El hombre que llegó con la ceniza
Por Ulises Mandujano Nájera Publicado en Carretera en 11 septiembre, 2020 Un comentario 20 min lectura
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Tolán era una pequeña colonia rodeada de cerros, lejos del mar; su camino era pésimo y por eso pocos fuereños llegaban a ella. No tenía lugares de interés histórico, salvo la fábrica de hilados y tejidos La Providencia, quizá, la primera en América Latina, y donde muchos años después rodarían la película Rincón Brujo. Contaba con una cantina propiedad de Carlos Aguilar y con tres prostitutas, tan viejas, que no despertaban el mínimo interés. Tenía dos únicas entradas o salidas, según se las viera, pero siempre que alguien llegaba o se iba, a la hora que fuera, por el ladrido de los perros que aún hoy son muchos, se sabía. Se podía ir a caballo, a pie o en carreta a Cintalapa, El Horizonte, Cinco Cerros y Rizo de Oro, por citar algunos sitios; había camino para carretas y veredas –que eran más cortas– hacia la fábrica, a cuyos lados cursaban arroyos y ríos.

Fue el primer domingo de marzo, un día después de los siete en que cayó la ceniza. La junta semanal se celebraba en la Casa del Pueblo. Nadie supo cómo llegó, pues los perros no ladraron, pero cuando habló para pedir que se le permitiera quedarse en el pueblo, sintieron el impacto de la presencia de aquel hombre. Dice don Rodulfo Escandón que daba placer ver la arrogancia, la gracia y donosura con que caminaba; su torso hercúleo y desnudo se cimbraba cual joven bestia; tenía algo de salvaje, rústico pero elegante. El aire despeinaba sus cabellos que colgaban hasta sus hombros; sus ojos eran amarillos como de felino. Luego luego levantó los suspiros de las mujeres y la admiración de los hombres; pronto llegó a ser «estimado por los varones y amigo de las hembras», relata doña Paulina González.

—Si me permiten quedarme les ayudaré en todo lo que pueda; no daré problemas, mi carruaje está averiado y necesito tiempo para componerlo; soy solo y mi lugar de origen está muy lejos. No necesito casa, dormiré en cualquier parte –explicó.

Nadie dijo nada. Don Rutilo Mantecón, como era su costumbre, esta vez no preguntó ni le interesó saber de dónde era, ni cómo había llegado; mucho menos saber su nombre.

Casi en forma automática se aprobó su estancia, y al poco rato estaba ya jugando pelota. De ahí fue que surgió su apodo: «Don Cenizo».

«¿Por qué?», preguntó Librado Palacios. «Porque llegó con la ceniza», contestó Chente Toledo.

Los animales se murieron por causa de la ceniza: vacas, cerdos, pollos, todos, menos los perros. No se podía salir de Tolán, pues la ceniza había cubierto todos los caminos; los ríos y los arroyos eran lodazales; se perdieron las cosechas y comenzó a escasear la comida. Días después los perros comenzaron a servir de alimento. Y luego… nada, nada qué comer.

La junta se hizo en el campo de pelota; las mujeres rezaban, los niños lloraban de hambre y los hombres blasfemaban.

—Usted, don Cenizo, ¿qué puede hacer? –preguntó Roque Altamirano.

—¿Qué quieren comer? –contestó éste.

—Aunque sea senso –dijo Próspero Cruz.

—Pues senso será –sentenció don Cenizo–. Preparen machetes, palos y hachas; manden unos propios a los ranchos y colonias vecinas del valle porque mañana a estas horas habrá senso para todos.

Hasta el hambre se les olvidó de la risa que les causó; pero cuando vieron la seriedad y la firmeza de don Cenizo, comenzaron a murmurar.

—Ni que fuera tan fácil matar a los sensos. A esos nunca se les para si no se detiene su tamborcito; además, seguro ya han de haber muerto todos.

—Estamos tan débiles que no podremos ni trepar el cerro para buscarlos.

—Y todavía don Cenizo quiere que se vengan a reír de nosotros los vecinos.

