La penitencia de lo nuevo
Las novedades son exitosas, pero desgastantes
Por Arturo Ceballos Publicado en Carretera, Tropos en 9 octubre, 2020 Un comentario 7 min lectura
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Es cierto que lo nuevo, lo novedoso, es encantador. Tiene una forma de seducir tan fresca y efectiva que nos restaura el ego al instante. Lo nuevo brilla, huele, sabe y se escucha bien. En general nos invita a sentir nuestra propia renovación que, a veces, hasta creemos llega a ser espiritual. Pero es una renovación banal, que se queda por encima y que los sabios calificarían como auténtica vanidad. Es cierto, lo nuevo es el único portal por el que se accede a la realidad; todo cuanto existe o existió comenzó siendo nuevo, incluso las pirámides o la Piedra de Rosetta. Aun así, también hay que recordar que el concepto de «nuevo» y los valores y ventajas que a él se atribuyen son impuestos por el ser humano. A un perro lo mismo le da que lo paseen con una correa nueva, de colores brillantes, que con el cuero viejo y roído con el que se afila el machete. Al ser humano, en cambio, no le es indiferente, pues en lo novedoso halla seguridad y bienestar; una falsa idea en la que el mercado, el comercio, ha visto una debilidad para explotar el ánimo consumista, es decir, la tendencia desmedida a adquirir lo que sea, necesario o no, siempre y cuando sea nuevo y posicione al que lo adquiere en un nivel de aceptación y respeto social. De esta debilidad también se ha servido la cultura, o mejor dicho, el mercado de la cultura, sin considerar los peligrosos reveses que conlleva.

En lo que va de la última década, cada uno de los eslabones que integran la industria del libro (editores, libreros, distribuidores, autores, traductores) han sufrido las consecuencias de un mercado en recesión. Cada año, con más agravantes que el anterior. Los almacenes de las editoriales se han acostumbrado a estar, literalmente, hasta el tope, por la devolución de obras no vendidas en las librerías. Las razones son de dos clases: inmediatas y mediatas.

Las inmediatas:

a) Disminución en ventas. Atribuida a la golpeada economía familiar y al poco o nulo riesgo que están dispuestos a correr los libreros en la compra de mercancía dejada a consignación. Por su parte, los libreros argumentan que las bajas ventas en las librerías, también se debe al fenómeno de los libros digitales y a que los supermercados han incursionado en este sector.

Amazon no sólo compite con los libros electrónicos, sino también con los de papel. La costosa red de distribución de ejemplares físicos hace que muchas librerías, medianas y pequeñas, no puedan mantener actualizada la oferta de novedades que suelen demandar sus lectores, quienes terminan así por comprar en Amazon.

b) La piratería. Un fenómeno que lentamente ha menguado la industria del libro, no sólo por las impresiones piratas de libros que circulan en el mercado negro (muy común en grandes centros de población, como Ciudad de México y Guadalajara), sino también por las descargas ilegales que se realizan por internet.

c) La ausencia de bestsellers. Aunque no lo parezca, un solo libro o una saga pueden significar la salvación económica de una editorial. Eso representó la trilogía Millenium (Destino), de Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004), así como la saga Crepúsculo (Alfaguara), de Stephenie Meyer (Connecticut, Estados Unidos, 1973); pero el impacto de ellas ya no es el mismo.

Las editoriales consideraron que el libro de bolsillo podía ser una solución para salvar las malas ventas. No fue así, pues también ese mercado se ha venido abajo. Ante tal panorama, desolador y angustiante, al sector completo de la industria del libro, no le queda más que depositar sus esperanzas en algún libro milagro de cifras millonarias. Tal puede ser el caso de recientes obras de autores como Mario Vargas Llosa, Almudena Grandes, Mariana Enríquez o Ken Follet. Y aunque los resultados aún estarían por verse, hay que considerar que sus probables éxitos en ventas solo llenarán las arcas de las editoriales que los publican: Alfaguara, Grijalbo-Mondadori, Tusquets, Plaza & Janés, etc. Las demás, como los chinos, a mirar.

En cuanto a las razones que considero mediatas:

a) La excesiva producción. Es decir, demasiada publicación y tiraje, en comparación con lo que se vende. La magnitud del desequilibrio hace parecer normal que el monto de las inversiones no se recupere del todo.

b) La necia e insistente actitud de las editoriales por promover y distribuir, casi de manera exclusiva, obras nuevas, recientes, bestsellers. Ante tal estrechez de dirigir los reflectores al autor y la obra de moda, de depositar la bendición económica de la editorial en la aparición de un libro milagro que salve las ventas, ya no resultan tan extrañas las malas o pésimas rachas económicas. Es en este punto donde uno debe preguntarse: ¿cuál es el compromiso de una editorial o de una librería con la cultura? ¿Hasta dónde debe velar por aquélla y hasta dónde por su subsistencia económica?

La situación económica que vive la industria del libro, actualmente, es una clara consecuencia del enamoramiento (ciego y sin opciones) que produce apostarle a lo nuevo. Estoy seguro que si las editoriales y las librerías le dedicaran la misma difusión y promoción a obras de antaño, no precisamente clásicas, considerando que existen nuevas generaciones de lectores ávidas de conocerlas, y que pueden sostener en sus manos un Ulises con la misma ilusión que si acabará de publicarse, otro gallo les cantaría. Es una solución. El pasado ya existe y tiene garantía, una que es capaz de suplir y redituar en márgenes que los estantes de «novedades» no han podido llenar. Hay que aprovechar la naturaleza del objeto con el que se comercializa: un libro va más allá de la moda; no está sujeta a ella, como un vestido, un perfume o un auto. El contenido de un libro siempre es fresco, pues tal frescura no depende de la pasta o del papel, sino de los ojos que lo lean. Tan novedoso puede ser Cortázar o Quiroga, como viejo y trillado Ruiz Zafón. Pero si las editoriales y las librerías siguen empecinadas en cautivar a un público que se entretiene con éxitos que duran lo que una pompa de jabón, y no se avocan a construir o a incentivar a una nueva calidad de lectores más críticos, capaces de ver un panorama con mayores opciones literarias, entonces no queda más que decir que bien merecida tiene la crisis que hoy los afecta.

Como muchas cosas en este país, es cuestión de educación o, si se quiere ver en términos de mercado, es cuestión de crear otro tipo de necesidad, pues la educación y la necesidad de lo nuevo es exitosa, pero desgastante y, por si fuera poco, se acaba muy pronto.

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