Percepción de las artes y la música en la sociedad occidental industrializada
Por Alejandra Fábregas Publicado en Carretera en 2 diciembre, 2020 0 Comentarios 18 min lectura
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Dependencia y servidumbre de los hombres, objetivo último de la industria cultural. ―Theodor Adorno

Musicians don’t retire; they stop when there’s no more music in them. ―Louis Armstrong

«La madre que está gorda, que está embarazada, impregna a su hijo de la música que ella escucha», cuenta un líder africano en el documental Tambores de Agua, 2009.

Para los pueblos no industrializados (entendiéndose, para este ensayo, como pueblos indígenas u originarios), la cultura, la música y las artes no son objetos de estudio que se aprenden en la academia. Tampoco son, inicialmente, productos mercantiles ni estandarizados. Al contrario, existen dentro del ser humano, tanto como existen el ADN y la consciencia. Lo anterior me ha llevado a contrastar con las nociones de arte y música de occidente; su relación con el capitalismo, el desarrollo o progreso social y, sobre todo, con la forma en que se aprende y se reproducen la música y las artes: como un factor externo, como una habilidad o un hábito de estudio que irónicamente se ve desasociado de toda actividad inherente a las necesidades más básicas de la expresión humana, y más como un producto estandarizado, catalogado y perteneciente a una élite, quien dicta lo admisible y lo inadmisible, o bien, lo que es de calidad alta y de calidad baja.

Por otro lado, dentro de la misma cultura occidental, se entiende el arte como aquello que libera al ser humano de su propia esclavitud –ésa a la que suscribimos por medio de la industrialización y mercantilización de nuestras ideas y creaciones–, teniendo una liga con aquella forma de expresión humana que menciono anteriormente, dado que el ser humano, independientemente de su origen, tiende a ir en búsqueda de la libertad a través de la expresión; búsqueda que en la cultura occidental pareciera tener reglas que la cuestionan tanto como la gestionan. A eso se suman los exitosos esfuerzos de la industria de la cultura, que parece sostener que todo cuanto es creado puede ser mercantilizado, siendo las expresiones artísticas (libros, cine, música, artes visuales y demás formas de expresión cultural) de sus mayores productos en el mercado. Hoy en día podemos concluir que, gracias a algoritmos elaborados, tenemos literalmente en la mano una constante comercialización de las artes, una que la industria de la música ha sabido explotar de forma exitosa.

Adorno se refiere a la reproducción masiva de la música como una barbarie que la pervierte, un modelo de anulación del pensamiento. Más específicamente, él le llama «el enmudecimiento de los seres humanos». Subrayo lo que a mi parecer forma el vínculo entre la fetichización de la música y la regresión de la escucha, en la siguiente frase: «Cuando ya nadie sabe hablar de verdad, entonces ciertamente nadie sabe ya escuchar». (Sobre el carácter fetichista de la música y la regresión de la escucha). Sugiere que en la distribución masiva el individuo deja de tener autonomía en su pensamiento, basándose en lo que se la impuesto, disfrazado de elección que apela al mero entretenimiento, incluso si quien elige considera su gusto. «Siempre que su sosiego parece perturbado por emociones básicas, se habla de la decadencia del gusto» (ídem) y yo añadiría, de la decadencia social-colectiva.

Encuentro clave esto que Adorno sugiere, para comprender la regresión de la escucha. Sucede lo mismo con la palabra escrita: cuando no se lee, se escribe como se habla; conforme se construye el lenguaje, se construye el pensamiento, etc. La habilidad de escuchar más allá de la simple acción de oír, no es tan sencilla como parece. Las personas que estudian música desarrollan singularidades de la escucha superiores a las de un individuo cualquiera. Adorno hace no sólo referencia a ello, sino que además, es la razón originaria de la incapacidad para discernir si lo que se está escuchando en la reproducción masiva es, en efecto, música creada por un artista o por una máquina. La música popular o género pop tiene fórmulas que se desarrollan como piezas prefabricadas para armar la misma canción en diferentes versiones, por ejemplo.

«[…] la existencia del sujeto mismo, que debiera probar la validez del dicho gusto, se ha vuelto tan discutible como en el polo opuesto, el derecho a la libertad de elección que el sujeto no ejerce ya de todas formas, empíricamente» (ídem). Y no la ejerce, ni si quiera empíricamente, porque el individuo deja de saberse libre ante la industrialización, aun creyéndose en plena libertad de elección.

