Lo que quieren los muertos
Un cuento de navidad
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera en 23 diciembre, 2020 0 Comentarios 27 min lectura
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Franklin murió en las vacaciones. Pero ninguno de sus compañeros lo supo hasta el segundo día de vuelta a clases, cuando la maestra Isaura entró al salón, acompañada de la directora, para dar la noticia a los cuarenta niños y niñas que conformaban el Cuarto B. Con los ojos enrojecidos y las manos enredadas en la tarea de desarmar un nudo invisible, la profesora apenas murmuró algo sobre la inocencia, la bondad y el cielo, antes de romperse al pronunciar el nombre de Franklin, primero en sollozos y luego arrastrada por un tumulto de bufidos donde las palabras asomaban angustiosamente la cabeza a ratos, sin asirse de la respiración. Cuando la directora trató de intervenir, ya era tarde: la clase entera se había derrumbado tras la maestra, en un pandemónium de lágrimas y gritos, por la ausencia definitiva de Franklin y por la consciencia, el horror, adquirido de golpe, de que los niños también mueren.

De espalda al desarrollo de la tragedia junto al pizarrón, Pablo observaba el pupitre de Franklin, tras el suyo. Sobre la tapa, tallada a pluma por niños que rotaban de salón cada dos años, Pablo reconoció en un rincón su mala letra, su insulto destinado meses atrás a quien, desde ahora, sería ya para siempre el niño muerto: un mono contrahecho, gordo y grotesco que escurría baba, debajo del cual había escrito «Franklin».

Enderezó la vista. Un temblor se arrastró, a través del súbito frío, desde su mano en el pupitre hasta su corazón. En la esquina del aula, tras la bruma hecha de niños amontonados sobre la maestra y la directora, estaba Franklin, de pie, sobándose las manos, mirándolo desde la cámara sin fondo de sus ojos, mientras abría la boca como una marioneta hecha de aire que intentase hablar bajo el agua, produciendo silencio. Silencio y vacío. Como el fantasma de un pez.

* * *

La relación con Franklin nunca fue tersa para nadie. No tenía amigos ni hablaba más de lo indispensable. Gritaba seguido, en cambio, en medio de explosiones de ira contra sus compañeros, acostumbrados a molestarlo, precisamente, para hacerlo rabiar. O lloraba sin pudor, si se daba el caso de que recibiera el menor regaño de la maestra. Casi siempre, uno u otro extremo, la desproporción o el silencio, consumido en el esfuerzo de mimetizarse con la pared del fondo, como uno de esos animalitos que viven bajo la roca falsa del fondo de la pecera.

