Las Herederas
La prisión que heredamos
Por Martín Valverde Watson Publicado en Carretera, Vistarama en 8 septiembre, 2020 Un comentario 7 min lectura
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$3,500 dólares por el piano vertical Roland traído desde Nueva York. $1,200 por el paisaje del Sacre Coeur al óleo enmarcado, comprado en la mismísima París. $800 por toda la cubertería de plata italiana que hace juego con la vajilla de porcelana holandesa, casi sin usar. Por $2,700 se la lleva. Lo siento, no se pueden paquetear. $6,500 por el comedor neoclásico inglés, importado claro. No, la casa no está en venta. ¿Las orquídeas? Se puede llevar una gratis si quiere.

¿Con qué parte de tu herencia te quedas?

Imagínate ser una señora de alta alcurnia que nunca ha trabajado en su vida y que de pronto se ha quedado no solo sin el dinero que le dejó su padre, sino con deudas que contrajo su pareja, quien ahora está en la cárcel por fraude. Dada la desidia propia de estatus alto y la patriarcal sociedad en la que vives, nunca aprendiste a ganar dinero. Qué te queda sino vender los objetos que hay en tu casa. ¿Por cuánto venderías las reliquias familiares que son lo único que resta de tu herencia? Qué digo tu herencia. Esas cosas son tu identidad, tu historia, tu vida misma. Y también tu prisión.

Las Herederas (Marcelo Martinessi, 2018) arranca con esa premisa. La protagonista es Chela, una señora paraguaya de clase alta, a quien, cumplidos los 60 años, se le acabó el dinero de su herencia. Su pareja de toda la vida, Chiquita, ha sido acusada de fraude y termina en la cárcel. Esto obligará a Chela a enfrentarse a una nueva realidad que nunca se imaginó en su cómoda vida. Y aquí el filme se podría convertir en un drama social en toda regla, porque tiene los elementos necesarios para hacerlo. Pero no. Su director, acertadamente, mantiene la película en un tono intimista y mínimo. No por eso menos dramático.

Y esto lo consigue, como no, con una cuidadísima puesta en escena: planos estáticos, cercanos y largos, lo que crea una cadencia lenta, para darnos tiempo de asimilar emociones y pensamientos de los personajes. Y claro, unas actuaciones soberbias de todas las actrices involucradas, en especial de Ana Brum. Digo «actrices» porque la película retrata un mundo casi exclusivo de mujeres, donde los hombres aparecen de forma casi incidental. Esto es completamente intencionado por parte de Marcelo, el director, porque esta historia es una de emancipación, un coming of age movie a los sesenta años.

¿Pero de qué se está emancipando Chela? A primera vista, podríamos decir que de una relación de más de treinta años que, para cuando empieza la película, es de completa codependencia. Quizás se ha enturbiado por la misma depresión por la que pasa Chela. La película no nos dice mucho en ese sentido, pero podemos imaginarlo. Lo cierto es que ya es una relación que parece estar en las últimas. Tanto que resulta paradójico que, para Chiquita, la cárcel resulte un lugar en el que puede ser más libre, lo que no puede sino molestar más a Chela. Imagínate que la persona más importante en tu vida pueda vivir tan bien sin ti. Eso motiva a cualquiera a cambiar.

Las Herederas está en Netflix.

La ausencia de su pareja solo aumenta la sensación de soledad en que vive Chela. Su casa entonces se antoja como una prisión decadente, decorada con objetos de un pasado, aún muy presente para ella. Esos objetos no son sino ideas que le han impuesto o que ella misma ha asimilado. Prejuicios que vienen por ser diferente, en una sociedad intolerante con lo que no es como se supone deben ser las cosas. No por nada la película causó controversia en su original Paraguay. Porque hay temas –en este caso, la homosexualidad femenina– que en muchos lados aún son problemáticos de abordar. Sin embargo, en el filme se trata con una óptica más de cotidianidad, casi tangencial, pues no es el tema principal. Por eso vemos cómo Chela, conforme va vendiendo las viejas piezas y cambiándolas por cosas nuevas, su vida también lo hace. La metáfora es sutil, pero tremendamente efectiva, y eso me agrada.

Sin embargo, no todos los objetos de la casa tienen esa connotación negativa. Una importante excepción es el Mercedes que heredó de su papá. Este será el vehículo, literal y metafórico, para el cambio más importante en la vida de Chela. Y es que casi de forma accidental, terminará siendo chofer de un grupo de mujeres mayores, todas de clase alta. Y Chela las llevará de sus casas a sus tertulias, a sus juegos de cartas, a las misas de difunto o hasta a un pueblo a las afueras de la ciudad para visitar parientes enfermos. Y eso que Chela ni siquiera tiene licencia de manejo. Qué más da. ¡Es su primer trabajo en la vida! Y eso no solo le da dinero, sino la hace sentirse útil.

Estas mujeres viejas de alta alcurnia paraguaya son el corazón mismo de la película. Sobre todo, el personaje de Pituca. Muchas ni siquiera son actrices, sino personas reales. Y chismean como si no hubiera un mañana. Esto causa un conflicto existencial para Chela, pues ella pertenecía a ese mismo grupo; pero ahora se mantiene alejada, tal vez con miedo de que descubran que ahora es pobre, o que su pareja está en la cárcel. Y al mismo tiempo, es gracias a ellas que comienza su emancipación.

En una de estas tertulias Chela conocerá a Angy, la hija de una de las señoras a las que transporta. Ella, mucho más joven, sensual y, sobre todo, segura de sí misma, se convertirá pronto en el modelo que Chela aspira ser y también en su objeto del deseo. Un objetivo que, aunque se le pone al alcance, no se atreverá a alcanzar. Solo se atreverá a mirarla hasta que la pierda. Y esto, aunque frustrante, es lo que más me gustó de la película, porque es profundamente real. Es, de hecho, uno de los postulados más interesantes de la película: no siempre nos podemos liberar de todos nuestros prejuicios. Volviendo a la metáfora que emplea la película: no siempre podremos vender todos nuestras reliquias heredadas.

Y luego llega ese final, que parece quedar abierto, pero en mi opinión no es así. No voy a desvelar aquí de que trata. Para eso, recomiendo ver la película. Está en Netflix. Lo que sí puedo decir es que, de forma casi poética, cierra de forma coherente, pues se ha cumplido el arco de crecimiento de nuestra protagonista. Una mujer que ha decidido elegir por ella misma con qué parte de su herencia se queda.

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