La manipulación mediática puede ser tan sutil que crea la ilusión de libertad, mientras en realidad somos sujetos-objetos de consumo. Incluso aquello que denominamos libre elección o gusto se encuentra ya condicionado: «El mismo concepto del gusto está superado. El arte responsable se ajusta a criterios que se aproximan a conocimiento: de lo adecuado y o inadecuado, de lo correcto y lo incorrecto» (ídem).

Estos apuntes de Adorno, contrastando de vuelta con la idea de la música y las artes originarias, aquellas que aún no están corrompidas por las ideas y estándares globalizados, me hacen pensar sobre el nacimiento de la música denominada como seria o de alta calidad.

Regresando a la idea de que en algún momento de la historia, a partir del Renacimiento, la Europa Occidental se vio en la necesidad de romper con los lineamientos que dictaban que las artes y la música solamente existían para lo sacro. Encuentro ironía, sin embargo, en la idea de romper, de liberar la expresión, para volver a estratificarla, diseccionarla y escudriñarla, llegando a creaciones sin duda hermosas, pero igualmente cuestionables en sus motivos y en sus prejuicios ante otras formas no occidentales o incluso, occidentales no burguesas.

«La subjetividad de los individuos, su propia consciencia e inconsciencia tienden a quedar disueltas en la consciencia de clase. Sin embargo, se minimiza con ello un supuesto importantísimo de la revolución: a saber, el hecho de que la necesidad de transformación radical debe enraizarse en la subjetividad de los individuos mismos, en su inteligencia y sus pasiones, sus sentimientos y sus objetivos. […] La subjetividad se convirtió en un átomo de la objetividad; incluso en su forma rebelde queda sometida a una consciencia colectiva» (Marcuse, La dimensión estética).

Quienes caben dentro de los escenarios de la libertad que permiten las expresiones artísticas y de la ejecución musical tienen, en la sociedad occidental, períodos, estándares y rigurosidad que parecieran ir en contra de aquello por lo que existen dichas expresiones. Es claro que hay también una idea de aquello que es considerado como música seria o de alta calidad –tanto como las bellas artes– que se percibe como la regla y no como una regla por la que todo cuanto valga la pena en términos de música y de las artes deberá ser medido.

Sin embargo, el carácter dual de este panorama permite también descubrir formas de creación y ejecución de las artes cuyos resultados son sublimes: no hay duda de que escuchar Concierto No.8, para dos violines, de Vivaldi, por ejemplo, es una experiencia única, que eleva el espíritu de quien le escucha; sin embargo, también lo es escuchar un concierto de música africana, o un son jarocho o Tender Surrender de Steve Vai.

La idea de que en un mundo tan diverso e inexplorado como lo es el mundo humano –y más aún antes de la época globalizada–, sólo exista una forma correcta, valiosa y digna de expresiones de las artes, al día de hoy parece obsoleta, un tanto absurda también; no obstante, se sigue aprendiendo lo mismo de la misma forma.

Tal es el impuesto de la Europa Occidental en el mundo, que para considerarse exitoso dentro de las artes visuales o bellas artes y, sobre todo, dentro de la música, hay un plus valor innegable que se gesta en aquellas regulaciones establecidas por occidente. Esto es, dicho de otra forma: la sociedad burguesa.

«(Pero) incluso en la sociedad burguesa, la insistencia en la verdad y el derecho a la intimidad no constituyen en realidad valores burgueses. Con la afirmación de la interioridad de la subjetividad, las tentativas individuales de abandonar la red de relaciones de intercambio y de valores de cambio se alejan de la realidad de la sociedad burguesa y entran en otra dimensión de la existencia» (ídem). Aun así, es pertinente resaltar que la subjetividad no se pierde del todo. El derecho al libre pensamiento y la búsqueda de la emancipación no pueden quedar al margen de aquello que supone buscar ese mismo fin.

De cualquier forma, en su constante búsqueda, el ser humano se reinventa y se esclarece: quizá la decadencia humana sea un pasaje forzoso por el que hay que pasar y quienes permanezcan inmunes a la esclavitud mediática y de pensamiento sean quienes mantengan la individualidad y el pensamiento libertario como columna dorsal de las expresiones artísticas.