A excepción de las maestras, ninguno de sus compañeros conocía a la familia de Franklin; pero hasta antes de su muerte nadie tampoco se percató de esa falta, pues era de esos niños que iban y volvían solos. Además, solía llegar temprano. No pocas veces debía esperar sentado delante de la reja, antes que el conserje quitara el candado, a una hora en que todavía eran visibles las últimas estrellas en el cielo y una capa de rocío cubría los yerbajos sobre la banqueta. Pablo lo vio en una de esas ocasiones desde el coche, al pasar por ahí, un día que su mamá debió llevar a su novio temprano a la estación de autobuses. Un martes o un jueves, seguro, porque Franklin vestía el short de la clase de deportes. Ni pants ni suéter. Sólo short. ¿Por qué llegaba tan temprano? ¿Por qué nadie lo acompañaba? Pablo se sintió intrigado, pero lo olvidó tan pronto como el carro dobló la esquina. No volvió a pensar en eso hasta que recibió la noticia de su muerte. Le dio tristeza recordar así a Franklin: acurrucado sobre los escalones, abrazado a la mochila y a la desnudez de sus rodillas. Se arrepintió también de haber rayado su pupitre durante un recreo. Y ahora ya ni siquiera recordaba por qué lo hizo. Tal vez por diversión, por ocio, o porque le molestaba la respiración pesada del niño tras él, aspirando y exhalando por la boca, y el ruido sordo de los mocos en la nariz, jjjjjjjjjj, jjjjjjjjjj, como una lija que desgastara el fondo de una cueva. Quién sabe por qué Franklin no intentó siquiera emborronar la ofensa anónima. Aquel glifo, sin embargo, no era lo peor. Meditaba en eso algunas veces. Pero ni entonces ni más tarde encontró justificación para lo que hizo, unos meses antes del verano en que murió su compañero. Aquel ciclo, como siempre, Pablo había sido otra vez electo «representante del grupo» de forma casi democrática, por figurar mes a mes en el cuadro de honor. A pesar de la grandilocuencia del nombre, el cargo apenas tenía significado. Si acaso, convertirse oficialmente en el recadero y ejecutor de los designios de la profesora. Así, un lunes, ella lo envió al salón a verificar que nadie –y su especial entonación quería decir, en realidad, «Franklin»– evadiera el ritual de formarse en fila bajo el sol, para hacer los honores a la bandera, escuchar el amontonamiento de melodramas que llamaban «declamaciones» y atender las recomendaciones de la directora acerca de no trepar árboles o cualquier tema semejante. Lo encontró medio dormido en su lugar, con la cabeza entre los brazos. Desde el quicio de la puerta, le hizo saber que la señorita Isaura pedía que todos asistieran al homenaje. Franklin no se movió.

―Que dice la maestra que todos…

―No.

―¿Cómo que no?

―No quiero ir.

―Pero tienes que.

―Pues no voy.

Al decir eso, Franklin levantó la cabeza de un modo que a Pablo le pareció amenaza. No se amedrentó y arriesgó dos pasos imprudentes dentro del salón.

—Sí vas a ir.

Franklin notó enseguida que Pablo había cerrado los puños, un gesto que, habría pensado, le serviría de poco o de nada si llegaban a los golpes, pues él era más pesado y también más fuerte.

—O si no, ¿qué?

Pablo apenas podía creer que alguien desafiara así su autoridad como representante de grupo. Franklin, sin embargo, no era el tipo de niño que sintiera respeto por las convenciones; a veces hasta se quedaba dormido en mitad de la clase. Pablo lo sabía. ¿Para qué había insistido, entonces? Después de todo, a él tampoco le importaba un carajo homenajear un trapo y habría preferido mil, un millón de veces, quedarse en el salón a leer una historieta o a dormir, como hacía su compañero, harto más sensato y dueño de la situación que él en ese punto. Pero ya no podía echarse atrás. Y aunque no tenía la menor oportunidad de ganar, hacía tiempo que su mamá le había dejado claro que, ante los abusivos, bien valían las piedras o los palos, si los puños no bastaban. Excepto que no siempre era fácil para Pablo identificar del lado de quién estaba el abuso. Por las dudas, se llevó las manos a la hebilla y destrabó el seguro.

—O si no, te llevaré.

Más tardó en decirlo que Franklin en desprenderse de la pared. Pablo sintió entonces la cólera de Franklin como un alud precipitándose sobre su autoridad de juguetería. Con un movimiento rápido y milagrosamente preciso, no obstante, se sacó el cinturón y descargó un azote sobre las manos de la avalancha, milagrosamente detenida. Franklin apenas logró contener el grito y trató de sacarse también el cinto, pero dos nuevos latigazos, igual de certeros, se lo impidieron. Pablo no podía creer lo que hacía ni cómo había llegado tan lejos. Las lágrimas de Franklin no lograban suavizar la ira en su rostro, pecoso y rojísimo; ni sus manos, que ya empezaban a hincharse, cedieron en su persistencia y en su furia, en el afán de hacerse con el cinturón propio. Pablo sintió terror y ganas de rogarle que por favor, por favor, detuvieran aquella locura; que recibiría sin queja un par de puñetazos en la cara a cambio de parar. Pero no pudo. Porque en vez de eso, a cada nuevo intento de Franklin por hacerse del arma que igualara la pelea, la serpiente enemiga hundió los colmillos en sus manos, una y otra vez, hasta que el gigante se derrumbó, vencido, doblado de dolor. Pablo escapó a la carrera. Cuando ocupó su sitio en el homenaje, el reptil ya dormía de nuevo en la cintura. La maestra preguntó por el niño que faltaba. Está en el baño, dijo. Sonrió. Imaginó enseguida una mancha de veneno escurriendo con abominación de su foto, en el cuadro de honor –el honor de un niño despreciable–, sobre el periódico mural.