—Créanlo o no, mañana habrá senso para todos –terminó diciendo don Cenizo.

Los demás comenzaron a caminar hacia sus casas, arrastrando los pies, jalando a sus hijos que, inexplicablemente, ya no lloraban ni pedían comida.

Se paró en el cerrito donde hoy está la capilla de la Guadalupana; alzó los brazos y luego señaló rumbo al sur. Allá abajo, en el campo de pelota, la muchedumbre lo vio hacer extraños movimientos mientras el tiempo seguía pasando.

—¡Qué tomada de pelo!

—Nos está agarrando de pendejos.

—¡Cuánta gente de fuera!

—Y más que está llegando.

—Parece como cuando celebramos las fiestas.

—Don Cenizo ha de estar bien loco.

—¡Puta madre, yo me voy!

De pronto comenzó a oírse un estruendo; un ruido acaso como el que producen diez mil cabezas de ganado, me dijo después Toño Toledo; se veía allá por el rumbo de la finca La Valdiviana, la polvareda de ceniza, y se oscureció como si fuera a caer un gran porrazo de agua. Brangán, brangán, brangán, se oía como a quince leguas; después enfilaron hacia el rancho El Horizonte. ¡Se van, se van!, gritaba la gente. Y don Cenizo seguía alzando los brazos y señalando hacia la manada que torció para entrar al pueblo, justo por donde hoy está la presa. Eran miles de bestias que provocaban ese ruido ensordecedor. El tamborcito, senso que guiaba a la manada, era el más chico, pero a la vez el más viejo. Atrás venían otros doce tamborcitos, guías de otras tantas manadas. Al llegar al centro de la explanada se detuvieron el más viejo y los otros doce. La sensada comenzó a dar vueltas en torno a ellos. La gente no salía de su asombro; la estupidez se advertía en todos los rostros. En tanto, don Cenizo bajó del cerro, llegó hasta el círculo que formaba la manada, acarició al más viejo y a los otros doce y entonces los trece se echaron a sus pies y toda la sen-sada se detuvo. La muchedumbre estaba prácticamente paralizada al contemplar aquel prodigio. Yo no lo vi, pero me contó Leomar Trejo que don Cenizo estaba llorando cuando dijo:

—Maten a los que puedan, porque en una hora se irán.

Y, como dice una canción, «comenzó la gran masacre». Tolán y sus vecinos comieron senso durante tres meses y aún les sobró carne.

El primero que se volvió loco fue Angelito Toledo, un muchacho de veinte años; en su familia no había antecedentes de caso alguno de locura. Llegó cantando; venía del rumbo del rancho El Zapotillo y cantaba con voz gangosa algo que se entendía como «tigua, tigua, te amo mucho» y eso era todo. Repetía el mismo estribillo al grado que, años después, se le vio recorrer las calles de Arriaga cantando eso mismo.

El segundo fue Rey David Solís, quien llegó del mismo rumbo. Éste declamaba: «Tizigua, Tizigua, te amo», para luego ser víctima de ataques epilépticos. Al volver en sí, regresaba a lo mismo: «Tizigua, Tizigua, te amo».

Se comenzó a rumorar que la Tizigua era un alma en pena que enamoraba a los hombres jóvenes para después volverlos locos.

Jesús Chaparro venía como a las cinco de la tarde en un precioso caballo, Pajarillo, orgullo de su padre, cuando al pasar por un arroyo vio a una mujer que, inclinada, parecía estar lavando ropa. Se acercó a ella.

—Señora, es tarde, ¿no se va? Voy a Tolán, si quiere la ayudo…

La mujer sacó las manos del agua; entre ellas traía la cabeza de un hombre que, aunque se estaba ahogando, reía estúpidamente. La mujer volvió a ver a Jesús, chamaco de trece años, quien al detallar con su atónita mirada la cara de la dama quedóse estático. Dice él que hasta hoy no ha visto rostro más hermoso, rostro que instantes después comenzó a transformarse en una calavera, mientras que desde esos labios ya descarnados, fue proferida una horripilante y burlona carcajada.

