La perra amarilla
Por José Donoso Publicado en Carretera en 31 octubre, 2020 0 Comentarios 20 min lectura
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Las viejas, en pares o en grupos, van abandonando la cocina como si partieran, no a dormir sino a reincorporarse a la oscuridad. En el ámbito de la cocina llena de escaños, de mesas de mármol pringosas con sobras de comida, de pilas de ollas como monumentos de hollín y grasa en los lavaplatos atorados, las voces, como los carbones, van extinguiéndose a medida que pasan las horas y los minutos que no pasan.

Las últimas en partir eran siempre las seis que se sentaban en la mesa más cerca del calor de la cocina, junto a la Brígida, un grupo de íntimas que yo siempre veía revolotear alrededor de la Iris Mateluna, regalándole dulces y revistas, entreteniéndose en hacerle peinados estrafalarios como a una muñeca. Yo me sentaba un poco más allá en la misma mesa. Escuchando el runruneo sempiterno de sus voces me iba adormeciendo hasta que después de tomar mi último sorbo de té dejaba caer mi cabeza sobre mis brazos cruzados en la mesa. Las oía comentar cosas: una de ellas se hizo daño con una piedrecita en el pie, la Brígida informaba que misiá Raquel recibió una postal de misiá Inés de Roma, alguna adivinanza cien veces repetida, o un cuento para entretener a la Iris sentada en la falda de la Rita, que la arrebozaba con la punta de su chal.

Esa noche, no me acuerdo cuál de ellas repetía más o menos este cuento:

Érase una vez, hace muchos, muchos años, un señorón muy rico y muy piadoso, propietario de grandes extensiones de tierra en todo el país, de montañas en el norte, bosques en el sur y rulos en la costa, pero más que nada de ricos fundos de riego en la comarca limitada al norte por el río Maule, cerca de San Javier, Cauquenes y Villa Alegre, donde todos lo reconocían como cacique. Por eso, cuando vinieron malos tiempos, años de cosechas miserables, de calor y sequía, de animales envenenados y de niños que nacían muertos o con seis dedos en una mano, los ojos de los campesinos se dirigieron hacia el cacique en busca de alguna explicación para tanta desgracia.

Este señor tenía nueve hijos varones que lo ayudaban a atender sus tierras, y una hija mujer, la menor, la luz de sus ojos y la alegría de su corazón. La niña era rubia y risueña como el trigo maduro, y tan hacendosa que su habilidad para los quehaceres de la casa llegó a darle fama en la región entera. Cosía y bordaba con primor. Fabricaba velas con el sebo que el fundo producía y frazadas con la lana. Y en verano, cuando los abejorros zumbaban golosos sobre la fruta remadura, el aire de la arboleda se ponía azul y picante con el fuego que sus sirvientes encendían debajo de las pailas de cobre, donde revolvía moras, alcayotas, membrillos y ciruelas, transformándolos en dulces para regalar el gusto de los hombres de su casa. Aprendió estas inmemoriales artes femeninas de una vieja de manos deformadas por las verrugas que, cuando murió la madre de la niña al darla a luz, se hizo cargo de cuidarla. Al terminar la última comida del día, después de presidir la mesa donde su padre y sus hermanos cansados se sentaban con las botas polvorientas, ella, mimosa, los iba besando uno a uno antes de retirarse por el pasadizo alumbrado por la vela con que su nana la guiaba, para dormir en la habitación que compartían.

Quizá por los privilegios que el lazo con la niña granjeó a su nana, o porque como no encontraban explicación para tanta desgracia era necesario culpar a alguien y los malos tiempos producen malas ideas, comenzaron a circular rumores. El caballerizo se lo debe haber dicho al quesero o el quesero al caballerizo o al hortalicero o a la mujer o a la sobrina del herrero. En la noche, grupos de peones murmuraban encuclillados junto a las fogatas encendidas detrás del chiquero, y si sentían acercarse a alguien se callaban de repente. El rumor cundió lentamente pero cundió, hasta que lo supieron los gañanes de la era y los pastores en los cerros más lejanos del fundo: se decía, se decía que decían o que alguien había oído decir quién sabe dónde, que en las noches de luna volaba por el aire una cabeza terrible, arrastrando una larguísima cabellera color trigo, y la cara de esa cabeza era la linda cara de la hija del patrón… cantaba el pavoroso tue, tue, tue de los chonchones, brujería, maleficio, por eso las desgracias incontables, la miseria que ahogaba a los campesinos. Sobre las vegas secas donde las bestias agonizaban hinchadas por la sed, la cabeza de la hija del patrón iba agitando enormes orejas nervudas como las alas de los murciélagos, siguiendo a una perra amarilla, verrugosa y flaca como su nana, que guiaba al chonchón hasta un sitio que los rayos del astro cómplice señalaban más allá de los cerros: ellas eran las culpables de todo, porque la niña era bruja, y bruja la nana, que la inició también en estas artes, tan inmemoriales y femeninas como las más inocentes de preparar golosinas y manejar la casa. Dicen que fueron sus propios inquilinos los que comenzaron estas murmuraciones, y que siguieron los inquilinos de los fundos colindantes, y se lo contaban a los afuerinos que, al dispersarse después de la vendimia o de la trilla, esparcieron los rumores por toda la comarca, hasta que nadie dudó de que la hija del cacique y su nana tenían embrujada a toda la región.