De vuelta en el salón, al terminar el homenaje, Franklin estaba como de costumbre en su pupitre, al fondo. La maestra apenas se fijó en él. Es la última vez que no asistes, le dijo antes de ponerse los lentes y anotar quién sabe qué en la lista de asistencia. Pablo, en cambio, sintió miedo de acercarse y caminó tan lento como pudo hasta su lugar, justo delante del rostro pecoso que había vuelto a su palidez habitual y que ahora lo ignoraba, concentrado como estaba en el significante vacío de su cuaderno abierto, ocultando entre las piernas las zarpas heridas.

Así, callado, se mantuvo Franklin el resto del día, las semanas y los meses que siguieron. Nunca dijo nada.

* * *

La segunda vez que lo tuvo cerca, el fantasma observaba el que había sido su lugar, mientras la maestra resolvía un problema en la pizarra. Pablo sintió el corazón hecho un nudo que le impedía hablar o voltear la cabeza; aunque percibía de reojo, casi con claridad, la mancha del niño muerto de pie junto al pupitre, su atención fija sobre el mueble, como una reflexión espectral en torno de un asiento vacío de niño. Un vacío que miraba a otro. Y de pronto, nada. Desapareció sin más entre el ruido de la tiza y los cuchicheos habituales del salón.

Otros días le pareció verlo de lejos, acurrucado tras un poste de la cancha de básquet, como si sujetara un almuerzo invisible entre las manos descomunales. O tendido nomás, sobre la hojarasca de los mangos en el patio trasero de la escuela, donde los niños a veces probaban puntería arrancando los frutos a pedradas. La aparición era, casi siempre, nada. Apenas un sobresalto momentáneo, una mancha, un coágulo en los ojos, un titubeo de la realidad que se esfumaba al mirar dos veces. Hasta que en un recreo, al dar vuelta a la carrera en la esquina de los baños, se topó de frente con el rostro pálido de Franklin. La boca de pez, los ojos huecos, las gruesas manos exhibidas. Lo aterrorizó la idea de cruzar el aire ocupado por la aparición, de respirar por ella mientras la atravesaba, y prefirió ir a dar de cabeza contra el arriate de un árbol.

Entre la sangre que poco a poco le nubló la vista, distinguió todavía a su perseguidor inmóvil, boqueando tras los niños que ya se amontonaban a su alrededor, antes del desmayo.

Estaba tendido sobre una colchoneta, en el piso de la sala, cuando despertó. Su madre se inclinó aliviada sobre él. Cómo te sientes, le dijo, ¿puedes verme? Lo ayudó a sentarse. Hacía calor y debían ser las tres de la tarde, pues distinguió en el ruido de la tele a La Pantera Rosa. Tal vez mamá, adivinó, encendió el televisor para despertarlo. Sí, te veo, ¿qué pasó? Tuviste un accidente en la escuela. No me acuerdo. Fui por ti. Dijiste que te sentías bien, pero estabas raro. Morí de miedo, te lo juro. En algún lado, le contó mientras lo abrazaba, había escuchado que por nada del mundo debía dejarse dormir a las personas que se han dado un golpe. Trató de impedirlo, dijo. Hace rato tuviste fiebre.

