Amor filial
Por Alexis de Ganges Publicado en Carretera en 30 octubre, 2020 0 Comentarios 9 min lectura
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Mamá observa que tenemos mucha hambre.

—Se les ve en los ojos –dice.

Nos mira y sonríe. Su blanca mano se posa sobre la cabeza del más pequeño.

Padre nos dejó hace unos días; se fue muy lejos y dejó a mamá sola. Aún así mamá nos trata bien, igual que siempre.

La televisión está encendida. Los cuatro estamos sentados sobre la alfombra de la sala, frente a ella. Las manos del menor despedazan una vieja muñeca de trapo; la cabeza rueda y va a detenerse junto a la pata del sillón.

Mamá espera una visita. Ahora prepara café.

* * *

Los pequeños se han portado muy bien. Como buenos niños que son, merecen algo especial. Ya les he dicho. Se pusieron a saltar y a hacer cabriolas. Me encanta verlos reír, sentir su alegría.

Una vieja amiga vendrá en la tarde. La encontré el domingo en el supermercado y me dio su teléfono. Hoy le hablé y le pedí que viniera. Podremos platicar, contarnos cientos de cosas; recordar los viejos tiempos. Aquella época cuando solíamos ir juntas a las fiestas o a cenar con los amigos. Fue una feliz casualidad. Tantos años de no vernos. Ahora tocan el timbre.

* * *

Madre platica con su amiga. No ha dejado de hacerlo en toda la tarde. Su vestido celeste contrasta con la minifalda y la blusa negra de nuestra invitada.

Que debemos mantenernos ocultos –dijo madre–; que por ningún motivo nos asomemos.

Sin embargo, uno de nosotros no hace caso; abre ligeramente la puerta y atisba, sacando la cabeza a través de la abertura.

Nos abalanzamos sobre él y lo quitamos de la puerta. Hacemos mucho ruido.

Mamá llega: que no lo volvamos a hacer y que nos estemos quietos.

Sí, guardamos mucho silencio. Nos vamos al cuarto.

* * *

5:30.

Los pequeños han tirado los trastos, así que debo ir a calmarlos. Regreso y me disculpo, arguyendo que el gato se metió en la cocina.

Ella y yo vivimos muchos momentos: algunos felices, otros tristes; unos más, desagradables. Recuerdo el día que se eligió a la reina de la escuela. Las dos fuimos finalistas; ella, la elegida.

Igual de fresco en mi memoria, imborrable como tatuaje sobre la piel, está la imagen de ella en los brazos de mi novio.

Dejé de hablarle por mucho tiempo; la maldije y le desee lo peor del mundo.

Sin embargo, algunos meses después continuamos siendo buenas amigas.

Me platica sobre lo sanos y hermosos que sus dos hijos crecen, y de lo ocupada que ha estado últimamente con sus pacientes.

—Soy psicóloga desde hace tres años –comenta.

Los pequeños sin duda me observan, atentos a todo lo que sucede. Mientras tanto, mi amiga continúa platicando sin cesar: moda, viajes, comida. En realidad no la escucho. Mi mente divaga por otros lados.

* * *

Dos de nosotros observamos por la ventana. Una linda pareja de adolescentes pasa frente a ella; dos chicos normales, dieciséis años quizá.

De pronto, la muchacha nos ve y grita. Se refugia en los brazos del chico. Ambos se van corriendo.

Es desagradable. Sólo porque no somos como los demás.

Mientras tanto, los otros dos nos subimos al clóset. Como madre dijo, la cuerda está en el tercer estante de abajo para arriba.

La tarde es agradable; llueve y el cielo está oscuro. Adoramos estos días.

La cuerda y el filo son buenos.

* * *

5:45.

Mi amiga habla de su esposo. Su matrimonio se ha deslizado en perfecta armonía.

Al enterarme del nombre de su marido, no puedo evitar sonreír. Se trata de Armando, mi ex novio.

—Es un arquitecto muy ocupado –afirma–. Ni siquiera pude avisarle que vendría.

Me pregunta sobre mi marido. Cuál es su profesión, hace cuánto nos casamos, qué nombre tiene.

—Martín –respondo por decir algo–. Lo conocí mientras hacía mi posgrado en genética –alteraciones, drogas inmundas, ADN–, él me ayudó con mi tesis.

¡La genética! La genética nos cambió la vida.

—Pues nosotros –me explica– pronto nos mudaremos a una casa más grande.

En cambio, nosotros jamás volveremos a vernos.

—Te ha de querer mucho –le digo–; cada vez estás más hermosa.

Quizá no por mucho tiempo.

—No, tú eres más hermosa. Hasta he pensado que eras la candidata ideal para ser reina. ¿Te acuerdas?

Sorbe un trago de café y sonríe; esa sonrisa que expresa satisfacción y vanidad al mismo tiempo. Además, su dentadura es impecable.