Pajarillo, hasta entonces imperturbable, más que correr, voló y brincando las trancas pasó por el corral y no paró hasta estar dentro de la casa. A Jesús lo soplaron y lo ramearon durante siete días, mañana y tarde; estaba tan mal que nadie se acordó de su caballo, el cual murió al amanecer del octavo día.

Hubo otros más que en esos días enloquecieron, pero ya nadie se acuerda de sus nombres.

Los familiares de los locos, por su parte, fueron hasta don Cenizo para pedirle que hiciese algo, pues aquella infame mujer seguiría volviendo locos a los pocos hombres jóvenes que aún quedaban cuerdos. Le contaron lo poco que sus locos, en sus momentos de lucidez, decían de ella:

—Es de cabello largo y usa vestido negro.

—No. Lleva vestido blanco y es de cabello corto.

—¡Es bellísima!

—Tiene ojos de tigre.

—Su risa es cristalina.

—Sus dientes son blanquísimos.

—Con esos pormenores, nomás que la vea y el loco seré yo –advirtió don Cenizo.

Escribí tu nombre en una playa,
vino la ola y lo borró.
Grabé tu nombre en una piedra,
vino el polvo y lo cubrió.

Grabé tu nombre en mi pecho,
y aquí lo llevo siempre inscrito en mi corazón.
Tizigua te llamas, Tizigua te amo,
Tizigua de mi amor.

Estos versos –que me prestó el hijo del tío Villo Roque, quien era el dueño de la marimba en aquel tiempo– comenzaron a aparecer por el rumbo donde salía aquella mujer, pegados en las piedras o clavados en los árboles. Por las tardes se oía la potente voz de don Cenizo y la marimba del tío Villo (marimba que hoy se encuentra en Villa Morelos, en casa de Chico Zárate), con sus hijos: Antonio, José y Ricardo –que eran sus bajeros–, tocar esos versos allá en el monte, las cañadas, los cerros, los arroyos y los ríos; como también en la noche se oía la guitarra destartalada de Ricardo González junto al compa Conchi Pino, haciendo trío con don Cenizo, cantando los mismos tristes versos en los mismos lugares.

Aquella tarde llegó don Cenizo en un alazán tostao. Precioso animal, recuerda don Rubén Natarén. Traía en ancas a un ángel, una preciosidad de mujer, con la cual durante un mes se les vio tan enamorados que los familiares de los locos se olvidaron de su pena. «Parecían recién casados», refirió alguna vez doña Lucha Flores. Más adelante dijo don Beto Lázaro: «Aquella mujer, la Tizigua, como le llamaban, se volvió loca de repente; recorrió las calles saltando, gritando y bailando». Neto Ocaña, en cierta ocasión, la vio irse con rumbo a Cinco Cerros, no corriendo, acaso flotando; nunca se le volvió a mirar, ni hubo nuevos casos de locura. «Don Cenizo le pagó con la misma moneda», afirma Chu Márquez.

Igual se dice que una vez Raúl Cruz salió de la cantina de don Carlos Aguilar, como a eso de las doce de la noche. Que entonces rumbo a su casa le surgieron las ganas de cagar, por lo que se hizo a un lado del camino. Su morada se hallaba en las orillas de Tolán. Se dice que en esas condiciones estaba cuando advirtió ese sonido característico (que aun hoy se aprecia): «uchss, uchss, ¡cochi!», dijo, y la cocha (recuerdan sus hijos que les contó un día) era del tamaño de un becerro de año. La cocha se le vino encima, mordiéndolo y pateándolo, para luego perderse en el monte. Al otro día, se supo, vieron a Raúl Cruz entrar a Tolán golpeado y mordido y con su chaqueta «de ojillo», su pantalón azul «cuero del diablo» y su camisa «cabeza de indio», completamente destrozados.

La cocha «enfrenada» atacó a Jorge Figueroa, mejor conocido como «La Borrega», y a don Aureliano (que era el punteador de la chicha) y a otros más, que sería largo enumerar. Pocos eran ya los que se atrevían a salir por las noches, por temor a encontrarse con la cocha «enfrenada». Las mujeres, felices.