Lo único que recordaba era la aparición del niño muerto con la que casi choca. Se cuidó de no mencionarla, para no afligir más a su madre, que tenía los ojos rojos de haber llorado. No habría servido de nada, además. Porque los adultos no creen en fantasmas. No existen, dicen. El Cielo sí. Dios y el diablo sí. Los fantasmas no. ¿Me das agua?

Aprovechó la ausencia de su madre para meter los dedos entre las vendas húmedas. Un trozo de algodón quedó pegado a la uña. Lo arrancó con dolor de la costra cuando retiró la mano. ¿De qué habría muerto Franklin? ¿Sangró? Apenas hasta ese momento cayó en cuenta de que tampoco de eso sabían nada sus compañeros. Ni él. Volvió a recostarse en la colchoneta y cerró los ojos. Por un instante, tuvo la sensación de que el fantasma se sentó a su lado y le acarició la frente. Un escalofrío lo mordió en la nuca. Bebe despacio, dijo su madre ofreciéndole el vaso. Lloró otra vez. Mañana conseguiré dinero. Iremos al hospital a que te vea un médico.

* * *

Vieron su calavera. Le hicieron pruebas. Sigue mi dedo. Camina hacia allá. Gira la cabeza. Preguntas y más preguntas. Al final, la doctora dijo que estaba bien. Que el golpe no fue para tanto, apenas una mancha en la radiografía. Algo pequeño, insignificante. Probablemente, un coagulito. Ocurría a veces. Te daré medicina y nos veremos en un mes para hacer otra tomografía. No te preocupes. Estarás bien.

No era cierto. No podía serlo. Porque después del golpe, Franklin ya no lo abandonó casi nunca. Lo acompañaba a veces en el auto, asomado a la ventanilla, como si mirase algo que estuviera más allá de la gente en la calle, de los postes y las casas. Subía con él la escalinata de la entrada y se sentaba en el pupitre que había sido suyo y que nadie se molestó en retirar. Y aunque faltaba la fatiga ruidosa de su respiración, lo sentía ahí, todo el tiempo, como una ausencia abyecta, sin sentido, unida a su cuerpo, a su culpa, sofocándolo, impidiéndole dormir a no ser que el cansancio lo aplastara de golpe, ya entrada la noche. Pero si por casualidad abría los ojos en la oscuridad, volvía a encontrar su rostro en algún sitio, su gesto de pez, sus manos vacías para siempre.

* * *

En noviembre, luego de varias pruebas, la doctora programó su operación para comienzos del año siguiente. Nada de qué preocuparse, repitió. Era un procedimiento más común de lo que podía imaginar.

* * *

Se acostumbró a la presencia de Franklin.

Algunas veces, movido por la angustia que le provocaba el interminable gesto de pez que se ahoga, Pablo se había animado a hablarle. ¿Qué quería? ¿Por qué no se iba a…? ¿A dónde iban los muertos?

El fantasma reaccionaba mirándolo como desde ningún lugar preciso, igual que un dolor cansado en los huesos o uno de esos sueños de los que la gente despierta confundida, borrados los límites del mundo. Otras veces parecía estar a punto de decir algo y arrepentirse enseguida por no valer la pena, como hacía de por sí a veces, cuando estaba vivo. Pero la relación de Pablo y el espectro estaba mayormente hecha de silencios. O de uno solo, muy largo, entre dos signos de interrogación.

Con el paso de los meses, en la escuela, el niño muerto dejó de ser noticia, hasta diluirse en un rumor, un chisme a menudo convertido en juego de feria, donde Franklin moría envenenado, no, no, se lo robaron para quitarle el corazón, los ojos, los riñones, para trasplantar su cerebro, para tocarlo, para abusarlo, para sacrificarlo en un rito y darlo de comer al Diablo, yo escuché a la maestra Isaura decir que su padre lo mató de un martillazo y lo tiró al río, ¡mentira, la Dinosaura se lo comió!, o cualquier otro chiste idiota para zanjar el tema, antes de olvidarlo otra vez y volver al juego y a sus preocupaciones habituales, a su estúpido mundito, pensaba Pablo, con rabia de no poder fingir como hacían todos. Le daba dolores de cabeza la normalidad, la indiferencia con que el mundo parecía seguir adelante sin más, abandonando a sus muertos, como si no importaran, como si nunca hubiesen sido nada para nadie. Como no lo fue Franklin, ni lo sería quizá él mismo, ni las maestras o las escuelas o las madres que lloraban a solas los descalabros de sus hijos. Porque los muertos se quedan simplemente atrás, en el vacío del último pupitre, y luego más allá de la pared y del mundo, sin lugar a dónde ir ni nadie a quien le importen un carajo.

