Heathcliff
Por Iván Garzón Publicado en Carretera en 22 diciembre, 2020 Un comentario 7 min lectura
Apuntes para una teoría general de la crisis planetaria y de la humanidad Anterior Presencia Siguiente

El sonido del cencerro aleja a los transeúntes de tu paso. Míralos: hombres erguidos como robles, muchachas que enseñan las piernas desnudas, suaves al roce que tus manos infantiles desconocen. Y los niños, los guapitos inocentes, retrato de sus padres. Observa sus ojos: aparta el espanto que les produces y permanece el odio; desecha el odio que provocas y queda el asco. Ahí va Heathcliff, el apestado, envuelto en su manto de leproso. Se acerca Heathcliff, el monstruo enano, el niño-hormiga, el tejón del diablo. Antípoda de Jesucristo, dicen que un 25 de diciembre lo parió un jabalí violado por un borracho. Talán-talán. Aquí viene Heathcliff en pleno mediodía, internándose en los callejones del mercado, siempre en línea recta, eterno e impostergable; podría sacarse el ojo y caminar desde su casa a la carnicería, con la certeza de que nadie interpondría su cuerpo con el suyo.

―La maldita vieja envió otra vez a su bastardo –gritó la señora Moss a su esposo–. Atiéndelo tú, sabes que me enferma.

Henry Moss hizo una mueca de fastidio que apenas se distinguió de la de repugnancia que ya cubría su rostro. Por fortuna, no tenía siquiera que intercambiar palabras con el pequeño deforme. Cogió su hacha y cortó las patas a cinco pollos que había tendido sobre la tabla cubierta de periódicos tintos en sangre. Cada vez que esto sucedía, las moscas sobre los desperdicios volaban espantadas por el movimiento e, invariablemente, elegían para descansar las manos de Heathcliff, quien no hacía nada por quitárselas de encima. Sólo el ojo izquierdo, de color mostaza como un huevo podrido, seguía el movimiento de la mano del carnicero y la hoja metálica que separaba carne y tendones. El otro ojo era apenas una rajada purulenta en la piel que, como el resto del cuerpo, nunca se veía tras la tela; con esa abertura, parecida a un ojo, recordaba: «¡Heathcliff, ladrón, faltan tres patas!». Cubrías tu rostro con las manos rígidas mientras la vieja descargaba su furia. Ayer, escogió la cuerda para amarrar a los cerdos, pero otras veces lo hacía con ramas de bugambilia o con la varilla de atizar el fuego. «Malagradecido, debí haberte tirado a la basura después que te parió tu madre». La cuerda anudada caía sobre el ojo y la boca, sobre el omóplato saltado como si quisiera reventar la piel y escapar de ese tumor de Dios, sobre las piernas extraordinariamente normales. Ésa era la parte que le gustaba a la vieja, cuyo brazo alternaba golpes de un lado a otro. Tan inútil cubrirse como llorar o preguntarse por qué el odio, ese gemelo que nació contigo hará doce años.

«Mañana cenaremos patas de pollo como todos los días, hoy es Nochebuena». La vieja encontró el modo de celebrar la Navidad y olvidarse de tu cumpleaños: lomo y ron para hoy, patas de pollo para mañana. Patas de pollo, manjar delicado en honor al rey abyecto de los hombres, a la Irrisible Naturaleza Rota del Informe. Vengan mis hermanos a compartir el pan, decías a los perros que hallaste en tu camino. Tú te llamarás Juan; tú, Pedro, y aquella lastimera puta será Magdalena, cogida por la sarna de todos los apóstoles del vecindario. Cada uno de los animales olisqueó el desperdicio antes de tragárselo.

«Así que a la pulga le gusta robar, así que es un tragoncito de sangre», dice la vieja mientras despedaza un manojo de chiles en un vaso lleno de agua salada. «Así que el niñito se ha vuelto un goloso». Acerca su rostro arrugado a tu ojo amarillo y sientes cómo te atrapa con su dentadura, te desgarra los labios. Un líquido anaranjado impregna la túnica a la altura de tus propios dientes de hormiga. Apestas a pollo, a pollo vomitado. La vieja escupe directamente al único lugar que tienes descubierto. Tus párpados sienten de inmediato la humedad pegajosa. «Bebe esto, cura tu mal, tu gula». Recibes el vaso de plástico, las cáscaras de chile flotan; pasas la lengua por tus labios desgarrados mientras las cosquillas en tu ojo expuesto te regresan a la carnicería. Parpadeas. Una mosca se echa a volar.

―Mamá quiere lomo.

El señor Moss se estremeció. El bicho había hablado como si fuera humano. Y no sólo eso, la voz del bicho era la melodiosa voz de un niño, cuya dulzura lo hacía más monstruoso y detestable. ¿Por qué la vieja insistía en enviarlo a la calle? Habría que correrlos de vecindario, quemar la casa, expulsarlos del mundo. Pero quién se atrevería a poner una mano encima al deformado. Él no. Henry Moss prefería maldecirlo en secreto como todos, trabar las mandíbulas de coraje, dar media vuelta y cortar el lomo solicitado para que tú se lo lleves a la vieja.

«Bien, muchacho, veo que sirvió el escarmiento; ve a adornar el árbol mientras yo preparo la cena. Antes escúchame, rufián, por cada esfera que rompas dos varillazos te daré en los dedos». Tú sacabas las manitas de la túnica y entre seis dedos, engarrotados como tenedores, sostenías la esfera. Entonces comprendías el truco de la vieja: en cada esfera se agrandaba el ojo amarillo, el escupitajo de Dios, el tumor maligno que mañana cumplirá 12 años cenando patas de pollo como hoy, porque el lomo sólo es para mamá. Desde ahora sabes que esta noche verás el huevo podrido de tu cara en cada una de las 33 esferas colgadas en el árbol, pues así lo recuerda la rajada purulenta.

―Y ron.

Ensartó el hacha en la tabla junto al lomo y las patas de pollo. Henry Moss, apresurado por deshacerse del engendro, la dejó hundida en la madera y entró en la bodega por el licor. En ese momento todo lo demás en el exterior dejó de existir para el ojo amarillo de Heathcliff, por donde absorbía, como un bálsamo, el rectángulo de acero bordeado de sangre. Talán-talán.

«Ya me dijo el cabrón carnicero lo que pasó esta mañana». La oscuridad de su cuarto es invadida por tu aliento, mezcla de lomo digerido y alcohol. «Miren nada más a la rata que he estado criando». Tocas su cabeza de hormiga oculta bajo la sábana. «Sh. Yo también te daré tu regalo, mi niño». Lo descubres de los pies a la cintura, acaricias sus piernas, su sexo que empieza a cubrirse de vello. Montas al tejón del diablo, que sólo puede verte con su rajada purulenta, recordarte montada en él, llenándolo con esa vacuidad de anciana que está seca por dentro, que no tiene más que dar que el hacha afilada que encontraste bajo el árbol, el regalo de Heathcliff para ti envuelto en periódicos ensangrentados.

Bajas las escaleras, te acercas al árbol. Heathcliff ha vuelto de la carnicería. El cencerro se escucha más fuerte. En cada una de las esferas ves el envoltorio de su ojo. Se aproxima, desaparece el cuerpo, queda el huevo podrido reflejado en el cristal convexo. «Gracias Heathcliff por volver, por no dejarme sola, mi niño, mi guapito».

Heathcliff
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