Tú eres la más bella, dice. Siempre seré mejor es lo que piensa.

Sorbe otro trago y se reclina ligeramente en el respaldo del sillón.

* * *

Nuestra paciencia es grande.

Observamos discretamente. Es bastante alta, más que mamá. Su cabello es castaño y su rostro suave y delicado. Sus miembros se ven cálidos y juveniles.

Es más hermosa que mamá y, sin embargo, no tiene manos tan suaves y finas. Perfectas, nos acarician. Hacendosas, nos dan de comer.

Hemos hecho un nudo al lazo y nos ha quedado muy bien.

* * *

5:57

La oscuridad se ha posado sobre la ciudad. En la calle sólo hay un tiempo de perros.

Mientras ella observa un jarrón de vidrio cortado, me levanto y llevo los platos y tazas al lavadero.

—Adiós, querida –escucho que dice–. Siento dejarte, pero tengo cosas que hacer. Espero que nos veamos pronto.

—Espera, quiero enseñarte algo.

Dejo la vajilla en el lavadero y regreso a la sala.

—¿Qué es? –pregunta.

Me inclino hacia la mesa de centro, donde hay algunas chucherías, y tomo una campanilla dorada.

—Observa –le digo.

Agito la campanilla.

* * *

Siempre sucede así.

Ella grita y nos observa con una mueca de horror en el rostro.

Trata de alejarse, se topa con la pared. Nosotros nos acercamos lentamente. Ella se debate con furia, insulta, gimotea.

Intenta defenderse, tira el florero, agita el bolso. Uno de nosotros le muerde el tobillo y ella suelta un grito. Cae de bruces, se arrastra por la alfombra.

Encima de ella, le amarramos los pies y las manos con nuestra cuerda. Tomándola entre los cuatro, la llevamos a la cocina.

Pide clemencia.

La colocamos suavemente sobre la mesa. Grita más fuerte, forcejea; pero está bien sujeta y no podrá liberarse.

La miramos fijamente, observamos cada parte de su cuerpo. Le quitamos la ropa. Aún se resiste. Ver su cuerpo desnudo nos inquieta aún más. Sus formas son simétricas, firmes y voluptuosas. Sentimos sus carnes, percibimos su aroma, palpamos los senos tiernos y redondos.

Intenta soltarse por última vez. Es inútil.

Con el cuchillo le hacemos una cortada en la muñeca y probamos la sangre, ligeramente amarga.

Cuando le abrimos la garganta, la sangre nos salpica.

* * *

La tuvimos colgada menos de una hora en el gancho, y al fin podemos bajarla.

Ponemos el manjar sobre la mesa y comenzamos la faena de desmembrarla. Es menester quitarle el corazón –que es lo que más me gusta–, el estómago, los intestinos, el hígado. Después cortamos el cadáver en trozos.

Como a mamá le gustan los sesos, uno de nosotros toma el taladro, coloca la broca; trepana rápidamente. Los ojos y la lengua son agradables de postre. Personalmente, prefiero los riñones.

Hay que guardar algunas vísceras en el refrigerador. También tirar los desperdicios –cabellos, manos, pies, cartílagos, huesos– en el sótano que padre construyó para estas ocasiones.

Por último colocamos la cena sobre la parrilla. No hay que olvidarse de las costillas, las cuales son una exquisitez bañadas con salsa inglesa y jugo de limón.

Hemos terminado. Mientras mamá mete la cena al horno, nosotros vamos a jugar. A mí me gusta saltar a la cuerda.

* * *

La cena está lista. Los he llamado; se sientan a la mesa y prueban los bocados con avidez. Están contentos.

Al terminar saltan de la mesa, les he dicho que se laven los dientes muy bien para que no se les piquen. Se despiden de mí cariñosamente.

¡Qué cansados están! Irán directamente a la cama.

Yo también estoy cansada, pero me quedo un rato en la cocina recordando viejos tiempos. Faltaban pocas semanas para graduarnos y era viernes. Acostadas sobre el césped contemplábamos las estrellas.

—¿Qué quieres hacer en la vida? –le pregunté.

Ella continuó mirando el cielo. Reflexionó un rato y entonces dijo:

—Estudiar psicología, tener un hogar perfecto y viajar.

Me hizo la misma pregunta y yo expresé mis sentimientos, dando rienda suelta a mi imaginación.

Me levanto, tiro sus joyas –un anillo de casada, una cruz atada a una cadena– al bote de basura. Guardo una tarjeta con su dirección y teléfono.

Voy a la habitación de los niños. Los arropo suavemente, uno por uno. El menor me mira con ternura y cierra los ojos, pero la sonrisa no desaparece de su rostro.

Este cuento forma parte del libro Sólo las cenizas, del mismo autor, editado por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, en 2009. Lo reproducimos aquí con la autorización de su autor.

La ilustración al inicio fue hecha ex profeso para el texto por la artista Marie Sol Payro.

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