Una noche en un rancho, el mayor de los hermanos se levantó demasiado pronto de la cama de la mujer con que tenía amores, para regresar a la casa de su padre a una hora decente. Ella le gritó desde el revoltijo de mantas caldeadas por su cuerpo:

—Apuesto que tu hermana no ha llegado a la casa todavía. Las brujas vuelven cuando canta el gallo y comienza a clarear…

Él la azotó hasta hacerle sangrar la boca, hasta que lo confesara todo. Y después de oír le pegó más. Corrió a las casas del fundo a contárselo a su segundo hermano y después a otro y a otro, y los nueve hermanos ni en conciliábulos ni solos se resignaban a aceptar que el rumor fuera más que una mentira nefasta que los manchaba a todos. El terror entraba desde la intemperie de los miserables al ámbito resguardado de la casa regida por la hermana a quien era imposible creer otra cosa que una niña transparente y feliz. No debían creerlo. Bastaba con no aceptarlo. Y dejaron de hablar del asunto. Sin embargo, volvían cabizbajos del trabajo del día, sin vender animales en la feria ni acordarse de recoger la cosecha antes que cayera el chubasco. Ya no bebían libre y alegremente como antes, porque los frenaba el temor de que el vino les soltara la lengua frente al padre, que no debía saber nada.

Sin embargo, todos juntos algunas veces, y después de decidir que era mentira, solos, cada uno por su cuenta, como escondiéndose de los demás para que no fueran a suponer que aceptaban siquiera una pizca de verdad en los rumores, los hermanos solían acudir de noche a la puerta de la habitación de la niña. Oían siempre lo mismo. Adentro, la hermana se reía con su vieja y contaba adivinanzas o cantaban un poco, y después las oían rezar salves y rosarios hasta que las sentían apagar las velas y quedarse dormidas. Jamás oyeron otra cosa y jamás dejaron de oír la repetición de lo mismo. No era nada. Sólo una isla femenina en esa casa de hombres, inaccesible para ellos, pero no peligrosa. ¿Cuándo salían a hacer las correrías de que las acusaban, entonces? Después de un tiempo de vigilancia, seguros de la falsedad de los rumores, fueron a contárselos al padre para que castigara a los culpables de la difusión de tamaño chisme. El cacique, loco de ira y de dolor, interrogó a su hija: los ojos de la niña permanecieron tan claros al responder con negativas a acusaciones que su inocencia no alcanzaba a comprender, que el padre se calmó y sentando a su regalona en sus rodillas le pidió que le cantara alguna cosa. El hermano menor, sonriente ahora, tomó la guitarra de un rincón del estrado para acompañarla:

Al mar me arrojara por una rosa
pero le temo al agua que es peligrosa,
repiquen las campanas con el esquilón
que si no hay badajo con el corazón.

En el cuarto contiguo los hermanos decidieron que sería sabio esperar unos días, pero que sin duda era necesario deshacerse de la nana, porque de haber culpa, era suya, al envolver con su presencia equívoca la inocencia de la niña. ¿Qué importancia tenía, por lo demás, sacrificar a una vieja anónima, si eso saldaba el asunto en forma limpia? Se fueron a dormir con el ánimo tranquilo después de mucho tiempo de desvelo. A la una de la madrugada un peón golpeó la puerta del dormitorio del cacique:

—Patrón, patroncito, allá afuera andan la perra amarilla y el chonchón…

Y huyó a perderse antes de que el cacique, blandiendo su ramal, apareciera envuelto en la camiseta de dormir y el poncho, en la puerta del cuarto, gritando para despertar a sus hijos, para despertar a todo el mundo, que se vistieran, que corrieran, que los mozos ensillaran y montaran y salieran… los diez hombres dejaron una polvareda en la noche galopando a campo traviesa, preguntando, buscando, escuchando, no fueran a perderse el chonchón y la perra, y esta oportunidad única para develar la verdad. Un aullido lejano torcía el rumbo del tropel hacia el bosque. Un graznido, una piedra que rodaba por una ladera, los hacían remontar montañas buscando en cuevas que podían ser entradas a la salamanca de las brujas. Bajaban al río porque el ladrido de un perro, que podía ser la perra amarilla, los conducía hasta allá, pero no era, no era nunca la perra amarilla, y cantó el gallo y clareó el alba y dejó de ser la hora de las brujas y los diez hombres tuvieron que regresar abatidos por la derrota a las casas del fundo. Al llegar sintieron alboroto de hojas en las viñas:

—Agárrenla, agárrenla, es la perra amarilla que se quiere meter en la casa, el chonchón no debe andar lejos.

