conejos de engorda. De vez en cuando, las personas le pedían sacrificar también otros animales comestibles, que era algo que sabía hacer bien, de modo que bajo su guía no hubiese desperdicio. Incluso el almizcle, que mal tratado amarga la carne, era aprovechado.

«Para enterrar a los muertos como es debido, cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero», dice León Felipe. Por eso mismo sé que el tío Kilo no era nomás un capacochis. Me explico. En todos lados, hay quienes matan animales sin el menor respeto por la vida que van a quitar, como si todo lo que tuviesen a su alcance fuese el ejercicio de la fuerza y el desgarramiento atroz, como cualquier bestia. No el tío Kilo. Que hablaba con los animales y los acariciaba, no por fe, sino para tranquilizarlos nomás, por acompañarlos del único modo que sabía en el trance que el filo del cuchillo, en su otra mano, apresuraba. Suena a escena de thriller, con protagonista loco. Digámoslo entonces sin eufemismos: el sacrificio es un asesinato ritual. Pero no siempre quien lo lleva a cabo es simplemente un loco; un poco, sí, porque matar no es cualquier cosa, sólo que no la clase de locura que vemos en esas películas.

Yo lo vi, al tío Kilo, ya viejo, sacrificar un borrego. En su voz y en su gesto naufragaba alguna clase de perdón y postración que no sé definir. Pero su habilidad en las manos no dejaba duda sobre las veces que habían transitado ese camino. Ir por la vida con la certeza de ese pulso, pienso, debe significar algo. Algo terrible y también grande, inevitable y profundo, como un temblor en el centro de la vida.

Tal vez por eso a los niños3 no se nos permitía presenciar un sacrificio. Porque, decían, sentiríamos lástima por el animal y prolongaríamos inútilmente su agonía. Yo tenía tal vez cinco años cuando lo vi, al tío Kilo, sacrificar un borrego y por eso, dijeron después, el borrego tardó en morir. Él también me vio, pero ya era tarde. No había, sin embargo, reproche en su mirada. Ni perdón. Sólo lástima.


Hay algo milagroso en el acto de sentarnos a la mesa y compartir el pan y los peces. Hay algo de maravilla en el fuego, que transforma lo que toca. El fuego, que aprendimos a gobernar para comer, calentarnos, alumbrarnos y hasta para hacer la guerra a otros o defendernos de los que la hacen. Y creo percibir algo de sagrado en todo lo que rodea a los alimentos: en la alegría del vino y de la fiesta, en la exageración del banquete, en la frugalidad del asceta o en el humilde café con pan de los entierros.

Por eso me parece que mi relación con la carne de los otros animales, con la sangre, que da vida y que la quita, debiera tener también sentido. Y si eso no, entonces ética. O responsabilidad.

Hace años que sigo las noticias respecto de la producción de carne (el horror escondido en palabras como «producción» o «carne» o «res», vocablo latino este último que apenas significa «cosa», «propiedad»). Hace años que me asquea el amarillo artificial del pollo, que temo al clembuterol y miro con sospecha el cono de huevos en un rincón de la cocina. Años de repetirme que ahora sí voy a cultivar algún tomate, a tener mis gallinitas. Cosas así, como el deseo sin voluntad seria, de las ciudades y sus habitantes, de no arrojar la mierda al río. Ya se sabe: «el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». Y sí, muy débil y hambrienta y temible es la carne cuando propia. Cuando es ajena, en cambio…

Quiero decir, pues, que vivo consciente de las contradicciones en mi relación con los alimentos. Para los animales, sin embargo, ni mi cultura o afirmaciones espirituales alrededor de la carne han hecho la menor diferencia en su destino. Lo que quisiera es que no vivieran vidas atroces por causa de mi apetito. Como es lógico suponer, es ésa una idea que deviene con facilidad en hipocresía buenaondita. El chef Dave Chang lo ilustra, involuntariamente, durante un episodio de la primera temporada de The mind of a chef. El cocinero visita una granja de donde, dice, proviene la carne que sirve en alguno de sus (supongo) carísimos restaurantes en New York. Nos muestra vidas aceptables: lecho seco y caliente, condiciones salubres, libre pastoreo por el campo y hasta baños de lodo. Casi el paraíso de los animales de granja.