Y comenzó el rumor de que la cocha «enfrenada» era doña María Altagracia Nangularí, de quien se decía tenía pacto con el diablo, pues la vio doña Elena Rincón cuando, antes de las doce de la noche, se metió al monte, quitándose la ropa para luego transformarse de mujer a cocha «enfrenada». Decíanle «enfrenada» porque en el hocico traía algo parecido a un freno, tal y como los dientes de oro que tenía doña María Altagracia. Decían que atacaba a los hombres en venganza porque su marido, don Chon Tipacamú, le pegaba cuando llegaba bolo (es decir, un día sí y el otro también). Fueron ahora los hombres quienes acudieron a ver a don Cenizo para que hiciese algo en contra de la mentada cocha «enfrenada», pero las mujeres le pidieron que la dejara en paz, toda vez que sus maridos estaban llegando temprano a casa.

Luego entonces, al no encontrar a quién atacar, la cocha se dio por comer un pollito; en las tres noches siguientes acabó con todas las aves del corral de doña Pumpita Soto para seguir devorando pollos, porque «cocha que come pollo, ni aunque le quemen la trompa» (así lo afirmaba uno de los Gout, dueños se decían de la fábrica La Providencia).

Fue entonces que a don Cenizo se le inquirió:

—¿Qué puede hacer contra la cocha «enfrenada»?

—Vamos a ver si la desenfreno –sentenció.

Dice Mingo «La Burra», que él vio cuando don Cenizo encontró las ropas de doña María Altagracia; y las llenó de espinas, les untó miel y las puso a buen recaudo. Luego él se quitó las suyas y se transformó en perro, un terrible perro feroz y grande como la cocha misma; siguió entonces su rastro hasta encontrarla, y la pelea entre el perro y la cocha llegó a ser tan cerrada, que los mismos árboles donde se hubieron azotado quedaron inclinados para siempre. Así, la cocha huyó en busca de su ropa y al no encontrarla, procedió a guarecerse en una cueva donde el perro la tuvo tres días sin darle descanso. Al llegar el día siguiente, el perro la dejó salir, cansada, hambrienta y sangrante; la cocha a duras penas encontró su ropa; con la prisa, no se dio cuenta de las espinas y las hormigas que volvieron a herir sus carnes. Doña María Altagracia guardó cama más de un mes y después abandonó Tolán.

Mario Magochi tenía cinco años de edad cuando jugó por primera vez con los duendes, unos niños encuerados que salían a las doce del día, según explicó más tarde, y que lo golpeaban si él quería dejar de jugar; acaso traviesos le escondían sus juguetes y lo agarraban a porrazos por nada. No fue el único en sufrir ese calvario, hubo también otros niños que hablaron de los duendes y también llegaron a sus casas golpeados. «¡Ellos son… ellos son!», gritaban y señalaban, pero ningún adulto fue capaz de verlos. Días después los niños comenzaron a volverse tartas, es decir, hablaban como tartamudos y sosos a la vez.

—Y bien, don Cenizo, el problema ahora son los duendes.

—Bueno, esta vez necesito un baúl grande; encárguenle a don Maximiliano Castillejos (que era el juguetero oficial) trompos zumbadores, tres docenas de canicas, baleros y tiradores.

Wulfrano Escobar, se dijo, vio a don Cenizo transformarse en niño para luego perderse entre los huertos y el arroyo.

Lo que sucedió después, bien lo cuenta Mario Magochi: «Don Cenizo jugó con cinco duendes al trompo, a las canicas, al balero y a la puntería con los tiradores, les ganó en todos los juegos. Después, al decirles que jugarían a las escondidas, fue que un duende se quedó para buscarlos y los demás se escondieron. Cuando le tocó el turno a don Cenizo, Chendo Castillejos –se supo luego– abrió el baúl y los duendes se metieron adentro. Don Cenizo se limitó a cerrar esa singular valija, a ponerle llave, a subirla a una carreta y tirar el delicado cargamento en la represa de la fábrica La Providencia (represa que, según dicen, está encantada hasta la fecha). Así de fácil», terminó diciendo Mario Magochi.

