Las cazadoras de hongos
Un poema de Neil Gaiman, traducido por Adrián Ibelles
Por Adrián Ibelles Publicado en Carretera, Ciencia y tecnología en 18 diciembre, 2020 0 Comentarios 4 min lectura
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En Las cazadoras de hongos, Neil Gaiman describe la relación entre las primeras mujeres y el origen de la ciencia.

Debieron ser mujeres –dice el escritor de Coraline y The Sandman– las primeras en abrir caminos donde sólo había pedregales y arbustos, con el propósito de hallar alimento y medicina. Mujeres quienes, a través de la observación y la peligrosa experimentación, distinguieron las setas comestibles de las venenosas. Las primeras, además, que con ayuda de la experiencia hicieron más seguro el modo de venir al mundo a través del parto. Y mujeres también las pioneras en la recolección, siembra, trituración y transformación de las semillas, para la sobrevivencia de sus familias.

Tiene razón Gaiman. No es complicado hallar en la agricultura, la herbolaria y el procesamiento de alimentos un universo de conocimientos tradicional e íntimamente ligado a la historia de las mujeres.

Sin más preámbulo, te presentamos Las cazadoras de hongos, un poema de Neil Gaiman, traducido por Adrián Ibelles. ―REDACCIÓN.


La ciencia, como sabes pequeña, es el estudio
de la naturaleza y el comportamiento del universo.
Se basa en la observación, experimentación y medición,
y en la formulación de leyes para describir los hechos revelados.

En los viejos tiempos, según dicen, los hombres vinieron con cerebros
diseñados para perseguir a las bestias de carne
para lanzarse a ciegas hacia lo desconocido,
y encontrar el camino a casa cuando se han perdido
con un antílope a cuestas llevado entre ellos.

O en los días malos de caza, nada.

Las mujeres, quienes no necesitaban correr tras las presas
tenían cerebros que ubicaban puntos de referencia y trazaban caminos entre ellos,
a la izquierda del arbusto espinoso y a través del pedregal,
y miraban bajo el tronco del árbol medio caído,
porque a veces ahí había hongos.

Antes del garrote o los cuchillos de piedra,
la primera herramienta fue un cabestrillo para el bebé,
para mantener las manos libres,
y un contenedor para llevar las bayas y los hongos,
las raíces y las hojas buenas, las semillas y las enredaderas.

Luego un mortero de piedra para estrujar, aplastar, moler o romper.
Y a veces los hombres perseguían a las bestias
en lo profundo del bosque,
sin regresar jamás.

«La primera herramienta fue un cabestrillo para el bebé, para mantener las manos libres». Ilustración del blog de Chris Riddell. (clic)

Algunos hongos te matarán
mientras que otros te mostrarán a los dioses
y algunos aliviarán el hambre en nuestros estómagos. Identificar.

Otros te matarán si los comes crudos,
y lo harán de nuevo si los cocinas una vez,
pero si se hierven en agua de manantial y se drena el agua,
y se hierven una vez más, y se drena el agua,
solo entonces podremos comerlos con seguridad. Observar.

Observar los partos, medir el volumen del vientre, el tamaño de los senos,
y a través de la experiencia descubrir cómo traer bebés al mundo.

Observarlo todo.

«Observarlo todo». Ilustración del blog de Chris Riddell.

Y las cazadoras de hongos caminan a su manera
y observan el mundo, y ven lo que observan.
Y algunas de ellas aguantarán y lamerán sus labios,
mientras que otras se sujetarán el estómago y expirarán.

Así las leyes son establecidas sobre lo que es seguro. Formular.

Las herramientas que elaboramos para construir nuestras vidas:
nuestra vestimenta, nuestra comida, nuestro camino a casa…
todas esas cosas que se basan en la observación
en experimentar, en medir, en la verdad.

Y la ciencia, recuerdas, es el estudio
de la naturaleza y el comportamiento del universo,
basado en la observación, experimentación y medición,
y en la formulación de leyes para describir los hechos.

La carrera continúa. Una científica primigenia
dibuja bestias sobre los muros de las cuevas
para mostrar a sus hijos, ahora llenos de hongos
y de bayas, lo que es seguro para cazar.

Los hombres correrán detrás de las bestias.

Las científicas caminan lentamente, hacia la cima de la colina
y por la orilla del río, donde el camino de barro rojo desciende.
Ellas cargan a sus bebés en los cabestrillos que fabricaron,
liberando sus manos para recolectar los hongos.

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