Juan de los Muertos
Revolución o muerte
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 27 octubre, 2020 2 Comentarios 10 min lectura
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La primera vez que vi Juan de los Muertos (Alejandro Brugués, 2011) fue en el Festival de Cine de Guadalajara hace nueve años. Por entonces, recuerdo, me interesó bastante ir a verla, porque era la primera película de zombies en grabarse en una isla peculiar –en términos políticos, sociales y estéticos– y porque desde el título apuntaba a ser una tremenda comedia como Shaun of the Dead o Zombieland. No me decepcionó: el film es un digno exponente del subgénero, lleno de humor negro, sketches ingeniosos, efectos especiales –decentes para su presupuesto– y gore al por mayor. ¿Está a la altura de sus pares anglosajonas ya mencionadas? No. Pero sí por encima de muchas otras del mismo tema.

Como película de zombies, Juan de los Muertos es predecible de principio a fin: en la ciudad estalla una epidemia de un virus que convierte a la gente en muertos vivientes. Pese al esfuerzo del gobierno por controlar la situación, el caos estalla y la sociedad colapsa. En medio del tumulto, un grupo de sobrevivientes se las apaña para seguir con vida. Dicho grupo es integrado por los personajes más dispares y estereotípicamente exagerados, como caricaturas (pero vaya: esto es una comedia y se vale ese recurso). Suena a premisa cliché del género, ¿no? Entonces, ¿qué hace a Juan de los muertos una película tan especial? Bueno, por principio de cuentas, está filmada en Cuba.

¿Y eso qué tiene que ver?, se preguntarán. No lo digo porque su origen la dote de un exotismo tropical que le dé una nuevo revestimiento al filme, para hacerla más atractiva. Bien dice el dicho: «la mona aunque se vista de seda…», y si esta fuera una mala película, poco importaría su país de manufactura. Afortunadamente, no es el caso aquí. Brugués hace de la cubanía el centro de su historia. Lo que quiero decir es que Juan de los Muertos no es una comedia de zombies en Cuba, sino una sátira social de Cuba durante una invasión zombie.

Lo anterior no lo entendí la primera vez que vi la película. Sí, a nadie que la haya visto se le puede escapar que hay ahí una crítica al régimen castrista (y todos tenemos una imagen de la isla, aunque sea mínima y poco informada, como era la mía en 2011, cuando me quedé apenas con la impresión de que era una cinta de zombies, con algo de crítica social). No obstante, la película va más allá de una crítica al régimen. Se trata de un estudio social y de la psique de su individuo. Exactamente, como debe ser una buena película de terror.

Ya lo decía un crítico de cine cubano:

«Hay dos formas de ver el mensaje: como lo ve el público extranjero y como lo ven los que viven en la isla».

Esto, a lo que podemos llamar matices culturales, es algo que existe inherente a toda historia y que se suele perder en la traducción. Pongamos, por ejemplo, La dictadura perfecta (Luis Estrada, 2014). Cualquier persona en el mundo puede verla, reírse y horrorizarse con su humor negro, pero difícilmente conocerá de antemano los referentes reales que inspiraron las distintas escenas. Eso, sólo un mexicano, tal vez. Pero si a una persona de otra nacionalidad le interesa, podrá sumergirse en la historia y cultura del país para entender de lleno la película. Algo así me pasó con Juan de los Muertos, de forma no premeditada.

En 2012, tuve la suerte de viajar a Cuba y quedé fascinado con el surrealismo tangible que es la isla. Luego volvería cinco veces más, por motivos que no vienen a cuento para esta reseña, pero que me dieron la oportunidad de conocer a un montón de gente de todas las edades, sexos, rezos e ideologías dentro de la isla. Esto me sirvió para formarme una idea de lo que ellos llaman cubanía. Seguramente, mi imagen siga incompleta y sesgada por mis ojos de extranjero, pero por lo menos me sirvió para entender algunos otros matices que toca la película.

El filme abre con una escena donde vemos a Juan en una balsa, una imagen que puede recordar a la de los balseros cubanos que llegaban a Miami en los años 90. Pero a diferencia de aquellos, Juan no quiere ir a Estados Unidos, porque según él ya está en el paraíso. O eso es lo que dice a su compadre Lázaro, una suerte de Sancho Panza de nuestro protagonista, que estaba intentando pescar langostas. Y luego Juan dirá una frase que es la definición misma de su personaje (y de muchos cubanos): «Yo soy un sobreviviente. Sobreviví al Mariel, sobreviví a Angola, al Periodo Especial y a la cosa esta que vino después».

