La creatividad encendida del Dr. Atl
Por Arturo Ceballos Publicado en Carretera, Tropos en 11 septiembre, 2020 0 Comentarios 6 min lectura
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¿Quién puede decir que ha visto nacer un volcán? La misma impresión es difícil de describir. Quizá nuestra mente no sea tan creativa para imaginar la hierba rampante sobre una tierra que se empieza a quebrar. La superficie tiembla, cruje. Poco a poco, se desgarran las entrañas de los árboles, sus raíces; se desgarran las plantas, las piedras, las aves que se niegan a volar y hasta nuestro corazón. Se desgarra la vida. Es un guiño del planeta que irrumpe con desprecio y belleza la banal mortalidad del ser humano. Nada queda en la mirada, si acaso un paisaje ardiente con chispas milenarias y sonidos crepitantes. Aquel que ha visto nacer un volcán queda encendido para siempre.

Un hombre, mexicano, lo vio nacer. Es cierto, era vulcanólogo, pero también ensayista, cuentista, pintor y periodista. Gerardo Murillo (Guadalajara, 1875; Ciudad de México, 1964), mejor conocido como Dr. Atl, observó en 1942 el nacimiento del volcán Paricutín en Michoacán. Un hombre que desde 1909 gustaba de explorar y estudiar a los volcanes, principalmente el Popocatépetl y el Iztaccihuatl. Seguramente fueron ese tipo de paisajes, extensos y colosales, los que determinaron su pensamiento y su imbatible creatividad, que supo explotar muy bien cuando a principios del siglo XX, Porfirio Díaz lo becó como estudiante de pintura en Europa. No solo pulió allá su potencial como creativo plástico, sino también incursionó en la política y en el periodismo: colaboró en el partido socialista de Italia y en el periódico Avanti. En esa misma época, conoció a Leopoldo Lugones (ensayista y político argentino), quien lo bautizó como «Dr. Atl» (agua en náhuatl), pseudónimo que el mexicano utilizaría por el resto de su vida.

Que gran paradoja, llamar Dr. Atl (doctor agua) a quien trae lava en la sangre. Pero no podía ser de otra manera. El agua es inasible y fluye. La lava enciende, prende. Sólo con esa fórmula es que se entiende que Murillo haya concebido a la revolución mexicana como el momento social y cósmico propicio, para transformar el arte, la literatura y la ciencia mexicana. Qué otra dimensión puede tener el arte, la literatura y la ciencia, cuando son impulsadas por quien tiene en la mirada el panorama infinito del horizonte. Fue el precursor del muralismo en México; y fue también él quien alentó a Siqueiros, Clemente Orozco y Diego Rivera a romper con las tendencias decimonónicas y buscar la actualización de la identidad mexicana, a partir de una forma nueva de hacer pintura.

«Un hombre de pasiones desbordantes, como las que bullen en el corazón de los genios. Quizás en eso y en una interpretación muy licenciosa y profunda de su biografía, se hallen las razones que lo llevaron a apoyar o declararse partidario de Hitler, antes y durante la segunda guerra mundial…»

Las pinturas del Dr. Atl son, en su mayoría, paisajes, con volcanes como figura principal o tomados en la cima de muchos de ellos. Recurre al color del cielo, del campo y del fuego para lograr contrastes que dotan a sus cuadros de una absoluta vitalidad. En ellos los volcanes despiertos emanan calores sofocantes, incandescentes; y cuando duermen, no todo está en calma: el viento frío de la montaña le estira a uno la piel hasta agrietarla. Es probable que considerara su propia perspectiva de la luz incompatible con los pequeños detalles; o mejor dicho con las cosas diminutas o las distancias cortas. Para él, los paisajes son una pasión inabarcable, de cuya inmensidad apenas puede tomarse una pizca para disecarla en un lienzo que nos recuerde que la realidad es inasible, y lo único conservable son remedos de ella, a veces bien logrados; otras, no tanto.

A tal grado llegó su pasión por los paisajes y por la mirada de larga distancia que, después de accidentarse en el Paricutín y perder la pierna derecha –situación que le impidió escalar en adelante–, empezó a recorrer los aires. Así crearía un nuevo estilo de capturar imágenes, aplicado a la pintura: el «aeropaisaje» (quizá sea el precursor de las imágenes por dron). El aeropaisaje, una técnica que, junto con los «atl-colors» –también invención suya y que consistían en una mezcla de resina, petróleo y cera, con los que se podía pintar sobre papel, madera, tela o roca–, constituyeron una prueba fehaciente de que el talento del Dr. Atl iba más allá de un pintor limitado a hacer trazos. Con la misma intensidad abordó la literatura, un oficio en el que produjo tres libros de cuentos llamados Cuentos de todos colores, entre otros textos.

Un hombre de pasiones desbordantes, como las que bullen en el corazón de los genios. Quizás en eso y en una interpretación muy licenciosa y profunda de su biografía, se hallen las razones que lo llevaron a apoyar o declararse partidario de Hitler, antes y durante la segunda guerra mundial.

La figura de Murillo, «Dr. Atl», ha sufrido el paso de los años. Su imagen ha envejecido mal. Cada vez se le recuerda menos. Tal seudónimo creó alrededor de él un halo de misticismo que jugó en contra de la credibilidad de su talento. De vez en cuando, su nombre emerge en este mar de actualidad y vanguardias tecnológicas, algo que apacigua el corazón, pues demuestra que el olvido nunca y bajo ninguna circunstancia es absoluto; siempre existirá una vena fina que conecte el presente con el pasado. En el caso del Dr. Atl y por mencionar sólo una de estas «venas», el escritor español Arturo Pérez-Reverte lo menciona en la novela El pintor de batallas (2006), a modo de homenaje y como el motivo de un encuentro entre el protagonista y una fotógrafa profesional llamada Olvido.

Gerardo Murillo, «Dr. Atl».

Tras haber sido sepultado en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en Ciudad de México, de él sólo nos queda su obra. Tanto las fotografías como los autorretratos coinciden en presentarnos a un hombre calvo de mirada lejana y gastada. Cómo no iba a ser así, si las montañas piden más que una ofrenda, unas piernas y un par de buenos pulmones. Su barba es blanca, crecida y descuidada. Es una barba flamígera, testimonio de que quien ha visto nacer un volcán queda encendido para siempre.


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