Mejor no hablar (de ciertas cosas)
Entre el punk y el hedonismo.
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 29 septiembre, 2020 2 Comentarios 7 min lectura
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¿Te ha pasado alguna vez que conoces a alguien en una reunión de amigos o en una fiesta y comienzan a hablar y de entrada te cae bien, pero luego, a alguno se le ocurre mentar un tema polémico y todo se va al carajo, porque están en polos opuestos ideológicos? Política, religión o futbol. Aborto, eutanasia, preferencias sexuales o violencia de género. Del adoctrinamiento camuflado de los medios de comunicación y la cámara de ecos que son las redes sociales. De las fake news, la invasión del big data y el individualismo al que nos arrojan las nuevas tecnologías. De la vorágine del sistema neoliberal, de la trampa del socialismo, del cambio climático, del continuo crecimiento de la desigualdad, de la migración. Del autoritarismo, del extremismo, del terrorismo, del racismo, del clasismo y otros ismos. De la violencia, del narcotráfico y de la corrupción rampante. De los complejos ideológicos del país. Del olvido en el que ha caído la cultura. De la problemática en la producción y distribución del cine nacional. Del debate sin fin acerca de si las quesadillas van o no con queso.

Y es que a veces es mejor no hablar de ciertas cosas, para llevar la fiesta en paz.

Donde se lee fiesta entiéndase también cualquier convivencia social en que se pretenda una normalidad en que no pasa nada. Una en la que escondemos debajo del tapete toda suciedad. Una hipocresía generalizada. La llamada doble moral de la sociedad. Ésta es precisamente la crítica de Mejor no hablar (de ciertas cosas) (Javier Andrade, 2012). Pero no nos adelantemos. Veamos primero su premisa.

La película nos narra la historia de dos hermanos: Paco y Luis. Ambos son hijos, ya creciditos, de un prominente político ecuatoriano y una ex reina de belleza. Por tanto, pertenecen a la élite de ese país. Sin embargo, para cuando arranca el metraje, ambos hermanos están bien entrados en un camino de rebelión autodestructivo, que incluye rock punk, relaciones sexuales ilícitas y mucha, mucha droga. Y en su afán de conseguir drogas, Luis robará uno de los objetos más valiosos de su padre, un caballo de porcelana, lo que provocará el coraje y muerte de su progenitor. Pero lo importante es que pudo empeñar el caballo y hasta gastar la parte de herencia que le dejó su padre en una fiesta épica.

La muerte de su padre parece no truncar los sueños de Luis: triunfar con su banda de rock punk. Por el contrario, las cosas se le comienzan a dar y consigue que un inversor, Rodrigo, le pague la grabación de su álbum debut. A cambio, sólo tiene que dar las nalgas. Literalmente. Mientras tanto, Paco se acuesta con la esposa de Rodrigo, Lucía, quien fue también su novia de la infancia. A diferencia de su hermano, Paco no tiene ningún sueño más allá de estar con la mujer que ama, y lo consigue mucha facilidad. Paco y Lucía se van a vivir juntos y se dedican a drogarse, jugar videojuegos y hacer el amor sin parar. Por lo menos, hasta que se les acaba el dinero.

Con lo dicho hasta aquí podemos ya entrever la filosofía con que viven los personajes de la película, que no es otra que el mismo espíritu del punk: la búsqueda de la libertad por sobre toda autoridad. Una autoridad que debemos interpretar, porque el filme sólo la insinúa, pero que va por la línea de lo que ya mencionaba al principio: la hipocresía social y la doble moral, en este caso, de la élite ecuatoriana. La rebelión a todo lo que los padres representan no es de extrañar, pues la primera figura de autoridad suelen ser ellos, a quienes ni Paco, ni Luis, ni Lucía quieren parecerse.

El problema radica en que su búsqueda de libertad se convierte en un hedonismo en toda regla: sexo, drogas y alcohol. En reiteradas ocasiones, los personajes exhiben un nihilismo destructivo que los conduce a la inevitable caída. Particularmente buena es la escena en que Paco renuncia a su trabajo en el banco, robándolo. Pero atención: aunque la estructura de la película sea de tragedia, en realidad, no tiene un final trágico, sino satírico, lo cual es para mí su mayor acierto y lo que hace que valga la pena aguantar a sus poco empáticos personajes y su mal ecualizado sonido.

No voy a revelar el final, que ha sido polémico, porque a algunos les gusta y a otros no. Pero vale decir que es coherente con lo que Andrade, el director y escritor, pretendía. En sus palabras:

«La verdadera tragedia es que Paco se vea absorbido por el poder y la corrupción».

Corrupción hay mucha. A lo largo de toda la película, los personajes viven libres de las consecuencias de sus actos, por la clase social a la que pertenecen o la influencia de sus familias. La violencia, en cambio, ocurre siempre fuera de cuadro; pero está presente también durante todo el metraje: en la muerte del padre y, sobre todo, en los clímax del segundo y tercer acto.

En cuanto a los elementos del lenguaje cinematográfico que utiliza Andrade, hay dos que me parecen destacables, por muy distintas razones. El primero es el uso del narrador en primera persona: Paco. Este recurso resulta a menudo un arma de doble filo, porque puede profundizar en la narrativa de las escenas y darle tridimensionalidad a los personajes, pero también apuñalar por la espalda a la puesta en escena y la cinematografía. En Mejor no hablar (de ciertas cosas) considero que es lo segundo, porque explica más que construye. Usualmente, es un error en cine explicar con narrador lo que siente un personaje en una escena. Es preferible dejar que la interpretación del actor y la cámara lo hagan (compárese, por ejemplo, las versiones que hay de Blade Runner, con y sin narrador, para entender este punto).

El otro elemento que quiero destacar es la música, que puede también tener esta función de expresar los sentimientos de un personaje. Andrade utiliza este recurso de manera recurrente y, casi siempre, de forma atinada (aunque hay veces que se siente de más). Y lo hace mejor cuando la música es diegética, esto es, que forma parte de la escena: un bolero en el restaurante, una canción popular en la radio del coche o en los diversos toquines de punk. O puede hacer todo lo contrario, un contraste entre música extradiegética e imagen, para crear una escena profundamente irónica como la escena final.

Con sus fallos y aciertos, yo diría que sí vale la pena verla (está en Amazon Prime), porque remueve temas que son peliagudos en las sociedades latinoamericanas. Por lo menos a mí me hizo mucho sentido la relación que el hedonismo y el nihilismo tienen con la violencia, la política y la corrupción en nuestros países.

Pero aquí le paro. Porque hay ciertas cosas de las que es mejor no hablar.

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