Para las fiestas de ese año se invitó, como siempre, a todos los ranchos y colonias vecinas; las carreras de caballos, de cintas y las peleas de gallos siempre llamaban la atención, además de los encendidos juegos de pelota.

En las carreras de jamelgos, por ejemplo, se esperaba la presencia de los charros de la Costa, entre ellos, los hermanos Nájera (Delfino, Nacho, Pedro y Manuel), quienes esta vez traían consigo a sus hermanas Anita, Petrona y María, mujeres que gozaban de la fama de ser las más hermosas del Valle y de la Costa. Mientras que aquellos sujetos, hombres de a caballo, bragados y nobles como pocos, de armas tomar, buenos en cualquier terreno, en las carreras de alazanes, en las carreras de cintas, en los gallos, en todo, tradicionalmente eran los mejores y, por si duda quedare, a menudo empuñaban la guitarra y alardeaban con su potente y afinada voz seduciendo hasta a la mujer más impasible. Tenían lo suyo, pues, diría luego Zaraín Díaz.

En el primer día del baile de aquellas inolvidables celebraciones, don Cenizo experimentó un raro estremecimiento al ver en mitad de la rotonda a una mujer cuyo nombre era Petrona. Fue entonces cuando por primera vez se le nubló la vista y por un momento, viose envuelto en el delirio. Cuando hubo reaccionado acaso era ya demasiado tarde; Petrona ya bailaba con don Jesús M. Pardo, un gallardo aventurero, con los mismos o más atributos que los hermanos Nájera, de quienes se había ganado el respeto, en tanto había competido con ellos a lo largo de los años, y también con ellos había compartido el dulcísimo sabor del triunfo y la espesa amargura de la derrota.

Al día siguiente, en las carreras de cintas, Petrona hubo fungido como madrina del evento. Don Cenizo, por su parte, buscaba llamar su atención provocando hechos verdaderamente raros. Como, por ejemplo, el que don Manuel Martínez bailara, se cayera y caminara como un borracho, estando en su completo juicio; o que a los que bailaban cerca de ella, bebiéndose una cerveza, se les aparecieran dentro de la botella imágenes de santos, sapos y culebras.

Se dice que don Cenizo desapareció hasta la marimba e hizo ver a unos marimberos que, de manera harto ridícula, movían los bolillos por el aire sin que dejara de escucharse la música. Todos vieron el gesto de don Cenizo cuando éste levantó un brazo señalando a unos zopilotes que, luego de volar a gran altura, descendieron para bailar al son de la marimba invisible delante de Petrona; además, le hicieron caravanas a la niña que acaso don Cenizo jamás tendría en sus brazos. El gesto de don Cenizo, Petrona no lo advirtió para nada; estaba ciega, ciega de amor por don Jesús M. Pardo, con quien tiempo después terminaría casándose.

Al verse humillado y comprender que todo era inútil, que nada ya podía hacer para seducir a Petrona, don Cenizo comenzó a beber licor, inusual en él. Bebió así durante cinco días de feria; fue entonces cuando se arrastró como culebra, brincó como sapo, ladró como perro, cacareó como gallina y lloró como hombre por tan imposible amor.

Dice mi tío Nacho que al quinto día toda su arrogancia y donosura habían desaparecido por completo en aquel hombre; pocos fueron los bolos que lo vieron caminar, casi arrastrándose, con la cabeza gacha, rumbo al monte.

Beto Jerónimo cuenta precisamente que vio salir del matorral algo así como un cohete, al estilo de los de Chiapa de Corzo, el cual se perdió en el infinito. El estruendo que provocó el petardo fue tan fuerte que creyó que se debía al efecto de su cruda quíntuple.

Nadie lo volvió a ver. De los que aún viven, nadie olvida a don Cenizo. Y si alguien le preguntara a doña Petrona acerca de él, ella siempre habrá de contestar lo mismo:

—Nunca lo vi. Ni a él ni a sus mentados zopilotes.


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