El abrazo de la serpiente
Donde bajó la Anaconda
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 13 octubre, 2020 0 Comentarios 13 min lectura
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«El río es el hijo de la anaconda. Lo entendemos en sueños, pero es la verdad real, más real que lo que tú llamas real».

Dice la leyenda que el río es el hijo de la gran Anaconda que descendió de la Vía Láctea, junto con los ancestros karipurakena, o los hijos de la tierra. Este mito creacionista del río Amazonas, probablemente, esté inspirado en las tradiciones de la etnia yucuna, una tribu indígena del Departamento Colombiano del Amazonas, frontera con Perú y Brasil y lugar donde se filmó El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015).

La película nos cuenta dos historias separadas por tres décadas, pero alternadas en el montaje y unidas por un solo protagonista: el chamán Karamakate. La primera historia tiene lugar en 1909, y es el viaje por el río que realiza un joven karamakate, junto con un etnógrafo llamado Theodor von Matius y su asistente Manduca. El chamán va en búsqueda de los sobrevivientes de su pueblo; el etnógrafo lo hace porque necesita encontrar la yakruna, una planta medicinal capaz de curar la enfermedad que padece. La segunda historia transcurre en 1940 y es un viaje que sigue los mismos pasos, excepto que ahora lo protagoniza un botánico que no puede soñar ni dormido ni despierto. Se llama Evan y quiere encontrar la yakruna porque cree que con ella volverá a soñar. A él lo acompaña un viejo karamakate, que tras tantos años de soledad se ha convertido en un chullachaqui, una cáscara de hombre que ya no tiene memoria. Durante el viaje, el anciano chamán irá recuperando sus recuerdos y podrá cumplir con la misión de su vida.

El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015). Disponible, mediante alquiler, en Youtube.

Como podrás imaginar, la película tiene un discurso político, sociológico, etnológico, filosófico y espiritual que aborda temas como la violencia, la avaricia, la otredad, la explotación de la naturaleza, el indigenismo, el colonialismo y neocolonialismo, la lucha ideológica, el choque cultural, la mística y las diferentes formas que existen de percepción. Estos discursos, sin embargo, no se imponen a la narrativa, sino que la acompañan, para poner el acento en las relaciones humanas y profundizar en la psique de todos y cada uno de los personajes, protagonistas y secundarios. Sin juicios y sin caer en prejuicios.

Para esto ayuda mucho que el punto de vista de la película esté del lado de los locales, de los indígenas, y no de los aventureros o invasores, como suele ocurrir en otras muchas películas que abordan temas similares. También influye la estructura dramática elegida, con la elipsis temporal de treinta años, porque nos permite ver la evolución emocional, psicológica y espiritual del que para mí es el personaje más interesante de la película: Karamakate. Ver el enorme contraste que existe entre su versión joven y vieja (interpretadas por unos excelsos Nilbio Torres y Antonio Bolívar, respectivamente), es algo que pocas veces tenemos la oportunidad de presenciar en una misma película.

Otra cosa en particular que quiero resaltar es su atinada decisión de filmar en blanco y negro. Ciro, el director, decía que es para unir visual y simbólicamente a los personajes con su entorno, la selva, y que ninguno resalte por encima del otro. Y lo logra sin duda. Pero también percibo que tiene otras interpretaciones simbólicas. La primera, la del choque de ideologías entre el indígena y el hombre blanco, (el blanco y el negro), con un sinfín de matices grises en el medio. La segunda interpretación que le doy es que se trata de una película de época, basada en dos diarios de viajes reales cuyas fotografías están en blanco y negro. Es, por tanto, una reconstrucción histórica de un Amazonas que ya no existe. Y la tercera tiene que ver con el tema de la percepción en el que tanto insiste la película, con el modo en que nuestros prejuicios la limitan. Y (spoiler alert), al final, cuando Evan rompe esos límites, logra percibir cosas que están más allá de nuestros sentidos, en el mundo de los sueños, que son reales, más reales que lo que llamamos real. Simbólicamente, esto se consigue con la introducción de la única secuencia a color de la película.