Y los diez hombres se precipitaron sobre ella para cercarla como en una topeadura y cortarle el paso, para pillarla y azotarla y matarla ahí mismo, los caballos encabritados y los ramales volando, la perra perdida en la polvareda de los cascos que no lograron impedir que se hurtara a ellos y se perdiera en la luz imprecisa de la alborada. Mandaron a los peones a que la buscaran. Que la encontraran costara lo que costara porque la perra era la nana y la nana era la bruja. Que no se atrevieran a volver sin la perra amarilla. Que la mataran y trajeran el pellejo.

El cacique, seguido por sus hijos, forzó la puerta del cuarto de la niña. Al entrar dio un alarido y abrió los brazos de modo que su amplio poncho ocultó inmediatamente para los ojos de los demás lo que sólo sus ojos vieron. Encerró a su hija en la alcoba contigua. Sólo entonces permitió que los demás entraran: la vieja yacía inmóvil en su lecho, embadurnada con ungüentos mágicos, los ojos entornados, respirando como si durmiera, o como si el alma se le hubiera ausentado del cuerpo. Afuera la perra comenzó a aullar y a arañar la ventana:

—Aquí está, mátenmela o los mato yo a todos…

La perra dejó de aullar. La niña lloraba en la pieza donde su padre la dejó encerrada.

—¡Nana! ¡Nanita! Que no la maten, papá, que no la maten, que la dejen volver a su cuerpo. Si no la matan, yo le juro que confieso todo…

—Tú cállate. No tienes nada que confesar.

Salieron al patio a reconocer el cuero ensangrentado. No resultó difícil pillarla, parecía cansada, acurrucándose temblorosa bajo la ventana de la niña: eso fue lo que aseguraron después los peones mientras los diez señores examinaban el pellejo de la perra amarilla. Ahora no quedaba más que deshacerse del cuerpo de la bruja. No estaba ni viva ni muerta. Podía seguir siendo peligrosa: enterrar el cuerpo de una bruja suele envenenar leguas y leguas de buena tierra de labranza, de modo que hay que deshacerse de ella de otra manera, dijo el cacique. Mandó que ataran el cuerpo de la malhechora a un árbol para que la azotaran hasta que despertara y todos oyeran la confesión de sus crímenes. El cuerpo lacerado sangró, pero ni los ojos ni la boca de la bruja se abrieron, aunque no dejó de respirar, suspendida en una región distinta de la vida y de la muerte. Entonces, como ya no quedaba otra cosa que hacer, tumbaron el árbol a hachazos. Y los nueve hermanos con sus inquilinos y los inquilinos de los fundos vecinos llevaron el cuerpo de la bruja al Maule y lo echaron al agua, amarrado al tronco para que no se hundiera.

El cacique se quedó en las casas. Una hora después de que se apagó la gritadera del gentío, partió con su hija a la capital. La encerró en un convento, para que unas monjitas de clausura se ocuparan de ella: nadie, nunca más, ni siquiera sus nueve hermanos que tanto la querían, volvieron a verla.

Mientras tanto, por la orilla del Maule se desplegó la cabalgata, siguiendo el cuerpo que flotaba río abajo. Si lo veían acercarse a la orilla, lo alejaban con picanas. Cuando la corriente parecía arrastrarlo al centro del caudal, lo atraían con garfios. En la noche, con los mismos garfios, sujetaban el cuerpo de la bruja a la orilla mientras ellos desensillaban sus cabalgaduras, encendían fuego, comían cualquier cosa y tendiéndose en sus pellones y ponchos, antes de dormir, relataban cuentos de brujas y aparecidos y de otros monstruos con cuyos rostros se disfraza el miedo en tiempos malos. Contaron lo que sabían de las brujas, lo que se murmuraba desde hacía generaciones, que alguien le dijo una vez a un abuelo que era necesario besarle el sexo al chivato para poder participar en las orgías de las brujas, y hablaron del miedo, del de antes y del de ahora y del de siempre, y caía el silencio, y para ahuyentar las figuras que querían perfilarse en la noche se felicitaban porque por suerte, esta vez, las brujas no lograron robarse a la linda hija del cacique, que eso era lo que querían, robársela para coserle los nueve orificios del cuerpo y transformarla en imbunche, porque para eso, para transformarlos en imbunches, se roban las brujas a los pobres inocentes y los guardan en sus salamancas debajo de la tierra, con los ojos cosidos, el sexo cosido, el culo cosido, la boca, las narices, los oídos, todo cosido, dejándoles crecer el pelo y las uñas de las manos y de los pies, idiotizándolos, peor que animales los pobres, sucios, piojosos, capaces sólo de dar saltitos cuando el chivato y las brujas borrachas les ordenan que bailen… el padre de alguien, una vez, había hablado con alguien que decía que una vez vio un imbunche y el miedo le paralizó todo un lado del cuerpo. Aullaba un perro. Volvía a caer el silencio sobre las voces asustadas. Los ojos de los peones semiadormecidos brillaban cuando las llamas de la fogata vencían la sombra de las alas de sus chupallas.