El gran éxodo del Mariel fue un movimiento en masa de cubanos que partieron para Estados Unidos desde el puerto de Mariel, en 1979. La guerra civil angoleña de los 80 fue una de las tantas guerras proxis de la Guerra Fría y que a los cubanos les tocó pelear por razones de, emm, defensa. El Periodo Especial en tiempos de paz es cómo se le llamó al conjunto de medidas emprendidas por el gobierno cubano para enfrentar la terrible crisis económica de Cuba en los 90, tras la caída de la Unión Soviética, de cuyos insumos dependía la isla a causa del bloqueo impuesto por EEUU. Para salir de dicha crisis, y dadas las limitaciones del bloqueo al que todavía está sometida la isla, a finales de los dosmiles, el gobierno de Raúl Castro realizó una serie de reformas políticas y económicas, como la legalización del dólar, el permiso para formar algunas clases de empresas privadas (capitalistas), enfocadas sobre todo en el sector turístico; el uso de una segunda moneda llamada CUC y las políticas de acercamiento hacia potencias occidentales (incluso Estados Unidos). Esto último es «la cosa esta que vino después», a la que se refiere Juan.

Volviendo a la escena inicial en la balsa, Juan y Lázaro pescan el primer zombie, al que Lázaro matará accidentalmente.

El zombie en esta película es llamado «disidente», un término que claramente identifica a quienes están contra el régimen. Muchos de estos opositores del mundo real viven en Miami, pero dentro de la isla quedan muchísimos; algunos lo son de forma abierta y otros, en lo privado. A mí me tocó conocer a más de uno y, por lo que me dijeron, a los que no persiguen políticamente, son sometidos a una presión social para aislarlos, algo que me sonaba impensable, pero es tristemente real. De eso se encargan, sobre todo, en los Comités de Defensa de la Revolución, que se encuentran en cada barrio de la isla y se dedican a vigilar lo que hacen sus vecinos. La paranoia total, vamos. No es de extrañar que el primer ataque zombie de la película ocurra en una reunión de dichos comités y que sus organizadores no tengan idea de lo que pasa.

Bueno, estos zombies que han alterado la «disciplina social», son tachados por los medios oficiales de disidentes pagados por Estados Unidos (el enemigo), algo que todo gobierno autoritario hace para justificar sus propios errores. Pero los zombies no son disidentes. Son el pueblo mismo, infectado por una ideología que llegó de fuera, que los hace devorar a otros humanos o contagiarlos. Como resultado, quedan sin raciocinio y podridos. ¿Les suena? Aquí pueden poner la ideología antagónica de su preferencia, en el país que elijan. La metáfora zombie nunca estuvo mejor aplicada. Y lo podemos comprobar en una de las escenas más emblemáticas de la película, cuando nuestros protagonistas salen a la calle y no pueden diferenciar al cubano de pie de calle de un zombie.

Dado que los ataques de «disidentes» son cada vez más frecuentes, el gobierno convoca a una protesta frente a la tribuna antimperialista, una plaza que queda justo enfrente de la por entonces «Oficina de los Intereses de los Estados Unidos» y que ahora es la embajada de ese país en La Habana. Se trata este de un movimiento común en la isla para desviar la atención nacional. Según me contó un amigo, en las escuelas y trabajos invitan a las personas a asistir voluntariamente a fuerza. Sean o no acarreados, es en esta protesta cuando estalla el brote zombie y La Habana colapsa. La película interpreta así, de forma literal, el mensaje de muchos carteles de la isla: «revolución o muerte».

«Juan de los Muertos, matamos a sus seres queridos, ¿en qué puedo servirle?».

A partir de ese punto, Brugués comenzará a introducir más y más tópicos de las películas de zombies y es, para mí, donde la película pierde un poco de su magia, porque abandona la sátira por la acción y los chistes fáciles, algunos mal envejecidos, y en general cae en lugares comunes y predecibles. Aun así, esta segunda parte tiene también algunos de los mejores momentos de la historia, como lo es establecimiento del negocio de Juan para sacar provecho de la situación: cobrará a sus pares por matar zombies. Su nombre y eslogan es oscuro y genial al mismo tiempo: «Juan de los Muertos, matamos a sus seres queridos».

Como puede entenderse, Juan es un vividor que sabe sacar provecho de cualquier circunstancia. Y un apocalipsis zombie no será la excepción. No he hablado mucho de Juan, porque prefiero que lo descubran ustedes mismos. Pero es el arquetipo del pícaro hispanoamericano que tantas veces hemos visto antes y que de forma tan atinada funciona en esta historia. También es el único personaje de la película que tiene tridimensionalidad, pues llegamos a conocer lo que quiere, lo que desea y de lo que se arrepiente. Es la personalización del sentimiento de cubanía, que mencioné antes.

En eso último, por cierto, está la clave para entender su decisión del final, que no me hizo sentido y no me gustó la primera vez que vi la película; pero ahora que algo he llegado a entender del sentimiento de pertenencia a un lugar, ese que todos llevamos, ese que está libre de ideologías, ese que te otorga identidad, ese que te hace amar tu tierra con todo y sus defectos, bueno, ahora sí me hace sentido y debo admitir que cierra de modo magistral.

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