En perpetuo oleaje
Sobre la figura del coleccionista onírico de Walter Benjamin
Por Alejandra Fábregas Publicado en Carretera en 16 octubre, 2020 Un comentario 8 min lectura
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¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Calderón de la Barca
La vida es sueño

Los niños no son el futuro porque algún día vayan a ser mayores, sino porque la humanidad se va a aproximar cada vez más al niño.

Milan Kundera
El libro de la risa y el olvido

El mundo globalizado refleja la idea de que lo que se olvida muere, que el pasado ahí se queda y que la vida es el instante presente, que la renovación será lo que sobreviva, enfatizando el momento actual como el único verdadero, superado sólo por la idea del futuro (intangible e inexistente). Nos muestra que lo importante, lo que nos da sentido de pertenencia es la materialización de todo cuanto es posible, y la adquisición y renovación de los objetos y las ideas desechables, como si el pasado (sus objetos y sus ideas) estuviera en constante desvanecimiento.

«La propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos e indolentes, que un objeto solo es nuestro cuando lo tenemos, es decir, cuando existe para nosotros como capital […]».

Walter Benjamin, Libro de los pasajes, pág. 227.1

Lo anterior bien puede ser considerado una ilusión, un habitar y deshabitar en lo efímero que, cual desacreditación a la teoría de la generación espontánea, podemos descartar como real. Entonces, ¿cómo llega el ser a ser quien es?, ¿finaliza su existencia en algún momento?

La existencia humana es inherente a su historia, y su historia a su existencia; somos un producto de esta reciprocidad, de un cúmulo de vivencias marcadas en la memoria, desde la infancia, que marcarán la ruta individual y también colectiva de lo que vendrá a ser.

En lo infante se encuentra una figura importante para el presente: el coleccionista, quien al serlo, asume una facultad onírica. Benjamin equipara al coleccionista con la naturaleza, cuando se refiere a los nidos de los pájaros, y nos abre la ventana al mundo de la colección de ideas, cuando se refiere al estudiante que «colecciona saber» (ídem, pág. 228) Así, emulando a la naturaleza, el ser humano empíricamente colecciona objetos y experiencias, mismas que cual facultad de la niñez, nos compete a todes, de alguna u otra forma.

El vivir, no como sinónimo de mera existencia, sino como derecho que se ejerce desde ese ser onírico, está construido en andamios interminables, porque para el coleccionista, la acumulación nunca finaliza; está en andamios porque comienza a forjarse desde los primeros momentos de conciencia, respaldada por el pasado que permanece en su entorno y que afianza su presente construcción, no sólo individual, sino también colectiva, formando parte de la memoria histórica. Eduardo Cadava, en el pasaje «Sueño» de su libro Trazos de luz,2 cita a Benjamin refiriéndose al despertar como un pasaje del sueño mismo, que expone el carácter colectivo del mundo de las ideas: «Toda época no sólo sueña con la que sigue, sino que, soñando, se aproxima a un despertar».

Como artífice de lo que ha de venir, el coleccionista observa, explora y experimenta su entorno, comenzando así la más larga colección de su vida: la de los momentos. Igual que el coleccionista no prevé constantemente el encuentro de los objetos que atesorará, igual se le presentan los sucesos, sin poder anticipar cuáles de ellos le serán de mayor singularidad e importancia.

«[…] eso es lo que ocurre al gran coleccionista con las cosas: le asaltan de improviso. El hecho de perseguirlas y dar con ellas, el cambio que opera en todas las piezas, una pieza nueva que aparece: todo ello le muestra sus cosas en perpetuo oleaje […] en el fondo, se puede decir que el coleccionista vive un fragmento de vida onírica».