Para este punto, querido lector, se habrá dado cuenta de lo que quiero decir: si no ha visto la película, vaya a verla (está en renta en Youtube) y luego regrese para la siguiente parte de esta reseña. ¿Listo? Vale.

Ahora que ya la vio, no me dejará mentir: la película es una obra de arte. No es sorpresa que haya sido premiada en Cannes y en otra quincena de festivales, además de haber sido candidata a premio Oscar por mejor película extranjera. Sin embargo, siento que la película pierde un poco de fuerza al no explicar el contexto en que ocurre. Esto es una decisión consciente de parte del director, y tampoco pienso que sea un error, porque de haberlo hecho, la duración se habría multiplicado y el tema central y balance tonal que tiene la película es probable que se hubiera desviado. Por eso aquí estoy yo para arrojar un poco de historia y tal vez enriquecer la experiencia audiovisual al espectador.

La historia de explotación de la Amazonia es extensa y cruel, y la película apenas nos da pinceladas de esto. La primera escena donde lo podemos ver (que además es una de las más fuertes del film) es cuando llegan a una zona de extracción de látex y vemos a un trabajador mutilado por sus patrones, quienes al descubrir que Manduca ha tirado todos los contenedores de látex al suelo, pide que lo maten. El sadismo de sus patrones nunca lo vemos, pero sí que lo imaginamos por las cicatrices de ese hombre, que también poseen los huérfanos que ya veremos en la misión. Las heridas que sangran a la población local no son diferentes a la de los árboles de hule ni a las que recibe la selva misma.

¿Pero por qué tanta violencia? Esta parte de la película ocurre casi al final de la llamada fiebre del caucho, que azotó la Amazonia entre 1879 y 1912. Si bien las bondades del caucho eran conocidas desde los tiempos de la colonia, su poca durabilidad y difícil extracción impidió que se popularizara. Esto cambió con el invento de la vulcanización por un hombre llamado Charles Goodyear, quien consiguió convertir el caucho en plástico. Plástico que se empleó en el revestimientos aislantes de cables eléctricos y en las llantas de los vehículos, elementos primordiales de la segunda revolución industrial. Por tanto, su demanda subió a niveles inimaginables, lo que hizo que la selva se llenara de codiciosos queriendo explotarla.

El más inhumano de estos codiciosos fue un peruano llamado Julio Arana, quien obtuvo los derechos de explotación de buena parte de la selva peruana, colombiana y brasileña, y prácticamente esclavizó a la población indígena, a quienes les exigió cuotas diarias de látex. Si no las conseguía, entonces las torturaba y mutilaba. La película hace una breve referencia a esto, con una placa en la misión, donde le agradecen traer la «civilización» a la selva. Esta ironía se pierde, si no sabes quién fue Julio Arana, que más tarde, por cierto, sería también político en su Perú natal y moriría de viejo sin nunca ser juzgado por sus crímenes.

Julio César Arana del Águila (1864-1952), político peruano y empresario cauchero esclavista.

La fiebre del caucho terminó cuando los británicos empezaron a sembrar árboles de caucho en sus colonias de Malasia y Ceilán, por lo que Sudamérica no solo perdió el monopolio, sino que quedó relegada a una fracción de la producción de caucho global. Hubo un pequeño repunte en la demanda de caucho sudamericano, durante la segunda guerra mundial, cuando las colonias inglesas fueron invadidas por Japón y los aliados se quedaron sin acceso a tan importante material. Y es, precisamente, en esa época cuando tiene lugar la segunda historia de la película, la de Evan, el botánico cuyo secreto es que está en busca de una planta (la yakruna) que hace más eficiente la producción de caucho y que ayudará a ganar la guerra. Esa guerra se estaba peleando a miles de kilómetros, pero indirectamente contribuyó también a la destrucción de la selva.

Hablando de la yakruna, queda claro que es una planta ficticia, pero que es símbolo de la avaricia de occidente. Una especie de El Dorado, pero en recursos económicos, como lo fue el caucho, la quina, la coca, la minería, las maderas preciosas o más terreno para el ganado y el monocultivo. La explotación de estas riquezas justificaron no solo la destrucción natural, sino el genocidio humano y cultural al que la población local fue y es aún sometida. Porque no olvidemos que la destrucción del Amazonas continúa. Solo recordemos los incendios de Brasil del año pasado (y los que vendrán). Lo vemos también cuando Marakama encuentra a los sobrevivientes de su pueblo, occidentalizados y drogados con la yakruna. Por eso la quema. Porque cree ilusamente que si destruye el objeto de deseo, los occidentales se irán.