Ensillaron temprano a la mañana siguiente. Soltaron las amarras del tronco y durante todo el día, a rayo del sol y por los cerros pelados de la costa siguieron el curso del cuerpo de la bruja río abajo. De caserío en caserío se fue corriendo la noticia de que por fin se llevaban a la bruja, que la comarca quedaría libre de maleficios, que las mujeres tendrían partos normales y no habría inundaciones, y a medida que avanzaba la cabalgata una legión de pobladores y colonos se fue uniendo a ella. Antes de que cayera el sol se dieron cuenta de que el mar estaba cerca. El río se ensanchó, sosegándose. Apareció un islote. Bancos de arena suavizaron las riberas. El agua, en vez de verde, era cenicienta, hasta que allá lejos avistaron rocas negras y la línea blanca de las olas de la barra.

Los nueve hermanos en una lancha, con garfios y cordeles, arrastraron a la bruja hasta la barra: las corrientes la habían ido desvistiendo y revolviéndole los jirones de ropa y de pelo. Los pescados que mordisquearon su carne flotaban muertos alrededor de la lancha. El tropel de inquilinos a pie y a caballo, de colonos, de niños con sus perros, de vecinos, de curiosos, subió a la colina frente al mar. Muy tarde, el viento que soplaba en sus ponchos trajo el aullido de triunfo que lanzaron los nueve hermanos: por fin habían logrado que el cuerpo de la bruja traspasara la montaña de olas vertiginosas y que el mar se lo tragara. Quedó apenas un punto que fue disolviéndose sobre el mar dorado del poniente. Lentamente la cabalgata se dispersó en el camino de regreso. Cada uno volvió a su pueblo o a su rancho, tranquilo ahora y con el miedo apaciguado porque por fin se iban a terminar los tiempos malos en la comarca.

Dije que esa noche en la cocina, las viejas, no me acuerdo cuál de ellas, da lo mismo, estaban contando más o menos esta conseja, porque la he oído tantas veces y en versiones tan contradictorias, que todas se confunden. Algunas variantes afirman que los hermanos no eran nueve sino siete o tres. La Mercedes Barroso contaba una versión en la que los peones, aterrorizados ante la furia del cacique, habrían carneado a una perra cualquiera para mostrarle el pellejo, y que así la verdadera perra amarilla habría quedado viva. Sólo lo esencial siempre permanece fijo: el amplio poncho paternal cubre una puerta y bajo su discreción escamotea al personaje noble, retirándolo del centro del relato para desviar la atención y la venganza de la peonada hacia la vieja. Ésta, un personaje sin importancia, igual a todas las viejas, un poco bruja, un poco alcahueta, un poco comadrona, un poco llorona, un poco meica, sirviente que carece de sicología individual y de rasgos propios, sustituye a la señorita en el papel protagónico de la conseja, expiando ella sola la culpa tremenda de estar en contacto con poderes prohibidos. Esta conseja, difundida por todo el país, es originaria de las tierras del sur del Maule, donde los Azcoitía han poseído sus feudos desde el coloniaje. Inés, claro, porque al fin y al cabo tiene sangre Azcoitía por el lado de la madre de su madre, también sabe una versión de este cuento. La Peta Ponce se la debe haber contado cuando Inés era niña. En su mente aterrada separó, y seguramente olvidó, la conseja de la niña-bruja de la otra cara de la misma leyenda: esa orgullosa tradición familiar que conservan los Azcoitía, de una niña-beata que murió en olor de santidad encerrada en esta casa a comienzos del siglo pasado y cuya beatificación ha sido un fracaso tan estruendoso que hasta los comentaristas de la radio y de los periódicos se han reído de ella. Pero la conseja sigue viviendo en las voces de las abuelas campesinas que invierno tras invierno la repiten, alterándola cada vez un poquito, para que sus nietos acurrucados junto al brasero vayan aprendiendo lo que es el miedo…

Acabas de leer parte del segundo capítulo de El obsceno pájaro de la noche, una de las novelas cumbres de la narrativa hispanoamericana, escrita por el chileno José Donoso. Harías bien en leerla completa, ahora que recién la reeditaron.

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