Se volvió taciturno. Procuraba alejarse de los otros, para que el fantasma, pobrecito, no escuchara aquellas versiones de su muerte. En tanto, crecía en su corazón una verdad triste como la inminencia de la muerte, algo frágil y pequeño, quién sabe qué, y montones de preguntas. ¿Cómo murió? ¿Por qué no iba Franklin con su familia? ¿Estaría perdido?

La víspera de vacaciones, Margarita le contó que desde la ventana, algunas tardes, vio jugar a Franklin solo, en el parque frente a su edificio. Antes que muriera, sí, claro.

—¿Jugabas con él?

—No me dejan salir. Es peligroso. ¿Era tu amigo?

—No.

—Tampoco mío.

Por las referencias de la niña, Pablo calculó que el parque debía quedar a poco más de veinte cuadras desde su casa. Trazó un mapa en su mente y rumió la idea toda la tarde. Al día siguiente, sentados en el patio, al fin se decidió.

El sábado vamos, le dijo a Franklin, antes de meterse un caramelo en la boca y cruzarse de brazos. Sintió a su lado el vacío sin aprobación ni rechazo de su compañero. Luego, ambos se pusieron a contemplar en realidad nada el resto del recreo: el cielo, los pájaros, algún bichito.

* * *

Los sábados por la mañana, Pablo y su mamá se ocupaban de las compras y no volvían hasta eso de las dos. Pero era el primer sábado de vacaciones y ella le permitió quedarse a ver caricaturas, como otras veces, bajo mil advertencias: la estufa, el teléfono, la puerta, los temblores… Pablo esperó hasta que el ruido del auto se perdió en el tráfico sabatino de las diez y salió de casa.

A pesar del frío decembrino y del cielo nublado, compró un helado antes de cortar camino por el jardín botánico. Se entretuvo un rato leyendo al paso las huellas de existencia que la gente legaba a la posteridad, sobre la corteza de los bambús: «te amo, lupita», «eva y maría forever», «puto el que lo lea». Quiso reír al leer ése y durante un segundo tuvo el impulso de buscar la complicidad de su compañero. La risa se apagó de golpe al recordar su propio discurso a la memoria de Franklin, grabado en el pupitre.

Al llegar al parque, un trueno le advirtió que debía apresurarse. Su plan, impreciso, consistía en llegar hasta ese punto y luego, supuso, preguntaría por ahí, en cualquier tiendita, por el niño muerto. Alguien debió conocerlo. Pero no había nadie para preguntar en aquel páramo apenas interrumpido por la mancha de óxido de tres o cuatro juegos en el medio. Se sintió perdido y pequeño frente a los edificios que crecían hacia todos lados del parque, como hongos sobre alguna cosa muerta. Una de aquellas ventanas ahí arriba debía ser la de Margarita. Tal vez en ese momento lo vería también a él y esta vez sí escaparía a jugar un rato. Le habría venido bien la compañía de alguien. Alguien vivo, corrigió, al mirar a Franklin, absorto en la contemplación oficiosa del parque vacío.

