Las ratas
Por Guadalupe Dueñas Publicado en Carretera en 1 noviembre, 2020 0 Comentarios 5 min lectura
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¿Hace mucho que trabaja usted como bolero?, pregunté distraídamente al tipo que les daba vertiginoso lustre a mis zapatos.

Una voz afónica venida de un cántaro respondió:

―¡Oh, no! Llevo apenas dos años; durante veinte fui velador en el Panteón de Dolores.

¿Veinte años?, pensé, y miré al hombrecillo de edad tan indefinible que al primer vistazo supuse un muchacho. Era flaco, lampiño y borroso, con un ojo encogido bardeado de rojo que guiñaba sin su voluntad como el apaga y enciende de un semáforo enloquecido; la pupila triste naufragaba en un caldo sanguinolento que le rebasaba el párpado. El otro ojo era diferente, podría pensarse que pertenecía a otro dueño. Cínico, abierto, positivamente maligno.

Llevaba la nariz tan remangada, que los dos agujeros le quedaban de frente como cerraduras de algún baúl enmohecido del que se hubiera perdido para siempre la llave. Era notable su labio superior cayendo sobre el inferior lo mismo que el ajado volante de una blusa vieja; hablando se le abanicaba igual que el belfo de un gusano. La cabeza aserrada lucía pelos tan ralos que parecían de azotador con tiña; estaba dividida por una vena negra y gruesa que le bajaba por la frente rodeándole la cara, semejando un bulto amarrado con mi cable.

¡Qué tipo extraño! La camisa de franela guinda en que vivía enfundado, parecía hule patinado con el jugo de su cuerpo y el sebo de sí mismo. Despedía un auténtico vaho, como los orines de los caballos, de persistente olor a niebla y tlachique; fermento invisible que rodaba sobre el oxígeno, inquietando a los propios árboles. Las manos pequeñitas, hábiles y escurridizas, auténticas garras de reptil, con manchas tornasol sobre la piel dura de palmas verdosas y blandas, tal como el reverso de las iguanas. Seguramente, no existiría quien deseara la caricia de esas manos.

Pero esta cosa hablaba; y lo que decía era más trágico aún que la cara que tenía que llevar por el mundo irremisiblemente.

―No crea usted, decía; vigilar un panteón no es cualquier cosa. Pero no piense usted que molestan los muertos, no; esos no resuellan. ¿Sabe? Yo no creo en aparecidos, en veinte años no topé jamás con un fantasma; si fuera por ellos, se la pasaría uno muy aburrido. No, lo interesante está en las ratas. Las hay por millonadas, mire usted; es algo emocionante, sobre todo cuando arriba un muertito. ¡Qué animales más inteligentes! Adivinan la hora exacta de la llegada de un cuerpo; algo notable, verá usted. Inmediatamente que se cierra una fosa, corre un rumor como granizada; claramente puede distinguirse que se atropellan las pisadas por los estrechos laberintos subterráneos, donde cual potros salvajes cimbran la carrera sobre las propias tumbas, se desbocan en los túneles, linchándose en las cloacas, en el viaje despavorido para llegar al banquete que pregona en sus dominios la fetidez del aire.

Vienen de todas partes, igual que la gente de las rancherías acude cuando sabe quye algún compadre ha matado puerco. Puede oírse cómo las hambrientas pelean, a la par que los hombres, para defender su parcela de carne manida. Crujen en ruido sordo las entrañas que desgarran sus diez cuchillas afiladas. En unos cuantos minutos las panzas se hartan, renovándose entonces la manada infinita que pule los huesos igual que una máquina. Aunque usted no lo vea, se da cuenta de que el esqueleto lustroso y limpio se desintegra, y que las ratas juegan con las canillas de calcio brillante, revolviendo los huesos como un juego de damas; el monstruoso desorden del irreconstruible rompecabezas, se dispera trágico cual un puñado de piedras.

Luego, los animales pesados y lentos salen al sol, donde sus vientres hinchados como las bolsas de lona que en los Bancos rellenan de pesos, esperan digerir rumiando la podredumbre. Todavía arrastran en los hocicos mechones de pelo entre los dientes afilados, tiras de pellejo sanguinolento, residuos de vísceras que vomitan hartas, en tanto las infernales pupilas, imprecisas como las de los beodos, resbalan descaradas sobre los enterradores que dormitan tranquilos mientras llega otro muerto. Parece que rieran sus colmillos diabólicos de los pobres seres que ceban su cuerpo, su piel y su sangre, y que no podrán salvarse del estuche macabro de trompas afiladas y colas repugnantes.

Estas ratas carecen de miedo; indiferentes se tienden bocarriba infladas de cáncer. Alguna vez se nos ocurrió matarlas a palos o pedradas, pero reventaban los globos fétidos como si todas las cloacas del mundo se vaciaran en el jardín. Ellas lo saben, y pasean en su imperio dueñas de la muerte, calvas y malignas como los avaros, riendo de los hombres todos, condenados a servir de pasto para su hambre eterna.

Retiré de mi bolsa una moneda que entregué al hombrecillo, procurando que mis dedos no tocaran su mano. Vi cómo se alejaba con la misma altura que cuando estaba sentado lustrando mis zapatos, como si no tuviera muslos y las rodillas fueran pegadas a la caja de su cuerpo; arrastrando los pies grotescos, caminaba igual que un mono de cuerda.

Miré mis manos, mis manos perfumadas, la piel que cuido, y recordé de pronto que yo también sería devorada, engullida por millares de esas bestias, repartida en sus lívidas panzas manchadas de jiotes; yo que me amo tanto y que evité el contacto del pobre bolero…

Este relato fue tomado del libro Guadalupe Dueñas ¡está de moda! México: Conaculta-INBA, 2012. Si te gustó, aquí puedes leer otro cuento de Dueñas: «Historia de Mariquita».

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