Tinta con fuerza de mujer
Por Arturo Ceballos Publicado en Carretera, Tropos en 23 octubre, 2020 0 Comentarios 5 min lectura
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En 1951, salió a la luz una novela que en poco tiempo se convirtió en una de las más grandes obras del siglo XX, y quizás lo sea también de la historia de la literatura mundial. Era una época de suma fragilidad social y política (cuál no). La tinta que llena sus páginas fue dirigida y colocada por una mujer, una escritora que empleó más de treinta años de su vida literaria para escribir su obra cumbre.

Después de organizar decenas de volúmenes de borradores, de información consultada y de cientos de insomnios impalpables, Marguerite Cleenewerck de Crayencour, mejor conocida como Marguerite Yourcenar (anagrama de Crayencour) (Bruselas, Bélgica, 1903 – Estados Unidos, 1987) publicó Memorias de Adriano, en 1951. La escritora belga eligió la vida del gran emperador romano, Adriano (117-138 d. C.), para novelizar con muchas licencias literarias –incluso yendo más allá de la fiabilidad histórica–, el espíritu de quien fue el hombre más poderoso del mundo. Adriano fue emperador de Roma durante la época de mayor esplendor imperial, no sólo en cuanto a la extensión de sus territorios, sino también por la eficacia del sistema jurídico que prevalecía, así como por el insistente respeto que el emperador trató de conservar hacia las costumbres y cultura de los pueblos conquistados. Su vida y obra está registrada históricamente, y uno puede seguirla con pies de plomo para no faltar al rigor histórico de los acontecimientos que lo rodearon. Pero la obra de Yourcenar despega los pies de la tierra para demostrarnos, con la dignidad de una mujer, que es más importante recordar lo que hay en el corazón, que lo que sucedió de los ojos para afuera.

Memorias de Adriano es clasificada como la novela histórica por excelencia. Está escrita a manera de epístola: una carta que en los últimos días de su vida, Adriano le dirige a su sucesor en el trono, Marco Aurelio. En ella y a través de una narración amena, emotiva, sensible, plagada de flashbacks o analepsis (dirían los expertos), el personaje de Adriano se desnuda psicológicamente ante el lector, un lector entrometido que sabiendo que no es el destinatario directo del documento, no puede dejar de leer, letra tras letra, lo que hay de humano en el recuerdo entrañable de una vida. Es notable la forma en la que Marguerite Yourcenar conjuga la historia, la psicología, la filosofía, la crítica religiosa y la poesía, en la voz de un solo personaje. Adriano se percibe como una criatura, pero la sangre que corre por sus venas, el aliento que emana de su boca y los escalofríos a causa del miedo y la zozobra, tienen sabor a mujer. Es ella, Marguerite, quien logra un tipo, un personaje de auténtica carne y hueso. Es ella quien rompe la barrera del género y se atreve a tomar a un hombre por las entrañas, para conocerlo mejor que nadie. Es natural, un síntoma común a cualquier hombre –varón, me refiero–, que al leer la novela se sienta invadido en lo más íntimo, en lo que los hombres creemos inaccesible para el género opuesto, incluso para el nuestro propio.

Memorias de Adriano es una obra que contiene, entre líneas, algunos contrapuntos o paradojas dignas de mencionar. En primer lugar, se trata de la vida de un personaje que llegó a ser considerado, literalmente, una deidad; un hombre en la cima de la sociedad romana y, por lo tanto, del mundo euroasiáticamente conocido. Y, sin embargo, en el libro se descubre a una de las figuras más humanas y sensibles que puede encontrarse en la literatura. ¿Será esta la gran cuestión: que lo divino está más cerca de lo auténticamente humano de lo que uno cree? ¿Qué el camino es hacia adentro, hacia la pausa, y no hacia arriba y la efusión? En segundo lugar, se trata de la historia de una de las figuras del imperio romano más emblemáticas. Mediante el nombre de Adriano se expresa la grandiosidad de Roma, de sus instituciones, de sus generales, de su legado histórico a través de los siglos. Y al mismo tiempo, Marguerite Yourcenar lo presenta como el más griego de los romanos: un hombre enamorado de la poesía, de la estética, de las artes, de cuanta manifestación sea capaz de causar éxtasis en el espíritu. Un hombre volcado hacia la cultura helénica, sus filósofos, su retórica, sus poetas y la forma tan peculiar de explicarse el modo en que los dioses construyeron al mundo. Incluso se dice que tras largos períodos en campaña, en Medio Oriente, Hispania o en Britania, Adriano añoraba más volver a las polis griegas que a la misma Roma. Y en tercer lugar, como última paradoja o contrapunto, queda la escritora frente al personaje: ella, Yourcenar, una mujer bisexual que también sintió los tambores batirse dentro de ella cada vez que reconocía la libido por alguna mujer. Y él, Adriano, un emperador homosexual capaz de dar la vida por su amante, Antinóo, con la gallardía de mil centuriones, antes que por la misma Roma. Entre la escritora y el personaje se encuentra un espejo de sexos encontrados, quizá la clave para que el libro haya conseguido la profundidad y sutileza que le han dado fama.

Sugiero abrir un paréntesis en esta época, para recibir en nuestra mirada a la mujer belga que no solo escribió sobre un hombre, con una buena dosis de poesía y contundencia filosófica, sino que también escribió sobre los placeres, la aspereza y la adversidad común a toda experiencia humana.

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