Mientras resolvía qué hacer, se lanzó sobre el pasamanos, de ida y vuelta y de cabeza; y luego el volantín, a la carrera, buscando el salto, los giros, la euforia del mareo: edificio, edificio, calle, edificio, Franklin, edificio, el cielo gris, la inmensidad indiferente del cielo gris, recortada por los edificios como manos de niños que trataran de alcanzar un fruto demasiado alto; edificio, calle, edificio, Franklin… Exhausto y mareado, se tiró sobre el césped casi seco y cerró los ojos, un instante nomás, antes que un nuevo trueno lo apurara otra vez. Empezaba a dolerle la cabeza. Suspiró antes de incorporarse de mala gana. Más allá, Franklin señalaba un sitio entre los muros y corrió tras él. Lo siguió entre el laberinto de andadores, mientras leía el nombre de los edificios: Volans, Ofiuco, Lyra, Cerverus… Franklin se detuvo en el primer descanso de la escalera de Cetus. Apenas en ese momento se dio cuenta de la precariedad de su plan. ¿Qué les diría a los papás de Franklin? ¿Cómo se daba una condolencia? Buenos días. Siento mucho su pérdida. Vine a entregarles su fantasma. Dos palmaditas y compermiso. Qué ridículo todo. ¿Por qué Franklin no volvía solo si tan bien conocía el camino? ¿Qué es lo que quiere un niño muerto? Uno que mira desde la escalera o más allá, extraviado, como un bicho que no sabe dónde es ni cómo llegó ahí y no hace más que extender las manos para señalar o alcanzar quién sabe qué, cualquier cosa, mientras abre la boca inútil, llena de tierra, sin aire suficiente para colmar siquiera una palabra, una sola palabra, en un mundo que lo sobrepasa y que lo olvida, hasta que en un parpadeo ya no sea ni ceniza, porque a nadie le importa un insecto en una fábrica de olvido. Pablo exhaló despacio, una vez más, antes de entrar en la ballena de cemento. Pinche Franklin, pensó al pasar a su lado.

En cada piso encontró un vestíbulo abierto al exterior, flanqueado por dos puertas a las que precedía un balcón diminuto en cada una, a veces con tapetes, macetas, algún adorno. Franklin se detuvo frente a la del lado izquierdo, en el último piso. Pablo supo que habían llegado, pero en vez de llamar, se sentó en el borde de un escalón, pues no había resuelto aún qué decir si golpeaba la puerta y alguien respondía. Se quedó ahí nomás, esperando, a ver si se le ocurría algo, mientras escuchaba anuncios en algún radio encendido cerca.

La austera puerta junto a Franklin, contrastaba con la del departamento de enfrente, lleno de plantas y de adornos. Un cactus en una lata llamó la atención de Pablo. Fue por él y volvió a sentarse para examinarlo a gusto. La planta estaba cubierta de pelos casi blancos que parecían resplandecer con la luz difusa del día nublado. Quiso acariciarlo, pero se pinchó. ¡Putamadre, putamadre, putamadre…!, pensó mientras se chupaba el dedo. Todo aquel plan era un fracaso. Sintió ganas de acobardarse, de regresar a casa y mirar la tele el resto del día; ignorar a Franklin hasta que se cansara de seguirlo; dejarlo atrás, como a un perro al que se pierde a propósito en el tráfico. El fantasma en cambio no se movía. Miraba hacia el amontonamiento de edificios, bajo un cielo revuelto y demasiado ocupado en sus asuntos para tomarlo en cuenta. Algunas señoras en la azotea se apuraban a recoger los últimos colores, antes del porrazo de agua que se avencinaba. Un ruido de pasos en la escalera puso a Pablo en pie de un salto. No supo que hacer con el cactus y lo escondió con torpeza tras la espalda.

—¿Esperas a alguien?

—Sí.

La chica se quitó los audífonos.

—¿A quién?

—A la familia de Franklin.

—¿Cuál Franklin?

—No sé cómo se llaman sus papás, pero viven aquí.

—Quizá te confundiste. Ahí –señaló la puerta tras él– viven dos estudiantes. Yo vivo en ese otro.