«La subjetividad luchó por pasar de la intimidad a la cultura material e intelectual. Y hoy, en una época totalitaria, se ha convertido en un valor político antagónico a cualquier forma de socialización agresiva y explotadora. La subjetividad liberadora se constituye en la historia interna de los individuos, en su propia historia, que no es idéntica a su existencia social» (ídem). La subjetividad de las artes nunca se pierde. No obstante el esfuerzo humano por anular el pensamiento, supongo que hay algo más fuerte, algo que permea incluso nuestra propia idiosincrasia; como si las expresiones artísticas tuvieran consciencia propia, una que es más amplia que nuestra corta interpretación de tal fuerza.

Dice Marcuse que la forma estética libera al arte de la lucha de clases, «la forma estética constituye la autonomía del arte frente a “lo dado”. Sin embargo, esta disociación no origina “falsa consciencia” o mera ilusión, sino, por el contrario, una contra-consciencia: la negación de la mentalidad realista y conformista», sugiriendo que la forma estética de arte puede ser un espacio de unión entre clases sociales, pues lo que importa es el arte, la intención de la expresión, su denuncia, su mensaje, su liberación de todo cuanto ata al individuo, tanto como a su colectividad.

A manera de conclusión

Ante la industrialización de la cultura, la masificación y mercantilización de las artes y la producción seriada de la música, perdemos la capacidad de decir «no», o siquiera «de pensar si la aceptación de un nuevo producto, como los que manufactura la industria de la música, en este caso, son de calidad, validez en la interpretación, o si al menos es de nuestro total agrado». El juicio y pensamiento se enmudece, como ya hemos leído: nos volvemos, como bien describe Adorno, «un comprador que todo lo acepta». Nos volvemos audiencia sorda, compradores irracionales y títeres de las modas. El gusto, la predilección y la racionalidad pierden sentido; se pierden a sí mismos dentro del océano de la oferta y la demanda.

«La cultura de masas masoquista es la aparición necesaria de la propia producción todopoderosa (…) El abandono de la individualidad que se acomoda a la regularidad de los exitosos; el obrar que todos ejecutan, se deriva del hecho fundamental de que en términos de la producción estandarizada de los bienes de consumo, a todos se les ofrece lo mismo» (Adorno).

Adorno refiere a los medios masivos como aquellos que pervertían el orden de calidad de la música seria. Sin embargo, una de las cualidades de la crítica en su obra, es su atemporalidad y su carácter transferible a otros contextos.

Las obras textiles de los pueblos originarios, por ejemplo, cuando son ensambladas, desencantando así su conocimiento ancestral, son una forma de apropiación cultural de las grandes corporaciones para servir a un mercado globalizado que, lejos de apreciar ese conocimiento, lo usurpa como imagen unidimensional para plantar una moda.

Lo mismo sucede con otras formas de arte. El caso del arte huichol, del norte de México, es un ejemplo contemporáneo, además de peculiar adaptación al mercado. Este tipo de arte ha sido comercializado al extremo de haberse convertido en una deformación de lo que significaba. No es que no sea arte. Es que ha sido una que ha sufrido transformaciones para adaptarse a la moda comercial en forma de accesorios o utensilios. Ya no más el arte por el arte, el arte para transmitir una emoción o explicar una cultura; sino el arte como producto de mercado, para formar parte de la industria turística.

Adorno sugiere que los medios controlan las mentes de los individuos (por tanto, la colectividad) y evidencia su perspectiva divisoria entre lo que él define como música menor y música de calidad. «El arte alto pierde su seriedad al especular con el efecto; el arte bajo pierde al ser domesticado por la civilización, la fuerza de oposición que tuvo mientras el control social no era total» (Resumen sobre la industria cultural). Cuestiona la «integración» de las artes, poniendo en primer plano una tendencia elitista que me parece chocante o quizá ambivalente, con su discurso crítico sobre la industria cultural, ya que por un lado, evidencia que la industria cultural, en específico el sistema de mercadeo capitalista, nos dicta qué y en qué pensar, manipulando así nuestras decisiones; y por otro, que la música que él denomina como aceptable, de alta calidad, es la única que puede liberar al individuo.

Como ya he mencionado, el tema central es precisamente la percepción occidental de las artes y la música. Por tanto, es importante señalar que aquello que se buscaba emancipar era, a la vez, una segregación de todo lo que no sigue los lineamientos establecidos.

