La risa no cambia al mundo
Siguen vigentes los problemas humorizados por las viñetas de Quino, hace medio siglo
Por Édgar Benítez Aguilar Publicado en Carretera en 5 octubre, 2020 0 Comentarios 2 min lectura
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Joaquín Salvador Lavado Tejón, mejor conocido como Quino (1932- 2020), es definido por muchos como humorista gráfico, una definición que me parece injusta, que duele de insuficiencia ante la dimensión de su genio. Un hombre que criticó todo aquello con lo que no estuvo de acuerdo: acciones, conductas y personas y, aun así, logró ser aplaudido por todos, aun por aquellos que fueron objeto de su crítica (la clase política y los representantes del capital, por ejemplo).

La complejidad de la obra de Quino, Mafalda sobre todo, es más asombrosa si se considera su popularidad. No es un humor ramplón y, sin embargo, cualquier persona con ganas de entender lo disfrutará, reirá, se emocionará y, a veces, entristecerá con los mensajes contenidos en esas tiras, cuyos temas van desde la navidad hasta el transporte público. Así como nadie se carcajea por indiferencia, es complicado encontrar a quien le disguste el trabajo de Quino. Una obra cuyos medios no pudieron ser más sencillos: viñetas en blanco y negro, impresas muchas veces sobre papel periódico, acerca de una niña –protagonista en una época en que el feminismo no ocupaba tantos titulares–, sus amigos y familia, que no son en modo alguno secundarios.

Por otro lado, se percibe la geografía en esas tiras, se siente el sur latinoamericano, sus preocupaciones, sus asombros. El sentido común hiperdesarrollado de Mafalda retrata, en cierto modo, el de la juventud latinoamericana que vive en ciudades donde la pobreza extrema convive con la riqueza exorbitante; donde la política sirve para enriquecer al político; donde la naturaleza es más un medio económico que un escenario del bienestar; donde la inflación es cosa de todos los años y la educación privilegio de unos cuantos.

La musa de Quino fue la gente. Por eso duele que a más de medio siglo de publicadas, los problemas de las personas, descritos y humorizados por esas viñetas, sigan tan vigentes. Es una pena que la risa no cambie al mundo. Pero al menos –queda ese consuelo– nos ayuda a vivir en él.

Por eso, por hacernos reír para no llorar, por ayudarnos a sobrellevar este mundo desigual, sobran motivos para sentir gratitud por la obra de Quino y para revisitarla todavía mucho tiempo más. Por eso su muerte no puede ser un adiós, sino un hasta luego imperativo, una deuda, una conversación que sigue pendiente, para el mundo y para Latinoamérica, tan necesitados siempre de Libertades, Felipes y Mafaldas.

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