Una mujer entre la niebla
Por Arturo Ceballos Publicado en Carretera, Tropos en 28 agosto, 2020 Un comentario 6 min lectura
Historias que solo existen al ser recordadas Anterior Autodidactas Siguiente

Su nombre es una composición de sonidos suaves, dulces, acompañados de una exhalación nostálgica, casi milenaria, como la que podría escucharse de la Tierra al girar. Por ello, es difícil pronunciarlo sin sentir alrededor una especie de niebla fría, mortecina. Su rostro se esconde detrás de unos lamentos acústicos y profundos, legado de una vida tan turbia como un río. Un río que no dejó de correr, a pesar de tener sumergida en sus aguas la imagen más pura de la tristeza.

Adeline Virginia Stephen (Londres, 1882 – Sussex, 1941) nació en la ciudad de la niebla, donde la gente se acostumbró a vivir con rabos de nubes enredados en el cabello, labios fríos y algo más que sangre corriéndoles por las venas: una constante llovizna. Desde entonces, podría decirse, tener un temperamento proclive a la depresión le estaba garantizado. Desde muy chica halló resguardo en la biblioteca de su casa: cientos de libros, miles de páginas la persuadieron de desmoronar las frágiles ideas sobre las que se sustentaba, socialmente, la prominente figura masculina. Antes de querer ser escritora, se convenció de querer ser feminista, una feminista de cepa, paradójicamente, rodeada por algunos de los caballeros más ilustres de su época: Keynes, Forster, Bertrand Russell, Wittgenstein.

Virginia Stephen, conocida más tarde como Virginia Woolf por su matrimonio en 1912 con el escritor Leonard Woolf, sufrió a muy temprana edad la muerte de sus padres: apenas contaba con trece años cuando falleció su madre, dos años después fallecería una media hermana, y siete años más tarde, su padre. Demasiadas pérdidas para una conciencia tan silenciosa, reflexiva, sin la euforia suficiente para atreverse a abrir ventanas y orear los vacíos con olor a agonía. Aunque a través de las letras drenó un poco la llovizna que llevaba en las venas, aquellos espacios lúgubres germinaron en ella; lentamente se convirtieron en lastre, en piedras con ánimo de cansancio, crisis nerviosas llenas de gravedad, de ganas de ir hacia abajo y hundirse, y hundirla.

De su puño, la literatura inglesa conoció nuevas estructuras en el lenguaje, nuevas formas de diseñar la perspectiva que del mundo tienen los personajes de una obra; lo que para algunos críticos solo mereció el calificativo de literatura experimental; para otros, fue considerado como una auténtica revelación, dotada de originalidad y de recursos narrativos producto de la técnica llevada al grado de maestría, y no de un simple acto de improvisación, elementos que la colocaron como una de las más grandes novelistas del siglo XX. Novelas como La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927) la consagraron como una modernista, con textos que manifestaban un enfático interés por los estados interiores del pensamiento, las intuiciones, más allá de la incoherencia moderna y de la superficialidad de las cosas, lo que resultó en una prosa cargada de sensualidad y de imágenes líricas que incitan a los sentidos. En su narrativa, la poesía no sólo le disputa el protagonismo a la intriga, la vence bajo la mirada atónita del lector que se descubre olisqueando el libro para saciarse con un poco de hierba, de flores, de lluvia.

Posiblemente, la obra de Virginia Woolf en que se percibe con mayor facilidad una estructura distinta, incomparable a lo que se venía escribiendo –experimental–, es Las olas (1931). En ella, el tiempo sobre el que se desarrolla y entrelaza la vida de los seis protagonistas –Bernard, Susan, Rhoda, Neville, Jinny y Louis– está determinado por la trayectoria que, en un día, recorre el sol sobre cientos de olas frente a una playa a punto de ser bañada de luz. No hay conflicto, ni diálogos, ni narradores omniscientes, solo una intrincada sucesión de soliloquios a través de los cuales los personajes desarrollan la historia y de la que se sirven para dialogar con la perspicacia del lector, en un ejercicio de metalectura, a fin de detectar las distintas voces con las que se presentan los seis diferentes flujos de conciencia. En este punto, se percibe la influencia de autores como Joyce, Proust y Henry James. El título de la obra hace alusión a la forma en que está estructurada la intervención de los personajes: cada uno participa con breves parlamentos, para luego dar paso, sin mayor anuncio que un punto y aparte, al siguiente personaje. Las ideas vienen, revientan y se van, incesantes, desde la infancia hasta la madurez, mientras el sol de un solo día se despide del alba para perecer en el ocaso. Es un extraño lenguaje, sin señalamientos, el que Woolf logra crear entre los mismos protagonistas, y entre ellos y el lector. Valor aparte es la situación de involucrar a un séptimo personaje, Percival, que sin voz ni diálogo, construido a base de referencias, es una pieza fundamental para dotar de coherencia a la obra. Quiérase o no, con Las olas el lector aprende una nueva forma de leer, diseña un nuevo código de lectura; el modo en que Woolf transforma la forma es tan apabullante que uno se olvida del contenido. Las olas termina en cualquier punto, ausente de glorias o cimas sentimentales, igual a como termina la vida de cualquier persona.

Después de Las olas, solo dos novelas más: Los años (1937) y Entre actos (1941), esta última publicada de manera póstuma. Su obra de cuentos y ensayos también es prolífica.

Por más tinta que vertió sobre el papel, por más lirismo con el que revolucionó a la narrativa de su época, Virginia nunca logró deshacerse de la tristeza que albergaba por dentro. Un día, mientras las nubes se enredaban en su cabello, el mismo día que descubrió al mundo como el ladrón ineluctable que le había estado robando las ganas de vivir, subió a un puente, se llenó el abrigo con piedras y se lanzó a un río. Murió ahogada sin darse cuenta que cientos de almas tristes, encaramadas en un balcón transparente, la despedían, llorándola, sin más herencia que una extraña fórmula para sobrevivir a la depresión: experimentar la dignidad femenina a través de la escritura.

El tiempo se ha encargado de que su rostro aparezca difuso, escurridizo, velado por la saña de una vida trágica a prueba de felicidad. La literatura la arropa con gloria y mucha gratitud, aunque Virginia haya sido de esas personas en quienes es más fácil percibir el dolor que el color de la piel.

Virginia Woolf.

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