Quiero también rescatar la importancia de la geografía en este asunto: mucho de lo estudiado es político. Mucho de lo aceptado, vanagloriado y subrayado como de calidad, es político. Si el mapa se viera lejos de una división política, pienso que podríamos tener un acervo aún mayor de nuevas, mejores y más interesantes expresiones, que aquellas que se constriñen a un gremio, sea éste originario de cualquier parte del mundo. Las expresiones artísticas son inherentes al humano. Todo lo demás es invento nuestro, limitantes nuestras, prejuicios nuestros.

Para quienes el fenómeno de la industrialización de la cultura es el conductor de sus pensamientos, poca o nula verdadera libertad tendrán sobre sus decisiones; sobre todo, cuando la «nueva decisión» será posiblemente una variante de una anterior. El consumo de la estandarización y de la reinvención sobre lo ya establecido (pensemos en la popularidad del término «innovación») son pauta para el entumecimiento de una sociedad. «La industria cultural reúne cosas conocidas y les da una cualidad nueva» (Resumen sobe la industria cultural). Incluso las opciones sobre las cuáles se puede elegir, son establecidas por el mismo sistema, para crear la ilusión de libertad. «Al contrario de lo que la industria cultural intenta hacernos creer, el cliente no manda, no es su sujeto, sino su objeto» (ídem). Es que el sujeto pasa a ser objeto de la industria cultural, ya no es más su existencia la que importa, sino el fin para el que existe.

Adorno considera que la industria cultural es un sistema de homogenización de la sociedad. Pienso que el peligro de tal efecto es la estandarización del pensamiento y la pérdida de la identidad (entendida aquí no como algo politizado, sino como aquella que nos hace ser quienes somos, la identidad propia). Así, llegamos a que todos pensemos versiones de lo mismo, consumamos versiones diferentes de lo mismo y busquemos obtener versiones de la misma forma de éxito en la vida: la felicidad mercantilizada (esa que se puede adquirir, empaquetar, desempaquetar y desechar).

En La dimensión estética, Herbert Marcuse se refiere al arte como aquello que se encuentra «comprometido en la emancipación de la sensibilidad, de la imaginación y de la razón en todas las esferas de la subjetividad y de la objetividad». Dicho de otra forma, el arte es inherente a la condición humana. Hay una intrínseca conexión entre las formas de expresión más básicas y las más complejas, abstractas o elaboradas formas de hacer arte.

«La transformación estética se convierte en un vehículo de reconocimiento y acusación» (ídem).

El ser humano, en su vasta posibilidad de sublimar la expresión, tanto como ha formulado y evolucionado un lenguaje complejo, ha transformado las dotes que la naturaleza nos ha puesto a disposición para emularla y tomar de ella. El canto de las aves e insectos, el sonido del viento, las copas de los árboles en la cima de una montaña, el oleaje del mar, los cantos de las ballenas; sonidos armónicos que la Tierra nos posa como ejemplo, y la geometría y armonía visual que las flores nos regalan, los azules del mar y del cielo en constante reflejo, los reflejos de la luz al cruzar con el agua en forma de arcoíris, las formas y figuras, los tonos y las sombras, los juegos de la luz… todo lo que la tierra ha permitido al humano tomar y emular, el humano lo ha llevado a una experiencia sublime.

Por eso concluyo como comienzo: los sonidos de la música (los sonidos de la Tierra), nos son dados desde el vientre materno. Cada cultura emerge de lugares distintos; y al encuentro con otra, una nueva forma de vida surge también. Por esto pienso que las artes y la música no pueden ser catalogadas, aunque sí corrompidas; pero al final, son formas y fuerzas de expresión humana. «Con todos sus rasgos afirmativo-ideológicos, el arte continúa siendo una fuerza disidente» (ídem). Al final, el ser humano busca ser conocido. Comprendido o incomprendido, pero conocido. Más aún: dejarle al mundo su verdad.

Bibliografía

Marcuse, Herbert. La Dimensión Estética. Crítica de la ortodoxia marxista, pp. 57-111, Editorial Biblioteca Nueva, España, 2007.

Adorno, Theodor. Disonancias, Introducción a la sociología de la música. Sobre el carácter fetichista de la música y la regresión de la escucha, pp. 15-50, Editorial Akal, 2009.

Adorno, Theodor. Resumen sobre la industria cultural. Crítica de la cultura y la sociedad. Prismas sin imagen directriz. Obra completa, 10/1, Editorial Akal, España, 2008.

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