«La explotación de estas riquezas justificaron no solo la destrucción natural, sino el genocidio humano y cultural al que la población local fue y es aún sometida»

Hablando de genocidio cultural, digamos algo de la evangelización de los pueblos autóctonos. Dice Ciro Guerra en una entrevista que él conoció a muchos chamanes y jefes indígenas y que se sorprendió de lo receptivos y tolerantes que son a otras ideas. Muchos de ellos incluso afirmaban que Jesús fue un chamán; esto es, una persona que predica una nueva forma de entender el mundo, como hacen todos los chamanes. Aquí entramos en temas teológicos que son para materia de otro debate. Pero lo cierto es que una cosa es invitar a creer una nueva doctrina y otra, muy distinta, imponerla, como hicieron en decenas de misiones a lo largo y ancho de América, donde por cada Bartolomé de Las Casas existieron cien franciscanos y quinientos dominicos quemando códices e ídolos en los patios de las iglesias. La película nos muestra exactamente esto, en la secuencia con el misionero Gaspar y los niños de la misión La Chorrera. Frustrante es la escena donde un niño primero se presenta con su nombre indígena y luego se corrige, porque su nombre no es ése, sino el nombre cristiano que le dieron. E indignante aquella otra en que el cura lo tortura porque, según él, lo han contagiado con el demonio.

Más adelante en el metraje (y en el tiempo), volveremos a esa misma misión en la que los niños indígenas, ahora adultos, sirven a un perturbado brasileño que se ha proclamado mesías y empezado una secta para que lo veneren. En mi opinión, esta secuencia se sale del tono de la película, por lo demencial que resulta; pero es curiosamente la única que está basada casi en su totalidad en una anécdota real. Otro caso donde la realidad le gana a la ficción. La decadencia ahí plasmada se resume con una frase que para mí es la más significativa de la película: «ahora son lo peor de ambos mundos». En eso es lo que se ha convertido la Amazonia.

En esto hace mucho énfasis la película, que no pone como buenos a los indígenas ni a los blancos como malos. Sino que ambos mundos son mucho más complejos que un simple valor moral positivo o negativo. Los protagonistas blancos son científicos (basados, y la película hace mucho hincapié en eso, en personas reales): uno, un etnógrafo que ayudó a rescatar la historia del lugar; y el otro un botánico, que busca una planta basada en una que en la vida real llevó a la creación de la anestesia. Sin embargo, ambos occidentales se siguen aferrando a sus prejuicios (en la metáfora de las cajas que cargan para todos lados) y se niegan a aprender de las personas que estudian.

En la otra cara de la moneda, tenemos las dos posturas indígenas representadas en Manduca y Karamakate. El primero es más pragmático, se ha occidentalizado y renunciado a su antigua vida, pero no a su identidad cultural. Cree que necesita de los occidentales para salvar a su pueblo, pues sabe que no se van a ir a ningún lado. El segundo opina lo contrario y prefiere aislarse a tener el menor trato con los blancos. Él también está lleno de prejuicios, que terminarán por hacer que deje a Theo morir.

No obstante, Karamakate comprenderá más tarde que destruir el conocimiento no era la manera de salvar a su pueblo, sino por el contrario, como opinaba Manduca, lo que tiene que hacer es enseñarle al hombre blanco. Para su fortuna, lo conseguirá cuando Theo vuelva treinta años después, ahora convertido en Evan (idea que forma parte de la mística de la película) y consiga que suelte sus maletas, para que pueda finalmente soñar.

Donde se lee Evan, entiéndase todos nosotros, habitantes de este mundo, que debemos aprender una nueva manera de vivir en él. Ya sé, suena utópico. Pero la utopía es, tal vez, el único modo de salvarnos y salvar lo que tenemos, para que no desaparezca «el lugar en el que bajó la anaconda».

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