Apretó sin querer la latita contra su espalda. Sintió las espinas hundirse un poco. Franklin lo miraba impasible, ahora tras la joven.

—Ah.

Llegó a casa hecho sopa. Otra vez sin saber nada, pero con el cactus a salvo, casi seco.

* * *

Sin golosinas ni tv. Nada de ir al cine ni de helados. Se puso en peligro y la asustó. Y todo porque al niño se le ocurrió ir de paseo durante una tormenta. ¿Es que no podía nunca pensar en nadie más? ¿No se daba cuenta de nada? Lo iban a operar en un mes, ¡qué es lo que no entendía! Tal vez ese año Santaclós no lo visitara, ¿qué le parecía eso, ah, ah? Su mamá, sin embargo, no pudo sostener el enojo y lo abrazó enseguida.

—No es cierto. Santa sabe que eres un niño bueno.

Sólo quería que se cuidara. La operación no era nada del otro mundo. Pero había que llegar fuertes. Nada de golpes. Por qué mejor no escribía su carta para ponerla en el árbol.

Santa no sabía nada. Y además, como si necesitara más fantasmas. Atraviesan paredes, son invisibles, no deben cuentas a nadie, disponen de la tierra completa, y no se les ocurre nada mejor que meterse en la vida de los demás, con sus juguetes, con su miedo, con su culpa. Pinches y repinches rémoras.

No es cierto. Perdón.

Franklin, sin embargo, parecía entretenido con un insecto atrapado entre las barbas del cactus, bajo la luz oblicua del invierno en la ventana.

* * *

Era la tristeza, no Franklin, el verdadero espectro. Siempre flotando por ahí, como el aliento de algo consumido por el fuego; sin propósito, pero con todo el tiempo del mundo para perderlo en el destello maníaco de las luces navideñas en los árboles de plástico, o en la inmovilidad de los pesebres, con sus niños dioses que tampoco crecerían nunca, los párpados abiertos, las manos detenidas, implorantes, en todo iguales a los muertos.

Fue por esa tristeza o por la culpa, para que no lo consumiera, que una tarde de aquellas vacaciones le robó gasolina al coche con una manguerita. Escondió la botella con el combustible y una caja de cerillos en la mochila, y esperó hasta la madrugada, cuando la respiración de su madre le señaló que era el momento. El sonido de la puerta, su mano en el tirador, él mismo, se confundieron sin trámite con los ruidos de la noche afuera.

La caminata le hizo bien. El golpeteo constante del viento frío en la cara lo llenó de vitalidad. La calle le pareció hermosa como nunca, bajo las luces que deseaban felicidades o que se encendían y apagaban en las antenas, en lo alto, enviando señales al mundo, bajo el cielo estrellado de diciembre. Las luces terrenales de una patrulla interrumpieron su alegría extraña y lo obligaron a desviar un poco el camino. No estuvo mal, porque al dar vuelta en una esquina encontró un carrito de hotdogs. No tenía hambre, pero compró uno y se lo fue comiendo. Supo entonces, casi de inmediato, que no había mejor lugar en toda la tierra que aquella banqueta, mientras caminaba y comía un hotdog, en el aire limpio, luminoso, de la madrugada.

Saltar la reja de la escuela no fue tanto problema como entrar en su salón. Rompió el cristal junto a la puerta y metió la mano, hasta alcanzar el pasador, ¡clac! Franklin lo siguió con diligencia mientras arrastraba el pupitre hasta el patio trasero, donde le vació la botella de gasolina y le prendió fuego.

Frente a las llamas, que crecieron más alto de lo que ellos serían nunca, los dos niños se miraron un rato con alegría, casi satisfechos, bajo la noche sin respuestas.

Al pasar junto al cuadro de honor del periódico mural en la entrada, Pablo arrancó su foto para tirarla por ahí, más tarde, de camino a casa.

Lo que quieren los muertos. Un cuento de Alberto Chanona, ilustrado por Gabriela Soriano.

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