«Alguna vez –humoriza Chang–, solamente tendrán un mal día».

Las gallinas del corral de mi abuela también tenían sólo un mal día a lo largo de su vida. No es un mal trato para la consciencia carnívora. No obstante, como pasa con todo lo que el mercado etiqueta de «orgánico» (o alternativamente «comida sana y cercana»), ¿cuánta gente puede pagar productos animales de esas fuentes? Algo más, casi igual de inaccesible, es el espacio para criar los animales propios (aunque conozco vecinos que colectivizan, en cualquier espacio común, la crianza de unos pocos).

Hipócrita como soy –te lo confieso a ti, mon semblable, mon frère–, no parece probable que me vuelva vegetariano pronto. Pero no puedo evitar, cada vez que pienso en esto, sentir cómo crece adentro mío una fiebre revolucionaria de famélica legión, contra este mundo que reduce la vida a lo que quepa en la bolsa de valores; donde todo es ganado económico, todo res y todo carne. Tu vida y la mía, por ejemplo. E igualito que el puerco a su achihual,4 me trago también un «hijosdelachingada» contra los dueños del mundo que tienen la sartén por el mango, mientras pido otra horchata y dos de oreja (con copia, por favor).


Un epílogo

Mi amigo Nicolás pidió permiso a sus vecinos de emplear un pedazo del área verde común, para criar algunas gallinas y guajolotes. Cuando los niños juntan y le llevan desperdicios de cocina para la composta, él les obsequia dos o tres huevitos, si hay. Además, tiene un método para proteger de los tlacuaches a las aves y moverlas de área seguido, a fin de que no dejen pelona el área verde.

Parece que la gata de la segunda foto acaba de ver su desayuno. Pero no. En realidad, nomás tontea por ahí. Las gallinas están acostumbradas a su presencia. De todos modos, por si te lo preguntas: sí, las aves de Nico tendrán alguna vez solamente un mal día.

El texto y fotos de esta entrada son publicados bajo licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 4.0 (CC BY-SA).

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  1. Sin lugar para los débiles fue el título de la versión cinematográfica de la novela de Cormac McCarthy No Country for Old Men.  (Regresar)
  2. No me creas. Revisa las noticias. Te dejo aquí algunas que recopilé al vuelo en twitter, a través de las cuentas de @AnaLuzValadez y @Antropocenista: a) Las 20 principales compañías cárnicas y lácteas emiten más gases de efecto invernadero que Alemania, Canadá, Australia, el Reino Unido o Francia; b) Fábricas de puerco: calentando el planeta; c) Prohíbe OMS uso preventivo de antibióticos en animales; d) 160 mil cerdos deber ser sacrificados cada día en EEUU.  (Regresar)
  3. Es probable que la mayoría de gente adulta, igual que niños, tampoco dedique mucho tiempo a pensar en el origen de su comida. ¿No parece que hay en eso algo «infantil», en el peor sentido? Hay algo triste cuando uno mira a la gente así, como niños. Que pelean por tener la razón. Que le sacan la lengua al otro. Que se arrojan piedras y palos y a veces ideas y argumentos. Niños que juegan e inventan, mientras pagan o evaden los impuestos de otros niños. Niños que gobiernan y niños que son ingobernables. Niños que disparan balas y niños que son desplazados a balazos. Que emigran y que invaden. Que a veces dicen la verdad y que engañan otras veces. Niños que creen en dios, en la ciencia y en el derecho a la propiedad privada. Que se comunican por celulares. Que manejan coches y pagan hipotecas o la renta o duermen sobre la banqueta. Niños que se enamoran y que gozan o sufren, que sufren mucho, mucho, mucho. Que van por la vida, «como el oso hace, como el jabalí, que para vivir tienen que matar». Niños que delegan, por comodidad, en otros las decisiones importantes que dan forma al mundo y que, muy seguido, por esa vía, lo destruyen.  (Regresar)
  4. Se le llama achihual al conjunto de los desperdicios de la cocina, a veces mezclado con el agua que sobra del proceso de hacer tortillas de maíz de mano, como dice Andrés Molina aquí: https://www.significadode.org/achihual.htm  (Regresar)

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