Chicuarotes
Retrato de un México sin amor
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 15 septiembre, 2020 Un comentario 6 min lectura
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La sociología considera a la familia como la unidad básica de la sociedad. La expresión mínima de una comunidad, cuyos integrantes (padres, hijos, abuelos, nietos) adoptan las características particulares de esta (lengua, identidad, valores). ¿Entonces, qué tan jodido tiene que estar un país cuando las estructuras familiares se rompen y su función formativa de las nuevas generaciones se corrompe?

Esta es la pregunta primigenia que se plantea Chicuarotes (Gael García Bernal, 2019). Y la respuesta resulta más que obvia, como el guion de la película. Solo hay que ver el ambiente actual de violencia que envuelve a México, donde comunidades enteras han perdido el tejido social. La explicación a esta realidad suele derivar en tópicos del cine social: la pobreza, la desigualdad, el clasismo, la opresión de la autoridad, el crimen. Chicuarotes da una respuesta más simple, una más emocional. En palabras del director: «es por una falta de amor, de crecer en un entorno amoroso».

«Chale, carnal», fue lo primero que pensé cuando vi la entrevista de Gael hablando de su película. Y no porque la trama principal no esté construida sobre esa premisa de familias sin amor, sino porque en algún momento dice que la película no culpabiliza a la pobreza o a las otras causas de las malas decisiones que toman sus protagonistas. Pero me temo que sí lo hace. Tanto, que hasta que vi la entrevista con Gael, pensé que esta era otra película de pobres que son malos porque son pobres. Además, hay decenas de tramas que abren igual número de temas. Se sienten como una lista de tópicos sociales que la película debe abordar y en los que no puede profundizar por falta de tiempo. Este menjurje temático termina por opacar su tesis.

Creo oportuno hacer una sinopsis de la trama antes de seguir profundizando en este punto.

Chicuarotes (que por cierto está en Netflix) nos narra la historia del Cagalera, un joven que quiere huir de su pueblo, y la situación familiar de violencia y abandono en que vive. Para ejecutar su plan necesita la ayuda de su mejor amigo, el Moloteco, y su novia Sugheili. Pero la urgencia que tiene lo llevará a caer en actos criminales de cada vez mayor envergadura, hasta llevarlo a cometer un secuestro, una situación límite en el que se jugará la propia vida.

Chicuarotes (Gael García Bernal, 2019) está en Netflix.

Sabiendo esto, podríamos suponer que la película es una tragedia y (spoiler alert), acertaríamos. Las cosas van a acabar mal para nuestros protagonistas. Eso no es lo importante, pues lo deducimos desde la primera escena del asalto en el microbús (la mejor escena de la película y la que sale en todos los trailers). Lo relevante en este tipo de tramas es cómo llegamos hasta ahí: la caída al abismo, y no el inevitable impacto contra el fondo. Es aquí donde la película más nos queda a deber, porque escena tras escena se van repitiendo clichés que ya hemos visto en otras películas del género. Suma lo que mencionaba más arriba del menjurje temático y obtienes como resultado una película predecible y, a ratos, aburrida.

Ojo: digo «a ratos», porque no siempre es así. De hecho yo diría que, en general, la peli es buena. Hay momentos donde consigue atrapar la atención del espectador, con un ritmo ágil, instantes de intimidad emocional o situaciones amorales que nos piden hacer el ejercicio consciente de no juzgar. Yo diría que esos momentos están, sobre todo, al principio. Lo vemos claro en esa fabulosa escena inicial. Lo volvemos a ver en la escena de los ajolotes, con la mejor metáfora que propone la película. Y lo vemos una vez más en la escena en que el Cagalera decide cometer el secuestro (aunque contenga también la peor metáfora de la película, por lo evidente que la hacen).

A partir de ahí, en mi opinión, la película decae. No lo hace, sin embargo, el trabajo de puesta en escena tan atinado a lo largo de todo el filme. Quizá sea porque Gael García es actor antes que director, pero las decisiones que toma sobre el trabajo de cámara benefician enormemente la interpretación de sus actores; sobre todo, de la dupla protagónica: Benny Emmanuel y Gabriel Carbajal. Por poner un ejemplo, en muchas escenas los planos largos (a modo de plano secuencia) acompañan el movimiento de los actores, y no al revés, lo que da mayor relevancia a su interpretación, puesto que tienen que construirla en una sola toma. La fotografía y el diseño de producción también son construidas en favor del actor y crea una atmósfera decadente sobre el pueblo.

Hablando del pueblo: San Gregorio Atlapulco, dentro de la alcaldía Xochimilco, podría considerarse un personaje más en la historia, siguiendo la tradición del relato realista. Sus calles a veces pavimentadas, los canales sucios, los grafitis urbanos y sus viejas plazas coloniales son jueces y verdugos de sus propios habitantes. Tan es así que su gentilicio da nombre a la película: chicuarotes.

Por cierto, muchos de los actores (o mejor dicho, no actores) salieron de esa comunidad, siendo el más notable Gabriel Carbajal, el Moloteco (una lástima no haber desarrollado más a este personaje). Esta tradición de castear no actores es algo muy común en el cine social, pues otorga a la producción un nivel de realismo que puede acercarse al documental. Precisamente por eso es muy importante hacer un buen casting cuando se les va a mezclar con actores profesionales; porque si no, puede haber un choque visual importante que te saque de la inmersión de la película. Y esto es precisamente lo que ocurre con Daniel Giménez Cacho, que tiene el papel del Chilamil, un asesino al que toda la primera mitad de la película no vemos, pero que conocemos porque todos los personajes hablan con miedo de él. Y cuando por fin se muestra que es Daniel, bueno, simplemente yo no lo compré (aunque actúa de forma magistral).

Para la película, San Gregorio Atlapulco es un retrato metafórico del resto del país; y sus habitantes, un espejo de nosotros mismos. Un México lleno de familias rotas y falto de amor, bajo el horror estadístico de los demasiados muertos y desaparecidos. ¿Pero es acertada esta tesis para la película o es una forma simplista de explicar un problema demasiado complejo? La respuesta a esta pregunta tendrá que desarrollarla cada espectador por sí mismo.

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