Walter Benjamin, Libro de los pasajes, pág. 224.
«El coleccionista observa, explora y experimenta su entorno, comenzando así la más larga colección de su vida: la de los momentos». Fotografía: Heather Zabriskie, a través de unsplash.com

Esa vida onírica poseída por el coleccionista permite la relación entre los objetos y las memorias que emanan de ellos, y construye los peldaños que se forjan por medio del olvido-recuerdo, tanto de los objetos como de las memorias. Benjamin sugiere que el coleccionista es capaz de sacar al objeto de su entorno funcional, dándole una «mirada incomparable» que le separa del propietario profano (ídem, pág. 223), y es que es así; el coleccionista, el niño-adulto, ve más allá de lo tangible y le da un significado que abre una ventana al momento vivido, al sueño deseado o imaginado, o a la realidad perpetua que aloja el recuerdo al que evoca. Sus orígenes, el pasado del objeto-recuerdo y el presente del adulto-niño, están interconectados, tomando elementos de la permanencia en el olvido, para edificar el presente y pintar la imagen del futuro.

Como un infante que atesora juguetes, que colecciona pegatinas, estampas de futbolistas o piedritas de colores, tal vive el adulto su presente, lleno de colecciones que le evocan su historia, le recuerdan quién es y cómo ha llegado a ese entonces. Más aún, el carácter onírico del que depende pasa del plano individual al colectivo, cuando el sueño se vuelve parte del despertar de una sociedad. De igual manera que se acumulan momentos en la historia personal, se resguardan imágenes en la memoria colectiva que conforma la historia de una sociedad, pasando de un plano a otro, cuando lo que es real para la conciencia individual lo es también para la conciencia colectiva (Cadava, pág. 152).

Tanto como existe el ser en el sueño individual, en esa colección permanente de momentos, igual habita en él la posibilidad onírica en la colectividad que se da cuando una sociedad despierta. Para Benjamin, estar dormido es sólo posible si se está despierto, y viceversa.

«Al no estar despierta para sí, ni para los otros, la conciencia humana tiene lugar en un espectro de despertares sin principio ni fin. La conciencia puede ser definida como tal, quizá sólo en la medida en que permanece despierta y dormida al mismo tiempo.» (Cadava, pág. 152)

Paradójicamente, pareciera que los sueños son sólo posibles en el despertar, cuando el individuo entiende bien que el despertar es saberse mover entre la luz y la oscuridad, entre lo onírico y lo real. Es en la oscuridad en donde se puede vivir el despertar; si existe el despertar «solo puede ocurrir en la noche del entendimiento, en el pasaje entre luz y oscuridad que nos impide estar despiertos, ser despiertos». (Cadava, pág. 150)

Es en ese transitar entre sueño y despertar, entre luz y oscuridad, entre el mundo de las ideas y el mundo de lo tangible, en donde el coleccionista se mueve libremente, atento a los peldaños que dirigen hacia su realidad.

El coleccionista de objetos es un fisonomista del mundo de las cosas (Benjamin, pág. 225), y así como él, el coleccionista de momentos se vuelve un experto en el mundo de las ideas, de lo abstracto; como un mago, como un ser que es capaz de habitar en el mundo de los sueños, que advierten una realidad posible. El gran coleccionista se ve conmovido por la «confusión y la dispersión en que se encuentran las cosas en el mundo» (ídem, pág. 229); es entonces de nueva cuenta un infante a merced de su andamiaje interminable; en la incompletitud de las cosas y de las ideas que, como un perpetuo oleaje, ha de permanecer en una acumulación eterna de significados.

El Boticario

Cocteles de autor.
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  1. Benjamin, Walter (2005). Libro de los pasajes. Editorial Akbal.  (Regresar)
  2. Cadava, Eduardo (2014). Trazos de Luz: Tesis sobre la fotografía de la historia. Editorial Palinodia, 2014.  (Regresar)

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  1. Vaya capacidad que tienes para desmenuzar y plasmar tus ideas libremente en un texto como este. Nuevamente, felicidades por esa extraordinaria manera de dar a entender tu pensamiento crítico. 👍👏👏👏👏👏

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