Inuit
Un cuento
Por Alberto Chanona Publicado en Carretera en 20 noviembre, 2020 0 Comentarios 4 min lectura
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Siempre supe que nací en el sitio equivocado. Mi destino debió ser la tundra, el Polo Norte, la persecución del oso, la vida del inuk1 bajo la persistente luz y la noche blanca. Nací, en cambio, en el litoral de un país del trópico, al amparo de la muchedumbre y de la cumbia.

Con el tiempo, asumí la vida como llegó. Ingeniero de oficina, esposo y padre, con casa, vecinos ruidosos y una vida por delante de abonos por pagar. Asumí todo eso. Pero el fantasma blanco, el espíritu del cazador en mi cabeza, persistió en su acecho. Me acometía a la menor distracción. En la parada del transporte público, en el parque, de paseo con los niños, frente a los anaqueles del supermercado. Cada lugar se volvía de pronto incomprensible, como si el rostro conocido de las cosas desapareciera y extraviara el nombre. Se sentía como llegar siempre a la mitad de una película en la tele, vista mil veces, en fragmentos casi incomprensibles. Era culpa del fantasma blanco, del inuk en mí que abría los ojos a un mundo que no reconocía. Un fantasma que se miraba a diario en el espejo y me encontraba a mí: ojos chuecos, piel extraña, cabezota. Un rostro que no le pertenecía, conocido pero ajeno. A través de la niñez, de la juventud y del encorvado adulto. Ese rostro en el espejo. De otro. Quién sabía de quién.

Luego, nada: hacer buches, peinarse, volver. Buenos días, amor. Buenas tardes, ingeniero. ¿Cómo le va, señor González?

Todos los días.

* * *

Aguardo a la morsa junto a su agujero en el hielo. Mis instintos saborean con anticipación el banquete de almejas cocidas en el jugo gástrico de la presa, el delicado aroma de su hígado, el ciclo de la vida que se devora a sí misma y de la que soy parte. Pero el salto del animal es interrumpido por la impertinencia de un claxon o el grito de la pasajera de junto que pide la parada. Cabeceo. Faltan veinte cuadras. Duerme.

* * *

Hasta hace unos meses, Julia no supo nunca nada del fantasma blanco. En diez años, jamás logré reunir el valor necesario para confesarle que el padre de sus dos hijos, la persona junto a quien dormía, era en realidad un inuk. Me habría creído idiota o loco, qué sé yo. Habría tenido razón. Treinta y ocho grados a la sombra no suenan como un lugar donde el pueblo inuit prospere. Y sin embargo, ahí estaba yo, el accidente, el infortunio, el fruto que cayó lejos del árbol y, qué importa cómo, amo a Julia hasta el infinito; el que la habría colmado de huesos de ballena, si en la ciudad hubiesen ballenas o ciudades en el polo. O si a Julia le gustaran un poco los huesos de ballena.

—¿En qué piensas?

—¿Eh…?

—Odio cuando estás ausente.

—…

* * *

El mundo es un sitio complicado para alguien cuyo espíritu anhela la simpleza del infinito blanco, la existencia salvaje sobre las grandes aguas congeladas. Y un día, el fantasma blanco decidió largarse. Puso en orden los papeles. Hizo llamadas en nombre de otro. Escribió cartas de despedida. Lloró un poco, por si acaso.

En el espejo, el rostro de un extraño vio alejarse al espectro por última vez. Inexorable. Incomprensible. Sin decir adiós.

* * *

(Postal desde Groelandia)

La vida sobre el Ártico resultó más dura de lo que imaginé. El alimento es escaso y debo usar tres pares de botas para no quedar convertido en estatua de hielo sobre el techo del planeta. Debo haber perdido unos veinte kilos y jamás me sentí más fuerte.

Cada vez me pesa menos buscar el alimento, de vez en cuando, en el excremento del oso durante la cacería. Mejor serían los peces, pero no siempre es posible. El día terminó y ha comenzado ya el solsticio. Hay todo por hacer. Nada urge.

Salgo algunas veces del iglú y me tiendo a contemplar la noche. Bajo la aurora boreal y el cielo, profusamente estrellado, el futuro me parece otra vez prometedor y los ojos de Julia hermosos como nunca.

Nanuk, nuestro tercer hijo, nacerá pronto. Será el primer Nanuk González de la historia.

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  1. Inuk: singular de inuit; individuo del pueblo inuit.  (Regresar)

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